Débora: Kathy Helvey recordó una temporada en la que su familia estaba atravesando dolor.
Kathy Helvey: Sentía que todo estaba oscuro. Era desconocido. Era difícil. Pensaba: «Dios, ¿cómo me vas a llevar a través de esto?». Y entonces Él transformó esa oscuridad en luz.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, coautora de «Confía en Dios para escribir tu historia», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 7 de agosto de 2026.
En los primeros años de Revive Our Hearts, Nancy grabó una serie basada en el Salmo 57 titulada «Refugio en la tormenta». Trataba sobre confiar en Dios en tiempos difíciles y en medio de tormentas emocionales. Y esta semana la hemos estado retomando.
Repasemos algunas de las verdades más impactantes que ella ya ha compartido:
Nancy (en episodios anteriores):
No se trata …
Débora: Kathy Helvey recordó una temporada en la que su familia estaba atravesando dolor.
Kathy Helvey: Sentía que todo estaba oscuro. Era desconocido. Era difícil. Pensaba: «Dios, ¿cómo me vas a llevar a través de esto?». Y entonces Él transformó esa oscuridad en luz.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, coautora de «Confía en Dios para escribir tu historia», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 7 de agosto de 2026.
En los primeros años de Revive Our Hearts, Nancy grabó una serie basada en el Salmo 57 titulada «Refugio en la tormenta». Trataba sobre confiar en Dios en tiempos difíciles y en medio de tormentas emocionales. Y esta semana la hemos estado retomando.
Repasemos algunas de las verdades más impactantes que ella ya ha compartido:
Nancy (en episodios anteriores):
No se trata de si pasaremos por tormentas en la vida; se trata de cuándo.
Necesitamos saber cómo caminar a través de esas tormentas, cómo responder. No esperes ser inmune a ellas. De hecho, cuanto más cerca camines de Dios, puede ser que Dios permita que atravieses pruebas más profundas y use esas pruebas para prepararte y capacitarte para cumplir Sus propósitos.
No sé tú, pero cuando yo estoy en medio de una tormenta, debo admitir que, tristemente, mi primer impulso muchas veces no es clamar a Dios, sino acudir a alguien más. Si realmente queremos que nuestra necesidad sea satisfecha, tendremos que clamar al Consejero Admirable, cuyo nombre es Jesús.
Habrá un final para esto. El propósito de Dios para mí en esta tormenta se habrá cumplido, y miraré hacia atrás y diré: «Dios, Tú hiciste todas las cosas bien».
Ese esposo, ese hijo, esa asignación, esa tarea imposible, esa situación en el trabajo, ese desafío físico… todo es parte del propósito de Dios para nosotras en este momento.
Sí, las olas son altas. Sí, la tormenta es fuerte. Pero Dios permanece fiel y firme en medio de la turbulencia.
La verdadera paz y el verdadero gozo no significan ausencia de problemas. Significan la presencia del Señor Jesús en medio del dolor, en medio de las dificultades, en medio de la tormenta.
En última instancia, no se trata de nosotros. No se trata de mí. No se trata de mis circunstancias. No se trata de si sobrevivo o no. En última instancia, todo se trata de Dios. Se trata de la gloria de Dios y de que Sus propósitos se cumplan en este mundo.
¿Es tu impulso en la vida ver a Dios glorificado o que tus circunstancias se vuelvan más llevaderas? Sin importar la circunstancia en la que te encuentres en este momento, ¿estás satisfecha en Cristo?
Débora: Esa fue Nancy DeMoss Wolgemuth en nuestra serie actual, «Refugio en la tormenta». Cuando Nancy enseñó esta serie, Kathy Helvey estaba entre el público. Ayer escuchamos parte de su historia. El Señor la sostuvo en un año en el que sus padres fallecieron y su esposo, Bob, tuvo que someterse a una cirugía de corazón abierto.
Kathy Helvey: Estaba nerviosa, tenía miedo, no pude dormir esa noche. Este es mi esposo; esta es mi vida. Y, sin embargo, fue como si Él me dijera: «Kathy, si Yo decido llevármelo, sabes que estaré contigo. Estaré contigo como nunca antes, y Yo te sostendré».
Débora: Pero Kathy aún tendría que enfrentar más tormentas. Volvamos al año 2001. Ella estaba sentada en la audiencia cuando Nancy enseñaba sobre el Salmo 57, y compartió otra lucha que estaba atravesando.
Kathy: Tenemos tres hijos y uno de ellos tiene autismo. A lo largo de los años probamos numerosas terapias. A veces avanzaba; otras veces no. Pero hemos recorrido un camino muy, muy largo. Sin embargo, durante ese año fue una tormenta constante en la vida de Stephanie debido a su adolescencia. La palabra autismo básicamente significa «en su propio mundo».
Cuando era pequeña, muchas veces pensábamos que era sorda. No nos entendía, hacía muy poco contacto visual, tenía hipersensibilidad al tacto, no quería que la tocaran ni que la abrazaran, miedos irracionales y muchas dificultades para relacionarse socialmente. Cuando son pequeños, de alguna manera puedes disimular esas cosas. Pero a medida que crecen, la brecha se hace más evidente. Y cuando llegó la adolescencia, llegó con fuerza.
Si tienes hijos, sabes cuánto los amas. Pero cuando uno tiene una discapacidad, hay un amor y una protección que no descansan. Estás siempre en alerta, protegiéndolo. Estás ahí, abogando por tu hijo o tu hija constantemente.
Con Stephanie, después de todas las terapias, todos los intentos y esfuerzos por ayudarla, llegó un punto en ese año, más bien dos años, en que sentí que no podía hacer nada por ella. Iba empeorando cada vez más.
Cuando su química cerebral comenzó a verse afectada por los cambios hormonales de la adolescencia, la tormenta se intensificó. Aproximadamente cada dos meses era como si Stephanie se desconectara de nosotros. Fue entonces cuando empecé a comprender lo que se siente tener a alguien cerca, pero como si estuviera inaccesible, aislada en su propio mundo, sin poder atravesar esa barrera para llegar a ella. Aunque seguía físicamente en casa, emocionalmente parecía ausente.
Durante esos días se balanceaba, decía cosas con enojo y parecía convertirse en otra persona. Eso duraba alrededor de una semana. Luego volvía a la normalidad.
Esto sucedió cada dos meses durante ese año tan difícil. Recuerdo que, al final del año, por todo lo que había aprendido acerca de la soberanía de Dios en mi propia vida, pensé: ¿Por qué no puedo aplicar esto también a mi hija con autismo? Señor, ¿por qué permites que ella pase por esto cada dos meses?
Luego pensé: Tengo que confiar en Dios, porque Él es completamente soberano. Está haciendo esto por una razón. Es perfecto en Su amor. Él ama a Stephanie. Me ama a mí. Es absolutamente sabio. Yo no sé lo que está haciendo, pero Él sí. Así que, Señor, voy a confiar en Ti.
En enero de ese año tuvo el episodio más fuerte, lo que llamamos un «bajón», cuando durante una semana parecía no estar con nosotros. Recuerdo que cuando volvió a la normalidad, siempre nos alegrábamos tanto de tener de vuelta a nuestra Stephanie, aun con su autismo.
Pero esa vez fue diferente. Fui a recogerla a la escuela y la vi correr por el pasillo. Pensé: «¡No deberías correr!». Siempre estaba tratando de hacerla «normal», de que encajara. Ese era mi objetivo: que pudiera vivir en nuestro mundo cuando fuera adulta.
Pero la vi correr con una sonrisa en el rostro y pensé: No voy a decirte más que no corras. Puedes tener autismo todo lo que quieras. ¿Qué tiene de malo el autismo? Fue como si Dios, con un letrero brillante con letras neón, me dijera: «Kathy, en la aceptación está la paz». En aceptar el autismo está la paz.
Pero más que eso estaba, por lo que había aprendido acerca de Su soberanía, en aceptar a Dios mismo. Esto venía de la mano de Dios.
Ya había comprendido antes algunas cosas, pero ahora todo se unió. Fue como un cordón de tres dobleces cuando Nancy dijo: «¿Cuál es tu teología acerca de Dios? Porque según sea tu teología, así responderás a las situaciones de la vida».
Recuerdo haber pensado: Ahora sé cuál es mi teología. Tengo un Dios soberano, amoroso y sabio. Habrá cosas que vendrán a mi vida, tormentas con principio y fin, y otras continuas. Pero siento que ahora me ha colocado en el ojo de la tormenta y me ha dado libertad. No puedo decir que «amo el autismo»; estaría loca si dijera eso, y no me creerían. Pero sí puedo decir que amo a mi hija con un amor renovado. La miro con otros ojos.
Fue como si Dios me liberó de una prisión y me dijo: «Confía en Mí con su vida». No sé cuánto tiempo llevaba intentando enseñarme eso, pero siento que esos episodios difíciles no tuvieron otro propósito que llevarme, como madre, a soltar el control, amarla y aceptarla plenamente como un regalo directo de la mano de Dios.
Al comienzo de ese año, una amiga me dio un versículo porque sabía por lo que estaba pasando. Está en Isaías 42. Cada año escojo un versículo para mi vida, y ese año decidí apropiarme de ese. Pensé: «Señor, Tú sabes lo que estoy viviendo este año con mi hija, así que voy a aferrarme a este versículo». No tenía idea de cómo Dios iba a obrar, pero ahora, después de contarte la historia, entenderás.
Isaías 42:16 dice: «Conduciré a los ciegos por un camino que no conocen, por sendas que no conocen los guiaré; cambiaré delante de ellos las tinieblas en luz y lo escabroso en llanura. Estas cosas haré, y no las dejaré sin hacer».
Sentía que todo estaba oscuro, era desconocido, era difícil. Y pensaba: «Dios, ¿cómo me vas a llevar a través de esto?». Entonces Él transformó esa oscuridad en luz, y fue por medio de Su verdad.
Su Palabra es verdad, y cambia nuestras vidas. Nunca había estado tan en paz. Le decía a mi esposo Bob el otro día: «Nada ha cambiado en nuestra vida, nada, para hacerme tan feliz, tan llena de gozo, ese gozo del Señor, excepto que Su verdad me ha hecho libre… y en la aceptación está esa paz».
Nancy: Gracias, Kathy, por compartir desde tu corazón. Hay algo muy precioso, profundo y transformador en escuchar un mensaje ilustrado en una vida real. Una cosa es oír la teología, oír la doctrina, y necesitamos oírla, pero otra muy distinta es verla encarnada, verla reflejada en una historia concreta.
Tus circunstancias y las mías probablemente sean bastante diferentes a las de Kathy, y sin embargo, en cierto sentido, quizá no tanto, porque todas atravesamos tormentas.
Kathy, mientras compartías, pensaba en algunas de las tormentas en mi propia vida que, como la muerte de tu padre, tienen un comienzo pero no un final del todo, porque todavía queda un sentido de pérdida. Hay una sensación de cierre, de algo definitivo, pero la ausencia permanece. Y luego hay otras tormentas que simplemente continúan y continúan y continúan… Puede que en esta vida nunca haya un alivio total de vivir en medio de esa tormenta, quizá con un hijo que tiene necesidades físicas, o quizás en un matrimonio.
Recibo notas con frecuencia de mujeres que comparten situaciones relacionadas con su matrimonio. Y al leerlas, me doy cuenta de que esa situación no simplemente va a desaparecer. Ese conflicto con los padres, esa herida del pasado, ese ambiente laboral difícil, ese problema de salud… no se esfuman de la noche a la mañana. Entonces, ¿cómo respondemos en esos momentos?
Kathy nos ha dado una hermosa ilustración de cómo la teología, nuestra visión de Dios, determina en última instancia la manera en que respondemos a la vida. Ella dijo que su teología ha sido como un cordón de tres dobleces. Y cuando las pruebas llegan, regresa a anclar su corazón en lo que sabe que es verdad acerca de Dios.
¿Recuerdan los tres puntos que ella mencionó sobre Dios? Él es soberano. ¿Y qué significa eso? Recuerdo que una vez, enseñando a niños hace algunos años, uno me dijo: «Significa que Él es el Jefe». Significa que sabe lo que está haciendo. Significa que tiene el control. Significa que no comete errores. Significa que Él es Dios Altísimo. Él está por encima de todos los eventos, personas, circunstancias, detalles, generaciones y de todo lo que tiene que ver con nuestro mundo y con cualquier mundo. ¡Él es Dios sobre todo! Significa que tiene el derecho de hacer lo que Él quiera con Su creación.
Ahora, el hecho de que Él sea soberano significa que nosotras no lo somos. No sabemos lo que Él sabe, no tenemos la autoridad que Él tiene, no poseemos los derechos que Él posee. Significa que estamos bajo Su soberanía.
Para quienes no conocen el corazón de Dios, eso puede parecer opresivo, porque hay una inclinación natural en nosotras a querer estar al mando, eso se llama pecado, a querer tener el control. Desde que Eva dijo «yo quiero» cuando Dios había dicho «no», el ser humano ha querido hacer su propia voluntad.
Nuestra naturaleza caída no quiere inclinarse ante la soberanía. Pero cuando te conviertes en hija de Dios y el Espíritu de Dios vive en ti, entonces estás en posición de llegar a amar la soberanía. Y, amigas, tengo que decirles que yo he aprendido a amarla. No siempre lo hago perfectamente, pero he aprendido a apreciarla profundamente.
¿Cuál es mi respuesta a la soberanía? Doblar la rodilla. Rendirme. Decir: «Sí, Señor, haz Tu voluntad». Y como dice ese antiguo himno:
Haz lo que quieras, Señor, de mí;
Tú, el alfarero; yo, el barro soy;
(«Haz lo que quieras de mí, Señor», de Adelaide Pollard)
Nosotras queremos ser el alfarero. Queremos moldear las cosas. Queremos moldear a nuestra familia, a nuestros amigos, nuestro entorno, nuestras circunstancias. Queremos que todo tome la forma que nosotras preferimos. Pero Dios dice: «No, tú no eres el alfarero».
Podemos intentar ocupar ese lugar, pero sucederán dos cosas. Primero, tarde o temprano haremos un desastre. Y segundo, tarde o temprano tendremos que devolverlo a las manos del verdadero Alfarero.
Llegará el momento, en esta vida o en la venidera, en que reconoceremos que no éramos soberanas. ¡Cuánto mejor es, mientras todavía podemos elegir, doblar la rodilla y decir: «Señor, acepto Tu soberanía. Confío en que sabes lo que haces. Confío en que no cometes errores. ¡Confío en que no fue un accidente que me dieras este hijo!».
Recuerdo a una joven que sirvió en nuestro ministerio hace años y que padecía una enfermedad muy rara y potencialmente mortal. De hecho, otros miembros de su familia habían muerto por esa misma condición. Aunque la enfermedad la había limitado gravemente, al punto de depender con frecuencia de una silla de ruedas, ella no murió por esa causa, sino en un accidente de tránsito. Y recuerdo haber escuchado, creo que en su funeral, a uno de sus familiares decir: «Fue un choque, pero no fue un accidente. Dios es soberano y no existen los accidentes».
Puede que no logremos comprender, y muchas veces no podemos, por qué Dios hace las elecciones que hace. Pero el hecho es que Él tiene el derecho de hacerlo. Y la paz, como Kathy nos recordó tan hermosamente, viene de aceptar la soberanía de Dios, de rendirse a ella, de abrazarla, de descansar en ella.
Recuerdo que hace un tiempo llamé a una amiga. Yo estaba muy alterada por una situación que había ocurrido en nuestro ministerio y le estaba compartiendo parte de mi frustración. Ella es de esas amigas a las que puedes llamar y decirles lo que realmente estás pensando. Y esta es realmente una amiga verdadera. Ella me dijo: «Nancy, recuerda que tú no eres Dios».
Bueno, no puedo decir que en ese momento me encantó escuchar eso, pero necesitaba oírlo. Necesitamos recordarnos unas a otras: «Recuerda que tú no eres Dios. Solo Dios es soberano».
Si lees el libro de Isaías, especialmente la segunda mitad, encontrarás una y otra y otra vez recordatorios de que Dios es soberano. «Solo Tú eres Dios. Señor, no hay nadie como Tú en el cielo ni en la tierra; no hay nadie como Tú. Tú eres soberano. Tú tienes el control». Él es el bendito Gobernante de todas las cosas, como quizá hayas escuchado antes. Así que la paz viene por medio de la aceptación, del rendirse, del soltar el control, de doblar la rodilla y decir: «Señor, acepto este conjunto de circunstancias que ha llegado a mi vida, confiando en que Tú eres soberano».
Kathy dijo que había tres hilos en su teología: Dios es soberano. Dios es sabio. Y Dios es amor. ¡Dios es sabio! Y eso está conectado con Su soberanía. Es soberano porque es sabio, y es sabio porque es soberano. No puedes separar quién es Dios. Él es la sabiduría. Eso significa que sabe exactamente lo que está haciendo. En Dios no hay necedad. Él es sabiduría perfecta.
Cuando lees Proverbios, encuentras el corazón de la sabiduría, el valor de la sabiduría, las recompensas y las riquezas de la sabiduría. Dios es sabio. Él es la sabiduría misma. Él sabe cómo manejar cada situación que ocurre en esta tierra. Él sabe cómo manejar todas las crisis internacionales que están ocurriendo hoy en nuestro mundo. Y Él también sabe cómo manejar las pequeñas crisis, que quizá, comparadas con las globales, parezcan pequeñas, aunque cuando estás atravesándolas no se sienten pequeñas en absoluto.
No sé tú, pero a veces me resulta más fácil confiar en la sabiduría de Dios cuando se trata de las naciones, de los planetas, de las galaxias y el universo, que confiar en Su sabiduría cuando se trata de mi propia situación, mi propia vida.
Puedo confiar en que Él mantenga el sol, la luna, la tierra y los planetas funcionando como deben. Pero, ¿por qué me cuesta tanto confiar en que también es sabio respecto a mi vida, mis circunstancias? Si crees que Dios es sabio, entonces confiarás en que no comete errores.
Alguien dijo que, en medio de la crisis, el amor de Dios nunca se aparta de ti. Su amor es firme. Hemos hablado antes del amor hesed: H-E-S-E-D, que aparece muchas veces en el Antiguo Testamento cuando leemos palabras como «misericordia», «bondad amorosa» o «fidelidad». Es esa palabra hebrea que describe el amor de pacto de Dios, Su amor fiel, Su amor que no muere.
Nada puede poner fin a ese amor. Nada puede hacer que Dios te ame menos: ningún fracaso tuyo, ningún fracaso de otros, ninguna circunstancia en tu vida. Pablo dijo: «Estoy convencido de que ni la muerte ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente ni lo por venir, ni los poderes, ni lo alto, ni lo profundo», ni hijos con autismo, ni la pérdida de padres, ni la pérdida de salud, «ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios que es en Cristo Jesús Señor nuestro» (ver Romanos 8:38–39).
Débora: Esa fue Nancy DeMoss Wolgemuth cerrando nuestra serie sobre las tormentas. Si ahora mismo estás atravesando una tormenta, puede que te sientas muy sola. Pero déjame decirte algo: tenemos innumerables oyentes que escriben a Nancy para contarle sobre sus propias pruebas y la esperanza que han encontrado a través de la enseñanza bíblica. Una de nuestras oyentes compartió un testimonio particularmente impactante de la gracia de Dios en medio de lo que suena como una tormenta realmente intensa. Vamos a pedirle a Ana Lee, quien forma parte del equipo de Revive Our Hearts, que lea esta carta para nosotras.
Ana Lee: Esta oyente comenzó diciendo:
«Querida Nancy:
No creo que jamás llegues a comprender, de este lado del cielo, el impacto que has tenido en mi vida. Siento como si fueras mi hermana mayor, alguien que ha derramado verdad en mi corazón. Hace ocho meses, mi querido y dulce papá ingresó al hospital para una cirugía de espalda. Salió del quirófano, pero el Señor lo llevó a Su presencia. Esos dos días fueron un shock y todavía se sienten como una pesadilla. Se cometieron errores, y sé que ocurrieron cosas que no debieron pasar. Ha sido difícil soltar eso, pero descanso en la soberanía de Dios. Te escucho hablar sobre lo duro que puede ser una pérdida repentina…».
Débora: En 1979, Nancy experimentó la pérdida repentina de su propio padre.
Nancy: Recibí la noticia después de haber estado con mi familia y de haber regresado en avión al lugar donde trabajaba. Estaba aterrizando en Virginia, donde servía en ese momento, cuando recibí una llamada informándome que mi papá había sufrido un ataque al corazón y que, de inmediato, se había ido a la presencia del Señor.
Débora: Arthur DeMoss tenía cincuenta y tres años. Dejó a su esposa y a siete hijos. Nancy, la mayor, acababa de cumplir veintiún años.
Nancy: Mi papá y yo éramos muy cercanos. En los días que siguieron hubo muchas lágrimas y una enorme sensación de pérdida que, en algunos momentos, todavía siento hasta el día de hoy.
Ana: En su carta, la oyente continuó diciendo:
«Fue un gran consuelo saber que estaba bien que me doliera. En mi mente pensaba que no debía sufrir tanto como los demás porque sabía que mi papá estaba con el Señor».
Nancy: Pero en ese primer instante, antes de que pudiera formarse cualquier otro pensamiento, Dios trajo a mi mente un versículo que había leído, creo que apenas una semana antes. Es el versículo 68 del Salmo 119. Parafraseado dice: «Dios es bueno, y todo lo que Él hace es bueno».
Ana: «Aprendí que sufrimos, pero sufrimos con esperanza».
Débora: Bueno, para esta querida oyente, la tormenta no había terminado.
Ana: Ella dijo:
«Estaba sacando las flores del funeral en la iglesia cuando tropecé en la acera y me rompí el tobillo. En ese momento, mis hijos tenían siete y dos años y mi madre vivía a treinta minutos de mi casa. El Señor me detuvo en seco y me recordó que Él tiene el control.
Dos semanas después, nos informaron que mi hermano tenía una masa en el hígado y que era cáncer.
Nuestro amigo más querido de la familia, por quien lleva el nombre mi hijo, falleció y fue sepultado el día del cumpleaños de mi papá. Así que desde mayo hasta julio vivimos sacudidas tras sacudidas, de tal manera que ya no sabía si estaba de pie o de cabeza. Lo único que sabía era que necesitaba a Jesús».
Débora: ¡Qué tormenta tan abrumadora! Fue desconcertante. En el momento no tenía sentido. Pero ahora ella empieza a ver algunas de las maneras en que Dios fue soberano en medio de sus circunstancias.
Ana: «Creo que durante ese tiempo aprendí a depender verdaderamente del Señor. Lo necesitaba hasta para poder respirar a veces, y Él me daba ese aliento. Compartiste tantas cosas sobre el duelo que hablaron verdad a mi vida. Esa es la clave. Necesitaba verdad».
Débora: Nos acompaña nuevamente Nancy DeMoss Wolgemuth.
Nancy: Mi papá había pasado los primeros veintitantos años de mi vida enseñándome que Dios es bueno y que todo lo que Él hace es bueno. Pero en ese momento, la teología que estaba en mi mente se convirtió en doxología en mi corazón. Supe que, cualquiera que fuera lo que íbamos a enfrentar en los días por venir, Dios era bueno. Dios estableció en mí ese entendimiento, ese recordatorio, de Su carácter bueno, como un fundamento que se convirtió en un lugar de descanso para mi corazón, un punto firme para mis emociones, y nos permitió caminar los días, los meses y los años siguientes con confianza puesta en la bondad de Dios.
Ana: Finalmente, esta oyente dijo: «Nancy, gracias por animarme durante algunos días muy difíciles. Todavía estoy luchando, todavía estoy de luto, todavía me duele, pero el cielo gobierna y en eso encontraré descanso».
Débora: Alabamos a Dios por sostener a esta oyente, por ser soberano en medio de su sufrimiento y por usar Aviva Nuestros Corazones para hablar verdad a su vida. Podemos animar a las mujeres con la verdad bíblica gracias a la generosidad de oyentes como tú. Cuando das, te unes a nuestra misión de ayudar a mujeres en todo el mundo a experimentar libertad, plenitud y abundancia en Cristo.
Estamos profundamente agradecidas por ti. Si Aviva Nuestros Corazones ha sido de bendición para tu vida, ¿considerarías hacer una donación? Puedes hacer una ofrenda especial o ser parte de nuestras colaboradoras mensuales. Para obtener más información sobre esto, visita AvivaNuestrosCorazones.com.
También quiero preguntarte, ¿ya adquiriste tus boletos para nuestra próxima conferencia Mujer Verdadera ’26: «Preparen camino al Señor»? Te recordamos que este 13 y 14 de noviembre de 2026, en Miami, Florida, celebraremos este tan esperado evento… ¡y estamos a solo tres meses! Nos encantaría contar con tu presencia.
Entre nuestros conferencistas estarán Sugel Michelén, Wendy Bello, Dannah Gresh y Mary Kassian. Y durante los tiempos de alabanza nos acompañarán Jonathan y Sarah Jerez.
Únete a mujeres de distintas partes del mundo para una conferencia de dos días centrada en la Palabra de Dios. Juntas reflexionaremos en la esperanza segura del regreso de Cristo y en lo que esa verdad significa para la manera en que vivimos hoy.
Visítanos en MujerVerdadera26.com para más información y para adquirir tus boletos.
¿Que tipo de legado deseas dejar? El próximo lunes daremos inicio a una nueva serie titulada «Recordando a Miriam». Nancy examina la vida de Miriam para darnos un ejemplo a seguir y para ofrecernos una advertencia. A través de la vida de Miriam, entenderás el poder de un modelo femenino piadoso y obtendrás un recordatorio de que, no importa cuánto hayas caminado con el Señor, no eres inmune a caer. Y bueno, amiga, sin más por el episodio de hoy, nos vemos el lunes aquí en Aviva Nuestros Corazones. ¡Que tengas un excelente fin de semana!
Llamándote a libertad, plenitud y abundancia en Cristo, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de la Nueva Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.
*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la series de podcast.
Únete a la conversación