Débora de Rivera: ¿Quién inició tu salvación? ¿Cómo fuiste llevada a contemplar a Jesús? Jackie Hill Perry te lo recuerda…
Jackie Hill Perry: Cuando creíste en Cristo, cuando lo recibiste por fe, no fue por medio del razonamiento. No pensaste tu camino hacia la salvación. Cuando creíste en Cristo, no fue porque naciste en cierta familia, ni por un linaje noble, ni porque tus padres fueran cristianos. Fue porque Dios te vio absorbida por la oscuridad y dijo: «Sea la luz».
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, autora del libro «El Cielo gobierna», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 1 de julio de 2026.
Nancy DeMoss Wolgemuth: En la conferencia de True Woman ’25, fuimos grandemente bendecidas al escuchar tantos mensajes poderosos y ungidos. Y este que estás a punto de escuchar, de Jackie Hill Perry, fue uno realmente …
Débora de Rivera: ¿Quién inició tu salvación? ¿Cómo fuiste llevada a contemplar a Jesús? Jackie Hill Perry te lo recuerda…
Jackie Hill Perry: Cuando creíste en Cristo, cuando lo recibiste por fe, no fue por medio del razonamiento. No pensaste tu camino hacia la salvación. Cuando creíste en Cristo, no fue porque naciste en cierta familia, ni por un linaje noble, ni porque tus padres fueran cristianos. Fue porque Dios te vio absorbida por la oscuridad y dijo: «Sea la luz».
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, autora del libro «El Cielo gobierna», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 1 de julio de 2026.
Nancy DeMoss Wolgemuth: En la conferencia de True Woman ’25, fuimos grandemente bendecidas al escuchar tantos mensajes poderosos y ungidos. Y este que estás a punto de escuchar, de Jackie Hill Perry, fue uno realmente muy especial.
Jackie no necesita mucha presentación. Es autora de varios libros y estudios bíblicos. Ella y su esposo, Preston, tienen cuatro hijos y viven en el área de Atlanta.
Y hay algo en particular que me impactó de manera personal del mensaje de Jackie: la cantidad de tiempo, reflexión y oración que ella dedicó a este mensaje. Estuvo trabajando en él con mucha anticipación, pero incluso el mismo día, Jackie mostró una actitud de oración, deseosa de comunicar lo que es el corazón y la mente del Señor para este mensaje. Eso fue confrontador para mí, ¡pero también muy alentador! El fruto de eso se vio claramente en la respuesta al mensaje.
Ahora, no quiero darte ningún adelanto, ya que estás a punto de escuchar la primera parte del mensaje de Jackie. Pero sí te diré esto: al final, muchas mujeres acudieron al frente del salón, arrodillándose delante del Señor en oración, algunas postradas, clamando al Señor en alabanza, oración y confesión; otras agitaban sus banderas blancas de rendición. Teníamos los pañuelos blancos de «¡Sí, Señor!» que usamos en True Woman, y se podían ver muchos de ellos. Y lo que todas estábamos haciendo era contemplar a Jesús con una visión renovada y avivada. No puedo esperar a que escuches el mensaje completo hoy y mañana. Escuchemos a mi amiga, Jackie Hill Perry.
Jackie: Siempre he disfrutado mucho la manera en que comienza la Biblia. Porque, aunque el Señor me salvó en 2008, yo no empecé en Génesis. No empecé en Éxodo. Definitivamente, no iba a empezar en Lamentaciones. Cuando fui salva y quise saber por dónde debía comenzar a leer las Escrituras, empecé en Mateo. Me pareció un libro seguro. Pero, siendo honesta, no me divertí mucho allí, porque no estaba preparada para tantas parábolas. Simplemente no sabía qué hacer con eso. Eran como dieciséis parábolas por capítulo, así que seguí adelante. Yo sabía que la Palabra de Dios es inspirada por Dios, pero en ese momento… no me gustaba. Aunque ahora sí la amo.
Con el tiempo, terminé en el Evangelio de Juan, y mientras estuve en Juan, me quedé allí por varios meses. No sabía por qué, pero había algo en el libro de Juan que realmente me impactó, que me cautivó profundamente. Pienso que fue algo muy sencillo. Creo que, cuando leí el libro de Juan, vi a Dios.
Bueno, en algún momento decidí salir de Juan y retroceder, pasar por Lucas, por Marcos, por Mateo, por Malaquías, por Zacarías y todos los demás, hasta que finalmente llegué al principio: al libro de Génesis.
La Biblia comenzó de una manera que yo no esperaba, porque supongo que pensaba que un libro que revela a Dios empezaría de una forma un poco más espectacular. Supuse que, al menos, me daría una descripción del Señor actuando como Zeus, ya sabes, lanzando relámpagos al cielo, colocando el sol en su lugar, dispersando las estrellas, usando Sus manos físicas para tomar tierra, agua y luz, y así comenzar esta gran fiesta bíblica de la manera correcta. Pero no. Cuando leí Génesis 1, nada de eso ocurrió. Y eso es Hermenéutica 101.
La Biblia comienza así:
«En el principio Dios creó los cielos y la tierra. La tierra estaba sin orden y vacía, y las tinieblas cubrían la superficie del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas. Entonces dijo Dios: “Sea la luz”. Y hubo luz» (Génesis 1:1-3).
Pienso que lo que resulta deleitoso de esas dos frases es que se nos da un vistazo de lo que la Palabra de Dios puede hacer. En ese momento, cuando yo no sabía nada acerca de conectar pasajes entre sí, no tenía idea de que el libro en el que acababa de pasar tanto tiempo, el libro de Juan, tiene su fundamento sobre Génesis. Yo aún no había sido entrenada para ver las similitudes entre ambos, ni para notar cómo Juan, en el capítulo 1, nos está dando una pista hacia el comienzo de las Escrituras cuando dice: «En el principio…».
Pero hay una diferencia, porque Génesis 1 continúa hablando del orden creado, siendo producido por la palabra de Dios. Y Juan decide hablar también de una Palabra, pero hay algo a lo que debemos prestar atención. Voy a leer Juan, capítulo 1, versículos 1 al 3. Dice así:
«En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho».
¡Eso me encanta!, porque Juan nos está diciendo que hay una Palabra que existía antes de que Génesis 1 fuera escrito, antes de que el sol fuera creado, antes de que las estrellas nacieran, antes de que el tiempo siquiera existiera. Esta Palabra ya estaba allí. Por lo tanto, esta Palabra es eterna. Esta Palabra también estaba con Dios; es decir, cerca de Él, a Su lado, en relación con Dios… y, sin embargo, distinta de Él.
Y esta Palabra era distinta de Dios y, al mismo tiempo, era Dios. Y todo lo que fue hecho, el sol, las estrellas, la tierra, Adán y Eva, y todo lo demás, tiene su origen en esta Palabra.
Cuando lees cosas así, no puedes evitar dar un paso atrás y decir: «Espera un momento, Juan… ¿Quién es esta Palabra? Porque me encantaría conocerlo». Y gracias a Dios, él nos lo dice en Juan capítulo 1, versículo 14, cuando dice:
«El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y vimos Su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad».
Hoy vamos a contemplar la Palabra.
Hoy vamos a contemplar a Jesús:
- El Jesús que estaba en el principio
- El Jesús que estaba con Dios
- El Jesús que es Dios
- El Jesús por medio de quien fueron creados los cielos y la tierra
- El Jesús que se hizo carne y habitó entre nosotros
- El Jesús que está lleno de gracia y de verdad.
Oremos. Señor, te damos gracias. Te damos gracias por Tu Palabra. Te damos gracias porque Tu Palabra tiene poder. Te damos gracias porque Tu Palabra obra. Te damos gracias porque Tu Palabra nos revela a Tu Hijo, para que lo contemplemos, creamos en Él y tengamos vida en Su nombre. Oramos para que Tu Espíritu Santo esté obrando en este lugar, para que convenzas cuando sea necesario, confrontes cuando sea necesario, renueves las mentes y abras y enternezcas los corazones.
Oro, Dios, para que nos ayudes a verte, a amarte, a deleitarnos en Ti, a conocerte. Oro incluso para que nos des la energía necesaria para recibir Tu Palabra. Oro para que nos concedas humildad para recibir Tu Palabra. Oro para que nos ayudes a responder a Tu Palabra. Ayúdame a comunicar Tu Palabra. Te amamos por todo lo que has hecho por nosotros. En el nombre de Cristo Jesús. Amén.
Cuando comencé el seminario hace algunos años, la primera clase que tomé se llamaba Investigación y redacción teológica, que básicamente es una clase para cualquiera que quiera escribir un trabajo que no suene absurdo. Literalmente. En esa clase pasamos mucho tiempo hablando sobre la idea de la tesis: cómo desarrollar una declaración de tesis y cómo identificarla. Una declaración de tesis es una frase breve que comunica el argumento o punto principal que alguien intenta presentar.
Lo que aprecio del evangelio de Juan es que su tesis no es difícil de encontrar. Cuando abres Juan y llegas al capítulo 20, él nos dice claramente el propósito completo del libro que está escribiendo. Dice así:
«Y muchas otras señales hizo también Jesús en presencia de Sus discípulos, que no están escritas en este libro [ahí está su tesis]; pero estas se han escrito para que ustedes crean que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios; y para que al creer, tengan vida en Su nombre».
En otras palabras, cada versículo, cada capítulo, cada historia fue escrita para ayudarte a contemplar a Cristo tal como Él es, y no como nosotros preferiríamos que fuera, para que creamos y tengamos vida en Él. Mientras Mateo comienza su libro con una genealogía, Marcos con una profecía y Lucas con un saludo a Teófilo, Juan comienza su libro con una revelación acerca de la naturaleza de Cristo. Él dice que Cristo es la Palabra que estaba en el principio con Dios y que es Dios; es decir, Él es el Logos. Él es la Palabra.
Pienso que puede parecer extraño concebir a una persona como una palabra. Nosotros manejamos palabras todo el día. Enviamos mensajes de texto, correos electrónicos, hablamos y leemos. Las palabras son una parte central de la experiencia humana. Y todos sabemos que las palabras son un medio de comunicación. Incluso ahora mismo, estoy usando palabras para comunicarles la Palabra de Dios.
Mientras más envejezco, más me doy cuenta de que las palabras comunican ideas, pero también tienen otros usos. Las palabras me ayudan a entender la naturaleza de la persona que me está hablando. Las palabras te dicen algo acerca de la persona que las pronunció.
Por ejemplo, si me mientes, quizá no seas un mentiroso empedernido, pero definitivamente estás mintiendo. No voy a decir que eres un mentiroso empedernido; simplemente eres un mentiroso en ese momento. ¿Por qué? Porque si las palabras que me dijiste no fueron verdad, tus palabras deshonestas revelaron que actuaste con deshonestidad. Esto significa que las palabras tienen una función reveladora.
Menciono esto porque el punto central de la carta de Juan, y recuerda esto, es que contemples, que veas a Cristo. El punto central de este mensaje es que contemples, que veas a Cristo. El punto central de esta conferencia es que vuelvas a la Palabra para que puedas ver a Cristo.
Entonces, ¿cómo logra ese propósito de presentar a Cristo como la Palabra? De esta manera: cuando lees que Dios dijo: «Sea la luz». Dios usó una frase para crear el sol. Es decir, Dios no necesitó manos, ni herramientas, ni recursos para crear nada. Simplemente usó palabras, y Sus palabras tuvieron el poder eficaz de hacer algo de la nada.
Cuando lees que por la palabra del Señor fueron hechos los cielos, ¿ves algo? Sí, ves a Dios. Las palabras de Dios revelan la naturaleza de Dios. Así que imagina ser un cristiano en los tiempos de Juan y abrir el rollo para leer que no solo la Palabra estaba en el principio con Dios o que la Palabra era Dios, sino que la Palabra se hizo carne y habitó entre ellos.
¿Qué pensarías que eso significa? Significaría que la Palabra, que representa la autorrevelación de Dios, ya no ha venido a nosotros por medio de un profeta, ni ha venido por medio de una visión, ni ha venido por medio de un sueño, sino que la revelación suprema de Dios ha venido ahora a nosotros en la persona de Jesucristo. Él es la Palabra que da a conocer la naturaleza de Dios en la creación.
Un comentarista dijo:
«Cuando la Palabra se hizo carne, Dios se hizo hombre. La Biblia dice que nadie jamás ha visto a Dios; el Dios unigénito, que está en el seno del Padre, Él lo ha dado a conocer».
Yo todavía no he tomado clases de griego, así que no sé mucho de eso. Pero lo que sí sé es que la expresión «lo ha dado a conocer» en el griego es la misma palabra de la que obtenemos el término «exégesis». A mí me encanta sentarme bajo predicaciones donde alguien se aferra a un texto que yo quiero ver, que quiero entender. Y me encanta cuando las personas no me esconden la Palabra de Dios. Me encanta cuando no obstaculizan su significado. No se interponen en su gloria torciéndola o malinterpretándola. Simplemente explican lo que está allí en el texto, haciendo conocido lo que ya está allí. ¿Para qué? Para que yo pueda verlo.
Ellos hacen exégesis de la Palabra de Dios para que podamos ver algo que antes no teníamos la capacidad de ver.
Así que cuando la Palabra dice que nadie ha visto jamás a Dios, pero que Jesús lo ha dado a conocer, lo que está diciendo es que Jesús es la exégesis de Dios. Si quieres ver a Dios, si quieres conocer a Dios, si quieres contemplar a Dios, si quieres entender a Dios, entonces mira a Cristo. Él es Aquel que explica a Dios.
El texto dice que la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Juan no solo está haciendo alusión a Génesis en este pasaje, sino que ahora nos está llevando a Éxodo. Podemos saberlo, una vez más, al mirar los idiomas originales. Si dejamos a un lado el español por un momento y observamos el griego, vemos que cuando dice que la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros, lo que comunica es que la Palabra se hizo carne y plantó Su tienda. Es decir, la Palabra «tabernaculizó» entre nosotros.
Recuerda, por ejemplo, Éxodo capítulo 25, donde Dios le dijo a Moisés: «Y que me hagan un santuario, para que Yo habite entre ellos» (v. 8). El tabernáculo representaba un lugar donde lo humano y lo divino podían encontrarse. Mientras que Éxodo 25 era una sombra, Cristo mismo es la sustancia; Él es el tabernáculo. Él es el templo. Él es el santuario donde la divinidad y la humanidad se unen.
Todo esto suena bueno, grandioso y digno de adoración, pero también debería resultarnos impactante. Porque, al reflexionar sobre la naturaleza de la Palabra, sería útil considerar la naturaleza de las personas con las que la Palabra decidió habitar. Mira el versículo 10 de Juan, capítulo 1:
«Existía la Luz verdadera que, al venir al mundo, alumbra a todo hombre. Él estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de Él, y el mundo no lo conoció. A lo Suyo vino, y los Suyos no lo recibieron».
¿Cómo es posible que la misma Persona que creó a todos pudiera tomar carne, vivir en la tierra y que nadie lo notara? ¿Que Aquel que hizo a todos y a todo no fuera conocido por las personas que Él mismo creó, ni recibido por aquellos que tenían las promesas, las profecías y los pactos que habían preparado el camino?
Esta realidad, que Dios vino al mundo y a nadie le importó, es una acusación directa contra la condición humana. Los ejércitos angelicales debieron mirar desde lo alto, perplejos, al ver que el Rey caminaba entre pecadores y nadie se inclinaba ante Él. ¿Por qué? Porque no podían ver. Incluso los demonios no pudieron evitar reconocer que el Dios de gloria estaba allí. Pero ni los gentiles ni Israel lo vieron como digno no solo de su atención, sino de su adoración.
La pregunta que tenemos que hacernos es: ¿por qué? Porque todos han pecado y no alcanzan la gloria de Dios. Un aspecto fundamental de la naturaleza pecaminosa es la ceguera.
¿Recuerdas cuando estabas ciega? ¿Cuándo se te predicaba la Palabra de Dios y no te conmovía? ¿Cuándo escuchabas el evangelio y no te transformaba? ¿Cuándo te sentabas en la iglesia y levantabas las manos para adorar, pero tu corazón estaba muy lejos de Él?
Yo recuerdo, cuando tenía dieciocho años, probablemente fue un año antes de mi conversión. Estaba en una fiesta, quizás una fiesta de graduación, de una amiga, y, yo estaba en pecado. Estaba muy drogada, completamente fuera de mí. En algún momento durante la fiesta, otra amiga que conocía de la escuela, a quien conocía cuando estaba en el mundo, y sabía cómo vivía y que ella hacía lo que quería, se levantó de repente para dar su testimonio. Ahora, ¿por qué eligió una fiesta de graduación para hacerlo? No sé.
Ella empezó a hablar de Dios y de lo que Él había hecho en su vida. Y mientras lo hacía, comenzó a llorar. Y recuerdo con total claridad que yo estaba sentada mirándola, completamente confundida. Yo había ido a la iglesia durante mi juventud, a veces. Había escuchado acerca de Jesús. Me había bautizado, aunque solo porque dije que quería hacerlo, no porque me hubiera arrepentido. Conocía Juan 3:16. Conocía todas esas cosas. Yo no era atea ni me oponía a escuchar acerca de Dios. Pero no podía entender cómo Dios podía significar tanto para una persona, que con solo hablar de Él, esa persona se pusiera a llorar.
No había nada dentro de mí que resonara con su adoración. No había ningún lugar en mi corazón que tuviera ese tipo de amor. Si ella se hubiera levantado a presumir de sexo, o de marihuana, o de rebeldía, o de orgullo, o de ira, no me habría sentido tan confundida, porque estaría exaltando aquello que yo realmente amaba. Pero cuando hizo de su propósito exaltar la gloria de Dios, yo no pude entenderlo, porque no podía ver la gloria de Dios.
Yo estaba ciega.
Cuando la Palabra se hizo carne y habitó entre pecadores, no lo recibieron, porque no tenían ojos para ver. No tenían oídos para oír. Y esta es la condición de toda persona que nace después de Adán. Todos nacemos ciegos, porque la Escritura dice que el enemigo ha cegado la mente de los incrédulos para que no puedan ver el evangelio en el rostro de Jesucristo, hasta que Dios, en Su misericordia, pronuncia sobre nosotros la misma palabra que pronunció en Génesis. Cuando creíste en Cristo, cuando lo recibiste por fe, no fue por medio del razonamiento. No pensaste tu camino hacia la salvación.
Cuando creíste en Cristo, no fue porque naciste de linaje noble ni porque tus padres fueran cristianos. Fue porque Dios te vio absorbida por la oscuridad y decidió decir: «Sea la luz». ¡Y de pronto, hubo luz! Ya no miraste el sexo, ni tu cuerpo, ni tu trabajo, ni tu Biblia, ni la educación, ni el matrimonio de la misma manera, porque tus ojos fueron abiertos al Dios que siempre te ha amado.
Es Su iniciativa divina, y la salvación que Él obra al concedernos luz, lo que hace posible que cualquiera de nosotros sea llamado hijo de Dios. Y es entonces —ahora— que lo vemos como bueno, como fiel y como Dios.
Débora: Guau, ¡el Dios al que servimos es realmente poderoso! Estoy muy agradecida de que Él me haya visto en la oscuridad de mi incredulidad y haya dicho: «Sea la luz».
Hemos estado escuchando la primera parte del mensaje que Jackie Hill Perry compartió en la conferencia True Woman ‘25. Ella nos recordó que Dios es quien inicia nuestra salvación. No podemos contemplarlo. No podemos contemplar Su gloria, sino hasta que Él abre nuestros ojos.
Si Dios ha usado los recursos de Aviva Nuestros Corazones o las conferencias True Woman y Mujer Verdadera para dirigir tus ojos hacia Jesús, ¿considerarías unirte a nuestra misión a través de una colaboración financiera? Nos encantaría invitarte a unirte a nuestro equipo de colaboradores mensuales. Estos amigos del ministerio se comprometen a dar una cantidad mensual y reciben beneficios especiales de Aviva Nuestros Corazones.
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Mañana escucharemos la segunda parte del poderoso mensaje que Jackie compartió en True Woman ’25. No querrás perdértelo. Acompáñanos nuevamente aquí, en Aviva Nuestros Corazones.
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