Débora de Rivera: ¿Alguna vez has pensado que tu hogar está demasiado roto para que Dios obre en él?
Laura González-De-Chávez: La Escritura no maquilla el dolor familiar, y eso es precisamente lo que hace que el evangelio sea tan glorioso. Porque Dios no escoge hogares perfectos para mostrar Su gloria; escoge hogares quebrantados que Él restaura y que redime.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 2 de septiembre de 2026.
¿Puede un hogar marcado por el dolor convertirse en un testimonio de la gracia de Dios? La respuesta es, sí. Hoy Laura González de Chávez nos mostrará por qué nuestra esperanza no está en hogares perfectos, sino en un Dios que restaura.
Laura: En estos días hemos sido tan bendecidos con conversaciones con los hermanos, tanto en Barcelona como aquí, hablando de la …
Débora de Rivera: ¿Alguna vez has pensado que tu hogar está demasiado roto para que Dios obre en él?
Laura González-De-Chávez: La Escritura no maquilla el dolor familiar, y eso es precisamente lo que hace que el evangelio sea tan glorioso. Porque Dios no escoge hogares perfectos para mostrar Su gloria; escoge hogares quebrantados que Él restaura y que redime.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 2 de septiembre de 2026.
¿Puede un hogar marcado por el dolor convertirse en un testimonio de la gracia de Dios? La respuesta es, sí. Hoy Laura González de Chávez nos mostrará por qué nuestra esperanza no está en hogares perfectos, sino en un Dios que restaura.
Laura: En estos días hemos sido tan bendecidos con conversaciones con los hermanos, tanto en Barcelona como aquí, hablando de la obra de Dios. Y algo que hemos hablado mucho es lo que pasa cuando Dios empieza a habitar en el ser humano.
¡Es que no podemos quedar iguales! Dios mismo, habitando en nuestro corazón, en nosotros, no podemos quedar allí iguales.
Entonces, Dios no mira los hogares quebrantados y dice: «Esto ya no me sirve». Él entra, Él examina, Él llena la casa de luz, Él limpia, Él redime. Y una casa restaurada no solamente vuelve a ser habitable, sino que se convierte en un testimonio de Su poder y de Su gracia.
De manera que luego de la caída, la pregunta es: ¿abandonó Dios ese proyecto entonces? ¿Renunció a Su propósito de habitar con Su pueblo? ¿O sería que comenzó a reescribir una historia de restauración mucho más profunda de lo que Adán y Eva pudieron imaginar? La caída no canceló el deseo de Dios de habitar con Su pueblo.
Y desde Génesis 3 comienza el plan de redención que culmina en Cristo. Y entre la realidad de que Cristo vino a redimir, está tu hogar y está el mío. Porque el hogar fue el primer ministerio instituido por Dios. Y cuando Dios redime, no solo transforma corazones individuales, sino que también restaura hogares, restaura espacios donde Su gloria vuelve a habitar. El mismo Dios que creó el hogar es el mismo Dios que vino a redimirlo.
Y la historia bíblica nos muestra que este deseo jamás se detuvo. Él siguió buscando habitar con los hombres. Después del Edén, la humanidad ya no regresa al jardín. Él sacó a Adán y Eva del jardín, pero Dios no se retira. Y siglos más tarde, en el desierto, a un pueblo recién salido de la esclavitud en Egipto, Él les da una instrucción asombrosa y le dice, Éxodo 25:8: «Y harán un santuario para mí, para que Yo habite entre ellos».
Fíjate en esto: este pueblo acaba de salir de la esclavitud. No tiene nada, no tiene casas, no tiene estabilidad, no tiene estructura, no tiene gobierno, no tiene tierra propia, no tiene templos, no tiene ciudades; estaban en un desierto y, aun así, lo primero que Dios les pide no es productividad. No es que se organicen militarmente, no es que se expandan. Él les dice: «Háganme un lugar donde mi presencia habite. Hagan un santuario».
Y entonces ese santuario debía estar justo en el medio del campamento, habitando en medio de ellos. Dios no les dice: «Háganme algo lejos y yo voy a estar mirándolo de lejos». No, Él dice: «Yo quiero estar en medio de ustedes». Primero fue un jardín, luego fue un tabernáculo, más tarde un templo. No porque Dios necesite una casa, sino porque Su pueblo necesita Su presencia.
Tú y yo necesitamos la presencia de Dios en nuestros hogares. Y cada vez que Dios establece su morada, está diciendo algo. El hogar verdadero no es primero funcional, es relacional, es un lugar donde Él gobierna. Donde Dios gobierna, hay paz; donde Dios gobierna, hay reposo; donde Dios gobierna, aun en medio de un desierto, hay seguridad. Y entonces vemos la promesa profética, porque el tabernáculo no fue el final, el templo tampoco lo fue.
Siglos después, el profeta Isaías anuncia algo que aún estaba por venir. Y en Isaías 32:18 él dice: «Mi pueblo habitará en moradas de paz, en viviendas seguras, en lugares de reposo tranquilos» (parafraseado). ¡Me encanta ese lenguaje! Moradas, viviendas, reposo, tranquilidad, seguridad. Isaías no estaba describiendo la arquitectura, estaba describiendo una restauración. Estaba anunciando un día en que el pueblo de Dios volvería a habitar seguro bajo el gobierno de Dios.
Era una promesa, un anhelo, un anticipo, pero aún no era la plenitud. El tabernáculo apuntaba a algo mayor. El templo apuntaba a algo mayor, la promesa apuntaba a algo mayor. Y entonces vemos finalmente el clímax cuando Cristo hace Su hogar entre nosotros.
Ese es el momento más glorioso de la historia. Juan 1:14 dice: «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros…». Y esa palabra «habitó de nuevo» es profunda. Significa literalmente que «tabernaculizó». Él hecho su tienda. Él hizo morada con nosotros, plantó esa tienda. ¡Él vino a vivir en medio de nosotros! Lo que comenzó en un jardín, lo que continuó en el tabernáculo, lo que fue simbolizado en un templo, ahora se cumple en una Persona.
Cristo es el verdadero hogar de Dios con los hombres. Dios no envió simplemente instrucciones. Él no envió simplemente leyes. Él no envió simplemente profetas. ¡Él mismo vino! Jesús no vino a mejorar estructuras; Él vino a restaurar una comunión, una comunión; vino a reconciliar lo que Génesis 3 rompió. Vino a volver a abrir el acceso a la presencia de Dios. Vino a hacer posible que nuestros hogares, aunque imperfectos porque son imperfectos, vuelvan a ser lugares donde Dios habite, donde Su presencia habite.
Y eso lo cambia todo, porque el hogar redimido no es simplemente un lugar bonito, es un lugar donde Su presencia habite, donde Cristo reina. Y si Cristo ha venido a habitar entre nosotros, entonces el hogar cristiano ya no es solo una memoria del Edén, ni solamente un símbolo del tabernáculo, sino la esperanza futura anunciada por Isaías.
Es ahora un lugar donde el Espíritu de Dios mora. Él hizo hogar entre nosotros. Ya no está limitado detrás de un velo. Ya no está limitado a un templo de piedra. Ahora habita en medio de tu vida cotidiana, en medio de tu hogar, y observa cómo lo hizo:
- No vino a un palacio.
- Él no vino a una plataforma.
- Él no vino a un sistema religioso impresionante.
- Él vino a la vida común. Jesús fue invitado a casas. Jesús se sentó en mesas.
- Jesús compartió comidas sencillas.
- Entró en hogares, hogares llenos de fe, hogares llenos de temor, hogares llenos de dolor, de enfermedad incluso.
- Celebró bodas en Caná.
- Lloró en la casa de Marta y María.
- Sanó en casas llenas de enfermedad.
- Comió con pecadores, en patios, en salas, en sillas, en mesas.
El ministerio de Jesús ocurrió una y otra vez en espacios domésticos y eso nos revela algo: Dios no espera hogares perfectos para entrar en ellos. Él entra para transformarlos desde adentro. Igual cuando Él llegó a nuestras vidas individualmente, no teníamos, al contrario, estábamos vueltas un desastre y entonces Él entra y nos transforma. Igual hace con tu hogar. Porque Cristo no vino solamente a enseñar verdades; Él vino a morar entre los Suyos, vino a restaurar la comunión perdida en el Edén, vino a volver a hacer posible que Dios y el hombre habitaran juntos.
Y eso nos lleva entonces a la siguiente pregunta: ¿Cómo luce un hogar donde Cristo reina hoy? Vamos a contestar eso en este fin de semana.
Pero por lo pronto te digo que no es un hogar perfecto. No es un hogar sin problemas. Es un hogar donde la presencia de Cristo redefine la atmósfera, redefine tu perspectiva; es un lugar en proceso de santificación. Es un hogar donde hay cansancio, pero se ora y se descansa en Dios. Se depende de Él en medio del cansancio.
Es un lugar donde hay conflicto, pero se perdona tal y cual has sido perdonada en medio del conflicto. Hay rutina, pero se sirve y se persevera cada día en medio de la rutina. Hay incertidumbre, hay problemas, pero se confía en Dios en medio de la incertidumbre. Así que él redefine las cosas. No es que haya ausencia de problemas.
Cristo no eliminó los retos de la vida ordinaria; Él la llenó de Su presencia. Y es ahí donde el evangelio se vuelve práctico. Deja de ser algo teórico, algo, una doctrina bonita, para hacerse algo práctico. Porque si Cristo ha hecho morada entre nosotros, entonces cada hogar cristiano es un pequeño reflejo de esa realidad tan maravillosa. Es un lugar donde Su gracia se despliega.
La gracia entonces reemplaza la acusación y la culpa. Ahí vemos entonces desplegarse el fruto del Espíritu: el amor, el gozo, la paz, la benignidad, la mansedumbre, el dominio propio. La verdad reemplaza la confusión en la que estamos sumidos hoy en día. La presencia de Dios reemplaza ese vacío existencial que todas tenemos, y esta es una presencia que sostiene. No es una presencia temporal.
Me encanta cómo lo expresó el salmista en el Salmo 73: «Con todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la mano derecha. Me has guiado según tu consejo. Y después me recibirás en gloria» (vv. 23-24, RV 60). Es el arco completo de la historia: Dios con nosotros, Dios guiándonos y, finalmente, Dios recibiéndonos en gloria.
Así que el hogar redimido vive en esta tensión: Cristo ya habita con nosotros, pero estamos en este proceso de santificación. Él está caminando con nosotras de camino a este hogar celestial. Y esto nos lleva entonces al último movimiento de toda esta historia de redención, y es ese Hogar final al que todas vamos; la consumación.
La Biblia termina como comienza, no con un sistema, no con una institución, no con una estructura humana, sino con un hogar eterno. Dice Apocalipsis 21:3: «He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y Él morará con ellos; y ellos serán Su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios» (RV 60).
Desde Génesis hasta Apocalipsis, la historia humana no es simplemente la historia del pecado y la redención. Es la historia de un Dios que nos ama, que te ama y que desea morar con Su pueblo. Un Dios que no se conforma con visitas ocasionales, un Dios que no se queda en la distancia, un Dios que anhela habitar permanentemente con los suyos.
Pero aun antes de que Juan viera ese hogar consumado en Apocalipsis, Jesús ya había preparado el corazón de sus discípulos. Con esta promesa en Juan 14 del 1 al 3. Escuchen:
«No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en Mí. En la casa de Mi Padre muchas moradas hay [Ese concepto todavía: “hogar, casa, moradas”]; si así no fuera, Yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a Mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis» (RV 60).
Jesús no está hablando de metáforas vagas o sentimentales. Él está revelando el corazón del plan redentor de Dios. Y hoy, por medio de su Espíritu, Dios hace morada en nosotros. Nuestros corazones se convierten en el lugar donde Él habita, en donde Él gobierna, donde Él transforma. Por tanto, tenemos, mis amadas, la fragancia de Cristo, como dice la Escritura: «¿No saben ustedes que son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?» (1 Corintios 3:16).
Dios habita en ti, habita en mí. Somos casa de Dios. Pero al mismo tiempo Jesús nos dice: «La historia no termina aquí». El Dios que hoy habita en ti y en mí es el mismo Dios que está preparando un hogar eterno para nosotras.
Así que todavía hay un hogar definitivo que estamos anticipando y esperando. Un hogar, mis amadas, donde no hay pecado, un hogar donde no hay ruptura, donde no hay conflicto, donde no hay desunión, donde no hay cansancio, donde no hay lágrimas. Apocalipsis 21:4 dice:
«Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron».
¡Y eso es lo que esperamos! Eso es lo que tú y yo esperamos. Y por eso nuestros hogares, hoy imperfectos, pequeños, en proceso, no son el destino final. Ese no es el final de la historia. Son sombras, son anticipos, son señales.
Cada mesa donde se ora, cada hogar donde se persigue la paz, donde las mujeres abrazan su rol, donde Dios gobierna, donde Su palabra gobierna; cada familia que lucha por vivir en medio de esta cultura oscura, en este mundo en tinieblas, cada familia que lucha por vivir bajo el señorío de Cristo está contando una historia mayor, está diciendo: «Tenemos un Redentor. Esta no es nuestra casa final. Hay un hogar que Cristo está preparando».
Y mientras esperamos ese día, el Dios que habita en nosotras nos invita a vivir de tal manera que nuestros hogares apunten, aunque sea de lejos, a esa gloria futura.
Yo quise comenzar nuestro tiempo juntas este fin de semana hablando de la teología detrás del hogar, porque antes de nosotros hablar de «lo que yo hago», «¿quién soy yo?», de lo que tú y yo podemos hacer, tenemos que contemplar al Dios que ya ha hecho estas cosas. Al Dios que está haciendo un hogar para nosotras, el Dios que estableció el mundo. Tenemos que contemplarlo a Él, porque el hogar no empieza con nosotras, no empieza contigo, no empieza conmigo. Nosotras no podemos edificar nada si Él no edifica primero. Dice el Salmo 127:1:
«Si el Señor no edifica la casa, [“en…” ¿qué? ¡En vano!] en vano trabajan los que la edifican».
Así que antes de edificar, debemos creer. Debemos creer que Dios es. A mí me encanta cómo la Biblia comienza: «En el principio Dios…» (Gén. 1:1). Yo tengo que creer eso para creer todo lo que la Biblia dice: «En el principio Dios…». Debemos creer. Antes de construir, debemos contemplar a ese Dios. Antes de intentar hacer hogar, debemos contemplar al perfecto Edificador.
Así que, mis hermanas, hasta aquí hemos visto que el hogar importa. Tu hogar importa porque Dios es un Dios que habita. El hogar fue creado bueno, el pecado lo fracturó, pero Dios no abandonó Su propósito. Él vino a redimirlo.
Pero quizás tú ahí estás sentada y me dices: «¡Ay, Laura!, ¡qué lindo suena todo eso! ¡Qué lindo! Ojalá mi hogar luciera así. Pero, esa no fue mi experiencia. Esa no es mi experiencia. Mi hogar no fue un refugio. Mi hogar no es un refugio ahora mismo» o «Mi hogar hoy no se parece en nada a ese ideal».
Si ese es tu caso, nada es imposible para Dios, y tú no estás fuera del plan de Dios. La caída explica por qué los hogares están quebrantados. Pero de nuevo, eso no cancela el propósito de Dios para el hogar.
Y la Biblia es honesta y nos presenta familias. No nos presenta familias perfectas. Nos presenta familias rotas, familias quebrantadas que Dios redime y que Dios usa:
- Adán y Eva conocieron expulsión y vergüenza.
- Caín asesinó a su hermano, como vimos.
- Abraham generó división en su casa.
- Isaac y Rebeca sembraron favoritismo entre sus hijos y vimos la consecuencia de eso.
- Jacob engañó a su padre, tuvo que irse lejos y jamás volvió a ver a su madre. Y luego vio él mismo la traición entre sus hijos, o sea, de una generación a otra.
- David vio su hogar devastado por su propio pecado.
- Elí perdió autoridad entre sus hijos.
La Escritura no maquilla el dolor familiar, y eso es precisamente lo que hace que el evangelio sea tan glorioso. Porque Dios no escoge hogares perfectos para mostrar su gloria; escoge hogares quebrantados que Él restaura y que redime. Y nuestra esperanza entonces no está en producir un modelo ideal. ¡Nuestra esperanza está en Cristo! «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es», dice la Palabra de Dios, «las cosas viejas pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas» (2 Cor. 5:17, RV 60).
Tal vez tú no puedas reescribir tu historia, tu pasado. Yo no puedo reescribir mi historia. Tal vez tú no puedes borrar lo que ya viviste. Tal vez heredaste patrones que tú no elegiste. Pero en Cristo, tú no estás condenada a repetirlos. ¡No estás condenada a repetirlos! Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia, dice Romanos.
Así que el hogar redimido no está hecho de personas perfectas. Está hecho de personas arrepentidas, arrepentidas, de mujeres rendidas, de mujeres gobernadas por Cristo. Y quizás te preguntas: «¿Qué hago mañana cuando vuelva a mi casa?». Te repito, antes de hablar de lo que hacemos, tenemos que contemplar al que edifica. Porque tu hogar no comienza con tu determinación, no comienza con tu habilidad, no comienza con tu personalidad, comienza con Dios.
Él es el arquitecto; Él es el Redentor. Y si Él es el Dios que habita y que edifica, entonces tú no estás llamada a producir algo desde cero. Tú estás llamada a colaborar con Él. A colaborar con Él. Estás llamada a edificar bajo el gran Edificador. No se trata de perfección. Vamos a ver eso mañana. Se trata de dependencia.
No se trata de controlar resultados; se trata de vivir bajo el señorío de Cristo, sometidas a su Palabra aceptando y abrazando el hermoso diseño de Dios para nosotras y el rol que Él ha dispuesto para nosotras allí en ese lugar.
De manera, mis amadas, que esta noche no van a salir con una lista de cosas por hacer, sino de una visión, de una visión del hogar como un lugar donde Dios desea habitar, una visión del evangelio como poder real para salvar y redimir historias reales. Una visión de esperanza para mujeres que tal vez nunca vieron ese diseño vivido; nunca lo vieron vivido.
Pero, ¿tú sabes qué?, tú lo puedes hacer una realidad cuando tú estás en la Palabra de Dios y dejas que la Palabra de Dios transforme tu corazón y transforme tu mente, y cuando estás en una iglesia donde ancianas están allí para ayudarte. Tú no estás sola.
Una visión del hogar como un lugar digno de cultivar y de servir sin reservas, lejos de ser una cárcel o lejos de ser opresión, es un lugar hermoso y un llamado hermoso el de cultivar el hogar. Así que, para concluir, te voy a hacer algunas preguntas para que tú reflexiones, empieces a reflexionar esta noche para que el Señor empiece a trabajar en tu corazón y vaya haciendo algo en tu corazón, y vaya sacando cosas de tu corazón.
En primer lugar, pregúntate:
- - ¿He creído en el Señor Jesucristo para perdonar mis pecados, para justificarme delante de Dios y hacerme una nueva criatura por la obra de su Espíritu? Mi amada, si eso no ha pasado, tú no puedes hacer nada. Yo no puedo hacer nada si no es por el Espíritu de Dios. Necesitamos su Espíritu Santo.
- - ¿Qué ha definido tu idea del hogar hasta hoy? ¿Ha sido tu experiencia o has permitido que tus heridas o la historia que has tenido definan tu visión del hogar? ¿O ha sido la cultura, quizás? ¿O acaso ha sido la Escritura?
- - ¿Has resentido el diseño de Dios para el hogar y tu rol allí en lugar de abrazarlo? Mis amadas, cuando nosotros resentimos el rol, eso sale a relucir en nuestro hogar. Es un aroma ácido que sale de nosotras, cuando nosotros resentimos eso.
- - ¿He creído la mentira de que el hogar limita mi potencial? ¡Eso es una mentira!
- ¿He perdido la esperanza de que Cristo pueda escribir algo nuevo en mi casa?
- ¿Qué visión necesito rendir hoy delante del Señor?
- Y finalmente, ¿qué anhelas que Jesús haga diferente?
Tómate un momentito ahí con la persona que tienes a tu lado y contesta esa pregunta con una hermana que tengas al lado: ¿Qué tú anhelas que Jesús haga diferente en ti y en tu hogar?
Okay, mis amadas, mediten en esas preguntas esta noche y dejen que Dios empiece a trabajar en su corazón. Cristo no solamente vino a perdonar pecados individuales, sino a redimir historias completas. Vino a abrir nuestros ojos para que lo veamos, y es Su Espíritu que nos lleva al arrepentimiento. Y Él es fiel y justo, mi amada, para perdonarte. Cuando ponemos, cuando pones tu confianza en Su obra perfecta a nuestro favor.
Él vino a transformar nuestra mente y a capturar nuestro corazón y nuestros afectos. Él vino a romper ciclos. Él vino a devolver los años que la langosta se comió. Él vino a sanar memorias. Él vino a restaurar. Pero el arrepentimiento comienza cuando dejamos de culpar nuestra historia, nuestros padres, nuestra familia, todos esos traumas; cuando dejamos eso atrás y verdaderamente nos arrepentimos delante del Señor y comenzamos a rendir nuestras vidas a Él, a rendir nuestras vidas delante del Señor.
El Dios que habitó en el Edén, que habitó en el tabernáculo, que desea habitar entre nosotros, es Cristo y es el mismo Dios que hoy desea habitar en medio de tu hogar. ¡Él es tu hogar! Y donde Él habita, la historia nunca termina igual.
Entonces, en nuestro próximo tiempo juntos, mañana vamos a descender de esta historia panorámica teológica, vamos a descender a tu cocina; vamos a descender a tu cotidianidad, a tu rol de mamá, de esposa, al cansancio de la vida real en medio de este proceso de santificación.
Y cuando hablemos acerca de la influencia de la mujer en el hogar, vamos a ver cómo Dios usa mujeres como tú y como yo, no perfectas, no sin heridas, no sin pasado, para iniciar nuevas generaciones de hogares donde Su presencia es evidente. Vamos a hablar de cómo luce ese hogar redimido en lo práctico y cuál es nuestro rol allí como colaboradoras de Dios.
Tenemos que disponer nuestras vidas, rendirnos a Dios y ser Sus colaboradoras. Pero por ahora descansa en esto: tu historia no es el final y el pecado no tiene la última palabra. Tu hogar, tal y como está hoy, importa porque es asunto de Dios. Y el Dios que habita contigo está escribiendo una historia de redención allí.
Débora: Tal vez tu hogar no se parece al que habías imaginado o al que hubieras deseado tener, pero, amada, qué gran consuelo tenemos de saber que el Señor sigue escribiendo nuestras historias de redención.
En el episodio del día de mañana, Laura González de Chávez nos ayudará a aterrizar las verdades que hemos estado aprendiendo para poder llevarlas a la práctica y veremos el papel tan importante que Dios ha dado a las mujeres dentro del hogar. ¡Te esperamos aquí, en Aviva Nuestros Corazones!
Invitándote a vivir una vida contracultura, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
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