Débora de Rivera: ¿Qué viene a tu mente cuando piensas en la palabra «hogar»? Con nosotras, Laura González-De-Chávez.
Laura González-De-Chávez: El hogar no es una construcción humana, no es una construcción cultural que cambia, no es un accesorio opcional de la vida. No son simplemente cuatro paredes o un edificio, un apartamento, una casa linda o chiquita. No. El hogar forma parte del plan eterno de Dios.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 1 de septiembre de 2026.
Hoy damos inicio a una nueva serie titulada «El hogar a la luz del evangelio», y esta serie está basada en las plenarias de la conferencia «Ser mujer: haciendo hogar», celebrada en España este año. Estos mensajes fueron impartidos por Laura González de Chávez, y a través de estos ella nos ayudará a descubrir por qué el …
Débora de Rivera: ¿Qué viene a tu mente cuando piensas en la palabra «hogar»? Con nosotras, Laura González-De-Chávez.
Laura González-De-Chávez: El hogar no es una construcción humana, no es una construcción cultural que cambia, no es un accesorio opcional de la vida. No son simplemente cuatro paredes o un edificio, un apartamento, una casa linda o chiquita. No. El hogar forma parte del plan eterno de Dios.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 1 de septiembre de 2026.
Hoy damos inicio a una nueva serie titulada «El hogar a la luz del evangelio», y esta serie está basada en las plenarias de la conferencia «Ser mujer: haciendo hogar», celebrada en España este año. Estos mensajes fueron impartidos por Laura González de Chávez, y a través de estos ella nos ayudará a descubrir por qué el hogar forma parte del plan eterno de Dios y por qué este tema es tan relevante para cada una de nosotras. En este primer mensaje, Laura sentará las bases para lo que estaremos aprendiendo durante los próximos días.
Con nosotras, Laura González-De-Chávez.
Laura: Y me sentí tan agradecida cuando me hablaron del tema de esta conferencia del hogar, porque el hogar es un concepto que atraviesa culturas. No importa de dónde tú vengas; el hogar es un concepto muy importante y vamos a verlo. No hay cultura donde no haya un hogar establecido. Es un tema que está muy en mi corazón. Incluso muchas de ustedes quizás conocen que Fausto y yo teníamos un ministerio que ya dejamos de grabar esos programas, pero era Un hogar sobre la roca, porque nosotros entendimos que el hogar era crucial. El hogar era crucial.
Y en este primer mensaje, lo que yo quiero hacer esta noche es sentar las bases para lo que vamos a estar hablando en el resto del fin de semana. Y voy a orar. Voy a orar de nuevo que el Señor nos ayude.
Oh, Señor, te doy tantas gracias, Señor, por permitirnos llegar hasta aquí. Gracias, Señor, por lo que estás haciendo en la vida de cada una de mis hermanas aquí. Ahora te pido, Señor, que Tú abras sus oídos, Señor, abre sus oídos, abre su corazón. Permíteles recibir, Señor, lo que Tú tienes para cada una de ellas. Señor, tu palabra dice que tus ovejas oyen Tu voz. Así que permite, Señor, que ellas reciban con gozo y acepten con humildad, Señor, la Palabra que el Señor, que Tú estarás sembrando en sus corazones durante este tiempo.
Palabra, Señor, que tiene el poder para salvar nuestras almas y que es suficiente y es poderosa para vivir una vida que te honra y que te glorifique. Así que te pedimos estas cosas, Señor, en el nombre que es sobre todo nombre, en el nombre del Señor Jesucristo.
Y mientras comienzo, yo te quiero pedir que tú, mientras yo te hablo, pienses en un lugar que te traiga buenos recuerdos, un lugar que tú sientas como un refugio.
¿Cuál fue ese lugar para ti? Un lugar donde te sentiste segura. Quizás fue la casa de tus padres o la casa de tu abuela, o el tiempo en familia durante una época especial, quizá de Navidad en las celebraciones, quizás la cocina de tu abuela, que tú llegabas y siempre había un plato para ti; un abrazo. Sentías su ternura, su cuidado o tal vez el olor del café en la mañana o de las celebraciones de Navidad.
Para algunas, quizás ese recuerdo viene cargado de buenos recuerdos. Recuerdos tiernos, recuerdos que te traen nostalgia a tu corazón y que tú agradeces a Dios por eso. Para otras quizás viene mezclado con tensión, con conflicto, con malos recuerdos, con problemas, con resentimientos. Pero sea cual sea tu historia, hay algo que todas aquí compartimos de una manera u otra: y es que el hogar nos ha marcado profundamente.
Nuestro hogar, el lugar de donde venimos, el lugar a donde nacimos, la familia en la que nacimos, nos marca, nos marca de una manera muy particular.
Piensa que en nuestra cultura, aun sin darse cuenta, las cosas apuntan continuamente hacia la idea de hogar. Yo no sé qué tan familiarizados están ustedes con las canciones de Navidad de Estados Unidos. Nosotros venimos de Estados Unidos, así es que hay muchas canciones. Hay una en particular que dice «I’ll be home for Christmas» (Estaré en mi hogar en Navidad), porque eso trae como una especie de «¡Guau!», de alivio, de refugio. «¡Ya llegué a mi hogar!».
¿Aquí hay dominicanas? ¡Mis compatriotas! Bueno, pues en Santo Domingo, en República Dominicana, conocemos que está el béisbol. Y tú no estás «a salvo» en ese juego hasta que tú no llegas a «Home». Hasta que no llegas a «Casa». O sea que esa palabra tiene una idea de seguridad.
Decimos continuamente: «Hogar, dulce hogar». A mí me encanta viajar y conocer lugares nuevos. De verdad que para mí fue un gozo cuando me dijeron: «¡Ay!, volver a España», ver a todas estas hermanas. Aquí veo muchas caras conocidas. Pero no hay nada mejor que llegar a casa cuando: «Ya vine de hacer la encomienda de Dios y llego a casa. ¡Hogar dulce hogar!». A todos nos pasa eso.
¿Y por qué esa fascinación universal? ¿Por qué esa nostalgia que todas compartimos con este tema? Y yo creo que todas aquí pensamos, ¿verdad?, suponemos que el hogar debe ser un lugar de descanso, un lugar donde yo encuentro identidad, donde yo encuentro que yo pertenezco.
El hogar es el escenario donde se desarrollan los inicios de nuestra vida, donde nacemos, amamos, crecemos. Chesterton dijo lo siguiente:
«El hogar es el lugar donde nacen los hijos, donde mueren los hombres y donde se representa el drama de la vida mortal. No es una oficina, no es una tienda, no es un despacho; es algo mucho más pequeño en tamaño y mucho más grande en alcance. Sin embargo, lamentablemente vivimos en una cultura que desprecia ese lugar, lo minimiza».
Déjeme contarle un poquito de mí. Quizás muchas conocen algo de mi testimonio, pero yo crecí viendo dos modelos muy diferentes de hogar y lo que marcó la diferencia fue la mujer: mi mamá y mi tía. Cuando yo tenía siete años, mi madre muere repentinamente de un ataque al corazón y yo fui a vivir con mi madrina.
Yo era católica, mi familia era católica, y, tú sabes que tú tienes padrinos y madrinas. Bueno, mi madrina era la hermana de mi mamá y vivíamos muy, muy cerquita, y yo incluso pasé los primeros días de nacida en su casa porque ellas eran muy unidas. Eran las únicas dos mujeres de una familia de siete y ellas eran muy unidas.
Cuando mi mamá muere, me voy a vivir con ella. Pero mi mamá, en estos primeros años de vida, era una mujer que compró todas las ideas del feminismo. Ella era independiente. Ella no se quería casar. Ella se casó tarde incluso y me tuvo tarde. Relativamente, en esa época la gente se casaba muy temprano y ella se iba a trabajar desde temprano. Venía la siesta. Cuando yo llegaba de la escuela, ella me recibía en la siesta y me decía: «¿Cómo te fue en la escuela? ¿Sacaste buena nota? ¿Cómo te portaste?». Eras como… Yo sabía que ella me amaba. Yo estoy segura de que ella me amaba y daba su vida por mí. Pero su corazón no estaba en el hogar. Ella vivía trabajando.
Cuando ella muere, yo inmediatamente… mi papá me dijo: «No, yo no te puedo cuidar. Yo trabajo. Vas a donde tu tía». Y eso fue para mí muy normal. Todo fue diferente. Cuando fui a casa de mi tía, ella se dedicó a mí. Ella era una mujer de su casa. Sus dos hijos grandes ya estaban casados y ella se dedicó a mí completamente.
Pero aparte de eso, su corazón estaba en el hogar. Tú llegabas a esa casa y todo el mundo decía que era un remanso de paz. Su. Su espíritu te daba paz. Ella cuidaba ese hogar, lo cultivaba… y no tenía un matrimonio fácil, mis hermanas. Tenía un matrimonio muy, muy difícil, pero hasta el final ella estuvo ahí en su hogar, cuidándolo con gozo cada día.
Yo no sé si están vendiendo aquí el libro de «Mujer Verdadera: El maravilloso diseño de Dios para ti», que hicimos en Aviva Nuestros Corazones. Yo hablo un poco de su testimonio ahí porque marcó mi vida, hablando de lo que marca tu hogar. Lo que marcó mi vida fue mi tía; marcó mi vida con su vida, con su testimonio.
Eso me enseñó algo que yo no entendía en aquel momento y es que el hogar nos forma; el hogar nos forma, el hogar en que crecemos deja huella. El hogar, tu hogar y el mío, predica algo. Aunque tú no hables con palabras, está predicando algo. Y si tu hogar de niñez fue un lugar que recuerdas con agrado, esa sensación de seguridad, de descanso, de pertenencia que te inunda no nació espontáneamente de ti.
Ese anhelo, mis amadas, no es accidental, es un eco, es una sombra, es el recuerdo de algo mayor. Y no es solo emocional, es profundamente teológico. Y eso es lo que vamos a estar viendo esta noche. La Escritura dice que Dios puso eternidad en el corazón del hombre, dice Eclesiastés 3:11.
Eso significa que dentro de cada una de nosotras llevamos una memoria de algo que fue bueno, que era estable, lleno de sentido, lleno de propósito. Aunque ahora no lo estamos experimentando plenamente. Ese anhelo apunta a algo mucho más atrás de nuestra infancia. Apunta al Edén, apunta al primer hogar, apunta a un tiempo cuando Dios preparó espacios para habitar con el hombre sin ruptura ni vergüenza. Y apunta hacia delante a ese hogar eterno que Dios está preparando para Su pueblo, para nosotras, que hemos creído y confiado en la obra de Su Hijo Jesucristo.
Por eso, todas las culturas y en todos los tiempos las personas han valorado el hogar. Aun personas que no conocen al Señor anhelan pertenecer, anhelan un lugar de refugio, anhelan habitar en paz. Y cuando el hogar se fractura, el corazón no deja de anhelar, simplemente redirige esa búsqueda. Busca eso.
Por eso vemos a tantos jóvenes, que uno oye que se unen a gangas o a pandillas, o a comunidades improvisadas, aun que vienen a la iglesia. En Estados Unidos, muchos jóvenes han venido a la iglesia buscando pertenecer, buscando una familia, buscando refugio, buscando un hogar. Y no siempre que se unen a estas pandillas, su motivación es rebelarse necesariamente, sino que buscan ser vistos, ser conocidos, ser aceptados, protegidos, porque todos fuimos creados para pertenecer. Fuimos creados por un Dios que ama habitar.
Y esta es la verdad con la que yo quiero que tú te quedes esta noche: el hogar no es una construcción humana, no es una construcción cultural que cambia, no es un accesorio opcional de la vida. No son simplemente cuatro paredes o un edificio, un apartamento, una casa linda o chiquita. No. El hogar forma parte del plan eterno de Dios.
Desde el primer capítulo de la Biblia hasta el último, la historia que se nos cuenta es la historia de un Dios que crea un hogar, ve cómo ese hogar se fractura y decide restaurarlo, decide redimirlo. Y cuando un hogar se conforma y se construye conforme a Su diseño, se convierte en un santuario, un lugar donde los niños pueden crecer, pueden florecer; donde el carácter se forma, donde la fe se aprende, donde se refleja el carácter de Dios, Su provisión, Su fidelidad, Su orden, Su ternura, Su misericordia, Su compasión.
Alguien dijo —escuchen eso—, alguien dijo que: «El hogar existe para proveer para todos los demás sistemas e instituciones del mundo». Tan grande es su impacto y valor. Pero cuando los hogares se derrumban, todo lo demás cae detrás. Una nación en decadencia no es primero un problema político, no es el presidente, no es el rey supremo, no son los partidos políticos, sino es un problema de hogares destruidos.
A lo largo de la historia, cada vez que una cultura ha entrado en decadencia moral o espiritual, Dios ha comenzado a reformar los hogares, no los sistemas políticos. En tiempos del Imperio Romano, por ejemplo, cuando todo parecía colapsar, Dios levantó comunidades centradas en la Palabra de Dios y vidas ordenadas delante de Él.
En épocas de persecución y de oscuridad, mujeres fieles, mis hermanas, abrieron sus hogares como refugios de fe para aquellas personas que estaban perseguidas, formando generaciones que sostuvieron la verdad aun cuando todo parecía derrumbarse.
Nunca ha sido diferente: cuando el hogar se desordena, Dios fortalece los hogares gracias a Su misericordia. Y cuando los hogares se levantan, igualmente sucede: la cultura se estabiliza. Cuando los hogares se derrumban, todo cae detrás. Cuando el hogar se gestiona mal, cuando los padres abandonan sus roles dados por Dios, cuando reina la división, el conflicto, cuando reina la disensión, los resentimientos, ese hogar deja de contar la historia que estaba destinada a contar.
Y esto lo vemos sucediendo a nuestro alrededor. Yo estoy segura de que tú puedes mirar alrededor y ver hogares destruidos. No es casualidad que vivamos en una cultura que desprecia lo doméstico. Cuando una mujer, una niña o una jovencita dice: «Yo quiero casarme y tener hijos», dicen: «¡Ay!, tú no tienes ambiciones». Porque despreciamos lo doméstico, lo cotidiano, lo ordinario. Una cultura que mira el hogar como estorbo, como una cárcel.
Las mujeres pueden ver el hogar como una cárcel porque han sido enseñadas a través de la cultura a verlo así: como pérdida de potencial. Y debido a su impacto tan grande, obviamente no nos sorprende que el enemigo haya puesto su mira en el hogar. Satanás diría: «Si yo puedo fracturar el hogar, puedo fracturar el futuro», porque él, Satanás, es el enemigo de Dios y él odia todo lo que Dios llama bueno.
Odia matrimonios fuertes porque producen hogares fuertes. Odia hogares fuertes porque producen generaciones fuertes. Y desde Génesis 3 su estrategia ha sido exactamente la misma: mentir, dividir, distorsionar y destruir.
Por eso es que este tema es tan importante. Cuando uno dice: «Voy a hablar del hogar», dicen: «¡Ay!», como que: «Yo sé todo lo que tengo que saber del hogar».
Es que no hemos entendido. Yo, aun preparándome para este finde, para este fin de semana, yo me asombré del concepto tan profundo que tiene el hogar. Y para entender por qué el hogar importa tanto, tenemos que volver al principio y seguir el hilo de toda la Escritura. Y esto es lo que voy a intentar hacer rápidamente con ustedes esta noche.
Mi deseo es que, al terminar estas horas juntas esta noche, mañana, salgamos, no con una lista de tareas de cotejar: «Déjame ver cómo soy una mejor mujer en mi hogar». No, sino con una visión renovada de lo que significa el hogar. Una visión gloriosa del hogar redimido y de nuestro rol allí como mujeres, que no es pequeño. Una visión que no nace de la cultura, no nace de la nostalgia, sino del corazón eterno de Dios.
Entonces, si este anhelo, si este concepto de hogar no es simplemente cultural, nos preguntamos: ¿de dónde viene? Porque ya sabemos que no puede ser una invención humana, tiene que haber un origen divino. Y para entender esto no podemos comenzar con nuestras experiencias, porque si tú tuviste una mala experiencia, tú piensas que el hogar deja malas experiencias. No es el lugar que tú piensas que Dios piensa que es.
No podemos comenzar con nuestros fracasos, ni con nuestras heridas ni resentimientos. No podemos comenzar en la cultura porque la cultura no tiene idea de lo que es el hogar. Tenemos que volver al principio, antes del pecado, antes del caos, antes de la fractura. Tenemos que volver a Génesis, porque la Biblia no empieza con una iglesia, no empieza con una nación, no empieza con un sistema, comienza con un hogar.
Si van a sus Biblias, ábranlas en los primeros libros del Génesis 1, 2 y 3, ténganlo ahí. Voy a ir tocando algunos versículos rápidamente. Génesis 1, 2 y 3. Ténganlo ahí marcadito.
Y cuando abrimos, cuando empezamos a leer Génesis, lo primero que descubrimos es que, antes de todo lo demás, hubo un lugar preparado por Dios para que el ser humano habitara. Mira lo que dice Génesis 2:8: «Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado» (RV 60). Jehová Dios intencionalmente prepara, planta al ser humano, los establece. Eso no fue improvisado, eso no fue una cosa que Él…No. Él lo planificó así, y plantó allí a este huerto en el Edén, y puso al hombre allí.
Y más adelante en el versículo 15, leemos: «Tomó, pues, Jehová Dios al hombre, y lo puso en el huerto del Edén, para que lo cultivara y lo guardara». Ahora, este hombre que Él había formado, Él le da una encomienda: «Cultiva y guarda este lugar». Y ese lenguaje no es casual.
Esas mismas palabras, «cultivar» y «guardar», son las que más adelante describen el servicio sacerdotal en el templo. O sea que desde el principio el hogar fue un lugar de propósito, un lugar donde el trabajo tenía dignidad, donde lo cotidiano se vivía bajo la presencia de Dios. Y en ese contexto perfecto, entonces Dios declara algo que cambia la historia humana.
Y en Génesis 2:18, Él dice: «No es bueno que el hombre esté solo; le haré una ayuda idónea para él» (RV 60). Ahora, luego de haber hecho al hombre —creó el mundo y crea Su máxima creación, que es el hombre—, Él dice ahora: «No es bueno que esté solo. Le voy a hacer una ayuda idónea».
Y esa palabra «ayuda idónea», la Palabra la llama Ezer Kenegdo, que es una ayuda adecuada, una ayuda perfecta, una ayuda fuerte, una ayuda inteligente, una ayuda complementaria para este hombre. Y en el versículo 24 Él establece entonces el diseño del hogar: «Por tanto, el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (RV 60).
Así que desde el principio, el hogar fue un espacio que ellos estaban llamados a cultivar y a guardar, cada uno haciendo su parte. Él hacía su parte que Dios le encargó y ella hacía su parte que Dios le encargó: ambos gobernando bajo la autoridad de Dios. Ni el hogar era un castigo, ni el trabajo era un castigo. El hogar no era una carga; la obediencia no era opresión, era simplemente algo que salía del corazón de ellos naturalmente.
Un hombre, una mujer, una unión y un espacio compartido bajo el señorío de Dios. Y cuando continuamos viendo Génesis con atención, vemos que ese lugar, el Edén, no era tan solo un jardín, era un santuario. ¿Por qué? Porque Dios mismo caminaba allí. Dice que Él se paseaba por allí. Él hablaba allí; Él se revelaba allí. El primer hogar fue en un lugar donde la presencia de Dios y la vida ordinaria, la vida vivida debajo del sol, coexistían sin tensión.
Antes de la caída, el hogar era armonía, era belleza, era orden. Era paz, comunión entre los esposos, una relación armoniosa, complementaria, comunión entre ellos perfecta y comunión con Dios perfectamente. Y todo esto continúa revelando que el hogar existe porque Dios es un Dios que habita, un Dios que hace morada entre los hombres. ¿Pero entonces, qué pasa? Entre el pecado y con él la ruptura de ese lugar.
Y yo no voy a exponer aquí todo Génesis 3, verso por verso. Pero tenemos que entender lo que pasó allí, porque este capítulo explica por qué el hogar, tu hogar y el mío, está como está hoy en día. Está quebrantado el hogar de hoy y no refleja lo que Dios ideó que reflejara.
Después de la armonía perfecta de Génesis 1 y 2, la historia da un giro trágico. Eva escucha otra voz. Escucha otra voz. No la voz de Dios. Ella escucha la voz de la serpiente. Y Génesis 3:6 dice.
«Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría. Y tomó de su fruto, y comió, y dio también a su marido, el cual comió, así como ella» (RV 60).
Y aquí mis hermanas, empezamos a ver la gran influencia que tú y yo tenemos.
El pecado no comenzó con una acción externa. Comenzó con una duda interna en el corazón de la mujer. Duda del carácter de Dios, desconfianza de Su bondad, deseo de autonomía, de independencia. La mujer fue la engañada y sigue la seducción del enemigo. Ella escucha al enemigo, es engañada y entonces influencia a su esposo Adán, y eso inicia una caída estrepitosa.
Voy a hacer un silencio para que eso caiga en tu corazón. Y en ese momento algo se quiebra. Génesis 3:7 dice que: «Entonces fueron abiertos los ojos de ambos, y conocieron que estaban desnudos» (RV 60). Lo que antes era comunión perfecta, unión perfecta, no había ninguna sospecha el uno del otro, ahora es vergüenza, ¿y qué hacen? Se esconden, se esconden de Dios, se cubren y se acusan.
Cuando Dios confronta a Adán, él responde en el versículo 12 del capítulo 3: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol y yo comí». Ya no hay unidad, ahora hay transferencia de culpa, ahora hay acusación. La caída no solo trajo pecado individual, trajo desorden relacional y luego Dios declara las consecuencias y le dice a la mujer en el versículo 16:
«Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz a los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti» (RV 60).
Y en los versículos 17 al 19 le dice al hombre:
«Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer [“Obedeciste a la voz de tu mujer”] y comiste del árbol que te mandé, diciendo: “No comerás de él”; maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás» (RV 60, énfasis añadido).
La armonía se quiebra, la comunión se fractura y el hogar que debía ser un santuario donde Dios caminaba libremente entre ellos, se comienza a llenar de tensión. Adán y Eva son expulsados del Edén y, desde ese momento, el hogar se convierte en el campo donde el pecado se manifiesta primero, antes que en ningún otro lugar o ámbito.
A mí me llama la atención eso mucho, porque en el Nuevo Testamento, cuando Dios da encomiendas a los hombres como pastores, como diáconos, dice que su hogar debe estar en orden.
El hogar es lo que te capacita, lo que te equipa, lo que te permite ministrar, que tu hogar esté en orden. Así de importante es para Dios el hogar. Y ahí es donde el pecado se manifiesta primero y lo vemos inmediatamente en Génesis 4: el primer hijo asesina a su hermano. Así que el primer hogar termina en expulsión y la primera familia en sangre.
Desde Génesis 3, el hogar se convierte en un lugar donde el amor convive con el dolor. Porque ahora esta persona me hiere y yo hiero a la otra persona porque ambos somos pecadores.
El deseo de cercanía; todos tenemos un deseo de intimidad. Todos, hombres y mujeres. Pero ahora eso lucha con el temor, porque ahora yo no me atrevo a ser honesta, no me atrevo a ser vulnerable porque temo no ser aceptada, no ser amada, temo… yo pienso que no puedo ser transparente y amar sin temor.
La provisión se mezcla con el cansancio, porque ahora tengo que trabajar con el sudor de mi frente para salir adelante. La autoridad se distorsiona porque ahora la mujer quiere tomar el control y la comunión se interrumpe.
La caída, mis amadas, afectó la manera en que nos hablamos, la manera en que ejercemos el liderazgo en el hogar, la manera en que respondemos al conflicto, la manera como hacemos hogar. Y esa fractura no se quedó en el Edén. Se repite generación tras generación tras generación tras generación. La Biblia no nos muestra hogares perfectos. Lo vemos una y otra vez en la familia del Antiguo Testamento. Muestra hogares quebrantados. Y si somos honestas, lo mismo ocurre hoy en nuestros hogares.
Satanás sigue atacando el hogar porque entiende su importancia, entiende su impacto y dime si no es así, dime si aquí no hay una mujer que no desee controlar a su esposo. Que no desee enseñorearse. Yo creo que todas somos hijas de Eva, ¿verdad? Todas tenemos eso.
Pero Satanás sigue atacando el hogar porque entiende su importancia y promueve el individualismo, promueve la independencia, debilita la autoridad, redefine el matrimonio en sus máximos cambios que hace. Ridiculiza la maternidad, la caracteriza como opresión, como improductiva. Llena las casas de ruido, de distracción, de prisa, de activismo. Convierte este santuario, que debe ser un santuario, en un hotel que la gente entra y sale y ni siquiera comen juntos a veces. El refugio se convierte en un campo de batalla. La mujer se quiere enseñorear del esposo.
Pero es aquí donde la historia da un giro glorioso, porque Génesis 3 no termina solo en juicio. En medio del juicio brilla una promesa, y en Génesis 3:15 la Palabra dice:
«Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; esta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar» (RV 60).
Y esa es la primera promesa del evangelio. La caída no afectó ni canceló el propósito de Dios, porque Él es un Dios redentor. A mí me encanta cuando vinimos aquí para ISHA el año pasado —vine con mi familia, con toda mi familia—; nos quedamos dando un paseo por toda Andalucía y eso fue una aventura.
Alquilamos una… ¿cómo se llama? Una furgoneta. Una furgoneta para 12 personas. Íbamos cargados, pero nos encantaba porque veíamos como unos castillos medievales. Donde sea había un castillo medieval, como una lomita, un castillo, un castillo aquí. Algunos de ellos estaban todos destrozados por los años. Así que imagínate una casa así, antigua, hermosa en su tiempo, seguramente gloriosa; uno de esos palacios. Pero ahora ha sido golpeado por el clima, por los años, por el abandono, por el desgaste. El techo tiene goteras, el piso está roto, cruje. Y tienes dos opciones: o la demueles (demolerla) o restaurarla.
Dios no elige demoler. Dios elige restaurar. Y restaurar no implica como que no hay daño. No. Él ve el daño. Significa que Él entra, Él limpia, Él refuerza y Él sana. Y nosotros, hace varios años, compramos una casa con nuestros hijos también, y era una casa como de los 80, estaba así como bien pasada de moda, y las alfombras sucias y los lugares tenían como tanto potencial, pero sabíamos que teníamos que invertirle tiempo, invertir dinero; hubo que romper piso, romper paredes.
Y mis amadas, si Dios puede restaurar un hogar físico, un hogar,una casa material, ¡cuánto más un lugar donde Su Espíritu habita!
Débora: Qué alentador es recordar que nuestro anhelo de pertenecer y de tener un hogar no es accidental, sino que refleja el diseño de un Dios que ama habitar en medio de Su pueblo.
¿Ya adquiriste tus boletos para nuestra próxima conferencia Mujer Verdadera ’26: «Preparen camino al Señor»? Te recordamos que este 13 y 14 de noviembre de 2026, en Miami, Florida, celebraremos este tan esperado evento… ¡y estamos a solo un par de meses! Nos encantaría contar con tu presencia.
Entre nuestros conferencistas estarán Sugel Michelén, Wendy Bello, Dannah Gresh y Mary Kassian. Y durante los tiempos de alabanza nos acompañarán Jonathan y Sarah Jerez.
Únete a mujeres de distintas partes del mundo para una conferencia de dos días centrada en la Palabra de Dios. Juntas reflexionaremos en la esperanza segura del regreso de Cristo y en lo que esa verdad significa para la manera en que vivimos hoy.
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En el episodio del día de mañana seguiremos descubriendo cómo el Señor, desde Génesis hasta Apocalipsis, ha estado escribiendo una historia de redención y cómo Cristo vino a hacer posible que Su presencia vuelva a habitar entre nosotros. ¡Te esperamos aquí en Aviva Nuestros Corazones!
Invitándote a vivir una vida contracultura, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de la Nueva Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.
*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la series de podcast.
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