Débora de Rivera: ¿Sabías que Dios te ha dado una influencia real dentro de tu hogar? Las madres, en particular, tienen la capacidad de marcar profundamente la vida de sus hijos y de contribuir a la atmósfera que se respira en casa. Laura González-De-Chávez dice que…
Laura González-De-Chávez: Ellos ven lo que nosotros atesoramos y ellos nos siguen. Si ellos ven que tú atesoras a Cristo, eso se va a reproducir. Lo que tú permites en tu hogar discipula a tus hijos. Lo que tú normalizas, va a formar. ¿Tú atesoras las Escrituras? Tus hijos pueden ver eso. Eso los forma.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 3 de septiembre de 2026.
En el episodio del día de hoy veremos cómo el evangelio se encarna en medio de la rutina del hogar. Escucharemos a Laura …
Débora de Rivera: ¿Sabías que Dios te ha dado una influencia real dentro de tu hogar? Las madres, en particular, tienen la capacidad de marcar profundamente la vida de sus hijos y de contribuir a la atmósfera que se respira en casa. Laura González-De-Chávez dice que…
Laura González-De-Chávez: Ellos ven lo que nosotros atesoramos y ellos nos siguen. Si ellos ven que tú atesoras a Cristo, eso se va a reproducir. Lo que tú permites en tu hogar discipula a tus hijos. Lo que tú normalizas, va a formar. ¿Tú atesoras las Escrituras? Tus hijos pueden ver eso. Eso los forma.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 3 de septiembre de 2026.
En el episodio del día de hoy veremos cómo el evangelio se encarna en medio de la rutina del hogar. Escucharemos a Laura González de Chávez hablar de la influencia que Dios ha dado a la mujer y de la importancia de edificar sobre el fundamento de Cristo. Este y los mensajes anteriores fueron parte de la conferencia en España titulada «Ser mujer: haciendo hogar». Escuchemos.
Laura: Y tú y yo somos colaboradoras de Dios en esta obra de redención que Él está llevando a cabo. Y Él nos ha diseñado muy particularmente, de una manera muy específica, para llevar a cabo esta encomienda que Él nos ha dado en el Reino. Así que hoy vamos a dar el siguiente paso.
Una cosa es decir que el hogar importa y que el hogar es estratégico, que el hogar es importante, y otra es vivirlo día a día, día a día en lo repetitivo, en lo invisible, en medio del cansancio, en medio de una cultura que me hala fuera del hogar, en lo aparentemente pequeño.
El hogar redimido, como decíamos ayer, no es un lugar perfecto; es un hogar en proceso de santificación. Pero sí es el lugar donde el evangelio deja de ser solo una verdad confesada y se vuelve una verdad vivida. Ahora, yo doy gloria a Dios porque hay muchas iglesias y hay un gran mover del Señor alrededor de América Latina, aquí en Europa, de mujeres abrazando la buena doctrina, pero por algún motivo está desconectada de nuestro llamado como mujeres en este en el Reino.
Y por supuesto, solo podemos vivir para la gloria de Dios y valorar lo que Él valora, incluyendo nuestro diseño y nuestro rol en el hogar, con la ayuda y la capacitación del Espíritu Santo que habita en nosotros. Dice Pablo a Tito que la gracia de Dios no solo nos rescata del pecado, pero también nos entrena, nos entrena a decir que «no» a aquellas cosas que deshonran a Dios y «sí» a una vida o una vida sobria, justa, piadosa, en medio de este mundo que vive en oscuridad (ver Tito 2:12).
La gracia nos forma para vivir vidas celosas de buenas obras. Ahora está de moda que, cuando uno llama a los creyentes a ser celosos de buenas obras, es legalismo. ¡No! Eso es obediencia. Cuando nosotros, cuando el Espíritu Santo viene a morar en nosotras, el Espíritu nos capacita para vivir de una forma que lo glorifique, y eso es la vida de obediencia.
La gracia nos forma para vivir celosas de buenas obras, mientras esperamos a nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo. Y eso significa que nosotras como mujeres tenemos un rol en el hogar y es de encarnar el evangelio. Todos los creyentes tenemos ese llamado de encarnar el evangelio, pero la mujer tiene un rol muy particular dentro del hogar en ese sentido.
Tú y yo somos formadas y santificadas en el fuego de las rutinas diarias. Y algo muy importante, este rol de la mujer en el hogar no es superficial, no es secundario, no es opcional. Nadie puede reemplazarte en ese rol. A ti te pueden reemplazar en tu trabajo. Cualquiera puede hacer el trabajo que tú estás haciendo fuera del hogar, pero nadie puede reemplazar tu rol dentro del hogar. Tú eres irreemplazable allí. Y esa labor es estratégica.
Vimos el concepto del hogar, que Dios hace morada con nosotros, que Él empezó… todo empezó en un hogar y nos está llevando a un hogar. Y mientras tanto tenemos hogares y Dios nos pone allí, y ese lugar es el más importante. Y vamos a ver eso hoy. El hogar es un campo de formación y Dios ha diseñado a la mujer de una manera muy particular y te ha dado una influencia muy real.
Lo vimos en Génesis cuando hablábamos de cómo la mujer fue seducida por el enemigo. Ella influyó en su marido y todo se fue abajo después de eso. Tenemos una gran capacidad de influir y una gran capacidad de formar dentro del hogar, y es una labor que dura toda la vida, aunque los enfoques van a ir variando de acuerdo a las etapas: las jovencitas, las casadas, las viudas, las con el hogar vacío, van a ir cambiando.
Vivimos en la era de los influencers. ¿Quién no ve a las influencers ahí en Instagram, donde muchas persiguen la visibilidad? Pero la Escritura no nos llama a nosotras a buscar influencia. ¿Ustedes saben por qué? Porque ya la tenemos, ya tenemos influencia. La Escritura asume que la tenemos.
La pregunta no es si influyes. La pregunta es: ¿cómo lo estás haciendo? ¿En quién estás influyendo y bajo qué autoridad lo estás haciendo? ¿Cómo? Sobre quién estás influyendo y bajo qué autoridad. Porque toda mujer, todas las que estamos aquí, de alguna manera u otra, estamos influyendo. Estamos formando algo. Y por eso dice Proverbios 14:1: «La mujer sabia edifica su casa, más la necia con sus manos la derriba» (RV 60).
Algo que me llama la atención es que en ningún lado dice que «el hombre edifica su casa». Por supuesto, sabemos que el hombre tiene un rol importantísimo en el hogar; es el líder del hogar. Sin embargo, dice que la mujer es la que tiene la capacidad de edificar o de derribar debido a su gran influencia. Eso significa que ninguna de nosotras es neutral en el hogar.
Con nuestra vida cotidiana estamos edificando o debilitando, y no lo hacemos con grandes hazañas o grandes discursos, sino, ¿tú sabes qué?, en medio de la rutina diaria, en medio de lo pequeño de nuestras palabras, de nuestras actitudes, de nuestras prioridades. Y el primer lugar donde se encarna el evangelio es en el hogar. ¿Y cómo lo hacemos nosotras como mujeres?
En primer lugar, es cultivando un carácter. No es haciendo cosas, no es cotejando una lista de cosas, es cultivando un carácter. Así es como podemos influir de una manera sabia: un carácter sometido a Dios. Y en primer lugar, eso significa que tenemos que amar a nuestra familia. Dice 1 Corintios 8 que «el amor edifica» (v. 1). El amor. ¿Cómo edificamos? Amando. ¡Amando!
Ese es el primer ingrediente. No es tu eficiencia, no es tu capacidad organizativa, no es el control, no es la perfección, es el amor. Ese amor paciente, un amor perseverante, un amor que cubre multitud de faltas. Porque recuerden que somos pecadores y no solamente las que están casadas. Nuestro esposo, es pecador; nosotras también somos pecadoras. Nosotros nos casamos con un pecador y somos pecadoras.
Entonces vamos a tener mucha oportunidad de cubrir las faltas. Un amor que cubre toda falta, dice 1 Pedro 4:8: «Sobre todo, sean fervientes en su amor los unos por los otros, pues el amor cubre multitud de pecados». El amor es el fundamento sine qua non de un hogar. Y si el amor es lo que más edifica, reconocemos entonces que lo que más fácilmente derriba es el orgullo, es la ira y es la amargura.
Y mis amadas hermanas, lamento decirles, si no lo saben ya, que nosotras, las mujeres, tendemos mucho a la amargura, ¡a la amargura!, y eso derriba nuestros hogares. Y no es solo un error de un día lo que daña y lo que derriba; es ese corazón que se resiste a humillarse después, es esa ira no arrepentida, es esa amargura que contamina, dice Hebreos. Y la Escritura advierte: «Cuando viene la soberbia, también viene la deshonra…». Pero, ¿con quién está la sabiduría? «Con los humildes», dice. (Prov. 11:2). Entonces, cultivar esa humildad.
Ninguna mujer edifica mientras protege su orgullo. La humildad, no la perfección, es la humildad el fundamento resistente y silencioso de un hogar firme. Y aquí hago una aclaración: esto no significa que la mujer sea la única responsable del hogar, ni que el hombre sea irrelevante. ¡Por supuesto que no! Ni que una mujer sea la salvadora de su familia, aunque a veces lo creemos así. Creemos que somos la salvadora de nuestra familia y que sabemos lo que Dios quiere y que podemos dirigir nuestra familia.
A mí me llama la atención que dice Génesis, que la mujer fue seducida porque ella quería ser como Dios. Nosotras a veces queremos ser como Dios y creemos que podemos salvar a nuestra familia, pero Dios nos ubica rápidamente y nos recuerda que no podemos. Pero lo que sí significa es que Dios le ha dado a la mujer una influencia muy especial en el espacio donde la vida cotidiana ocurre. Esa es nuestra área de dominio. Y una de las formas más concretas como edificamos o derribamos es en esa atmósfera del hogar.
Y esa atmósfera no se cultiva, no se crea con decoración. Tu hogar puede estar precioso y tener una atmósfera muy negativa. Esa atmósfera se consigue, se alcanza con el corazón; con un corazón gobernado por Cristo, y se manifiesta en un carácter, en el tono que usamos al hablar, la paciencia que extendemos, la gracia que extendemos a otros, la manera de corregir a nuestros hijos, de disciplinar a nuestros hijos, la manera de servir y el espacio que ocupan las conversaciones sobre Dios en nuestros hogares.
Y en ese punto, mis amadas, las palabras son decisivas en nuestras vidas. La Biblia dice en Proverbios 18:21: «La muerte y la vida están en el poder de la lengua» (RV 60). A mí me encanta cómo la Escritura tiene estos contrastes, porque dice que la mujer puede ser sabia o necia. Dice que la lengua puede dar vida o quitar la vida. Y tenemos ese poder. Nuestras palabras crean una atmósfera, crean un ambiente. Tus palabras levantan o aplastan. Levantan o aplastan.
Y el libro de Proverbios no es ingenuo también respecto al poder que una mujer tiene dentro de su hogar. De hecho, la Escritura advierte a los hombres, mis amadas, acerca de cosas en cuanto a las mujeres. Mira lo que dice en Proverbios 21:19: «Mejor es morar en tierra desierta que con la mujer rencillosa e iracunda».
O sea, es mejor que un hombre se vaya a un desierto solo que vivir con una mujer rencillosa e iracunda. «Mejor es vivir en un rincón del terrado que con una mujer rencillosa en casa espaciosa», Proverbios 21:9. Tú puedes tener una casa bellísima, un palacio, pero ese hombre prefiere estar en el techo, en una esquinita, y no oyendo a la esposa.
Proverbios 27:15: «Gotera continua en día de mucha lluvia y mujer rencillosa, semejantes son». ¡Son imágenes fuertes! Un hombre que prefiere el desierto, un hombre subiendo al techo para escapar de su casa. Y hoy en día quizás no sea el techo que se sube, pero se sale de la casa. Busca razones para no estar allí, para llegar tarde porque no quiere llegar a su casa a escuchar a esta mujer iracunda y amargada.
Una gotera constante que erosiona la paz del hogar. ¿Y qué está diciendo la Escritura? Que un espíritu contencioso destruye la paz del hogar. Destruye la paz. Y muchas veces la contienda no se presenta como algo feo, así como un pleito, pero se disfraza. Y ustedes saben cómo eso se puede disfrazar, como: «Es que yo tengo razón», «Es que yo solamente estoy siendo firme», «Es que alguien tiene que decir las cosas aquí», «Alguien tiene que tomar el control».
Y muchas veces se expresa en una actitud de oposición constante, de llevar siempre la contraria. ¿No les pasa a ustedes las esposas? Bueno, a mí me pasa que cuando estamos yendo a algún sitio y Fausto tiene que buscar un lugar para estacionar, yo siempre tengo una mejor idea: «¿Pero por qué no fuiste por aquí?», «¿Pero por qué no doblaste por allá?», «Pero aquel camino es mejor todavía». Yo insisto que para llegar a casa de una hermana hay una mejor ruta que la que él toma.
Siempre pensamos que tenemos la razón, pero Proverbios nos muestra la raíz de eso. Ciertamente, la soberbia concebirá contienda donde hay discusiones constantes, tensión continua y un ambiente pesado (ver Proverbios 13:10).
¿No te pasa que a veces tú llegas a un hogar y sientes el ambiente pesado? Es la mujer que tiene el termostato del hogar. ¡La mujer tiene el termostato del hogar! Yo les hablé ayer de mi mamá, de mi tía que me crió. No era un lugar donde el esposo era un hombre fiel ni era un hombre presente. Sin embargo, eso no se respiraba cuando alguien llegaba al hogar, porque ella ponía una atmósfera diferente en el hogar.
Donde hay discusiones constantes, hay orgullo. Y derribar no siempre se ve dramático, es simplemente falta de gracia. Puede ser el tono cortante que tú uses, puede ser la crítica constante (criticar constantemente), voltear los ojos como «Ay…». Fausto dice que yo tengo un lenguaje no verbal. Entonces, puede ser eso también.
La corrección delante de los… mis amadas, ¡no corrijan a sus esposos, delante de sus hijos, ni tampoco peleen delante de sus hijos! La incapacidad de dejar algo pasar. Somos históricas, dicen. Somos históricas. Guardamos un archivito de cosas. El hábito de sacar a relucir los fracasos anteriores y así derribar a nuestros esposos.
Es posible, mis hermanas, ir asiduamente a la Iglesia, servir en la Iglesia y aun así estar envenenando tu hogar con una lengua áspera, con un espíritu áspero, con una lengua poco bondadosa. Pero el Espíritu de Dios, si tú eres una hija de Dios, produce algo diferente. Dice Gálatas 5:22: «El fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, mansedumbre, dominio propio». Y el Señor no advierte a los hombres repetidamente acerca de estas mujeres contenciosas sin razón, porque Él nos conoce, Él nos diseñó, y Él sabe el poder que tenemos dentro del hogar. El poder que tenemos.
De manera que la paz dentro de un hogar no ocurre por accidente, se cultiva en medio de cultivar un carácter, y muchas veces comienza cuando una mujer decide caminar en humildad, mansedumbre y dominio propio delante del Señor.
Hermanas, el hogar no se destruye normalmente con una explosión un día. ¿Tú sabes cómo tú destruyes tu hogar? Poco a poco, poco a poco se va erosionando, erosionando, erosionando con un espíritu que no quiere ceder.
Así que esa paz hay que cultivarla, hay que escogerla. Pídele al Señor que te muestre dónde el orgullo quizás ha echado raíces en tu corazón. Pídele que refrene tu lengua. Pídele que ablande lo que se ha endurecido allí, porque un hogar guiado por una mujer que camine en humildad es una bendición. Así como un hogar gobernado por la contienda, es un campo de batalla, una lucha por el poder.
¡Así que, escoge! Escoge sabiamente qué atmósfera tú vas a crear y a cultivar en tu hogar, porque nosotras somos las responsables de establecer la atmósfera de nuestros hogares. Así que, ¿cómo edificamos? Con un carácter. Con un carácter. Y no solo edificamos o derribamos con nuestras palabras y actitudes, sino también con las prioridades que abrazamos, con nuestra obediencia o desobediencia a la sabiduría de Dios.
Dios, si tú estás en su Palabra, te ha dado caminos de sabiduría y Él te dice: «Sigue por allí». Pero cuando tú te desvías de estos caminos, podemos estar en el camino de derribar. Dice la Palabra de Dios en Mateo 6:21: «Porque donde esté tu tesoro, allí también estará tu corazón». Lo que tú atesoras se nota.
Tus hijos saben lo que es importante para ti, por lo que tú atesoras, por tus prioridades. Lo que tú celebras, eso se va a reproducir. Si ustedes… yo sé que aquí son deportistas, ¿verdad? En cada país, en cada país, en todos los países, tenemos deportes y tú puedes ver que los hijos atesoran y gozan de los deportes que los padres disfrutan.
O sea, ellos ven lo que nosotros atesoramos y ellos nos siguen. Si ellos ven que tú atesoras a Cristo, eso se va a reproducir. Lo que tú permites en tu hogardiscipula a tus hijos. Lo que tú normalizas, va a formar. ¿Tú atesoras las Escrituras? Tus hijos pueden ver eso. Eso los forma.
Hablando con alguno de sus pastores, aquí nos contaba cómo él se levantaba en la mañana y veía a su padre de rodillas. ¿Tú crees que eso no marca a una persona? Que se levanta un niño por la mañana y ve a sus padres, a su madre, en la Palabra; eso los forma porque eso le dice la realidad que es el evangelio para ti. Tú no predicas el evangelio solamente con tus palabras, es con tu ejemplo también.
Así que podemos derribar con descuido constante cuando nosotras no abrazamos las prioridades de Dios; podemos derribar cuando vemos el hogar y nuestro rol allí como opresión y no como vocación, y eso es muy cultural hoy en día. Las mujeres nacen en una cultura que ve el hogar como opresión. Y esa ilustración del pez en el agua, cuando un pez está en el agua y no se da cuenta que está mojado porque ese es su ambiente.
Las niñas y las jovencitas que nacen en esta época, nacen en esta cultura que ve el hogar como una cárcel, como que eso no es una vocación, es una opresión estar allí.
También derribamos con rendición al cansancio cuando no nos volvemos al Señor, con desobediencia al gobierno de Dios y a los roles que Él establece. Por eso Proverbios no habla aquí de títulos, ni de inteligencia, o de cultura, o de información. Habla de sabiduría. De sabiduría. Y la sabiduría bíblica no es saber mucho, no es tener mucho conocimiento, no es ir a la universidad y aprender cosas.
La sabiduría bíblica es vivir bajo el temor del Señor: «Yo le temo a Dios y, por tanto, yo sigo Su consejo. Yo estoy en su Palabra. Yo obedezco Su Palabra». Es obediencia práctica, no es conocimiento intelectual, es rendición a Su sabiduría, es rendirse ante Su sabiduría, que es mucho más alta que la mía.
«El temor de Jehová», dice Proverbios 9:10, «es el principio de la sabiduría, y el conocimiento del Santísimo es la inteligencia» (RV 60). Así que la pregunta no es solamente qué hacemos en casa, sino ¿qué atmósfera estoy construyendo en mi casa? Y quizás tú te puedes detener un momento aquí y preguntarte, ve meditando:
- ¿Qué transmite mi presencia en mi hogar?
- ¿Qué transmito yo con mis actitudes, mis prioridades, mis palabras, con lo que yo valoro o con lo que yo atesoro?
- ¿Eso muestra que yo confío en Dios, muestra que Dios es real en mi vida?
- ¿Estoy trayendo paz o estoy trayendo tensión y conflicto al ambiente?
- ¿Estoy edificando con mis palabras, con mis reacciones? ¿O estoy derribando con mi lengua?
- ¿Está Cristo gobernando la manera en que respondo en mi hogar o estoy reaccionando al cansancio, a la presión, a mi carne, dándole rienda suelta a mi carne?
Y como les decía en el mensaje anterior, no estamos llamadas a edificar solas, ¿verdad? Estamos capacitadas y vivimos en dependencia del Gran Edificador, porque si Él no edifica, en vano trabaja los que edifican. ¡Eso es clave!
Así que, mis amadas, el hogar es un espacio estratégico en el Reino. ¡No hay lugar más importante! ¡No dejes que nadie te engañe! No dejes que el enemigo te seduzca. El hogar es el lugar más importante y esto es clave, y por tanto, no podemos ser ingenuas porque hay muchas cosas quese van a levantar para obstaculizar nuestro rol allí, porque no estamos edificando en terreno neutral.
No. No estamos formando hogares en un mundo que apoya esto. ¡No lo apoya! Es nadar contra la corriente, nadar contra la corriente. Jesús mismo dijo:
«Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca» (Mateo 7:24-25).
Noten algo en ambas casas, la que estaba sobre la arena y la que estaba sobre la roca: en ambas casas cayó lluvia. En ambas casas vinieron los vientos y soplaron los vientos. Las tormentas, mis amadas, no distinguen. Ellas van a ir a ambos hogares. No se trata de si habrá lucha; habrá lucha en tu hogar, habrá lucha y debes esperarla.
Habrá temporadas de cansancio, habrá problemas, circunstancias difíciles, malentendidos, habrá hijos difíciles, habrá procesos largos, habrá momentos donde tú no ves ningún fruto, habrá problemas. Y además de las tormentas externas, están las corrientes que se baten en nuestro propio corazón. El pecado que está ahí al acecho y las ideologías que se infiltran, que afectan nuestras prioridades y nuestros anhelos, nuestros afectos.
Porque vivimos en una cultura que despreciatodo lo que Dios llamó bueno, ridiculiza el orden, desprecia la autoridad, exalta la autonomía, trivializa la maternidad, redefine el matrimonio. Y si no estamos alertas, esa corriente entra a nuestro corazón y nos llena de descontento.
Por eso necesitamos un fundamento, un fundamento que nos arraigue, no un fundamento emocional, no un fundamento cultural, no un fundamento ni siquiera de tradición familiar, sino un fundamento bíblico, el fundamento en Cristo. Porque el hogar no se sostiene por tu energía femenina, ni por nada, que no sea la presencia de Dios. No se sostiene por tus habilidades organizativas ni tu control, sino un corazón rendido al Señor.
Débora: Qué importante es recordar que el hogar no se sostiene por nuestra energía, nuestras habilidades o nuestro control, sino por la presencia de Dios y un corazón rendido al Señor.
Tal vez hoy el Señor te ha mostrado algo acerca de tus palabras, tus actitudes o la atmósfera que estás cultivando en tu hogar. Queremos recordarte que puedes acercarte con confianza al trono de la gracia para recibir perdón y la ayuda oportuna para comenzar de nuevo. Ser fortalecida para edificar con sabiduría, humildad y un carácter rendido al Señor.
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En el episodio de mañana, Laura nos llevará a Tito 2 y a Proverbios 31 para ayudarnos a recuperar la belleza y la dignidad del llamado de ser hacedoras de hogar. Regresa con nosotras aquí, a Aviva Nuestros Corazones.
Invitándote a vivir una vida contracultura, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de la Nueva Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.
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