Débora de Rivera: Amada hermana, las tareas más ordinarias de tu día, aquellas que puedes llegar a considerar monotonas, realmente tienen valor eterno.
Laura González-De-Chávez: Edificar un hogar, hacer hogar, es crear un espacio donde el amor se practica, donde el carácter se forma, donde Cristo se honra y donde transmitimos un legado a la próxima generación.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 4 de septiembre de 2026.
Vivimos en una cultura que celebra lo visible y alaba lo extraordinario. Sin embargo, amada, por más extraño que pueda sonarte, Dios obra poderosamente en medio de lo cotidiano. En el episodio de hoy, Laura González de Chávez nos mostrará que el hogar es uno de los lugares donde el evangelio se hace visible con mayor claridad.
Escuchemos.
Laura: Encontramos que Dios nos da …
Débora de Rivera: Amada hermana, las tareas más ordinarias de tu día, aquellas que puedes llegar a considerar monotonas, realmente tienen valor eterno.
Laura González-De-Chávez: Edificar un hogar, hacer hogar, es crear un espacio donde el amor se practica, donde el carácter se forma, donde Cristo se honra y donde transmitimos un legado a la próxima generación.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 4 de septiembre de 2026.
Vivimos en una cultura que celebra lo visible y alaba lo extraordinario. Sin embargo, amada, por más extraño que pueda sonarte, Dios obra poderosamente en medio de lo cotidiano. En el episodio de hoy, Laura González de Chávez nos mostrará que el hogar es uno de los lugares donde el evangelio se hace visible con mayor claridad.
Escuchemos.
Laura: Encontramos que Dios nos da instrucciones claras acerca de, primero que nada, el valor del hogar y el rol de la mujer allí. Vamos a Tito 2. Tito, capítulo 2, y vamos a ver rápidamente los versículos del 3 al 5. Dice así:
«Asimismo, las ancianas deben ser reverentes en su conducta, no calumniadoras ni esclavas de mucho vino» (v. 3).
Me encanta que empieza hablando de un carácter: «Las ancianas deben ser reverentes en su conducta, temerosas de Dios, no calumniadoras». ¿Qué les llama la atención de eso? La lengua, ¿verdad? «Ni esclavas de mucho vino que tengan dominio propio, que enseñen lo bueno», ¿qué es lo bueno? La sana doctrina, para que puedan instruir… Y me encanta porque no dice: «Enseñen lo bueno. Enseñen teología sistemática». Claro que eso está muy bien, tenemos que saber eso. ¿Pero qué es lo bueno en este sentido? «Instruir a las jóvenes a amar a sus maridos, a amar a sus hijos, a ser prudentes, puras, trabajadoras en el hogar, bondadosas, sujetas a sus maridos, para que la palabra de Dios no sea blasfemada» (vv. 4-5).
Fíjate que todo el dominio de eso, todo el ambiente, de eso es, ¿dónde?, el hogar. En el hogar. Y el contexto aquí es que Pablo le está escribiendo a Tito, quien ha dejado en Creta para que establezca y ordene algunas cosas en la iglesia. Y él está diciendo: «Mira, esto es lo que tú tienes que hacer. Tú tienes que enseñar a los ancianos tal cosa, a las ancianas, tal cosa, a los jóvenes, tal cosa, y a las ancianas, a Tito le dice: «Dile a las ancianas que hagan estas cosas».
Y no son como consejos domésticos. Pablo está instruyendo a Tito cómo se vive la sana doctrina en la vida real, en el día a día. Y cuando Pablo piensa en cómo la fe debe encarnarse en una comunidad, ¿dónde pone su mirada? En el hogar. En el hogar. Y eso es confrontador, mis amadas, en esta época, porque la cultura nos dice: «No en lo visible, en lo que se ve, en lo que se aplaude».
Pero Pablo dice: «¡No, no, no, no, no! La doctrina se prueba en la casa». Lo que capacita a un anciano, a un pastor, es que su casa esté en orden, porque todo empieza en el hogar. El hogar es la célula más importante de la sociedad, por eso es tan importante.
Imagínate entonces que Dios te pone allí a ti a dirigir eso. Dime si no es importante aquello. Y eso es muy confrontador. Y yo cuando veo a mujeres cristianas, «influencers», que no le dan importancia al llamado de la mujer en el hogar, yo me pregunto si su doctrina es sana, porque fíjate que habla de que lo bueno, la sana doctrina, es instruir a las jóvenes en esto.
Y cuando una influencer está influenciando a mujeres a otra cosa que no las lleve aquí, hay algo que no está bien. Y el versículo dice entonces que es increíble que todo esto debe ser así para que «la Palabra de Dios no sea blasfemada». Eso quiere decir que, si no vivimos de esa manera, si las mujeres no están viviendo en sus hogares, amando a sus esposos, amando a sus hijos, siendo prudentes, trabajadoras en el hogar, estamos deshonrando la Palabra de Dios.
A veces leemos eso rápido. No nos damos cuenta de lo que estamos viendo allí. La preocupación de Pablo no es que tengas una casa bonita. La preocupación de Pablo es que el evangelio no sea despreciado ni desestimado, porque el hogar de los creyentes tiene un desorden, donde la autoridad de Dios no se ve en el hombre siendo autoridad, la mujer sometida, los hijos en sujeción, amando tus hijos, trabajando en tu hogar.
El hogar, mis amadas, es un lugar donde el evangelio se hace visible, se hace creíble, donde se encarna. Y lo que ocurre en tu casa y la mía adorna o trae vergüenza al evangelio delante de un mundo que está observando.
Y en la mente de Pablo, el hogar no es un espacio secundario. El evangelio no solo se proclama desde el púlpito los domingos. Los pastores a veces hacemos como una separación en nuestra vida, como que compartamentalizamos, (¡eso es una palabra!). Compartamentalizamos nuestra fe: lo que vivimos en la iglesia, oímos la predicación, queremos ir a una iglesia buena de sana doctrina y todas tenemos eso ordenado en nuestra mente. Pero entonces salimos de la iglesia y vivimos como si nada de estas cosas estuvieran escritas aquí.
Lo que ocurre en la casa importa profundamente. Tus hijos importan. El pacto entre los esposos importa, porque fíjate que Tito dice que la mujer debe sujetarse a su marido, algo que la Escritura no presenta como presión para nada. Eso es lo que la cultura dice. Pero la Escritura dice que eso es un reflejo de un diseño sabio de Dios que protege a la mujer.
Significa que en el hogar hay una estructura divina, y cuando esa estructura se vive con el carácter de Cristo, el amor sacrificial del esposo hacia la esposa y la disposición humilde de la esposa, el evangelio se manifiesta a un mundo que observa. Por eso, cuando tú ves hogares piadosos que viven de esta manera, eso adorna el evangelio.
Nuestro anhelo debe ser adornar el evangelio, no solamente hablarlo con la boca, pero adornarlo en nuestras actitudes, nuestra vida. Porque el testimonio importa, nuestro testimonio importa. Y la misión principal de la mujer en Tito uno es producir un hogar impecable, si no cultivar un ambiente donde el amor, la prudencia, la pureza, la bondad, la mansedumbre y la fidelidad al orden de autoridad dado por Dios, sean aprendidos y modelados; no solamente hablarlo, es vivirlo. Yo veo personas que van a la iglesia y tienen un gran deseo que sus hijos sean creyentes y se acerquen a Dios, y entonces los mandan a la iglesia para que les enseñen en la iglesia.
Pero en la casa es un desastre. La mujer irrespeta al marido, regaña al marido ante los hijos. No se sujeta a su esposo. Eso es lo primero. Nosotros tenemos que modelarles a nuestros hijos. O sea, mis amadas, que lo relativo a edificar hoy, escuchen esto: Dios confía a las mujeres (fíjate lo importante de tu labor en el hogar), Dios confía a las mujeres, una tarea de enorme peso espiritual: ser guardianas de la cultura evangélica del hogar y colaborar en la transmisión de este legado a la próxima generación es un llamado de peso y un llamado trabajoso.
Y esto nos lleva a recuperar entonces una encomienda que nuestra cultura ha trivializado y despreciado, que es la expresión de «trabajadoras en el hogar». Y eso no se refiere solamente a tareas domésticas; habla de responsabilidad, de cuidado, de atención, de nutrir, de gobernar ese espacio doméstico. Esa es tu área de dominio. Ustedes han visto los juegos de… ¿fútbol se juega aquí? Fútbol, donde hay un portero que está ahí parado en la puerta. Ese portero no se quita de ahí porque ese es su lugar para que no le hagan goles.
Pero si el portero se va, el equipo, pierde. Si tú dejas tu lugar donde Dios te colocó, donde tú eres la mujer influyente, donde ese es tu área de dominio, tú abandonas tu área de influencia y tu familia pierde.
Hay un versículo que me viene a la mente ahora de Job, Job 39, que habla de la sabiduría de Dios, que es tan increíble, y él hace una comparación, habla del avestruz. Y dice que el avestruz pone sus huevos y hace un hoyo, los entierra y se va y no le importa si alguien los pisa (vv. 13-14). Y digo: «¡Guau! Nosotras podemos hacer así como el avestruz, como mujeres, que tenemos nuestros hijos y luego los dejamos sin pensar que alguien los puede pisar».
El otro día me hablaba una hermana en Barcelona y me decía que ella estaba trabajando cuidando niños en una escuela como maestra, y en un momento dado está sentada así en el recreo y ella dice: «Yo estoy aquí cuidando a estos niños… ¿Quién está cuidando los míos?». Entonces, pensemos en todas estas cosas.
Entonces Dios redime esta vocación de hacedoras del hogar que es gloriosa y que es digna. Hacer hogar no es solamente cocinar, limpiar o decorar. Desde una perspectiva bíblica, hacer hogar es crear un espacio donde la vida florece debajo del gobierno de Dios. ¿Qué hace Dios? Nosotras reflejamos a Dios.
Dios toma caos en Génesis, ¿verdad? Y Él crea orden. Él toma desorden. Todo estaba desordenado, dice, y Él trae estructura. Dios toma oscuridad y Él da luz. Y una mujer participa de esta obra cuando, obedeciendo la sabiduría de Dios, ella se somete a las Escrituras, y ahora ella ordena lo desordenado, embellece lo común, nutre con constancia su familia, habla con gracia, establece ritmos y rutinas sanas.
Esas no son tareas pequeñas, mis amadas. Son maneras concretas de edificar. Porque ser hacedora de hogar no es solamente organizar espacios, es convertir tareas ordinarias en tiempos de comunión con Dios. Nosotras vivimos toda nuestra vida delante de Dios, Coram Deo. Nosotras no vivimos una vida secular y una vida espiritual. Toda nuestra vida se vive delante de Dios, y cuando tú estás barriendo el piso ahí en tu casa, tú puedes estar orando: «Señor, así como yo barro este polvo, barre el polvo de mi corazón y todas estas cosas que están acumuladas en mi corazón. Quita de mí esta impaciencia, esta irritación, este orgullo. Quita la dureza de mi corazón. Haz mi corazón más parecido al Tuyo».
Y cuando estás cocinando, tú puedes orar: «Señor, así como preparo estos alimentos, prepara nuestra mesa, que no solamente nutra los cuerpos, sino también nuestras relaciones mientras estamos allí todos juntos. Dame palabras de sabiduría para mis hijos cuando estemos allí juntos. Une en nuestros corazones». Mis hermanas, tenemos que orar sin cesar, y esto lo hacemos mientras estamos allí en nuestros hogares.
Eso cambia todo, porque ya tú no estás solamente cultivando tu hogar y haciendo tareas. Estás intercediendo, estás formando. No solamente estás ordenando, estás consagrando a tu familia, Consagrar algo es dárselo como ofrenda a Dios, entregárselo a Dios por completo. Y de pronto lo que parecía repetitivo, la rutina más repetitiva, se vuelve espiritual.
A veces, yo estoy ayudando a mi hija con uno de los niños y lo estoy durmiendo. Ella me lo pasa para que yo lo agarre mientras se duerme. ¡Yo estoy orando por él! O sea, todo momento de nuestra vida es un momento espiritual. No importa lo que estemos haciendo. Lo que hacemos no es tan importante como por qué lo hacemos y para quién lo hacemos. Recuerden lo que vimos en Génesis: Adán fue puesto en el huerto para cultivarlo y guardarlo, y Eva también.
Y esas palabras luego se usaron para el cuidado del servicio sacerdotal. Y cultivar hogar no es menos espiritual que servir en tu iglesia. No es menos espiritual estar en tu hogar, ni tampoco es menos productivo que un trabajo secular. Yo me atrevo a decir que es más productivo y tiene más consecuencias eternas que un trabajo secular. Es más valioso y más necesario para Dios. Y tal vez nadie te agradezca el piso limpio, pero déjalo de limpiar, a ver qué pasa. No, pero, tal vez nadie te lo agradezca, pero el cielo registra cada acto hecho para la gloria de Cristo, y todo lo hacemos para la gloria de Dios.
De manera, mis amadas, que edificar un hogar, hacer hogar, es crear un espacio donde el amor se practica, donde el carácter se forma, donde Cristo se honra y donde transmitimos un legado a la próxima generación.
Y ahora bien, con esto de Tito 2 en mente, entendemos que nosotros tenemos un llamado en el hogar, ¿verdad?, de formar. Pero, ¿cómo lo hacemos de manera práctica? Bueno, lo hacemos cultivando un carácter, como dijimos, pero también estableciendo hábitos, estableciendo ritmos y rutinas en el hogar a través de lo repetitivo, a través de estos hábitos, a través de patrones que incorporamos en nuestra rutina.
Es como una liturgia. ¿Qué es una liturgia? Un ritmo que moldea nuestra vida, nuestro corazón. La cultura tiene sus ritmos y sus hábitos y sus liturgias. Tú sabes cuáles son: la prisa, el activismo, el ruido, las pantallas, la distracción continua, la queja, el descontento, la independencia. Cada quien anda por su lado. El irrespeto por la autoridad. Ese es… las rutinas y las liturgias del mundo.
Pero el Reino tiene sus liturgias y sus hábitos. La primera, la Palabra. Mis amadas, ¡qué importante es iniciar tu día en la Palabra de Dios! Eso es lo primero; así es como debe empezar tu día. La conversación, la mesa, la oración continua, el servicio, el descanso. Eso es un ritmo que tenemos que incorporar a nuestra vida. Hoy en día vivimos vidas donde no descansamos.
Si Dios es Dios, hizo un día para descansar, ¡Él es Dios! Y dice que Él descansó. ¿Quién nos dice que nosotras no tenemos que descansar? Eso es orgullo, eso es arrogancia. Tenemos que descansar. La disciplina de los hijos, la hospitalidad, la práctica del perdón. Y la Palabra requiere que tú tengas una vida en orden, porque si no, no hay tiempo para la Palabra.
El otro día, escuchando a un hombre hablar acerca del manejo del tiempo, y quizás ustedes han oído ya esta ilustración, pero es como este jarrón grande y este hombre primero entra piedras, rocas dentro del jarrón, luego entra unas piedrecillas y luego entra arena y el jarrón se llena.
Y él les pregunta, cuando entra las piedras, le pregunta al público: «¿Está lleno el jarrón?». «¡Si está lleno!». Entonces entra las piedrecillas: «¿Y ahora está lleno?». «¡Ah, sí! ¡Ahora es que está lleno!». Y luego entra la arena y la arena se va por todos los recovecos: «¿Y ahora está lleno?». «¡Ah, sí! ¡Ahora está lleno!». «Bueno, ¿cuál es la lección?». «¡Que siempre podemos agregarle cosas al día!». Y él dice: «No, no, no, no, no. La lección es que si yo no ponía esas rocas grandes primero, yo no iba a poder entrar esas rocas. ¿Y cuál es nuestra roca grande? La Palabra de Dios. Tenemos que poner esa roca. Lo primero en el día».
Por otro lado, la mesa a la hora de comer. Eso no ocurre por accidente. Eso requiere intención, requiere planificación. Esto no es trivial. Que tú te ocupes de la alimentación de tus hijos y de preparar una mesa donde ellos quieran llegar a hablar de sus cosas. Es un lugar hermoso para conectar con tus hijos y oír su corazón, lo que están pensando, lo que está atravesando por su mente y su corazón.
Son momentos que requieren discernimiento, que requieren sabiduría, que requieren oración. Eso requiere planificación. Esto requiere intencionalidad. Esa mesa no es solamente para alimentar cuerpos. Es uno de los principales talleres de formación del alma para ver el corazón de tus hijos; tú toma la temperatura de su corazón. Allí tú modelas, se aprende a escuchar. Allí se siembran semillas que van a florecer años después.
El perdón es una práctica que tiene que estar ocurriendo continuamente dentro del hogar. Ese es otro hábito. El hogar es el lugar donde más fácilmente nos herimos. Todos estos pecadores conviviendo, nos herimos más, más fácilmente, y la Escritura nos llama a soportarnos y perdonarnos como Cristo nos perdonó.
Hay personas… y mi hija tiene uno de esos; ella tiene como una madera grande donde dice todas las Escrituras que ellos valoran el perdón, el gozo, el servicio, así, y como que los hijos aprenden: «Esto es lo que a nosotros nos identifica como familia». Tenemos que incorporar esas cosas en nuestros hogares.
La falta de perdón, amadas, es un terreno fértil para la amargura, así que tenemos que modelarlo a nuestros hijos y pedir perdón a nuestros hijos cuando nosotros fallamos también. No solamente enseñarlos a ellos a perdonar, pero que ellos nos escuchen a nosotros pedir perdón también.
Y todos estos hábitos, todos estos ritmos, no ocurren por accidente; se diseñan con propósito. Una mujer sabia no deja que su casa funcione por pura inercia. Ella no está simplemente supervisando. Ella establece rutinas, no porque ella adore el orden, sino porque ella ama a las personas que están allí. Ella ama a su familia. De nuevo: lo que sostiene esos ritmos no es una lista de tareas, es un carácter rendido a Dios y por eso me encanta que la Biblia no solamente nos da instrucciones como Tito, pero nos da retratos.
Vamos a ver un momentico Proverbios 31. Abran sus Biblias allí. Proverbios 31. Voy a hablar de algunos versículos. Me encanta porque no es un catálogo de actividades domésticas, es el retrato de una mujer gobernada por el temor del Señor. Recuerden que es el temor del Señor lo que origina y lo que motiva todo esto. Y vamos a ver algunas pinceladas de ese retrato. Dice Proverbios 31:10:
«Mujer virtuosa, ¿quién la hallará? Porque su estima sobrepasa largamente a la de las piedras preciosas» (RV 60).
Me encanta porque vemos que su valor no está en su visibilidad, está en su carácter. Hablando de nuevo del carácter. Y me encanta porque dice que una mujer virtuosa la están comparando a una joya. A una joya. ¿Cómo tú encuentras joyas? ¿Tú encuentras la joya cuando tú caminas así por la calle que la agarras? No, tú tienes que minar esas joyas y a veces hay que cavar profundamente para encontrarlas. Y dice que esa mujer… Por eso dice: «¿Quién la hallará?». ¿Quién la hallará?
Y yo les pregunto a las jovencitas aquí: ¿tú eres una de esas joyas que el Señor está preparando para traer el hombre de su vida? Porque muchas veces, como mujeres, buscamos a ese «hombre joya». Pero la Palabra de Dios habla de una «mujer joya». Pero, realmente la Palabra dice que: «¿Quién hallará esta joya?». Entonces yo quiero animar a las jovencitas de aquí: ¡cultiva tu carácter! Que tú seas encontrada por este joven como una joya.
Dice el versículo 11: «El corazón de su marido confía en ella». Eso habla de confiabilidad, de estabilidad, de seguridad. Una mujer que edifica produce un ambiente donde otros pueden descansar porque se sienten seguros. Ella es confiable. Y esa confianza no es solamente que ella es fiel, pero también que ella administra bien el tiempo, los recursos, las oportunidades que Dios da, que Dios ha puesto en sus manos. Ella no desperdicia, ella multiplica.
Esa mujer, si leemos Proverbios completo, tú ves que ella multiplica. Ella no vive impulsivamente; ella vive con prudencia. Es sabia. La mayordomía, mis amadas, no es solo financiera, es espiritual. Es reconocer que el hogar no nos pertenece, que pertenece a Dios y que todo lo que administramos, desde nuestro dinero, nuestras energías, el día, es para su gloria, es para Él.
Y dice en el versículo 12 que: «Ella trae bien y no mal todos los días de su vida». Es una influencia sostenida. No un gran gesto un día, sino constante, porque su corazón está firme en Dios. Ella está comprometida con Dios y con su esposo. Mis amadas, los sentimientos van y vienen, las emociones van y vienen. El pacto es lo que permanece para siempre. El pacto.
A mí me encanta una cita de Bonhoeffer que dice: «No es el amor que sostiene el pacto, es el pacto que sostiene el amor». Entonces es una decisión que hacemos: honrar ese pacto hasta que la muerte nos separe.
Dice el versículo 13: «Ella busca lana y lino [con gusto], y con voluntad trabaja con sus manos». No con obligación, como: «¡Ay, este trabajo de tener que estar aquí en la casa!». No, no, ella está dispuesta. Su labor no es caótica, no es descuidada. Ella es responsable, diligente. Dice que «se levanta aún de noche», el versículo 15, «y da comida a su familia». Eso no es que ella está idolatrando o romantizando el agotamiento. Ella está proveyendo, proveyendo con atención.
Ella no vive reaccionando. Vive anticipando las necesidades de su familia. Esto requiere tiempo, mis amadas. Eso no se hace en el margen del tiempo luego de hacer otras cosas. Eso se hace con tiempo y tiene aplicaciones muy prácticas.
Una mujer que entiende que su hogar es campo de formación no se levanta cuando el caos ya empezó. Se levanta con propósito, con intención clara. Ella está atenta a las necesidades. Ella decide el tono del día y de la semana antes de que arranque. Ella está… y no es que estamos controlando, estamos siendo diligentes. Dice que «ella vigila la marcha de su casa», versículo 27. Vigilar es amar. No es un control ansioso vigilando. No, no, no es mayordomía, es atención. La Escritura alaba a la mujer cuando cuida los caminos de su hogar.
Dice el versículo 26 que ella «abre su boca con sabiduría, y hay enseñanza de bondad en su lengua». De nuevo, el poder de las palabras que vimos antes: sabiduría, bondad. Eso es una combinación redimida, mis amadas: sabiduría, bondad, contentamiento. No verdad sin amor, no amor sin verdad. Es verdad y amor. Dice Efesios 4:29:
«Ninguna palabra corrompida salga de la boca de ustedes, sino solo la que sea buena para edificación, según la necesidad del momento, para que imparta gracia a los que escuchan».
Guardemos nuestra lengua, mis amadas. Mantengamos nuestras palabras honestas, llenas de gracia, pero para eso hace falta el Espíritu Santo. ¡Nosotras no podemos! Si andamos en nuestra carne, si no estamos en la Palabra de Dios, eso no es lo que va a salir. Van a salir palabras corrompidas de nuestra boca. Entonces dice: «Ninguna palabra corrompida…». Dice que la blanda respuesta es lo que baja la ira, no que tú respondas igual; es la blanda respuesta que baja la ira (ver Proverbios 15:1). ¡Que Dios nos ayude!
A mí me encanta esta cita de Elisabeth Elliot. ¿Quién conoce aquí a Elizabeth Elliot? Ella era una maestra muy, muy sólida. Ella decía… mira su oración:
«Señor, líbrame del impulso de abrir la boca cuando debería cerrarla». [Piensa en ti mientras estoy leyendo esto, no en la que tienes al lado]. Dame la sabiduría para callar cuando el silencio es sabio. [Y esta es la que a mí me encanta:] Recuérdame que no todo necesita ser dicho y que hay muy pocas cosas que necesitan ser dichas por mí».
Hay veces, mis amadas, que el Espíritu Santo habla más que las palabras. Fausto siempre me dice que yo siempre quiero ser su Espíritu Santo. Sin embargo, yo he podido constatar que cuando yo permanezco callada, él oye mejor al Espíritu Santo.
Y finalmente, la motivación de todo esto es el temor del Señor: «Engañosa es la gracia y vana la hermosura. La mujer que teme al Señor, esa será alabada» (Prov. 31:30). Ahí aterriza todo, mis amadas. No es productividad, no es perfección, no es estética, no es comparación, es temor del Señor. Y ella sostiene estos ritmos y esta vida, no por su fuerza, no por su intención, sino por un carácter rendido a Dios.
Lo sostiene porque Cristo la sostiene a ella. Y cuando una mujer vive así, ella está haciendo hogar. Ella está edificando su hogar. Ahora, una nota de balance, porque Dios no busca perfección. Las mujeres caemos en dos extremos: si no lo hacemos perfectamente, o somos negligentes. Y después de ver eso, pudiéramos caer en esos dos extremos.
Y el perfeccionismo parece excelencia, pero muchas veces es control disfrazado, que es un control que dice: «Si mi casa luce bien, yo valgo». Eso es una mentira del enemigo. «Si mis hijos se comportan, yo soy una mamá buena; una buena mamá». Y el resultado de eso es ansiedad, es irritabilidad, es dureza porque las cosas no van a salir como yo quiero. Y sin darnos cuenta, el hogar deja de ser un hogar donde Cristo reina y se convierte en un lugar donde yo estoy tratando de sostenerlo todo. El evangelio te libera de eso, porque el evangelio te recuerda que tú no salvas tu hogar. ¡Cristo es el Salvador!
Y entonces está la negligencia, que no siempre es rebeldía. Hay mujeres que son negligentes porque son, me da pena decirlo: vagas. Pero hay veces que no es eso, es simplemente cansancio y pérdida de visión. Por eso les decía que yo quería que saliéramos este fin de semana con una visión gloriosa del hogar que nos anime a perseverar.
Porque a veces somos negligentes porque el enemigo nos dice: «Ay, ¿pero para qué te esfuerzas?», «Nadie te lo agradece, nadie te ve». «Eso no importa, mañana se ensucia otra vez». «¿Para qué limpiar si eso se ensucia mañana de nuevo?».
Y poco a poco se va soltando el tono, vamos dejando que nuestra carne salga a flote. Estamos poco tiempo en la Palabra y la oración. Se suelta el orden, la palabra amable, y se deteriora como un jardín. ¿Has visto los jardines que tú los haces muy lindos y después no le echas agua, no le cortas las hojitas secas, y ya se queda así; se mantiene solo. Pero la solución de eso, de nuevo, es el evangelio. Me encanta que el evangelio es la solución de todo.
El camino del evangelio es la fidelidad. El evangelio no te lleva al control ni al abandono, te lleva a la fidelidad. Y fidelidad es obedecer en lo pequeño con un corazón rendido: «Señor, esto no depende de mí, depende de Ti y Tú importas. Tú me ayudas, Tú sostienes todas las cosas y Tú eres digno de mi obediencia. Así que ayúdame, Señor». Ese es el espíritu: «Me rindo a Ti».
La fidelidad produce gozo en lugar de ansiedad, no porque todo sea fácil, sino porque entendemos que estamos sirviendo a Cristo. No es perfección, es fidelidad. Y todo fluye de esa convicción profunda de que: «Este es mi lugar. Esta es mi área de dominio. Este es el campo de formación eterna. Yo he sido puesta aquí con intención divina». Tenemos que recordarnos eso.
Así que, en términos sencillos, ¿qué significa ser hacedora de hogar? No es solo limpiar, no es solo cocinar o administrar detalles. Es tomar esa visión gloriosa como un lugar donde Dios habita y traducirla en decisiones concretas y prácticas, en ritmos intencionales y en hábitos fieles. No porque adoremos el orden, sino porque amamos y tememos a Dios y amamos a las personas que viven en esas paredes. Fuimos creadas para establecer hogar, para traer paz y reflejar el orden y la constancia de Dios.
Y entonces, algunas aplicaciones por etapa. Y yo quiero recordarte algo, y es que, sea cual sea tu etapa, el evangelio no te deja al margen, como que: «Ay, no. Eso es para las mujeres casadas. Todo eso que tú dijiste, Laura, es para mujeres casadas». No, no es así, porque Dios nos entrena a todas.
Así que para niñas y jovencitas: Dios está formando desde ya el corazón de una mujer sabia. A mí me encanta porque una vez alguien me dijo que no, que no le enseñara a las jovencitas la sumisión, porque ellas no tienen que someterse, porque ellas no están casadas. Es que, ¿cómo yo voy a no enseñarles la sumisión a las jovencitas, a someterse a sus padres? Para que cuando se casen ya estén entrenadas en sumisión.
Ellas no van un día a darle un «switch»: «Me voy a someter ahora». Eso no ocurre. Nos da trabajo someternos cuando sabemos que nos tenemos que someter. Entonces, a las jovencitas: Dios está formando ese corazón. Ustedes edifican cuando obedecen a sus padres con una actitud correcta, cuando ayudan en casa sin quejarse, cuando cuidan a sus hermanos menores, cuando hablan con respeto, cuando oran por la familia, cuando ayudan a su mamá cuando está cansada. Dice Colosenses 3:20: «Hijos, sean obedientes a sus padres en todo, porque esto es agradable al Señor».
Ejemplo de mi nieta Joy; ella es la número tres, y ella es una niña que ama el hogar. Ella ama ayudar. Ella es como muy seriesita y muy responsable. Ella se levanta en la mañana, arregla su cama, arregla la cama de la hermanita. Ella va a la cocina, empieza pero sin decir nada, pero seriesita. Le falta un poco de amor. Ella es como un general. Pero tiene ese espíritu. Ella quiere tener muchos hijos y casarse joven. Ese es su sueño. Lo único que le falta es gracia, que Dios le irá dando.
Para las solteras: tú no estás en pausa. El llamado bíblico a ser hogar no comienza con el matrimonio, sino con la mayordomía de tu tiempo, el corazón y el espacio que Dios te ha dado hoy en día.
Puedes edificar cuando tú ordenas donde tú vives como un acto de obediencia a Dios, no de vanidad, pero de obediencia a Dios. Cuando tú estableces ritmos y hábitos en la Palabra de Dios, vas formando ese corazón sometido a Dios, listo para ser una esposa sujeta. Cuando aprendes dominio propio con tu tiempo, con las pantallas, con todas estas adicciones que tenemos hoy, ¿verdad? Cuando das una mano de ayuda en la Iglesia, a las mamás, a las familias de la iglesia. Tú apoyas a la familia de la Iglesia de esa manera.
Y para casadas, que supongo que son la mayoría aquí: Satanás, mis amadas, anda al acecho buscando destruir hogares. ¿Por qué? Por lo que acabamos de ver, de la importancia que tiene. Y no escuches su pódcast. Yo tengo una amiga de la iglesia de nuestro grupo de estudio, que ella me llama y me dice: «Ay, Laura, ahora por mí, que estoy oyendo mucho el pódcast de Satanás», porque ella escucha todas esas mentiras que la desaniman y que no la hacen vivir con gozo el llamado que Dios le ha dado y el tiempo, los problemas, las situaciones que Dios le ha dado.
Y no dejes tú que tu mente sea discipulada por el enemigo. Tu mente debe ser discipulada por la Palabra de Dios. No escuches voces ajenas como hizo Eva. Mantente en la Palabra y deja que el Espíritu de Dios llene tu corazón. Guárdate del orgullo que se rehúsa a ceder, del orgullo que no puede admitir un error, del orgullo que necesita tener la última palabra.
Una mujer puede decir que desea que su esposo sea líder. Todas las mujeres aquí quisiéramos un esposo que lidere, pero que lidere de acuerdo a como yo entiendo. Eso ya no es sometimiento. Someterse es cuando tú quizá no estás de acuerdo y tienes que someterte.
Entonces, sigue ahí cultivando tu hogar. No cuestiones cada decisión, cada dirección, cada error; no lo magnifiques. Crea un ambiente donde el liderazgo pueda prosperar de tu esposo. El diseño de Dios para el matrimonio no es competencia, es orden. Las casadas estén sujetas a sus propios maridos como al Señor. Y la sumisión no es silencio, no es pasividad, no es borrar tu inteligencia, es alinearte voluntariamente como Cristo. Cristo fue voluntariamente; se entregó. Entregó Su vida voluntariamente.
¿A Cristo lo sometieron? No, Él se sometió voluntariamente y nosotras, igual que Cristo, nos sometemos voluntariamente, alineamos voluntariamente bajo la estructura de autoridad que Él ha establecido. Es confiar que el Señor ve mucho más allá de las imperfecciones de tu esposo. Y yo sé que quizás algunas de ustedes aquí están viviendo hogares difíciles y tiempos difíciles, matrimonios difíciles. Tal vez estás viviendo incomprensión, cansancio emocional, soledad o procesos largos en tu matrimonio que nadie ve, pero Dios ve. Dios lo ve, Dios te ve.
Y yo te quiero decir algo: la gloria de Dios, mi amada, está en juego en tu perseverancia. Muchas veces decimos: «No, ya yo no puedo más, pero por la gloria de Dios yo voy a perseverar». Eso tiene un valor. Y el Señor, cuando tú decides hacer eso, preferir Su gloria, que tu felicidad, el Señor te bendice grandemente. Quiero decirte eso.
Y cuando decides responder con gracia en lugar de dureza, continuar creyendo a Dios aun sin ver frutos en tu esposo, en tus hijos, hablar con respeto cuando sería más fácil atacar, orar cuando no ves cambios inmediatos, mantener el orden, el cuidado del hogar aun en medio del cansancio, tú estás adornando el evangelio. Tu fidelidad invisible tiene peso eterno.
Así que para cada mujer casada aquí: inviértete en tu hogar, hazlo una prioridad. ¿Cómo luce eso? ¿Cómo sería que tu hogar es una prioridad? Intencionalmente persigue eso, cultiva ese lugar de refugio y recuerda la influencia que tienes.
Y para madres, entonces: aprende a mirar tu llamado a través del lente de las Escrituras, no a través de lo que el mundo dice. Dios te diseñó con una capacidad profunda para nutrir. La Biblia no presenta la maternidad como una carga. Tú sabes lo que dice de los hijos, que son una bendición. ¿Desde cuándo tú has oído que una bendición es una carga? No, queremos ser bendecidas por Dios. Bueno, los hijos son una bendición, son una vocación santa. La maternidad es una vocación santa que Dios ve, honra y usa.
Nutrir no es solo suplir necesidades físicas; no solo ver qué comió, darle una medicina cuando está enfermo… ¡No, no, no, no! Es crear un ambiente donde tu presencia está ahí, donde tus palabras están afirmando, corrigiendo; tú estás abrazando, protegiendo, escuchando, guiando. Y muchas veces no, no vas a ver resultados inmediatos porque nadie te está aplaudiendo, nadie parece que te está viendo, no es remunerado. Tú no ves las recompensas inmediatas de un sueldo al final de mes.
Pero en lo invisible, en esa paciencia diaria, en esa perseverancia, en esa fidelidad, Dios te está santificando y tú estás glorificando a Dios. Así que cada vez que tú corriges con paciencia, repites una instrucción una y otra vez, cuando estás cansada, cuando oras, tú estás formando corazones.
Y recuerda, formar corazones incluye también enseñar responsabilidad y disciplinar correctamente, asignar tareas. Eso es todo. Parte de educar, corregir y criar a tus hijos. No permitas que crezcan gobernados por sus impulsos, sino que cultiva dominio propio en ellos y ponles límites. «El que evita la vara», dice la Palabra de Dios, «odia a su hijo» (ver Prov. 13:24). ¡Eso es increíble! Si tú no disciplinas a tus hijos, tú los odias. ¡Que Dios te dé sabiduría!
Y para ir cerrando, mis amadas, tu hogar es un lugar estratégico y tu rol es importantísimo. Tal vez tu hogar hoy es pequeño, es ruidoso, está frágil, no sé. Está en proceso, hay pecado. Pero el evangelio te invita a depender de Dios diariamente en medio de ese proceso. Dios no descarta hogares rotos. Dios no descarta hogares quebrantados; Él los restaura y los redime. Y donde Cristo gobierna, aun lo cotidiano se vuelve santo. Recuerda que tu hogar predica; tu labor allí importa mucho.
En la próxima charla vamos a ver, entonces, cómo este hogar edificado, donde tú estás siendo santificada y tú estás formando una familia, invirtiendo de allí, cómo eso, entonces, se debe abrir hacia afuera. Eso lo vamos a ver después, pero mientras cerramos aquí, te voy a dejar con algunas preguntas.
- ¿Qué historia está contando mi hogar cuando otros lo ven?
- ¿Estoy edificando mi hogar en dependencia del Gran Edificador? ¿O estoy intentando sostenerlo todo con control y ansiedad?
- ¿Hacia cuál extremo tiendo más: perfeccionismo o negligencia?
- ¿Qué liturgia se está formando en mi casa ahora mismo? ¿Prisa? ¿Acaso la prisa, el activismo, la mucha actividad, el corre-corre, las pantallas, el ruido, la queja, o es la mesa, la Palabra, la oración, el descanso, el perdón?
- Y esta, mi amada, es muy importante para que tú la medites delante de Dios: ¿Qué necesito confesar hoy? ¿Palabras duras, orgullo, amargura, desprecio de mi rol, quizás? ¿Falta de perdón, falta de orden, falta de intencionalidad?
- ¿Qué paso de fidelidad me está pidiendo Dios esta semana? ¿Quizás es una conversación? ¿Quizás es una oración? ¿Pedir perdón, ordenar mi casa, poner un límite al ruido, a la distracción?
- Si alguien observara mi casa, ¿qué pensaría sobre Cristo?
- ¿De qué necesitas arrepentirte? ¿Qué necesitas confesar? ¿Qué necesitas rendir?
Toma un momentito ahí tú solita, un minutito, tú solita con Dios. Piensa en estas cosas, porque si nos vamos así, corriendo, empezamos a hablar y se nos olvida. Tómate un minutito, un minutito.
Mi amada, si el Señor ha señalado algo en tu corazón, una actitud, no lo resistas. El arrepentimiento es el primer paso para que Dios obre en tu vida. Y cuando confesamos, cuando rendimos nuestras vidas, Su gracia comienza a transformar lo que nosotras no podemos cambiar.
Y tal vez el Espíritu Santo está trayendo algo ahora mismo a tu mente, algo muy específico, a alguien quizás a quien necesitas perdonar, pero has estado reteniendo esa deuda en tu corazón y te niegas a ceder. Quizás es tu esposo, quizás alguno de tus hijos, quizás algún familiar. ¿Será que debes pedir perdón por palabras que has usado, actitudes, por reacciones que han derribado tu hogar en lugar de edificar?
¿Qué pasos de obediencia necesitas dar cuando regreses a casa? Y si el Señor respondiera hoy a todas tus oraciones, ¿qué tendría que cambiar primero en ti? Quizás tú debes orar: «Señor, empieza conmigo. Empieza conmigo, no con mi esposo, no con mis hijos, no con mi hermana, no con la iglesia. Empieza conmigo. Señálame a mí. Ayúdame, Señor, a entregarte lo que estoy reteniendo, a perdonar, a soltar este resentimiento que me amarga, que me enferma».
Y recuerda, tú no estás sola, mi amada, en edificar tu hogar; tú estás trabajando y colaborando con el gran Edificador que está por ti. No dejes, mi amada, que este tiempo, este momento, pase de largo. Acércate a Dios con corazón rendido y pídele que edifique en ti lo que tú no puedes hacer por ti misma.
Débora: ¡Qué alentador es recordar que Dios no desperdicia nada de lo que hacemos para Su gloria, aun aquellas tareas que parecen repetitivas y poco visibles!
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El próximo lunes continuaremos con esta serie y veremos cómo Dios usa hogares ordinarios y corazones dispuestos para extender Su gracia a otros. Descubriremos que, muchas veces, una mesa sencilla y una vida abierta pueden convertirse en instrumentos para compartir a otros el evangelio. ¡Te esperamos!
Invitándote a vivir una vida contracultura, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de la Nueva Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.
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