Podcast Aviva Nuestros Corazones

Encuentra un mejor espejo

Annamarie Sauter: Es fácil preocuparnos demasiado por la imagen que presentamos al mundo, y la verdad es que los «espejos» en los que nos miramos ¡no tienen nada que ofrecer!

Nancy DeMoss de Wolgemuth: Al final del día, no importa cuán hermosas, cuán encantadoras, cuán agradables, o cuán exitosas seamos. O qué tan bien educadas somos y cuántos los logros, tus hijos o tus nietos puedan tener, esos espejos están vacíos, son vanos, pasajeros, están cambiando… ¡y no satisfacen!

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

Ayer, Nancy dio inicio a una enseñanza basada en Éxodo capítulo 38. Leímos acerca de las mujeres que entregaron sus posesiones más preciadas, sus espejos, para la construcción del tabernáculo. Y al escuchar esto me pregunto, ¿qué espejos tenemos nosotras en nuestras vidas? ¿Estamos dispuestas a rendirlos a Dios?

Aquí está Nancy para continuar explorando este tema.

Nancy: «Espejito, espejito; ¿quién es la más hermosa de todas?» ¿Quién recuerda de qué cuento de hadas son esas palabras?

Blanca Nieves…un cuento de hadas de los hermanos Grimm, publicado por primera vez en 1812. He descubierto que hay varias versiones de ese cuento de hadas, pero la esencia de la historia (para aquellas que no lo recuerdan) es que la reina da a luz una hija llamada Blanca Nieves (se le pone ese nombre por su piel clara casi pálida).

La reina muere poco después de que nace la bebé y un año después el rey se casa con otra mujer. Esta reina era hermosa, pero (de acuerdo al cuento de hadas), era orgullosa y controladora. No podía soportar la idea de que alguien pudiera ser más hermosa que ella.

Así es que cada mañana, ella se paraba delante de un espejo mágico, se miraba y decía: «Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa de todas?» ¿Quién es la más bonita de todas? Y el espejo le aseguraba, «tú, oh reina, eres la más hermosa en esta tierra. Bueno, la reina estaba feliz porque ella sabía que el espejo estaba diciendo la verdad, ¡ella era la mujer más hermosa sobre la tierra!

Bueno, Blanca Nieves, su hijastra, creció y se volvió cada vez más y más hermosa… incluso más hermosa que su vanidosa madrastra, la reina. Y así, un día, la reina le preguntó al espejo: «Espejito, espejito, ¿quién es la más hermosa de todas?»

En esta ocasión, el espejo respondió, aún hablando la verdad, «oh reina, Blanca Nieves es la más hermosa de todas». Bueno, la reina se puso verde de envidia, y su corazón se llenó de odio por la joven. Ella se propuso matar a la joven para que nadie en la tierra fuera más hermosa que ella.

De hecho el final de este cuento de hadas es espantoso. No es para nada un cuento bonito. Recuerda, es un cuento de hadas. Retrata el ideal de la belleza que tiene el mundo, no una visión verdadera de lo que es la belleza. Y por supuesto, ¡los espejos no hablan! (risas). Algunos estudios muestran que las mujeres gastamos mucho tiempo escuchando lo que nuestros espejos nos dicen.

Solo permítanme recapitular por un momento. Si no escuchaste el programa de ayer, estamos estudiando un versículo poco conocido de Éxodo capítulo 38, versículo 8. Está ahí, justo en medio de este largo pasaje acerca de los hijos de Israel cuando estaban construyendo un tabernáculo para la presencia de Dios.

Ellos recogieron una ofrenda. Trajeron su contribución, cosas que los egipcios les habían dado cuando salieron del país. Ellos se habían llevado estos artículos al cruzar el Mar Rojo y rumbo al desierto. Y luego, los trajeron como ofrendas voluntarias al Señor para usarse en la edificación del tabernáculo.

Y vemos en Éxodo 38, versículo 8, que la pila, este lavabo, esta pila de bronce y su base, fueron hechos de los espejos de las mujeres que ministraban, o servían, a la puerta de la tienda de reunión.

Ayer hablamos acerca de lo que era este lavabo o lavamanos, la pila de bronce, y quiénes eran estas mujeres que ministraban. Hoy quiero que nos enfoquemos en esta idea de los espejos. Esta palabra en hebreo viene de la raíz que significa «ver». Algunas traducciones más antiguas dicen que eran «espejos (lentes) para mirar», (se refiere a espejuelos).

Pero esto fue antes de que se inventaran los lentes y los espejos de vidrio como los conocemos hoy. Esos no se usaron mucho sino hasta los años mil quinientos. Estos espejos antiguos no estaban hechos de vidrio. Eran platos de bronce pulido, tan pulidos que podías ver reflejada tu imagen.

Hace algunos años, una profesora de inglés de CalTech (Universidad Tecnológica de California), investigó la historia de los lentes en la literatura. Ella publicó sus hallazgos acerca de las mujeres, los espejos y su identidad. Ella llegó a la conclusión de que «hay una relación íntima entre las mujeres y los espejos».

Ella dijo, «a lo largo de su vida, la mujer lleva una continua interrogante con su reflejo (su imagen)». Ella estaba en lo correcto. Ella también señaló que en la epopeya Paraíso Perdido de John Milton, el primer acto de Eva después de ser creada (antes de ver otra cara humana, incluida la de Adán) en este poema, lo primero que Eva hizo fue inclinarse para ver su reflejo en un lago apacible y claro.

Y esta investigadora concluyó: «Creo que todas somos hijas de Eva». Bueno, por supuesto que el relato de Milton es uno apócrifo, no está en las Escrituras. Pero creo que no está lejos del blanco cuando de analizar la naturaleza humana se trata. Estudios muestran que las mujeres se miran al espejo ¡con mucha más frecuencia que los hombres!

De hecho, permítanme preguntar: ¿Cuántas de ustedes tienen en sus carteras algún tipo de espejo? Quisiera poder verlos. … ¡muchos espejos! Donde puedes ver tu reflejo, ¿verdad?

Por cierto, si le hiciéramos la misma pregunta a un grupo de hombres, ¿cuántos hombres crees que traen un espejo con ellos? … ninguno. No traen un espejo en su bolsillo.

Escuchen mujeres, ¡ni siquiera tenemos que llevar un espejo! Podemos ver nuestro reflejo en el aparador de una tienda, o en los lentes de alguna persona (y ella piensa que solo la estás mirando a los ojos, pero en realidad te estás viendo a ti misma), o en la pantalla de tu celular (yo a veces la uso para aplicarme el lápiz labial; sí, sirve para eso).

Hay un estudio donde una compañía británica del cuidado de la piel encuestó a dos mil mujeres, y mostró que en promedio, las mujeres miran su reflejo alrededor de ocho veces al día –sea en un espejo o en otra superficie. De hecho, pienso que esa cifra es baja. Pero eso fue lo que mostraron los resultados del estudio.

Una de cada diez mujeres encuestadas admitió que no puede pasar por un carro sin mirar su cabello o su maquillaje en el vidrio. De igual manera, una de cada diez, dijo que usaba su espejo del polvo compacto al menos diez veces durante un día de trabajo, generalmente para retocar su cabello o su maquillaje.

La mitad de las mujeres dijeron que no salen de casa sin un espejo en su bolso… Al menos la mitad de ustedes trae un espejo consigo. ¡Siempre nos estamos mirando!

Sin embargo, es interesante que tres cuartas partes de las mujeres que participaron en esta encuesta ¡dijeron que odiaban mirarse en el espejo! Cerca del cuarenta por ciento dijo que les afectaba negativamente porque les creaba inseguridad cuando se miraban al espejo.

Entonces, ¿por qué seguimos mirándonos? ¿Por qué somos tan propensas a mirar nuestro propio reflejo? Bueno, hay muchísimas razones para eso. Algunas de ellas son asuntos del corazón, otras son asuntos culturales. Creo que como mujeres sentimos algo de presión social porque las personas ponen más atención en cómo se ven las mujeres que en cómo se ven los hombres.

Cuando el presidente de una nación y la primera dama viajan, la gente generalmente no comenta lo que el presidente trae puesto, pero invariablemente comentan lo que la primera dama trae puesto, y sus accesorios. Puedo sentir algo de esto en las conferencias o cuando tengo que estar al frente.

Pienso en las revistas por ejemplo, a la gente no le importa lo que los hombres traen puesto. Pero las mujeres escudriñan y miran… Hay algo de presión ahí, ¿tengo razón? Es una sensación de estar consciente de ti misma. Y luego está la presión creada por la constante exposición a las imágenes de belleza irreales del «photoshop».

Las vemos en los medios, en la TV, en las carteleras, en las revistas de moda.

Y esta imagen, la que nuestras madres y abuelas vieron mucho menos, está hoy en día delante de nosotras constantemente. Y es… ¡fíjense bien!... es imposible de conseguir! ¡Es imposible! Un escritor dijo,

«Hoy en día, el ideal de los medios para una figura delgada en la mujer, solo es alcanzado ¡por menos del cinco por ciento de la población femenina! No importa cuántas dietas hagas o cuánto te ejercites o te mates de hambre, ¡nunca podrás verte de esa manera! Y de hecho, muchas de las mujeres que crees que se ven así, en realidad no están así, no son así, solo se ven así porque las fotos han pasado por photoshop».

Tenemos la tendencia a compararnos con el estándar de belleza que promueve el mundo.

¿Y cuál es el resultado? Descontento, insatisfacción con nuestra apariencia. Al final solo nos sentimos profundamente inseguras. Nos comparamos con otras, sea con las que vemos en los medios o con las que están a nuestro alrededor. Y creo que los hombres no lo hacen de la misma manera, ciertamente no cuando se relaciona con características físicas.

De hecho, hay estudios interesantes acerca de cómo los hombres se ven a sí mismos en el espejo, diferente a cómo las mujeres se ven a sí mismas. Las mujeres se ven a sí mismas en el espejo con un ojo más crítico de cómo se ven los hombres a sí mismos.

Entonces, somos inseguras y nos comparamos con otras. Tenemos este deseo de estar a la altura, de ser afirmadas, de vernos atractivas, de ser valoradas. Estamos constantemente mirándonos en un espejo para ver cómo nos vemos comparadas con alguien más –su cabello, su estilo de ropa, su porte, su figura, su lo que sea.

Cuando la realidad es que algo de esto es pura vanidad, soberbia, orgullo por nuestra apariencia, una preocupación excesiva respecto a cómo nos vemos. Ahora, al igual que con todas las cosas, aquí hay un balance, porque las Escrituras no sugieren que no nos ocupemos de nuestra apariencia.

Si estás casada, yo diría que es importante que te preocupes cómo te ves a los ojos de tu marido y te ocupes de eso. Pero hay una línea (y creo que solo el Espíritu de Dios puede ayudarnos a saber cuándo nos hemos pasado de la raya) de una excesiva obsesión respecto a cómo nos vemos.

Hay una palabra que supongo has escuchado, que explica mucho de esto, «narcisismo». De acuerdo al diccionario, un narcisista es «una persona que tiene una admiración o un interés excesivo en sí mismo, una fascinación fuera de lo ordinario consigo mismo; excesivo amor propio».

¿De dónde vino esa palabra? Viene de un personaje de la mitología griega, Narciso. Hay variaciones de esta historia, pero la esencia es que él era un cazador, conocido por su belleza. Pero también era orgulloso, y despreciaba a cualquiera que lo amara.

Pues bien, un día caminaba cerca de un manantial y se inclinó a beber y vio su propio reflejo en el agua, y se enamoró de él. No permitía que nadie más le amara; no podía amar a otros, pero al ver su propio reflejo ¡se enamoró de él!

Al principio no se dio cuenta de que era solamente un reflejo. Cuando lo supo, se sintió abatido porque su amor no podría materializarse. Así es que se apartó hasta que murió, o como lo cuentan otras versiones, hasta que se suicidó.

El obsesionarnos con nosotras mismas inevitablemente nos llevará a amarnos a nosotras mismas, y a otras manifestaciones de esto, lo que puede resultar en odio por uno mismo o autodesprecio. Cualquiera de estas obsesiones es peligrosa ¡y pueden llegar a ser mortales!

Ahora, quisiera ampliar esto un poco y decir que no estamos solamente hablando literalmente de espejos. Hay otros espejos que usamos para evaluar nuestra valía, nuestra belleza. Por ejemplo, las fotos.

Cuando ves una fotografía de un grupo, y tú estás en ella, ¿a quién buscas, a quién ves primero? ¿O solo soy yo? (risas) ¿Te miras? Quieres saber cómo saliste en esa foto; porque mientras estás ahí parada cuando están tomando la foto no sabes si algo salió torcido, de lado, o el cabello está alborotado.

Pero cuando vemos la foto, es un espejo, y nos dice cómo salimos –y eso nos importa. Hace poco, mi esposo y yo fuimos a una boda, y he estado viendo algunas de esas fotos que las personas han estado compartiendo en Facebook. Confieso que la primera persona que miro en la foto no es la novia, no es la mamá de la novia, no es el papá de la novia, ni las damas de honor…¡soy yo! Y entonces, invariablemente, está esa sensación de comparar –evaluar el cabello y el peso y la ropa. Es un espejo que me permite volverme obsesivamente enfocada en mí misma. ¡Es mortal!

Otro espejo que nos habla a muchas, es la báscula. Las básculas nos hablan, cada vez que nos paramos sobre una, y nos dicen si damos la talla. Luego determinamos: «Ya perdiste medio kilo; ya subiste medio kilo». Si perdiste medio kilo ¡estás feliz! Pero si aumentaste medio kilo estás deprimida, ¡te arruina por completo todo el día!

Es un espejo, y nos está hablando y diciendo lo que pensamos sobre nuestra valía o nuestra belleza. Es peligroso. ¡Puede ser mortal!

Otro espejo que permitimos que nos hable demasiado es el de la opinión de otros: padres, hermanos, nuestra pareja, nuestros hijos, compañeros de trabajo, amigos, lo que la gente nos dice, lo que dicen acerca de nosotras, lo que oímos que dijeron de nosotras, lo que textearon, lo que nos enteramos que ellos no saben que nos enteramos.

Esas cosas pueden perseguirnos. Esos son espejos. Nos hablan y nos dicen, «tú vales menos, o tú vales más». Pueden aumentar o disminuir nuestro sentido de valía.

Aquí hay otro espejo, las redes sociales. Los «me gusta» y los «seguidores» y los «compartir» en Facebook, Instagram y Twitter, estos son un reflejo de lo que otros piensan de nosotras, cuánto piensan en nosotras. Algunas de nosotras revisamos constantemente, mirando en el «espejo» porque nos hace sentir bien, o nos hace sentir mal. Determina cómo nos sentimos con nosotras mismas.

Aquí hay otro espejo, las posiciones o títulos o un cheque de nómina. Este es un espejo para los hombres, en ocasiones, más que para las mujeres. Los hombres son más dados a preocuparse por su desempeño en el trabajo, pero a nosotras nos importa cuán valoradas somos en el trabajo, cómo nos ven. Es un espejo.

Mamás, aquí está otro espejo, tus hijos –qué tan bien se comportan, qué tan exitosos son, sus logros académicos, sus logros en los deportes, a qué universidad asisten. O por el contrario, sus fracasos, su conducta deficiente. Las mamás fácilmente sienten, «¡esto es como un espejo que me está reflejando a mí!» Y puede animarte, o puede avergonzarte.

Estos son espejos que nos «hablan». La pregunta es: ¿Cuánto miramos a esos espejos para que nos digan quiénes somos, lo que valemos? Al final del día, no importa cuán hermosas, cuán agradables, cuán encantadoras y exitosas seamos, cuán bien educados sean nuestros hijos o nietos, estos espejos están vacíos.

Son vanos, son inútiles, son pasajeros, son cambiantes, y no satisfacen. O tal vez por un momento, pero tan rápido como perdiste una libra y estabas extasiada, puedes ganar una libra y estar deprimida. Estos espejos cambian, ¡no satisfacen!

Proverbios 31:30, insinúa esto cuando nos dice: «Engañosa es la belleza, y vana la hermosura...» Es vacía, no dura, no nos dice nuestro verdadero valor. Pero... «la mujer que teme al SEÑOR, esa será alabada». ¡Ese es un enfoque totalmente diferente!

Así que aquí tenemos dos tipos de enfoque. Está la mujer que se enfoca en su encanto, su belleza, sus rasgos naturales físicos o las características de su personalidad; o los de sus hijos, o la opinión de otros. Ella está enfocada en sí misma, y la Escritura nos dice que eso es vanidad, es pasajero, es vacío, es inútil.

Pero por otro lado tenemos la mujer que teme al Señor, una mujer que fija sus ojos en Dios, una mujer que vive constantemente pensando en Él, y no en sí misma, es una mujer que será animada, que será alabada, puesta en alto. ¡Ella es una mujer virtuosa!

Las Escrituras en el Nuevo Testamento hablan acerca de la necedad de compararnos a nosotras mismas con otras, esos espejos humanos. La segunda carta a los Corintios en el capítulo 10, versículo 12, dice: «pero ellos, midiéndose a sí mismos y comparándose consigo mismos, carecen de entendimiento». ¡Es una necedad compararnos con otras!

Sí, otra persona tiene un cabello precioso, otra tiene un guardarropa muy a la moda, otra tiene esta gran personalidad extrovertida y otra tiene esos hijos maravillosos que nunca hacen nada indebido, al menos eso dice Facebook, y ¡eso es lo que tú pensarías!

Y nos comparamos nosotras mismas, midiendonos con nosotras mismas. Eso es una necedad. No es sabio. Estamos escuchando a los espejos equivocados. Las Escrituras nos enseñan que la comunión con Dios, el permanecer en Su Presencia, trae una nueva obsesión santa, no una obsesión conmigo misma, sino una consciencia de Dios, y la libertad de estar absorta conmigo misma.

No estamos hablando de que debemos tenernos en poco, o que pensemos pobremente de nosotras mismas. Estamos diciendo que no debemos darnos tanta importancia. Somos importantes para Dios, pero Dios es quien debe ser lo supremamente importante para nosotras.

Ves esto ilustrado en Éxodo 34, versículo 29, donde dice que conforme Moisés bajaba de la montaña, donde había pasado cuarenta días y cuarenta noches en la presencia del Señor, «Moisés no sabía que la piel de su rostro resplandecía por haber hablado con Dios».

Él no tenía un espejo. La gente podía verlo. Él no podía verse porque no estaba mirándose a sí mismo, ¡él estaba mirando al Señor! Dios le dio ese resplandor y esa belleza, pero él no lo sabía.

¿No sería maravilloso saber que tu vida resplandece y refleja la gloria de Dios, pero tú no lo ves? Las personas a tu alrededor lo ven, pero tú no te estás mirando. «¿Lo están viendo otros? ¿Está ahí? ¿Tengo esa gloria sobre mí, estoy resplandeciendo? ¿Me veo como una mujer cristiana buena y hermosa? Olvida eso ¡Piensa en Él!

Permanece en Su presencia, enfócate en Él, refleja Su belleza a través de ti, ¡y serás hermosa en lo que realmente importa!

El rostro de Moisés reflejaba la gloria de Dios. No es mirándonos a nosotras mismas, contemplándonos, fijándonos en nosotras mismas, obsesionadas acerca de nosotras, lo que nos hace ser más hermosas, sino es mirando a Cristo que desarrollamos una santa y divina obsesión.

Al mirarlo a Él en lugar de a nosotras, reflejaremos Su gloria. Hay un versículo en el Salmo 34 que viene a mi mente con frecuencia cuando me estoy preparando para una sesión de fotos. (Nuestro equipo te dirá que el estar frente a una cámara no es algo que me fascina, ¡y puedo volverme tan obsesiva conmigo misma!)

Me encanta ese versículo en el Salmo 34, y con frecuencia lo cito cuando estoy sentada ahí, con la cámara disparando. La gente dice: «Necesitamos esta para Facebook», o «necesitamos esta para aquello». El Salmo 34:5 dice: «Los que a Él miraron, fueron iluminados, sus rostros jamás serán avergonzados».

No obtenemos eso fijándonos en nosotras mismas, sino fijando nuestros ojos en Cristo. Y ves eso en 2 Corintios capítulo 3, versículo 18. Esto está en el contexto donde habla acerca de Moisés cuyo semblante brillaba con la gloria de Dios. Dice que no era solo para Moisés, sino también para nosotras. «Pero nosotros todos, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, estamos siendo transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Señor, el Espíritu».

¿Entiendes eso? Al mirarlo fijamente a Él, al contemplarlo a Él, conforme miramos como en un espejo la gloria del Señor, somos transformadas, de adentro hacia afuera, no solamente en nuestra apariencia externa. Porque eso es lo único que el espejo puede capturar, la apariencia externa. No te puede decir nada acerca de tu corazón.

Pero la gloria del Señor, la belleza de Cristo, nos transformará de adentro hacia afuera, de manera que tengamos corazones hermosos, semblantes radiantes, que reflejen la gloria de Dios. Es un proceso. Estamos siendo transformadas de gloria en gloria en gloria. Es un proceso que dura toda la vida, por el poder de Su Espíritu Santo.

Me encanta ese antiguo corito evangélico: «Deja que la belleza de Jesús sea vista en mí». Dice:

(La belleza de Cristo que mora en mí)

La belleza de Cristo que mora en mí,
Su dulzura y belleza yo quiero sí,
Oh divino Jesús, ven y llena mi ser,
Y que puedan en mí tu belleza ver.

(Albert Osborn)

Santiago 1 nos dice que la Palabra de Dios es como un espejo, nos muestra la verdad acerca de nosotras mismas. Este es el espejo al que debes estar mirando. Nos muestra a Cristo, ¡y nos transforma!

Entonces, Éxodo 38:8 dice: «Además hizo la pila de bronce y su base de bronce, con los espejos de las mujeres que servían a la puerta de la tienda de reunión». Un espejo es cualquier cosa que usemos para enfocarnos más atentamente en nosotras.

Mi pregunta aquí es, ¿vamos a aferrarnos a nuestros espejos terrenales? ¿Vamos a darles mucha importancia? ¿Los vamos a estar usando perpetuamente? ¿O preferimos ofrendarlos, entregarlos?

Eso no significa que nunca vas a mirarte en el espejo, pero significa que nuestra obsesión no es con nosotras, sino con Cristo. ¿Los vamos a entregar por amor a Cristo, por amor a esa casa, a ese templo que Él está construyendo, para que otros puedan ver Su gloria, y sean lavados por Su gracia? Oremos:

Señor, tu Palabra dice en Romanos 11:36: «Porque de Él, por Él, y para Él, son todas las cosas. A Él (a Ti) sea la gloria para siempre. Amén». Por eso te rogamos Señor que escudriñes nuestros corazones, que hables a nuestros corazones acerca de los espejos. ¿Qué nos están diciendo los espejos? ¿Qué es lo que estamos escuchando?

¿Qué espejos estamos usando? ¿Hacia qué espejos estamos mirando para obtener ese sentido de valía y de satisfacción? Y Señor, que nuestra fijación –nuestra obsesión- no sea con nosotras mismas, sino con Cristo, con Su gloria, con Su belleza.

Deja que Tu belleza sea vista en nosotras y a través de nosotras para que el mundo pueda mirarnos y no vernos a nosotras, ¡sino que se enamoren de Cristo! En cuyo nombre oramos, amén.

Annamarie: Una foto, la opinión de otros, un título universitario, tu salario o posición, tus hijos… ¿En qué espejo te estás mirando? ¿Dónde encuentras tu valor?

Nancy DeMoss de Wolgemuth ha orado para que puedas ver el valor que tienes en Jesús. Para escuchar la primera parte de este mensaje, visítanos en AvivaNuestrosCorazones.com. Allí podrás encontrar tanto el audio como la transcripción.

Una iglesia típica incluye muchas personas escondiendo mucho dolor. Nancy Rach sabe esto por experiencia, pues escondió su dolor por muchos años. Mañana ella te mostrará cómo puedes ser honesta acerca de tu dolor, y ser sanada en Cristo. Te esperamos para esta próxima serie, aquí en Aviva Nuestros Corazones.

Agradecidos por tu involucración con este ministerio, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

Si quieres conocer más de este ministerio, te invitamos a visitar AvivaNuestrosCorazones.com

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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