Estaba muerta en vida
Débora: ¿Sientes que te has quedado sin opciones? Nancy DeMoss Wolgemuth dice que eso podría ser algo bueno.
Nancy DeMoss Wolgemuth: Cuando tú y yo hemos agotado toda esperanza, toda esperanza humana; cuando todo lo humano a lo que recurrimos para intentar satisfacer nuestras necesidades ha fallado, es entonces cuando finalmente nos encontramos con Cristo.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, autora de «Quebrantamiento: El corazón avivado por Dios», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 23 de marzo de 2026.
¿Alguna vez has observado alguna necesidad en tu vida y te has preguntado: «¿Cuánto tiempo tendré que aguantar esto?»? Si es así, debes saber que no estás sola. El evangelista Marcos nos contó la historia de una mujer que se encontraba en esa misma situación. Nancy nos ayudará a conocerla mejor durante los próximos días en la …
Débora: ¿Sientes que te has quedado sin opciones? Nancy DeMoss Wolgemuth dice que eso podría ser algo bueno.
Nancy DeMoss Wolgemuth: Cuando tú y yo hemos agotado toda esperanza, toda esperanza humana; cuando todo lo humano a lo que recurrimos para intentar satisfacer nuestras necesidades ha fallado, es entonces cuando finalmente nos encontramos con Cristo.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, autora de «Quebrantamiento: El corazón avivado por Dios», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 23 de marzo de 2026.
¿Alguna vez has observado alguna necesidad en tu vida y te has preguntado: «¿Cuánto tiempo tendré que aguantar esto?»? Si es así, debes saber que no estás sola. El evangelista Marcos nos contó la historia de una mujer que se encontraba en esa misma situación. Nancy nos ayudará a conocerla mejor durante los próximos días en la serie a la que damos inicio el día de hoy.
Pero, antes de empezar, Nancy nos habla de otras mujeres que se ponen en contacto con ella y le cuentan sus problemas, que parecen insuperables.
Nancy: Una de las cosas que particularmente me entristece es cuando las mujeres hablan de un problema con el que han estado luchando durante años y años sin que, aparentemente, obtengan ninguna ayuda ni alivio.
Estas son algunas de las cosas que me han dicho algunas mujeres en este sentido. Una mujer escribió y me dijo: «Estoy deprimida y tengo pensamientos suicidas. Oro constantemente para encontrar alivio. Creo en Dios y que Él responde a las oraciones, pero llevo años esperando».
Otra mujer dijo: «Mi matrimonio se está desmoronando. Ha sido un matrimonio sin amor y sin afecto durante más de doce años. Tengo el corazón roto y estoy agotada».
En una circunstancia diferente, otra mujer dijo: «Mi corazón murió hace cuatro años cuando enterré a mi hija. Ora para que Dios me sane y pueda abrir mi corazón a mi esposo y a mis otras tres hijas».
Otra mujer dijo: «He estado en un desierto espiritual durante unos quince años». No sé cuáles fueron los detalles de ese desierto espiritual, pero es muchísimo tiempo para vivir sin ningún sentido de renovación ni de que tus necesidades estén siendo atendidas durante todo ese período.
Otra mujer dijo: «Mi corazón sigue herido y lastimado cinco años después de que mi prometido me fue infiel, apenas unas semanas antes de nuestra boda».
Otra mujer me escribió y me habló de un trastorno alimenticio con el que había luchado durante catorce años. Ella dijo: «Satanás me ataca constantemente con mentiras». Catorce años luchando con el problema de control, de esclavitud.
Mientras leo estas historias, estas afirmaciones, ¿te viene algo a la mente? ¿Algo con lo que has luchado, con lo que has peleado, y no solo durante una semana o dos, ni durante un mes o dos, sino durante años? ¿Algún problema interno? ¿Algún pecado? ¿Algún área de conflicto o esclavitud, o una relación problemática? Llevas años y años lidiando con este problema.
Quiero que durante los próximos días veamos a una mujer en las Escrituras que entendió lo que era tener que luchar con un problema difícil durante muchos años. Si tienes tu Biblia, acompáñame a Marcos, capítulo 5. Voy a comenzar a leer desde el versículo 21 para darles un poco de contexto sobre la situación de esta mujer. Marcos 5 Dice:
«Cuando Jesús pasó otra vez en la barca al otro lado, se reunió una gran multitud alrededor de Él; así que Él se quedó junto al mar». Vemos aquí que hay una gran multitud de personas que se agolpan alrededor de Cristo. Y no solo hay una gran multitud, sino que hay un hombre importante entre la multitud. Hay un miembro distinguido.
El versículo 22 nos dice: «Y vino uno de los oficiales de la sinagoga, llamado Jairo…». Jairo era un hombre importante. Quizás era un hombre rico. Tenía una buena posición y era respetado. Me imagino que cuando entró en la multitud, esta se apartó para abrirle paso. Quizás tenía un séquito de personas que eran sus ayudantes. El punto es que él era admirado y respetado, y ese día él estaba entre la multitud. Así que tenemos una gran multitud y una persona importante entre esa gran multitud.
El versículo 22 sigue diciendo: «y [Jairo] al ver a Jesús, se postró a Sus pies». Algo muy urgente está pasando. El versículo 23 nos dice que:
«…y le rogaba con insistencia: “Mi hijita está al borde de la muerte…”».
Este hombre importante, a pesar de toda la posición que tenía, en ese momento no le servía de mucho porque tenía una gran necesidad. Y esa gran necesidad en su vida se convirtió en una situación que lo llevó ante Cristo, y él le dijo: «¡Señor, ven!».
Podemos imaginarnos la escena mientras leemos el texto. Y el problema que tenemos cuando conocemos bien el pasaje es que nos limitamos a leer las palabras. Ponte en esta situación, en el lugar de este hombre. A él no le importó quién más estaba allí, ni qué más había que hacer, ni qué más tenía Cristo en su agenda. Simplemente le dijo: «¡Cristo! ¡Ayúdame!».
Hay un sentido de desesperación y urgencia. Pienso que podemos suponer que él no estaba muy contento con la interrupción que esta mujer estaba a punto de causar en esta situación.
Entonces este hombre le dijo:
«“Mi hijita está al borde de la muerte; te ruego que vengas y pongas las manos sobre ella para que sane y viva”. Jesús fue con él; y una gran multitud lo seguía y oprimía».
La palabra «oprimía» da la sensación de que presionaban a Cristo. Es como si apenas tuviera espacio para respirar. Imagínate esta gran multitud que lo presionaba.
Y en medio de esta gran multitud, con alguien tan importante como Jairo, que tiene una gran necesidad y una emergencia, una gran urgencia, el versículo 25 nos dice: «Había una mujer». Una mujer. No se nos dice su nombre. Solo sabemos que era una mujer que tenía una necesidad muy personal. Era muy importante para ella, pero probablemente una necesidad que no esperaba que le importara a nadie más. «Había una mujer».
Ella es muy diferente a Jairo. Él es un hombre importante, con un gran nombre y una gran posición, y es comprensible que Cristo se preocupara por ayudar a Jairo. Pero aquí hay una mujer. Hoy en día eso no sería un insulto, pero en aquellos días ser mujer era ser un ciudadano de segunda clase o ser considerada como un ciudadano de segunda clase por otras personas. Aquí hay un gran hombre y ella solo una mujer. Sin embargo, ella era una mujer especial.
El hecho es que Dios sí conocía el nombre de esta mujer, aunque nosotros no lo sepamos. Dios se preocupó por ella en medio de esta gran multitud, aunque los demás la ignoraran, fueran insensibles a sus necesidades y no les importara lo que le sucedía. Ella se consideraba a sí misma como insignificante, como veremos en el pasaje. Era solo una mujer. Y no solo era una mujer, sino que era una marginada social. Era el tipo de persona a la que la gente no aceptaba. Era el tipo de mujer que no era muy atractiva, que no tenía nada que ofrecer, solo experimentaba rechazo y podía ser pisoteada, la persona por la que los demás no se interesaban en ayudar. Ella había sido rechazada y excluida de su sociedad debido a una dolencia física.
El pasaje continúa diciéndonos que esta mujer tenía un flujo de sangre desde hacía doce años. Durante doce largos años, había tenido un problema que había sido muy significativo en su vida. Se trataba de un problema físico, pero le había causado muchos otros problemas. Y es interesante que llevara «muriendo» por doce años padeciendo, exactamente el mismo tiempo que había vivido la hija de Jairo. Pienso que toda esta interrupción, que Jairo podría haber visto como una gran distracción, en realidad iba a ser un reto para la fe de Jairo: ver que si Cristo podía ayudar a esta mujer que había tenido este grave problema durante doce años, entonces también podía ayudar a su hija, que a los doce años estaba muriendo en casa.
Las Escrituras nos dicen que esta mujer «padecía de flujo de sangre». No sabemos exactamente qué significa esto. Podría haber sido una hemorragia interna que había estado ocurriendo en su cuerpo durante todos esos años. Podría haber sido un problema crónico relacionado con su ciclo menstrual. No sabemos cuál era el problema, pero sabemos que era un problema interno. Era algo que probablemente no habría sido evidente de inmediato para las personas que no la conocían. Sin embargo, este problema interno tenía enormes repercusiones en la vida de esta mujer. En el Antiguo Testamento, una enfermedad de la sangre o un trastorno sanguíneo era una imagen del pecado: un problema interno que creaba enormes problemas y tenía repercusiones masivas en todos los ámbitos de la vida.
Sabemos por las Escrituras que el pecado contamina. Nos corrompe. Nos separa de Dios e incluso rompe nuestra comunión con los demás. En el Antiguo Testamento, para ilustrar la naturaleza contaminante, profanadora y separadora del pecado, Dios estableció algunas leyes para los judíos con el fin de ayudarles a comprender lo que hace el pecado.
En Levítico 15, se nos dan algunas normas que los judíos debían cumplir. Se les decía que si una mujer tenía un trastorno sanguíneo, si tenía una enfermedad de la sangre como la que tenía esta mujer, ella era ceremonialmente impura. Eso significaba que, mientras durara su trastorno, debía estar separada de su familia. Sería rechazada incluso por aquellos que la conocían y la amaban. Sería excluida de la sinagoga o del templo. No podría adorar en lugares públicos. Sería separada de sus relaciones sociales normales. Se trataba de un aislamiento social y religioso.
Pienso que Dios quería que viéramos a través de esta imagen y regla del Antiguo Testamento que el pecado nos separa. Rompe la comunión con Dios. Levanta barreras incluso en nuestras relaciones con otras personas. Cualquier cosa que esta mujer tocara también se volvía ceremonialmente impura. Cualquier cosa que la tocara a ella, o si alguien tocaba algo que ella había tocado, o algo que ella tocara, se volvía ceremonialmente impuro. Así que, como ves, esta es una imagen de cómo el pecado profana, cómo contamina. Esta mujer era una persona muerta en vida. Tenía una enfermedad incurable, y su vida era una imagen de las consecuencias del pecado.
Pienso que probablemente esta mujer se avergonzaba de su problema. Y sospecho que no quería que los demás lo supieran. Sin embargo, había personas que tenían que saberlo. Pero ella quería esconderse y seguir adelante sin permitir que otras personas vieran realmente su interior. Era un problema a largo plazo. Doce años es mucho tiempo para vivir aislada de las relaciones, la comunión, el amor y el contacto físico. Cualquiera que la tocara quedaba contaminado. Así que aquí tenemos a una mujer que ha vivido sin contacto físico, sin amor, sin comunicación, sin relaciones, sin comunión.
Cuando miro a esta mujer, veo una imagen de muchas mujeres que conozco, mujeres que ustedes conocen, algunas mujeres que me están escuchando hoy, que llevan una carga interna; tal vez la han llevado durante años. Y con solo mirarlas, no puedo decirles qué es lo que está pasando dentro de ellas. Me sorprende cuántas personas tienen cargas de las cuales no sabemos nada. Hace poco escuché el testimonio de una mujer en mi iglesia, a quien considero la mujer más alegre y felizmente casada. Ella se levantó y dio un testimonio junto con su esposo de cómo Dios había estado obrando en la vida de ambos. Ella contó cómo durante años había sentido que su esposo no la amaba. Había estado amargada, resentida y enojada. Todos quedamos impactados. Me refiero a que esta es una pareja que conocemos y amamos, y nadie sabía, excepto Dios. Nadie sabe lo que está pasando dentro de tu corazón, dentro del mío, que puede ser de esta naturaleza.
Para algunas de nosotras, pueden ser heridas que han dado lugar a la amargura, la ira, el odio, la depresión, la vergüenza, la culpa. Algunas de nosotras vivimos vidas derrotadas, con ansiedad, preocupaciones crónicas, adicciones, adicciones a sustancias, adicciones sexuales, miedo. Algunas de nosotras simplemente hemos cerrado nuestro corazón, porque las circunstancias de la vida lo han dejado herido y lastimado.
Me atrevo a decir que probablemente haya una o más de ustedes escuchándome que se han cerrado a Dios y a los demás, y no porque tengan una gran herida abierta, sino simplemente por el dolor. Están pasando por lo que parece una vida cristiana en piloto automático: hacen lo correcto, dicen lo correcto, van a los lugares correctos, pero solo están haciendo las cosas en automático, sin vivir una vida real. Son personas vivas, pero muertas.
Es fácil sentir, después de todos estos años, que esta enfermedad es incurable. De hecho, puede que lo sea. Pero veremos que, cuando esta mujer llega a Cristo, ella experimenta un milagro.
Débora: Nancy DeMoss Wolgemuth aún no ha terminado. Ella volverá enseguida para contarnos el momento en que esta mujer se encuentra con Cristo.
Pero antes de que lo haga, quiero compartir contigo una reflexión devocional escrita por el pastor Paul Tautges. Se titula «Un pequeño libro para un corazón dolido», y es un complemento maravilloso para nuestra serie actual. Nancy lo recomienda y dice: «Cuántas veces he deseado tener un recurso como este para compartir con una amiga que está pasando por un momento de dolor. Paul Tautges, un pastor y consejero sabio y experimentado, acompaña a las personas que sufren con reflexiones breves, alentadoras y llenas de la gracia de Dios».
¡Qué testimonio! Podrás encontrar un enlace directo a este libro en la transcripción del episodio de hoy.
Ahora volvamos a la mujer que se encontró con Cristo en Marcos capítulo 5.
Nancy: Es interesante que en el evangelio de Marcos se den tantos detalles, ya que Marcos tiende a ser breve en sus relatos. Él suele utilizar palabras como «inmediatamente» y «enseguida» y él omite algunos detalles. Va directo al grano. Pero en este caso, nos da algunos detalles sobre el pasado de esta mujer. Pienso que esto animará a algunas de nosotras que quizás hayamos pasado por situaciones similares en nuestras vidas.
El versículo 25 nos dice que ella había tenido este flujo de sangre durante doce años. Es mucho tiempo para haber soportado esta enfermedad incurable. Luego, el versículo 26 nos dice que no es que ella no había intentado buscar ayuda, sino que había sufrido mucho a manos de muchos médicos. Ella había ido de médico en médico. En doce años, es posible visitar a muchos médicos. Ella había estado tratando de encontrar ayuda para su dolencia.
Me imagino que, por lo que se decía y quizá por algún anuncio que había visto o leído, había escuchado: «Este médico se especializa en trastornos sanguíneos» o «Este médico se especializa en enfermedades incurables». Su esperanza se encendía y ella iba al médico. Él le hacía todas las pruebas, la sometía a toda la agonía y la indignidad de examinar su situación, y luego volvía y le decía: «Lo siento, no puedo ayudarla».
Leí algo que Charles Spurgeon, el gran predicador del siglo XIX, que escribió sobre esta mujer. Él habla de cómo era ir al médico en aquellos tiempos. Permíteme citar un fragmento de su capítulo sobre esta mujer.
«Los médicos de aquella época eran mucho más temibles que las peores enfermedades. Entre extracciones de sangre, sanguijuelas, cortes, cauterizaciones, ampollas e incisiones, vendajes y punciones, los pacientes eran sometidos a todo tipo de torturas inimaginables. [Spurgeon sigue diciendo…]
Los médicos de su época habían alcanzado la perfección en el arte del tormento. No sé cuántas operaciones había soportado, ni cuántos litros de nauseabundos medicamentos había tragado, pero sin duda le habían causado un enorme sufrimiento y, lo que es peor, quizá una amarga decepción».
Cada vez que la esperanza se encendía en su corazón, iba y luego veía cómo se desvanecía. «Quizás esta persona me ayude. Tal vez este tratamiento me ayude. Puede que esta terapia me ayude». Sin embargo, nada había funcionado.
Marcos, capítulo 5, en el versículo 26, nos dice que: «Había sufrido mucho a manos de muchos médicos, y había gastado todo lo que tenía…». Estos médicos estaban encantados de quedarse con su dinero, aunque no tenían nada que ofrecerle que le fuera de ayuda. Entonces, ella llegó al punto en que aparentemente no había más médicos a quienes acudir. Si aún quedaban médicos a quienes acudir, ¿por qué iba a ir a someterse al dolor insoportable de sufrir un examen más por parte de otro médico que no sabía lo que hacía? Incluso si hubiera podido soportar todo eso, el hecho era que no le quedaba dinero. Había gastado todo lo que tenía. No tenía a quién recurrir.
Así que aquí tenemos a esta mujer destinada y resignada a vivir con esta enfermedad incurable, pensando que no había esperanza ni ayuda. Ella había agotado todas sus opciones.
Déjame decirte que, cuando se trata de asuntos del corazón, esa no es realmente una mala situación. Cuando tú y yo hemos agotado toda esperanza, toda esperanza humana, cuando todo lo humano a lo que hemos recurrido para tratar de ayudarnos en nuestra necesidad ha fallado, es entonces cuando finalmente podemos atravesar la multitud y llegar a Cristo, y acudir a Aquel que realmente es nuestra única esperanza.
Ahora, ella aún no había llegado a ese punto. Marcos nos da algunos detalles más. Dice que había gastado todo lo que tenía «sin provecho alguno, sino que al contrario, había empeorado» (v. 26). Una cosa es tener este problema durante doce años, y otra cosa es ir a todos estos médicos y sufrir tanto y gastar todo su dinero solo para descubrir que no solo no has mejorado, sino que estás peor que cuando pasaste por todos esos tratamientos. Me pregunto si esta mujer pensó, y seguramente lo pensó: «Voy a tener que vivir así para siempre. Nunca será diferente. Nunca mejoraré».
De hecho, mientras meditaba sobre este pasaje durante la semana, se me ocurrió que lo único que esta mujer tenía por delante era la muerte. Uno se pregunta si tal vez ella tuvo momentos en los que pensó en quitarse la vida. Conozco mujeres que han pensado en suicidarse porque la vida les parece demasiado difícil. Las cargas parecen muy pesadas y el dolor parece insoportable. No están mejor, están peor. Prefieren acabar con todo y morir. No sabemos si ella había llegado a ese punto, pero parece que no tenía nada que esperar. Su situación era realmente desesperada.
Mientras meditaba sobre esta mujer y su situación, mi mente se dirigió a otras mujeres que conozco. Mujeres que han pasado doce meses, doce años o décadas de sufrimiento, dolor, abuso emocional y cargas que han soportado, problemas que no han podido resolver en su pasado. Mujeres que viven con la derrota en áreas importantes de su vida.
Pienso en algunas de estas mujeres que han buscado ayuda en muchos lugares diferentes. Mujeres que han acudido a consejeros, a terapeutas, a médicos, y han probado todas las terapias y medicamentos imaginables. Algunas de ellas incluso están probando muchas religiones diferentes. Están tratando de escapar, tratando de obtener ayuda, tratando de tener algo de esperanza. Pero en muchos casos, estas mujeres no solo no están mejor y no están recibiendo ayuda, sino que en algunos casos están incluso peor. Han perdido la esperanza. Han llegado a la conclusión de que siempre será así. No les queda esperanza.
Y me pregunto si hay alguien escuchando hoy que se sienta así. «He hecho todo lo posible. Todos los esfuerzos. He hecho todo lo que había que hacer. Lo he intentado todo. No me queda dinero. No tengo esperanza». Quizás te sientas así hoy. Tal vez te hayas sentido así en algún momento de tu vida. Déjame decirte una vez más que solo hay una fuente de esperanza verdadera, y esta mujer estaba a punto de encontrarla. Y no solo esperanza, sino a Cristo. Esa esperanza es una Persona. Es un Hombre que tiene un nombre, y Su nombre es Cristo. La esperanza que esta mujer encontró en Cristo es donde tú encontrarás la esperanza y la ayuda definitivas.
Cuando realmente quieres ayuda, necesitas acudir al Admirable Consejero, y Su nombre es Cristo. El versículo 27 nos dice que esta mujer había escuchado hablar de Cristo. «Cuando ella oyó hablar de Jesús, se llegó a Él por detrás entre la multitud y tocó Su manto». ¿Qué había escuchado esta mujer acerca de Cristo? ¿Qué la hizo arriesgarse al rechazo? ¿La presión de la multitud y tal vez tener que abrirse paso a empujones? Pienso que no fue fácil para ella llegar hasta Cristo. Tuvo que haber hecho un esfuerzo. ¿Qué hizo que esta mujer, que lo había intentado todo, cuando todo había fallado, que nada había funcionado, no tenía dinero que ofrecer? ¿Pero qué la hizo estar dispuesta a abrirse paso entre la multitud para llegar hasta Cristo? ¿Qué había escuchado?
Quizás había escuchado lo que leemos en Lucas capítulo 6, donde dice: «Toda la multitud procuraba tocar a Jesús, porque de Él salía un poder que a todos sanaba». Tal vez había oído el testimonio de alguien que había estado en una de esas multitudes, alguien que quizás había estado justo donde ella estaba, alguien con quien había compartido su miseria durante todos esos años. No lo sabemos. Solo sabemos que ella había oído hablar de Cristo.
Aparentemente, lo que oyó es que este Hombre tenía poder. «Este hombre no es como los otros médicos a los que has ido. No es simplemente otro profesional que te quita el dinero y no resuelve tus problemas. Este es un hombre que tiene poder». Quizás lo había escuchado de alguno de los que creían en Cristo. «Este hombre es Dios que ha venido a visitarnos a la tierra». A lo mejor se había enterado de la historia de los leprosos. Ellos también eran marginados sociales, pero Cristo había tocado a los leprosos y, al hacerlo, los había curado. Puede que oyera hablar de cómo había puesto las manos sobre los ojos del ciego y sobre los oídos del sordo, y cómo se les habían abierto los ojos y se les habían destapado los oídos. Fuera lo que fuera, ella había escuchado algo que le había dado esperanza.
Cuando te has encontrado donde esta mujer había estado durante doce años, lo que más necesitas es esperanza. Cuando toda esperanza se ha desvanecido y tu situación parece no tener salida, al oír hablar de Aquel cuyo nombre es Esperanza, te abrirás paso entre la multitud para llegar hasta Él. Harás lo que sea necesario con tal de acercarte a Él.
Y cuando has estado en una situación tan prolongada como has estado, con problemas, cargando con un problema interno, con una carga interna, con luchas internas, tal vez todo el mundo lo sabe. O quizás nadie más lo sabe, porque solo está dentro de ti: esa lucha en tu matrimonio, esa lucha en tu relación con tus padres o con tus suegros, esa presión financiera, esa angustia emocional causada por un dolor que ocurrió hace años. Has vivido con la esclavitud, el peso y el dolor de todo eso durante todos estos años. Déjame decirte que hay esperanza, y Su nombre es Cristo. Dios te trajo hoy a escuchar lo que le sucedió a esta mujer.
Las Escrituras dicen que ella vino a Él y tocó Su manto. Y veremos que, cuando lo hizo, se produjo una transformación. Eso sucederá en tu vida una vez que llegues a Cristo, te acerques y experimentes su poder sanador.
Débora: Nancy DeMoss Wolgemuth regresará en un momento. Pero antes de eso, quiero recordarte que Aviva Nuestros Corazones está llegando a mujeres de todo el mundo con el contenido que escuchaste hoy. La ansiedad es una lucha muy común, y deseamos que las mujeres de todas partes conozcan la esperanza que les ofrecen las Escrituras. Los programas de Aviva Nuestros Corazones se están traduciendo actualmente a más de veinte idiomas, y ese número sigue creciendo.
Esto no sería posible sin las mujeres que oran fielmente por este ministerio y sin la ayuda de nuestras colaboradoras mensuales, así que si tú estás en alguno de estos dos grupos, queremos darte muchas gracias por colaborar con nosotras en la misión que Dios nos ha encomendado. El Señor siga cumpliendo Su propósito con mujeres en todo el mundo.
Como ministerio, estamos muy agradecidos con el Señor por la bendición de compartir contigo que ya tenemos fecha para nuestra próxima conferencia.
El 13 y 14 de noviembre de 2026 en Miami, Florida, celebraremos la conferencia Mujer Verdadera '26: «Preparen camino al Señor». Esta conferencia nace de la convicción de que la esperanza segura del regreso de Cristo forma la manera en que una mujer vive hoy. Preparar el camino del Señor no es solo esperar; es vivir con fidelidad y esperanza en medio de esta generación.
Separa la fecha, y acompáñanos en este llamado a caminar juntas, con claridad, fidelidad y esperanza, mientras esperamos al Rey.
Para más información, visita AvivaNuestrosCorazones.com y mantente pendiente de nuestras redes sociales.
Y bueno, el día de mañana, Nancy continuará con nuestra serie «Su poder sanador» y hablaremos del poder de Cristo para liberarnos. ¡Te esperamos!
Aquí está Nancy para cerrar en oración.
Nancy: Gracias, oh Padre, porque no hay dolor tan grande que nos deje sin esperanza. Cuando hemos probado todas las respuestas del mundo y hemos acudido a todos sus médicos, y a todos sus profesionales, y a todos sus consejeros, muchos de ellos con buenas intenciones, pero cuando nos han quitado nuestro dinero y nos han dejado peor que cuando empezamos, solo nos queda un lugar al cual acudir. Ayúdanos a acudir a Cristo, sabiendo que en Él hay esperanza y hay ayuda, y hay gracia.
Te pido que avives la fe en algunas mujeres que me están escuchando hoy, algunas mujeres que están escuchando este mensaje y que necesitan esperanza. Ahora que han escuchado acerca de Cristo, aviva en sus corazones la confianza de que si Te buscan y si Te tocan, Tú realmente las encontrarás en su necesidad y sus vidas serán transformadas. Te lo pido en el nombre de Jesús, amén.
Débora: Llamándote a libertad, plenitud y abundancia en Cristo, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
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