Débora de Rivera: Cuando una mujer se rinde al Señor, descubre que el hogar no es una limitación, sino un instrumento en las manos de Dios para formar generaciones y reflejar el evangelio a otros.
Elba Ordeix de Reyes: Yo vi que los planes de Dios para nada tenían que ver con los míos. Entonces fue rendirme, rendirme al Señor y decirle: «Toma mi vida. Haz conmigo lo que quieras. Haz con mi familia lo que tú desees».
Teresa: El mundo nos dice que el hogar es pequeño, que es algo que limita, que es algo que nos hace perder oportunidades. Pero la Palabra de Dios dice algo completamente diferente. Eso es lo que nos debe importar: honrar al Señor. El hogar es un lugar donde se forman generaciones, donde se siembra la fe, donde se construyen vidas.
Gaby Wetzel: Nos libera de ese egoísmo y nos …
Débora de Rivera: Cuando una mujer se rinde al Señor, descubre que el hogar no es una limitación, sino un instrumento en las manos de Dios para formar generaciones y reflejar el evangelio a otros.
Elba Ordeix de Reyes: Yo vi que los planes de Dios para nada tenían que ver con los míos. Entonces fue rendirme, rendirme al Señor y decirle: «Toma mi vida. Haz conmigo lo que quieras. Haz con mi familia lo que tú desees».
Teresa: El mundo nos dice que el hogar es pequeño, que es algo que limita, que es algo que nos hace perder oportunidades. Pero la Palabra de Dios dice algo completamente diferente. Eso es lo que nos debe importar: honrar al Señor. El hogar es un lugar donde se forman generaciones, donde se siembra la fe, donde se construyen vidas.
Gaby Wetzel: Nos libera de ese egoísmo y nos enseña lo que es amar a los demás y nos da el privilegio de poder servir a otros y de que, a través de nuestro hogar, Cristo pueda ser conocido, ¿no?
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 9 de septiembre de 2026.
¡Qué privilegio concluir esta serie escuchando testimonios de mujeres que han experimentado la gracia de Dios en medio de la vida cotidiana!
Hoy conoceremos las historias de Elba Ordeix de Reyes, Teresa Seglar y Gaby Wetzel. Mujeres de diferentes generaciones y etapas de la vida que, por la misericordia de Dios, han aprendido a abrazar Su diseño para el hogar. Estamos seguras de que sus testimonios serán de gran bendición para ti. Escuchemos.
Elba: Buenas tardes. Bueno, sí, ya buenas tardes, casi, hermanas. Es un gozo estar aquí, de verdad, un privilegio enorme, y ver este salón, como decía Laura, lleno de todas vosotras. Mi esposo Robby, que está ahí sentado, y yo nos convertimos siendo muy jóvenes. Éramos novios todavía; mis padres no tenían un hogar católico. Bueno, no tenía un hogar cristiano como tal.
Mi mamá era católica, pero con mucho temor del Señor, y ella inculcó en nosotros, en mis hermanos y en mí, cuando íbamos al colegio, ya sea como un pequeño devocional, cuando nos llevaba en el coche; nos enseñaba partes de la Palabra que ella conocía. Aprendimos y recitábamos con ella el Salmo 23. Ella era muy intencional en ir a nuestros corazones, y puso en mis manos mi primera Biblia.
Ella tenía un hogar donde trabajaba porque eran principios de los 70. Y bueno, al trabajar, ella llegaba a casa junto con nosotros. Yo amaba el hogar en que crecí. Fue un hogar feliz y vi a una madre entregada a ese hogar, a pesar de que ella salía por las mañanas cuando nosotros estábamos en el colegio.
Por lo tanto, yo anhelaba lo mismo. Yo me gradué de psicóloga y ya tenía cuatro años de novia con Robby y preferí el dedicarme a mi hogar. Dios fue muy especial con nosotros porque somos primera generación de creyentes y nuestros pastores tenían nuestra edad y estaban en la misma etapa, criando hijos pequeños, y no había mujeres ancianas y el llamado de Tito 2 lo desconocíamos.
Pero a pesar de eso, Dios puso en el corazón de Robby que yo me quedara en casa con los niños y así lo hicimos. Yo no pude apreciar todo lo que eso significaba en ese momento porque desconocía todo lo que Laura ha explicado ahora, esa teología detrás del hogar, de la maternidad. Sin embargo, criábamos a nuestros hijos en el temor del Señor, les enseñábamos versículos, pero yo no era intencional, o no éramos intencionales, en ir a su corazón directamente.
Por lo tanto, estábamos criando hijos más moralistas que otra cosa, provocando buena conducta en ellos, enseñándoles la Palabra y dejando que la palabra hiciera su efecto. Pero había una parte que faltaba.
En esa situación pasaron los años. Yo servía en la iglesia, yo era cristiana, mi esposo era diácono; los niños crecen, se van al colegio, yo permanezco en casa en las mañanas y, en vez de centrarme en la Palabra, yo me voy enfriando. Me voy acostumbrando a la vida de fe.
Nuestra Iglesia también pasó por un tiempo de pruebas de crecimiento y hubo un tiempo difícil y yo lo que hice fue que iba cada domingo, servía, pero mi corazón estaba lejos del Señor. Y me dejé influenciar, de ir con amigas, hacer cosas que nunca antes había hecho, porque yo a los 40 entendía que estaba perdiendo la vida, que la vida se me iba, que me había convertido con 20 años y que realmente yo no había vivido lo que las demás personas viven.
Dios fue tan bueno, Dios fue tan maravilloso que trató con nosotros de una manera muy especial. En ese momento, Dios enferma o permite una enfermedad en nuestro hijo menor, donde nos tenemos que mover de una congregación a otra. No era la doctrina de la iglesia la que estaba mal. Éramos nosotros los que estábamos fríos, apartados. Yo tenía un tiempo en que apenas oraba y tocaba la Palabra, y tocaba la Biblia.
Pero Dios nos llevó allí, y como la vara de Aarón florecemos. ¿Por qué? Porque la manera de hacer iglesia, aunque la teología era básicamente la misma, pero las formas eran diferentes. Y nosotros vamos a la Palabra a ver si eso era así. Si estaba bien donde estábamos. Y lo que Dios hace es que nuestros corazones comenzaron a arder con la Palabra y nuestras vidas a cambiar. Pero había un carácter que formar, lo que Laura estaba diciendo.
Y Dios, luego de avivarnos de esa forma, Dios decide trabajar con mi corazón, con nuestra familia y producto de una enfermedad… Bueno, eso fue lo que nos llevó. Pero en esa iglesia yo conozco un libro que llama mi atención. La autora para mí era desconocida y era «Mentiras que las mujeres creen y la verdad que las hace libres».
Cuando yo leí cada página, yo no podía evitar leérselas a Robby, y yo decía: «Oh, Señor, pero es que esto está hablando directamente a mí y a nuestras circunstancias en ese momento. Dios estaba orquestando una quiebra económica que nosotros no sabíamos, y yo creía que mi gozo estaba en mis circunstancias. Y ese libro me enseñó que Dios es el que sostiene mis circunstancias y que mi gozo debe estar en Él.
Y empecé a ver que lo importante (y a aprender) no era el hacer cosas para Dios, era ser para Dios: era tener una vida anclada en Él, una intimidad con Él. Dios permite que yo vaya por primera vez en mi vida a una conferencia y fue la primera de Mujer Verdadera en inglés en el 2008 y allí Dios trabajó conmigo de una manera muy especial.
Cuando yo y todo este fundamento que escuchamos aquí, yo vi que, a pesar de yo ser madre, estar en mi casa, ser creyente, mi tono de voz no era el adecuado, mi actitud no era la adecuada; mis pasos no estaban a veces en el camino adecuado, había mucho que rendir delante del Señor y el Señor me quebrantó, me quebrantó grandemente.
Y luego de eso vino la rendición. Yo tuve que rendir planes porque me di cuenta de que los planes de Dios eran muy diferentes a los que yo tenía para mi vida. Yo estaba en mis 40 y pico de años, pero en ese momento, con una quiebra por delante, conociendo la misericordia de Dios, que salvó a uno de nuestros hijos, que estuvo al borde de la muerte, le dio lo que se llama la muerte del jugador (cuando caen en el campo) y Dios obró milagrosamente y salvó su vida… Yo vi que los planes de Dios para nada tenían que ver con los míos.
Entonces fue rendirme, rendirme al Señor y decirle: «Toma mi vida. Haz conmigo lo que quieras. Haz con mi familia lo que tú desees». Y esa fue una oración que se hizo una noche en que nuestro templo había sufrido un incendio.
Nos habían prestado un local, hubo un culto muy especial y arrodillada en el piso yo le dije: «Señor, llévate lo que tengas que llevarte, pero que yo sea para ti como Tú quieres que yo sea». Y Dios contestó. Esas son oraciones que Dios responde con mucho dolor, con mucha tristeza, porque sufrimos mucho y teníamos tres adolescentes en la casa.
Ellos hoy pueden decir que fueron sus mejores años. Los años de escasez, los años donde no teníamos nada, que vivíamos de la misericordia de Dios a través de los hermanos, ellos conocieron al Señor, conocieron al Señor. Entregaron sus vidas dos de ellos. El pequeño se resistía, que fue la causa, y el que Dios siempre ha usado en nuestras vidas para mantenernos muy de rodillas.
Pero ese cambio me hizo ver el llamado de Tito 2. Hoy mis hijos no están en mi casa. Ya se casaron. Somos abuelos de seis nietos y están todos fuera de aquí, de España. Y Dios nos llamó a servirle aquí y los dejamos porque eso era parte de sus planes también y él nos estaba preparando para eso. Y si no hubieran pasado esas cosas, no hubiéramos podido decirle «Sí, Señor», y yo le doy gracias a Dios por eso.
Hoy nuestro hogar y, a partir de ese momento, el hogar dejó de ser una casita bonita, que cuando yo me casé eso era lo que yo quería, lo que yo vi en mi casa. Yo quería una tacita de té preciosa, organizada, niños que no gritaran y nada de eso. O sea, una vida perfecta en mi cabeza.
Pero luego de eso, Dios convirtió nuestro hogar en un sitio de hospitalidad, de perdón, de comprensión, de hablar con nuestros hijos, de trabajar en sus corazones. Y ahora que no están, es un sitio para recibir, para cuidar, para nutrir al que llega, y queremos servirle de esa manera los dos. Pero ha sido un trato precioso y yo no lo cambiaría por nada. Ningún dolor, ninguna, ningún quebranto. No lo cambiaría por nada. Dios ha sido fiel, como cantábamos al principio, y va a hacerlo siempre. Eso es lo que Él nos ha enseñado. Es más importante ser para Dios que hacer cosas para Dios.
Teresa: Bueno, buenas tardes. Primero quiero dar las gracias al Señor por permitirme estar hoy aquí frente a todas estas bellas mujeres. Para mí es un privilegio y una bendición. El solo subirme aquí para mí ya es algo que yo sé que honra al Señor, pero también me bendice mucho a mí.
Así que bueno, para las que no me conozcan, esto es complicado. Así que por eso tengo aquí mi chuletilla. Perdonadme si miro un poquito. No quiero que se me escape nada. Y bueno, ahora sí. Mi nombre es Teresa, tengo 25 años y llevo diez meses casada. Es poquito tiempo, físicamente lo es. Pero, bueno, es un tiempo donde el Señor me ha bendecido enormemente, me ha enseñado mucho acerca de, pues, del hogar, de lo que es ser una mujer del hogar, y yo no lo era en mi casa con mi madre.
Pero bueno, me gustaría comenzar con un versículo que Laura ya ha mencionado y es que yo lo mencioné en mi foto de boda, que «si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican» (Salmo 127:1, RV60). En su día no sabía lo que iba a significar para mí, pero al día de hoy, pues es un versículo que me acompaña y me guía, como hace la Palabra del Señor. Y resume perfectamente lo que es construir un hogar cristiano; esta es la base.
Si el Señor no está en el centro, da igual cuánto tiempo dediquemos, cuánto nos esforcemos. Como mujeres, somos muy perfeccionistas o todo lo contrario. Pero esta es la base: si el Señor no está en el centro, entonces todo lo demás va a perder sentido.
Y bueno, para que me conozcáis mejor, yo vengo de una familia cristiana; doy muchas gracias al Señor por ello. Yo he crecido rodeada de amor, de bendición, rodeada de la Palabra del Señor, que es lo más importante, y soy la pequeña de cuatro hermanos: tengo dos hermanas mayores y un hermano mayor.
Y yo he crecido, pues, con el mayor ejemplo que se puede tener en casa de mujer virtuosa y mujer del hogar que es mi madre. Y parece irónico cuando el mayor ejemplo lo tienes en casa, debería ser fácil seguirlo, pero yo, la verdad, que no era el ejemplo en estas cosas. Mi madre tenía que estar bastante encima mío: «Teresa, friega los platos. Ordena tu cuarto, por favor».
Yo como que no le daba importancia, ¿no? Yo no veía la necesidad: «¿Pero por qué me tengo que esforzar ya en estas cosas? Ya cuando me case eso no tiene que ser tan difícil». ¡Me equivoqué! Y si pudiese volver atrás, parece un tópico, pero bueno, haría las cosas muy diferente. Ayudaría mucho más a mi madre el ver cómo se esforzaba para que tuviésemos lo mejor. Y mi madre ya últimamente… o sea, no había rincón de la casa donde no hubiese un versículo. Nadie podía salir de la casa sin ser evangelizado por mi madre.
Y bueno, mis hermanas mayores también han sido como segundas madres para mí, sobre todo mi hermana mayor, que me llevo bastante con ella. Entonces yo me he criado con ejemplo, ¿no?, en casa. Pero, como digo, yo no era un ejemplo de ello: no me esforzaba, no lo buscaba. Y de hecho, antes de casarme, mi madre organizaba días para: «Venga, hoy vamos a hacer una lasaña, hoy vamos a…», yo qué sé. Y claro, ella, yo creo que en el fondo estaba un poco preocupada de: «Mi hija no va a saber llevar un hogar».
Cuando quedaba poco para la boda, pues yo decía: «¡Qué verdad!», ¿no? Y la verdad que Samuel tampoco muy… ¡Digo antes, digo antes! Y entonces, claro, yo nos veía y decía: «¿Qué vamos a hacer? ¿Cómo nos vamos a organizar?». ¿Pero bueno, eh? El Señor, el Señor proveyó, el Señor contestó las oraciones y hoy en día, pues, puedo decir que no fue algo forzado. Nadie me obligó. Pero hoy en día abrazo ese llamado, abrazo ese rol. Comprendo lo que es ser una mujer del hogar.
Y el Señor empezó a trabajar en mi corazón; pude ver su mano una vez más en mi vida. Y comenzó en mí un nuevo deseo, un deseo de cuidar el hogar, un deseo de crear un ambiente de paz, un deseo de que nuestra casa sea un lugar donde Cristo sea el centro. Bueno, el autor John Piper dice algo muy bonito, que es que: «El matrimonio y la familia son como un escenario donde el evangelio se hace visible en la vida cotidiana».
Y me impactó mucho esto, porque entendí que incluso las cosas más sencillas del hogar, como cocinar, limpiar, hacer la colada, son otra forma más de glorificar al Señor. Y sí, estas palabras yo sé que para algunas mujeres, sobre todo a lo mejor las más jovencitas, pueden chirriar un poco, ¿no? Pero la Biblia habla del papel de la mujer dentro del hogar en el libro de Proverbios, que dice: «Considera los caminos de su casa y no come el pan de balde» (ver Prov. 31:27, RV 60).
Y no se trata de perfección, sino del corazón, del deseo, la disposición con el que hagamos las cosas. Una mujer que cuida, que edifica, que se entrega. El apóstol Pablo en la epístola de Tito, ya lo hemos mencionado: «Que enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos, a sus hijos, a ser prudentes, castas y cuidadosas de su casa» (ver Tito 2:4, RV 60).
Y cuando leo estos versículos, de verdad que no los veo como una carga; incluso antes, pues yo lo veía como en segundo plano, en tercer plano. Para mí no era algo importante. Ahora lo veo como una vocación hermosa. Dios me ayudó a verlo así. Mi deseo es que para las que no lo veáis podáis verlo así, si no hoy, pronto, pero que pueda ser hoy.
También el teólogo R.C. Sproul decía que: «El hogar cristiano es una pequeña iglesia donde Cristo quiere ser honrado cada día». Y esto me anima porque me recuerda que el hogar no es algo pequeño a los ojos de Dios. Quiero añadir un pequeño testimonio personal rápidamente, y es que cuando estuve organizando la boda, yo tenía 23 añitos, y, bueno, pues recibí comentarios de todo tipo, ¿no? de: «¿Pero cómo te casas tan pronto? ¡Vive la vida! ¡No te ates!», «Bueno, pero los hijos déjalos para más adelante, que ya con el marido es suficiente».
Bueno, ya al principio no le daba importancia, ¿no? Pero el Señor empezó a darme mucha paz y mucho, mucho gozo. En medio de esas conversaciones, yo no podía evitar sonreír porque pensaba: «Ellos creen que me estoy perdiendo algo, pero realmente los que se están perdiendo la gloria eterna son ellos».
Y mientras ellos me hablaban así, pues, yo podía experimentar el abrazo del Señor en cada conversación, en cada mirada, en todo momento. La Biblia dice en el libro de Romanos: «No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento», dice Romanos 12:2 (RV 60). Muchas veces el mundo tiene una idea de lo que es ser feliz, de lo que es vivir la vida.
De hecho, detrás de esa faceta no de liberalidad y de: «Te están obligando a ser como ellos quieren que seas». Si eres diferente, entonces te lo van a mencionar; de alguna forma también te están dictando: «Ahí no hay liberalidad». La vida que el mundo llama disfrute puede parecer atractiva por fuera, pero comparada con lo que Dios tiene para nosotras, se queda muy pequeña.
Y este tiempo me confirmó algo: que cuando caminamos en la voluntad del Señor, Él llena el corazón de una paz que el mundo no va a poder entender. Y, por supuesto, en este proceso, pues quiero mencionar a mujeres que han sido ejemplo para mí; es muy importante rodearte de ejemplos así. Como he mencionado antes, mi madre, es el mayor…
Mi madre para mí es el mayor de los ejemplos de una mujer a seguir de verdad y, si pudiese volver atrás, te devolvería, o lo intentaría, devolverte todo lo que tú has hecho por todos nosotros. Y ojalá parecerme aunque sea un poquito a ti en el día de mañana.
Y bueno, también Damaris, mi suegra, también ha sido una bendición para nosotros. Gracias también por tu servicio y por tu entrega, y por tu ejemplo. Y la Biblia habla mucho de esto, de generaciones de mujeres enseñando a otras. Hay mucha belleza en eso. Hoy puedo decir con gratitud que el Señor me ha permitido empezar a caminar en esta etapa del hogar. Sé que aún me queda mucho por aprender, pero mi deseo es seguir creciendo como mujer, como esposa y, si Dios lo permite, en un futuro cercano, espero, como madre.
Y nada se compara con vivir dentro del propósito de Dios. De verdad lo digo, he experimentado ambos caminos, y no tiene nada que ver. Por supuesto, esto es una bendición, pero también es una obligación. Este es nuestro terreno y este es nuestro llamado, y tenemos que abrazarlo con gratitud. Nadie dice que sea fácil. No lo es. Habrá días en los que te levantes y no tengas ganas de hacer nada. Pero ahí es cuando más tenemos que luchar, cuando más tenemos que responder y no dar pie a que el enemigo nos quite esto, ¿no? Esto es nuestro. Pedirle al Señor que nos ayude a poder seguir.
Nuestro esfuerzo es muy pequeño; al final se trata del Señor, no se trata de nosotras, ¿no? Es por su fuerza y no por la nuestra, y eso nos tiene que dar mucha paz. Incluso las cosas más sencillas se convierten en algo eterno y esto debería conmovernos. No importa si eres casada o soltera, este llamado es para ti, si eres mujer. Y si el Señor es quien edifica nuestra casa, entonces podemos tener la certeza de que estamos construyendo algo que vale para la eternidad. ¡Qué privilegio tan grande que Dios haya querido contar con nosotras para algo tan hermoso como edificar un hogar para Su gloria!
El mundo nos dice que el hogar es pequeño, que es algo que limita, que es algo que nos hace perder oportunidades. Pero la Palabra de Dios dice algo completamente diferente. Eso es lo que nos debe importar: honrar al Señor. El hogar es un lugar donde se forman generaciones, donde se siembra la fe, donde se construyen vidas. Y por eso hoy puedo decir con alegría que para mí no es una carga ser mujer del hogar, porque cuando Cristo está en el centro de una casa, esa casa se convierte en un lugar donde Dios mismo está obrando.
Gaby Wetzel: Gracias, Tere. Sabes que te estás haciendo mayor cuando has visto a una mujer de su casa desde que era súper pequeña. ¡Qué bonito ver lo que Dios ha hecho en tu vida!
Y, bueno, yo soy Gaby Wetzel y vivo en Granada. Y bueno, para daros un poco de contexto de mi testimonio, yo soy de los Estados Unidos para los que no logran discernir el acento. Pero mis padres se fueron de misioneros a Bolivia cuando yo tenía ocho meses.
Entonces me crié un poco entre dos culturas y estuve ahí hasta los 18, cuando me vine a España porque había conocido a un hombre muy especial que vivía en Granada. Entonces tenía que venir aquí a ver si la cosa iba bien, a ver lo que pasaba con Pedro, ¿no? Y yo quería estudiar medicina. Entonces le hice un poco una prueba al Señor, dije: «Bueno, yo hago la selectividad y si Tú abres la puerta para estudiar medicina, entonces se va a hacer la confirmación también de casarme con Pedro».
Así que cuando abrí el sobre de ver las notas de la selectividad y ver si va a entrar, era como: «¿Me caso?», ¿no?, con pena. Bueno, creo que me hubiera casado igual con Pedro, pero bueno, el Señor a mí en su bondad abrió esa puerta y fue esa confirmación. Entonces ya me mudé de forma definitiva a España y fue así.
Empecé a estudiar, nos casamos y, bueno, esos seis años de la carrera pasaron un montón de cosas. Pero fue al final de la carrera cuando el Señor empezó a ver un cambio muy profundo en mí y fue cuando fuimos a un retiro que justamente fue con esta iglesia, que fuimos a Ciudad Real, y yo estaba en eso. Me faltaban seis meses para terminar la carrera.
Estaba pensando muchísimo en el futuro porque ya estaba preparando el examen MIR (Médico Interno Residente): «¿Cuál va a ser la especialidad? Por fin empezaré a trabajar». Estaba con esas preguntas en mi mente, ¿no?
Así que cuando el predicador empezó con una pregunta sobre el futuro, me llamó la atención y dijo: «¿Has preguntado al Señor si los planes que tú tienes para el futuro son los planes que Dios tiene para tu futuro?». Y como que me paré ahí a pensar y me di cuenta que no, que no había parado a preguntarle al Señor si realmente era Su voluntad que hiciera la especialidad y que empezara a trabajar como doctora, como residente. Era lógico, ¿no? O sea, eso era lo que se tenía que hacer: estudiabas y luego hacías la especialidad.
Era como que ni siquiera, o sea, nadie se preguntaba si eso es lo que se tenía que hacer. Pero dije: «Bueno, le voy a preguntar al Señor». Entonces me aparté en un lugar ahí en el retiro, y de forma muy clara el Señor me dijo que no, que Él quería que dejara la medicina y que buscara tener familia.
Y en ese momento yo no… me gustan los niños, pero en ese momento como que no encajaban en mis ideas, mis planes. Además, de forma egoísta, mi hermana había tenido un bebé poco antes y veía que era tanto trabajo. No me apetecía. Ese sacrificio que lo veía «muy sacrificado», tener tu propio hijo. Así que, curiosamente, irónicamente, fue eso también lo que me confirmó que fue la voz de Dios, porque no hubiese sido idea mía. Seguro, seguro no hubiese decidido dejar la profesión para dedicarme a… Fue un llamado a la maternidad, realmente un llamado.
Y bueno, luché mucho con el Señor en ese momento, como que… bueno, lo acepté, pero las semanas después lloré. Estaba enfadada, no entendía cómo iba a cambiar los planes de una forma tan radical, mi vida. Pero, bueno, pedí ayuda al Señor y Él me trajo un versículo en Filipenses 3, versículo 8, que dice… Es el ejemplo de Pablo. Pablo dijo:
«Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo y lo tengo por basura, para ganar a Cristo» (RV 60).
El Señor me hizo entender que era un «perder algo para ganar otra cosa»: perder la vida por lo que yo sentía que era mi vida pero para ganar a Cristo, y que iba a ser a través de este llamado de la maternidad que yo llevara, iba a conocer más a Cristo, ¿no?
Así que bueno, terminé los exámenes que me faltaban, me despedí de mis compañeros, pero nadie entendía lo que estaba haciendo. Era una locura total, ¿no? Y bueno, me quedé embarazada enseguida ese verano y comencé esta gran carrera que es la carrera de la maternidad y en parte me sentía igual cuando había empezado la facultad, cuando llegas y tienes la lista súper larga de todas las asignaturas que tienes que aprender, todo lo que tienes que estudiar, y dices: «¡Ay, esto me va a tardar un montón de tiempo!».
Me sentía así porque yo no tenía ni idea de cómo cuidar un bebé, cómo… ¡No sabía ni por dónde empezar! Como, ¿qué es lo que tenía que hacer?, ¿tenía que hacer la habitación o la ropa? ¿O qué hacía primero, qué hacía segundo?
Había escuchado cosas: un hogar, el centro del evangelio, de Jesús. «¿Eso cómo se hace? ¿Eso qué es? El que haya un ambiente de amor… Bueno, y tener que hacer todo eso mientras estás recogiendo, mientras no duermes, mientras estaba embarazada, es como… ¡Parecía una locura!
Pero bueno, poco a poco, poco a poco, por la gracia del Señor… también fue algo… Creo que cuando tienes un bebé, te das cuenta de que requiere todo tu tiempo. Realmente requiere ese esfuerzo. Y muchas veces pensaba: «Si yo no estaría haciendo esto, alguien tendría que estar haciendo este trabajo con este bebé», porque los bebés necesitan cuidado todo el tiempo, ¿no?
Así que, bueno, fue la gracia del Señor lo que nos ayudó a poner esos fundamentos firmes en esos primeros… que fueron muchos años. La primera etapa de la maternidad, más o menos son los 12 años, que son de los embarazos, de los niños pequeños. Estás como en ese túnel a veces, como mujer. Estás como en un túnel, tienes que estar súper concentrado, porque se te exige tanto, ¿no? Pero el Señor nos ayudó, nos ayudó mucho y veo mucho fruto ya en la vida de mis tres hijas, tres preciosas hijas; hay una por aquí. Y eso fue totalmente por gracia del Señor, porque no sería… no era el camino que yo hubiese elegido.
Pero bueno, fue pasando el tiempo. Los niños van creciendo y como que la familia pasó a una segunda etapa y, en parte, como que empecé a sentir: «Quizás ya he cumplido con lo que el Señor me pidió en aquel momento. Ya se pueden vestir solos. Pueden comer solos». Como que ya se podían manejar un poco la vida.
Y fue también la etapa que coincidió que mi hija menor iba a empezar la primaria, entonces iba a ser la primera vez que iban a estar todas yendo a un colegio; entonces iba a tener más tiempo libre y, bueno, quizás ahora me puedo dedicar a otras cosas, quizás ahora ya como que voy a salir un poco del túnel, vamos a buscar otros horizontes. Ya como: «Ay… ¿será?».
Todos me decían: «¿Ahora qué vas a hacer?». Digo: «Voy a ver qué voy a hacer. Pero bueno, bien, me voy a mejor orar. Vamos a orar y preguntarle al Señor lo que Él quiere». Y me sorprendió que el Señor me dijera que eso de mi hogar, este llamado que recién había empezado, que esto era como: «Has puesto el fundamento, ahora tienes que construir la casa». Es como: «¿En serio?». Y, ni siquiera en ese momento… Eso fue hace tres años.
Y lo que Dios ha hecho en estos tres años es… Y sigue, y sigue; con todo lo que estamos recibiendo ahora son formas del Señor en las que nos está enseñando. Pero, me dijo que Él quería usar mi hogar para que otras personas pudiesen conocer a Cristo y empezó a decirme que… no sé cómo traer a mi cabeza un montón de personas y un montón de cosas que yo podía hacer. Y me empecé a dar cuenta de que esto iba a requerir todo mi tiempo, que no iba a poder estar haciendo otra cosa, dedicando muchas cosas y además usando mi hogar para que Cristo sea conocido, ¿no?
Y el Señor me dio una idea. Era como una forma de expresar lo que Él quería, que me gustó mucho que dijo: «Quiero que tú, a través de tu hogar, que las riquezas de Cristo puedan alcanzar a muchas personas». Como de las bendiciones que recibimos por Cristo, que son infinitas, estas gracias y el hogar en todas sus facetas: se piensa en la comida, piensa en el descanso, piensa en la Palabra, piensa en la comunión, el amor, la gracia. Todas estas cosas son esas riquezas de Cristo que Él quería compartir con muchas personas, ¿no? Y primero pensé en mi marido. Y luego me di cuenta que el hogar tenía que ser algo que iba a animar y a empujar a mi marido a poder cumplir mejor la misión y el llamado que él tenía.
Y creo que Dios lleva muchos años en mi hogar, pero desea verlo con mayor profundidad: la necesidad de que el hogar fuese un lugar de refugio para él, un lugar donde se podía descansar, recargar, tener comida nutritiva. Y a pensar en de qué formas yo podía ayudarle a él en su misión a través del hogar: cuáles eran las necesidades que él tenía, cuáles eran esas riquezas de Cristo que yo podía ministrarle a él, por decirlo así.
Y pensé en mis hijas y pensé: «Ellas necesitan no solamente el cuidado físico, no solamente la comida, que es importante (comida, ropa)», pero también necesitaban ser instruidas en la Palabra, necesitaban un lugar donde podían desarrollar los frutos del Espíritu Santo que hablaban mucho en la casa. Un lugar donde desarrollar estos hábitos que hablaba Laura. Y todo esto iba a requerir mucha, mucha planificación, mucha organización. Esto no ocurre de un día para otro. Esto no es algo que simplemente dices: «Vamos a tener armonía en el hogar». ¡No!
Hay que: «¡Venga! Dilo así: “Por favor, ¿me puedes dejar…?”», «Cambia la cara, por favor. Pon una sonrisa». Claro, todo eso se tiene que ir enseñando, modelando. Yo, la primera que tengo que tenerla. «¡Hazlo así!». Estás actuando. Bueno, primero actúalo y luego ya, bien, ¿no? ¡Claro!, requiere eso, ¿no?
También todo el tema del que ellas necesitan; también está esta enseñanza intelectual, una cosmovisión cristiana, una educación cristiana en todas las diferentes áreas del saber. Eso requiere mucho tiempo de planificación. Y empecé a darme cuenta de que eso iba a requerir mucho más de lo que yo pensaba. Iba a requerir los dones que Dios me había dado, pero invertidos en el hogar, usando el hogar. Que el hogar sea esa herramienta para que Cristo pudiese llegar a ellos.
Pensé en las mujeres maravillosas de mi iglesia. Pensé que ellas necesitaban también ser animadas en esta dirección. A lo mejor tenían que venir a tomar un té a mi casa o no sé, como que empiezo a pensar en formas en que Dios puede usar tu hogar.
Pensé en mis vecinos. Pensé en cuántas personas que necesitaban escuchar el evangelio, también ir a cenar o simplemente tener ese tiempo para estar con ellos; que se te ocurra preguntarle a la vecina cómo está, ¿no? Porque si no estamos con tantas cosas en la cabeza. Y era como: «Tienes que tener la prioridad del hogar, tienes que orar sobre eso, gastar tiempo orando».
Dios empezó a mostrarme áreas que necesitaban mi atención: «Tienes que dedicarle tiempo a esta área. Tienes que aprender a limpiar mejor. Tienes que…». «¿Qué pensarían de Cristo si ven tu hogar?», y yo digo: «Ay… ¡No lo sé!». Pero bueno, la gracia, seguro, la gracia, eso lo verían, ¿no? Porque nuestro hogar está muy lejos de ser un hogar perfecto, lejísimos.
Y aún tengo tantísimo, tantísimo que aprender. Pero poco a poco estoy teniendo una visión mayor de aquello que Dios puede hacer a través del hogar, ¿no? Y cuando pensaba en tener un trabajo, el Señor me decía: «Si tú ya tienes un trabajo, se llama la Administración Doméstica Cristocéntrica». Eso lo podemos poner en un formulario, de cuál es tu profesión.
Y claro, eso involucra muchísimas cosas y es difícil y, bueno, requiere todo ese trato de carácter. Ha sido un claro a través del hogar; el Señor te trata muchísimo, muchísimo. Yo no tenía ni idea de cuánta rebeldía había en mi corazón hasta que Dios te dice de hacer algo que tú no quieres hacer y dices: «No quiero». Y Él dice: «Bueno, ¿vas a obedecer o no?».
Y, por ejemplo, algo que a mí no me gusta (cada vez me gusta más), pero, bueno, que no me gustaba nada antes, era limpiar. Entonces, el tener que limpiar, el tener que cuidar… Dios trató con esa rebeldía. Cuando tenemos que hacer cosas que no son fáciles… Para mí no es fácil cocinar, pero eso trata con nuestro orgullo porque tenemos que humillarnos: «O sea… venga… otra vez, otra vez la receta… esto no funciona. Va a ser otra. Vamos a hacer esto». El arroz que queda mal… es así.
Pedro usa el ejemplo de mi arroz en un sermón (¡el arroz saliendo mal!). Bueno, ¡ha servido para algo!
Pero trata con ese orgullo, trata con el tener que estar sirviendo a los demás. Realmente nos sana de vivir para nosotros mismos, de estar viviendo solo pensando en lo que me apetece, lo que yo quiero hacer. Y eso es una liberación tan grande que Dios, por Su gracia, hace en nuestras vidas. Nos libera de ese egoísmo y nos enseña lo que es amar a los demás y nos da el privilegio de poder servir a otros y de que, a través de nuestro hogar, Cristo pueda ser conocido.
Y aunque en aquel momento fue difícil dejar algunas cosas, ahora realmente digo: «Las estimo todas como basura por la excelencia del conocimiento de Cristo». Y han sido muchas las veces que de rodillas le he agradecido al Señor por no haberme dejado seguir mi propio camino, por haber dicho: «No, este no es». Hay un camino mejor que es el camino del de Cristo, ¿no? Ese camino de conocer a Cristo y de dar a conocer, ¿no? Y hermanas, nada se compara con Cristo.
Débora: Qué privilegio haber recorrido juntas la serie «El hogar a la luz del evangelio», basada en las plenarias y testimonios compartidos durante la conferencia «Ser mujer: haciendo hogar», celebrada en España este año.
A través de estos mensajes y testimonios hemos sido recordadas de que el hogar importa porque le importa a Dios; que Cristo redime nuestras historias y que, aun en medio de la rutina, Él nos llama a edificar con propósito y esperanza.
Gracias por acompañarnos en este recorrido. Nuestra oración es que el Señor continúe obrando en tu corazón y en tu hogar, y que Su gracia te fortalezca para reflejar a Cristo allí donde Él te ha colocado. Recuerda: ningún acto de amor, ninguna oración y ninguna labor hecha para la gloria de Dios es en vano.
¿Has caído en cuenta de que cada vez que te sientas a ver las noticias escuchas de una nueva tragedia? Oímos constantemente de escándalos en los gobiernos, juicios importantes, asesinatos, accidentes… Esto sin duda llega a ser abrumador, por eso Nancy nos dará esperanza para esos momentos en los que nos podemos llegar a sentir agobiadas por las malas noticias. Te esperamos el día de mañana para dar inicio a la serie «Un camino para nuestro Dios».
Invitándote a vivir una vida contracultura, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de la Nueva Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.
*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la series de podcast.
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