Débora de Rivera: ¿Sabías que cada acto de amor y servicio en tu hogar apunta a una realidad mucho más gloriosa?
Laura González-De-Chávez: Nuestras mesas, hoy limitadas, desordenadas, frágiles, anticipan esa mesa donde dice que el Cordero nos servirá. ¡Ya no vas a ser tú sirviendo! ¡El Cordero, sirviéndote a ti! Y es hacia ahí que vamos. Nuestros hogares hoy no son el Reino, pero lo anuncian; son pequeñas embajadas que apuntan hacia la ciudad con fundamentos cuyo arquitecto y constructor es Dios.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 8 de septiembre de 2026.
Hoy llegamos a la última parte de las plenarias impartidas por Laura González de Chávez durante la conferencia «Ser mujer: haciendo hogar», celebrada en España en 2026. En este mensaje, Laura nos animará a levantar la mirada y a recordar …
Débora de Rivera: ¿Sabías que cada acto de amor y servicio en tu hogar apunta a una realidad mucho más gloriosa?
Laura González-De-Chávez: Nuestras mesas, hoy limitadas, desordenadas, frágiles, anticipan esa mesa donde dice que el Cordero nos servirá. ¡Ya no vas a ser tú sirviendo! ¡El Cordero, sirviéndote a ti! Y es hacia ahí que vamos. Nuestros hogares hoy no son el Reino, pero lo anuncian; son pequeñas embajadas que apuntan hacia la ciudad con fundamentos cuyo arquitecto y constructor es Dios.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 8 de septiembre de 2026.
Hoy llegamos a la última parte de las plenarias impartidas por Laura González de Chávez durante la conferencia «Ser mujer: haciendo hogar», celebrada en España en 2026. En este mensaje, Laura nos animará a levantar la mirada y a recordar que, como hijas de Dios, vivimos con la esperanza puesta en el hogar eterno que Cristo está preparando para Su pueblo.
Laura: Déjame compartirte este testimonio que justo leí cuando me preparaba para este fin de semana y escucha lo que ella dice. Es un testimonio actual. Ella dice:
«Hubo un tiempo en que mi esposo y yo decidimos invitar personas a nuestra casa cada dos domingos. Hacerlo todas las semanas no era realista. No queríamos agotarnos. Pero dos veces al mes, eso sí era posible. Al ponerlo en el calendario e invitar a las personas, ya no podíamos echarnos atrás. [Después de que tú te comprometes, ya no lo puedes echar para atrás]. Y fue emocionante pensar que a lo largo de un año probablemente tendríamos personas en nuestro hogar unas 20 veces.
A veces recibíamos a varios grupos a la vez: solteros, matrimonios mayores, familias. [Eso es maravilloso cuando tú unes diferentes generaciones]. Nos encantaba pensar en cuántas personas de nuestra iglesia llegaríamos a conocer de una manera mucho más profunda que con un simple “Hola” el domingo en la mañana. [¿No te pasa que a veces tú ves la gente en la iglesia? “¡Hola!, ¿cómo estás?”. “¡Todo bien!”. “¡Dios te bendiga!”. Y ya. Pues estos hermanos hicieron eso y el mayor gozo era ver los frutos]. Una persona callada conversando con libertad, niños que se acercaban porque ya nos conocían y darnos cuenta de cuántas conexiones se habían formado alrededor de nuestra mesa de cocina ya toda rayada».
¡Me encanta esa idea! Y quizás no dos domingos al mes, pero uno al mes. Invitar a alguien que tú no conozcas, que haya llegado nuevo, a esa hermana que llegó nueva de la iglesia, invitarla a tu hogar. Y eso me retó y pregunté: «¿Yo hago esto? Yo no hago esto. Yo quisiera hacer eso».
Nosotros tenemos un grupo de estudio los lunes, que estudiamos la Palabra de Dios, y varias de las mujeres nos rotamos para recibir en la casa. Y es un gozo de verdad para cada una que le toca recibir y preparar una cenita sencilla. Hacemos una ensalada o unos emparedados con una sopa. No importa. El asunto es que vienen esas personas, hablamos, comemos, oramos y estamos en la Palabra, ¡y eso es una bendición! Cada una de nosotras, que nos toca, cuando nos toca, es un privilegio. Así que la hospitalidad no tiene que ser espectacular, sino fiel.
Déjame compartirte otro testimonio ahora de otra época, que no estamos ahí nosotros, pero yo creo que muy pronto estaremos en este tiempo de persecución. En el siglo XVI, en medio de la Reforma protestante, hubo una mujer que no aparece por ningún lado en los libros teológicos. Ella no es autora de libro, ella no es influencer, ella no tiene una cuenta. Esta mujer estaba en su casa y sostuvo una revolución espiritual allí.
Su nombre era Katharina Von Bora. Ella era una exmonja convertida al evangelio. Era esposa de Martín Lutero. Pero si te imaginas que su vida era sencilla y cómoda, ¡nada más lejos de la realidad! Su hogar nunca estaba vacío. Dice que estudiantes llegaban continuamente. Pastores en formación se sentaban a la mesa, viajeros perseguidos, refugiados.
Todos encontraban un lugar en la casa de los Lutero porque, ¿quién hacía eso posible? Katharina. Ella administraba las finanzas, cultivaba la tierra, organizaba la cocina, criaba a los hijos, supervisaba la producción de alimentos, recibía invitados inesperados. Y cada día aquella mesa se convirtió en un aula. Mira todo lo que esa mujer hacía y nosotras nos quejamos a veces, cuando tenemos muchas cosas que hacer.
Ella cultivaba la tierra, dice. Ella me recuerda a Proverbios 31, y su motivación sencillamente era el temor a Dios y el amor por los hermanos. Y dice que las famosas conversaciones de sobremesa de Lutero, esas discusiones teológicas que influyeron en generaciones, ocurrieron en el comedor de la casa de Katharina; mientras los hombres debatían doctrina, esta mujer, calladita, había hecho posible ese espacio.
Mientras hablaba del evangelio, una mujer había preparado la comida y la mesa. Mientras se formaban líderes, una mujer había cultivado el ambiente. El mundo no recuerda a Katharina. El mundo conoce a Lutero. Pero la historia también nos muestra que detrás de esa influencia hubo un hogar ordenado, hospitalario, generoso, sostenido por una mujer fiel.
Ella no estaba buscando aplausos ni reconocimiento. Ella estaba siendo fiel haciendo esa labor de edificación que Dios la llamó a hacer. Ella no predicaba en púlpitos, pero su cocina fue parte importante del avance del evangelio. Entonces, después de escuchar esa historia, pensaríamos: «¡Ay, qué mujer tan extraordinaria!». Pero tal vez la pregunta no es si somos extraordinarias, es: ¿Estamos disponibles? ¿Están nuestras vidas disponibles para que Dios las use como Él quiera para avanzar Su reino?
Katharina no habló, no abrió un palacio. Ella simplemente abrió su casa. Ella no predicó en una plataforma. No tenía redes. Ella simplemente preparó una mesa. No escribió tratados teológicos, pero sostuvo vidas en tiempos de persecución. ¿Quién, mi amada, está encontrando refugio, dirección, consuelo en tu hogar, porque tú dijiste: «Señor, mi casa es Tuya?».
Hay mujeres que necesitan consejo, que necesitan dirección, que necesitan aliento. Hermanos que necesitan quedarse una noche en tu casa por algo que ha ocurrido. ¿Está disponible tu casa para eso? Recibiendo una familia, escuchando a una madre cansada. Porque esos hogares abiertos en obediencia siempre se convierten en instrumentos del Reino, instrumentos de Su gracia. Que Dios nos ayude a hacerlo así.
Y algo asombroso también que vemos en la Escritura en cuanto a esto es que Pedro conecta directamente la hospitalidad con la cercanía del fin. ¿Quién cree que ya el Señor viene pronto? Yo lo creo. Por eso le llamamos a esta Mujer Verdadera: «Preparen el camino al Señor». Creemos que el Señor viene pronto. Y mira lo que dice 1 Pedro 4:7 al 9:
«El fin de todas las cosas se acerca. Sean prudentes y de espíritu sobrio para la oración. Sobre todo, sean fervientes en su amor los unos por los otros… Sean hospitalarios los unos con los otros, sin murmuraciones».
Y es impactante ver esto, porque cuando Pedro piensa en cómo debe vivir el pueblo a la luz de que el Señor vuelve pronto y que está cerca, él no menciona grandes cosas ni grandes conferencias, ni grandes eventos. Él dice: hospitalidad, oración, amor perseverante, como si dijera: «¡Cristo viene pronto! Entonces vive con las puertas abiertas». Y ora. Ora sin cesar.
La hospitalidad no es algo pequeño. Abrir el hogar es una forma silenciosa pero poderosa de decir: «Esperamos al Rey, y mientras tanto amamos bien».
Es casi, la hospitalidad, una urgencia escatológica cuando vemos que se acerca el fin. ¡Abre tus puertas! Es como una luz en una calle oscura: cuando tú vas en una calle oscura y de repente, desde lejos, tú ves una lucecita, una sola casa con una luz encendida. Vivimos en un mundo oscuro, de mucha confusión, de mucho dolor, de mucho quebrantamiento. Y una sola casa con su luz encendida no ilumina toda la ciudad, ni siquiera una calle completa, pero da dirección, da refugio, da esperanza.
Entonces, un hogar que ama, da. Un hogar que da, refleja a Cristo. Un hogar que refleja a Cristo no necesita lujo para ser glorioso. Eso es un hogar enviado, un hogar que abre sus puertas. Y hermanas, tal vez el mundo no escriba libros sobre nuestra cocina, sobre los menús maravillosos que hacemos. Tal vez nadie documente las conversaciones en la mesa, pero el Cielo lo ve, Dios lo ve.
Y un hogar abierto, un hogar cristiano vivido de esa manera, mujeres edificando, forma generaciones. Una mujer fiel puede crear un espacio donde el evangelio se manifiesta y donde florece.
Por otra parte, abierto hacia afuera, hospitalidad, pero también un hogar generoso. La hospitalidad abre la mesa y la generosidad abre el corazón. Proverbios 31 dice que la mujer virtuosa extiende su mano al pobre y abre sus manos al necesitado (v. 20). Eso es otra forma como nosotros reflejamos a Cristo.
Un hogar que anticipa el cielo no solo recibe invitados, también se convierte en un canal de misericordia. Cuando nuestros hijos nos ven preparar ropa, dar comida a quien lo necesita, una familia que necesita comida, y la preparas junto con tus hijos, tú les estás enseñando cómo eso luce. Cuando tú apoyas a misioneros, cuando tú compartes lo que tienes sin murmuración, ellos están viendo el evangelio encarnado.
Muchas veces queremos que nuestros hijos aprendan el evangelio, como doctrinalmente, y eso está bien. Tenemos que enseñárselo verbalmente, pero también en actos, que ellos puedan ver la realidad del evangelio y de la vida vivida y gobernada por Cristo. Y la generosidad es una proclamación silenciosa de que nuestra seguridad no está en lo que acumulamos, sino en Aquel que provee. Aquel que provee.
Hemos visto testimonio tras testimonio de personas que dan, que dan y dan y dan sin retener. Y Dios sigue bendiciendo y sigue bendiciendo. Así que, ¿cómo aplicar eso prácticamente?:
- Involucra a tus hijos a preparar una bolsa de comida o una comida para alguien que está enfermo en la iglesia.
- Ora con ellos, por la familia que va a recibir esa ayuda.
- Invita a una viuda de tu iglesia a cenar, a comer, para recordarle que ella es parte de una familia, que ella no está sola.
- Enséñales a tus niños a preparar una porción para ofrendar cada semana a la iglesia, para que aprendan que es mejor dar que recibir.
Esas son cosas que hacemos como madres.
A lo largo de la Escritura vemos mujeres que usaron lo que tenían en sus manos, su tiempo, sus recursos para bendecir a otros. Mira el ejemplo, el ejemplo de Dorcas o Tabita en Hechos 9. La Biblia dice que ella abundaba en buenas obras y en limosnas que hacía. Y cuando murió, las viudas en la ciudad se acercaron llorando y mostrando: «Mira las túnicas que Dorcas me hizo», las túnicas que hacía para ellas. Es un detalle sencillo, pero muy profundo.
Dorcas había usado sus manos para servir y cuidar de otros. Las viudas que preguntaban aquí: «¿Qué hago ahora que soy viuda?». Mira, ahí tienes cómo tú sirves a otros, cómo puedes mostrar compasión, ayudar. Su vida estaba llena de actos concretos de amor, y su historia nos recuerda que la generosidad, las buenas obras siempre han sido parte del testimonio visible del pueblo de Dios.
Y hablando de esto, de nuevo, el apóstol Pablo le dijo a Timoteo que si podía ayudar a las viudas, a que tuvieran, como les leía más temprano, testimonio de buenas obras, si ha criado hijos, si ha mostrado hospitalidad a extraños, si ha lavado los pies de los santos, si ha ayudado a los afligidos y se ha consagrado a toda buena obra.
Todo lo que hemos hablado aquí, una vida hacia afuera, una vida de servicio: hospitalidad, servicio, compasión, buenas obras. Así es como nosotras, como mujeres, edificamos el reino de Dios desde nuestros hogares.
No tenemos que irnos a China, no tenemos que ir al Amazonas… en nuestros hogares. Porque nos parece como más romántico y aventurero, y no es para el Amazonas, más… no sé, especial. Pero es en el hogar, en ese fuego que Dios nos pone.
Y hablando de vivir hacia afuera, como les decía, incluso nuestros hijos no son nuestros. Eso es algo que para las mamás a veces es difícil de aceptar. Pastoreamos y guiamos a nuestros hijos, pero no son nuestros. Dice el Salmo 127:3-5:
«Un don del Señor son los hijos, y recompensa es el fruto del vientre. Como flechas en la mano del guerrero así son los hijos tenidos en la juventud. Bienaventurado el hombre que de ellos tiene llena su aljaba. No será avergonzado cuando hable con sus enemigos en la puerta».
Las flechas no se guardan para siempre. Las flechas se preparan, se pulen, se afilan, y se lanzan. ¡Y se lanzan!
Un hogar redimido no forma hijos para quedarse, sino para ser enviados. Eso cambia cómo tú educas. Eso cambia tus planes maravillosos para tus hijos, cómo tú los discipulas, cómo tú oras por ellos y con ellos, cómo les modelas, cómo les corriges. Estamos orando para afilar flechas poderosas y peligrosas para el enemigo. Cada comida compartida, cada corrección, cada oración, está formando a alguien que un día va a llevar el nombre de Cristo más lejos de lo que tú lo llevaste.
Ahora quiero hablarles aquí a aquellas que están viviendo dolor o quebrantamiento, quizás en sus hogares o procesos difíciles, porque a veces uno pensaría que cuando yo estoy en dolor, eso me impide testificar de esa manera, me impide abrir mi casa porque estoy sufriendo. Mis ojos están en mí y en mi sufrimiento. Pero eso no es lo que la Palabra nos dice.
Hay etapas donde Dios permite sufrimiento para acercarnos a Él, y aun allí vivimos para glorificar Su nombre. Así que un hogar que sufre también testifica. Un hogar enviado no es un hogar sin dolor.
Algunos de los testimonios más poderosos no vienen de hogares donde está todo perfecto, sino de hogares que han perseverado en medio del quebranto, que han visto a Dios obrar de maneras maravillosas en medio de procesos bien difíciles y que se convierten en un testimonio después. Es allí donde vemos esa gracia de Dios. Cuando un hogar sigue orando sin respuestas rápidas, sigue siendo fiel en procesos largos, sigue honrando a Dios en temporadas secas, ese hogar está predicando un evangelio creíble.
El mundo no necesita hogares ideales, necesita hogares sostenidos por la gracia de Dios. A mí me encanta, en 1 Pedro 3:15, que la Escritura nos dice que una de las apologías más poderosas del evangelio no es un argumento. Muchas veces nosotros queremos convencer a la gente de la fe de que Cristo es el único camino, de que tiene que arrepentirse de sus pecados, y no queremos que se les meta en la cabeza, que lo entiendan, con nuestras palabras.
Sin embargo, me encanta porque este versículo dice que el argumento más poderoso para el evangelio es una esperanza visible en medio del dolor. Dice 1 Pedro 3:15:
«…si sufren por causa de la justicia, dichosos son. Y NO TENGAN MIEDO POR TEMOR A ELLOS NI SE TURBEN, sino santifiquen a Cristo como Señor en sus corazones [y escucha:] estando siempre preparados para presentar defensa ante todo el que les demande razón de la esperanza que hay en ustedes» (vv. 14-15).
Esas personas estaban sufriendo por injusticia y él les dice: «No. Estén preparados para que entiendan por qué ustedes sufren con gozo, por qué sufren sin perder la fe. Porque tienen una esperanza. Déjame hablarte de la esperanza que tengo».
Esa defensa, esa apología, no siempre se articula con palabras. A veces simplemente se encarna, se ve, y la gente pregunta: «¿Cómo tú puedes? ¿Cómo tú puedes abrir tu hogar en medio de este problema?». Se observan hogares que, aun atravesando sufrimiento, no se endurecen, que, aun cansados, no abandonan su fe; aun heridos, continúan honrando a Dios.
Una familia, un hogar que sufre y sigue creyendo, que persevera sin cinismo, que ama sin garantías, que sigue sirviendo y abriendo sus puertas, está dando al mundo una razón concreta para preguntar: «¿De dónde viene tu esperanza?». Porque lo normal es que querramos encerrarnos y que no queramos ayudar a nadie, ni servir a nadie, porque «¡Estamos sufriendo!», y vivimos en un mundo muy, muy egoísta. Pero no, ni siquiera nuestro sufrimiento es nuestro, es para el servicio de Dios, es para servir a Dios y para que otros sean edificados.
Y nosotros tenemos una hermana de nuestro grupo de estudio que su marido la abandonó. Ella está sola y ella era una de las casas que abría su hogar. Y nos preguntábamos: «¿Seguirá haciéndolo?». No solamente lo sigue haciendo, ¡lo disfruta! Ella prepara una mesa hermosa, hace unas comidas… Ella es colombiana, es alegre y está siempre dispuesta a servir, ayudar a los demás. Eso es una gracia de Dios.
Así es que, la realidad es que, estamos llamadas a vivir en misión, aun sin salir de nuestros hogares. Eso es Tito 2. Tito 2 son mujeres ayudando a mujeres. Y Pablo no presenta la formación espiritual como algo que ocurre en medio de este tiempo aquí, sino en relaciones intergeneracionales cercanas, observadas desde cerca en hogares, en mesas, mujeres maduras, con una fe probada, abriendo su hogar y su vida para formar a otras.
¡Viudas!, ¿qué pueden hacer? ¡Estas cosas! Hablarle a la próxima generación. Dejar un legado en sus vidas. Compartir sus experiencias, compartir sus errores, no solamente las cosas que hicieron bien, pero las cosas que hicieron mal: «Mira cómo me fue. Aprende de mi experiencia», «Mira lo que la palabra dice».
Comienza abriendo tu corazón y tus puertas en la cocina, en la sala, en la rutina, en algún café, en el hogar.
Estamos continuamente sembrando semillas, intencionalmente o no. Pero quiera Dios hacernos sembrar esas semillas intencionalmente, intencionalmente. Así que, para concluir, mis hermanas, la Biblia no termina con un peregrinaje. Termina con una llegada, con una llegada. Apocalipsis 21 dice en el versículo 3:
«He aquí. El tabernáculo de Dios con los hombres, y Él habitará con ellos y ellos serán Su pueblo, y Dios mismo estará entre ellos».
La Biblia termina como empezó: en un hogar. La historia comenzó en un jardín, pasó por un tabernáculo, luego un templo. Luego vimos al Verbo hecho carne habitando entre nosotros y culmina en un hogar eterno donde Dios mismo habita con Su pueblo.
Y si tú eres una hija de Dios, tú estás invitada a un gran banquete, no a una invitación para pan y chocolate, a un gran banquete. La Escritura nos recuerda que nuestra historia no termina en cocinas sencillas ni en mesas imperfectas, sino en un banquete glorioso.
Apocalipsis describe el día en que el pueblo de Dios se sentará a la mesa con el Cordero, en las bodas del Cordero. ¡Y todo lo que hacemos hoy en nuestra casa apunta hacia esa mesa mayor, hacia ese banquete! Cada mesa que abrimos y servimos con sencillez, cada acto de hospitalidad, cada conversación redentora en la mesa, alrededor del pan de cada día, es un ensayo silencioso de ese día, de ese banquete.
Nuestras mesas, hoy limitadas, desordenadas, frágiles, anticipan esa mesa donde dice que el Cordero nos servirá. ¡Ya no vas a ser tú sirviendo! ¡El Cordero, sirviéndote a ti! Y es hacia ahí que vamos. Nuestros hogares hoy no son el Reino, pero lo anuncian; son pequeñas embajadas que apuntan hacia la ciudad con fundamentos cuyo arquitecto y constructor es Dios.
Y un día, mis amadas, estaremos en nuestro hogar definitivo. Ya ahí no va a haber lágrimas, ahí no va a haber separación, no va a haber cansancio, no va a haber rutina, no va a haber despedidas. ¡Y me encanta 1 Corintios 2:9! Escucha: «Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han entrado al corazón del hombre, son las cosas que Dios ha preparado para los que le aman».
Él está preparando cosas gloriosas. Mientras tanto, vivimos en «el mientras tanto». Mientras tanto, seguimos abriendo nuestras mesas, nuestras casas, nuestros corazones, como una confesión de esperanza futura. Seguimos amando en lo ordinario como quienes esperan esa gloria venidera. Y nada de lo que hacemos, nada de lo que tú haces en tu hogar es pequeño. Ningún servicio, ninguna tarea es pequeña. Nada es sin propósito. Nada es inútil de lo que tú haces para edificar tu hogar.
Así que, mis amadas hermanas, mi oración no es que regresen a sus hogares como quienes: «Ay… otra conferencia más. Ya fuimos a otra conferencia más». Mi oración es que regresen conscientes de estas verdades. Tu hogar importa. Tu hogar es importante para Dios. Tu influencia es estratégica, irreemplazable, significativa en el Reino, porque tú edificas el hogar.
Tú eres la edificadora del hogar en colaboración con Dios. Estamos de paso, y ese no es el final de la historia. Están edificando algo que apunta más allá de ustedes mismas. Olvídense de sus pequeñas historias, mis amadas. El mundo no gira alrededor de nosotras. El mundo ya tiene un Rey y no somos nosotras.
Estamos formando generaciones que quizás no veremos. Estamos preparando flechas que un día volarán más lejos y estamos esperando una ciudad cuyo arquitecto es Dios. Así que quiero que te tomes un momento para meditar. No estás simplemente regresando a una casa. Está regresando a un lugar santo. Acuérdate, como decimos, el primer mensaje, que aquel lugar era como un santuario porque Dios caminaba allí, Dios habitaba allí.
Si tú eres una hija de Dios, tú tienes a Dios dentro de ti. Así que allí está Dios en tu hogar; a un lugar donde Dios está obrando más de lo que tú puedes ver. Nosotros no podemos ver esa obra que Él está haciendo, pero Él nunca «no está obrando». Él siempre está obrando, aunque no lo veamos. Y tal vez tu casa es pequeña, es ruidosa, es silenciosa, es grande, es chiquita, está en proceso de restauración. No sabemos.
Tienes quizás preocupaciones y problemas que nadie conoce, pero el Dios que promete un hogar eterno es el mismo que camina contigo cuando tú entras a tu hogar y tú cruzas esa puerta. Es ese mismo Dios.
Y mientras esperamos y aguardamos el día en que escucharemos «Bienaventurados los que están invitados a la Cena de las Bodas del Cordero», vivimos con fidelidad, vivimos sirviendo, vivimos dando vida, vivimos abriendo nuestro corazón, poniendo nuestras manos a la obra, sirviendo a los demás con esperanza y con corazones rendidos a Cristo. Amén.
Débora: ¡Qué esperanza saber que la historia no termina aquí y que un día estaremos para siempre en el hogar que Cristo ha preparado para Sus hijos!
A lo largo de esta serie hemos sido recordadas de que somos peregrinas en camino hacia nuestro hogar celestial y que, mientras esperamos al Rey, estamos llamadas a edificar con propósito.
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El día de mañana cerraremos esta serie escuchando las voces de varias mujeres que participaron en la conferencia «Ser mujer: haciendo hogar», celebrada en España en año. Sus testimonios nos recordarán que Dios sigue restaurando, sosteniendo y usando a Sus hijas para Su gloria. ¡Te esperamos aquí, en Aviva Nuestros Corazones!
Invitándote a vivir una vida contracultura, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
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