Débora de Rivera: ¿Tu hogar existe solo para tu familia… o podría Dios estar usándolo para alcanzar a otros? Aquí está Laura González-De-Chávez.
Laura González-De-Chávez: No se trata de casas grandes ni de comida muy elaborada ni de decoración perfecta. Se trata de corazones abiertos, puertas abiertas, de tiempo compartido con otros. No es perfección, no es desempeño.
Es abrir la vida para que otros experimenten la gracia de Dios como tú la experimentaste.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 7 de septiembre de 2026.
A veces pensamos que el hogar es solo un lugar de descanso y protección. Y aunque esto es cierto, en el episodio de hoy aprenderás que Dios también lo diseñó como un espacio en el cual Su gracia, Su amor y Su verdad pueden extenderse hacia otros. Si te …
Débora de Rivera: ¿Tu hogar existe solo para tu familia… o podría Dios estar usándolo para alcanzar a otros? Aquí está Laura González-De-Chávez.
Laura González-De-Chávez: No se trata de casas grandes ni de comida muy elaborada ni de decoración perfecta. Se trata de corazones abiertos, puertas abiertas, de tiempo compartido con otros. No es perfección, no es desempeño.
Es abrir la vida para que otros experimenten la gracia de Dios como tú la experimentaste.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 7 de septiembre de 2026.
A veces pensamos que el hogar es solo un lugar de descanso y protección. Y aunque esto es cierto, en el episodio de hoy aprenderás que Dios también lo diseñó como un espacio en el cual Su gracia, Su amor y Su verdad pueden extenderse hacia otros. Si te has perdido alguno de los cuatro episodios anteriores de esta serie, visita AvivaNuestroCorazones.com para escuchar el audio o leer la transcripción.
Con nosotras, Laura González-De-Chávez.
Laura: Y bueno, hablamos de todo lo que hemos ido viendo. La teología del hogar. Cómo Dios lo crea, cómo se fractura, cómo Él lo redime, cómo estamos en colaboración con Dios y Él lo está santificando en este proceso. Vimos cómo nos invertimos en nuestros hogares. Ahora vamos a ver cómo nosotros vivimos hacia afuera, cómo estamos llamados a vivir como creyentes, como hijas de Dios, en el caso de nosotras como mujeres.
Y a lo largo de estos días hemos estado pensando una y otra vez en ese versículo de Proverbios 14:1, que la mujer sabia edifica su casa, pero la necia la derriba con sus propias manos. Entonces, vamos a ver qué sucede cuando este hogar se abre hacia afuera.
Pero antes quiero comentarles… quizás algunas de ustedes conocen, no sé qué tanto ustedes están familiarizadas con tendencias de Estados Unidos; como yo vengo de allá, pues tengo eso muy fresco, pero en Estados Unidos hay una tendencia ahora que ha venido hace unos años y es el movimiento de los tradwives o esposas tradicionales. Y ese movimiento, realmente, no son mujeres cristianas, son mujeres que han redescubierto el valor del hogar.
Ellas han redescubierto que la vida debe estar centrada alrededor del hogar. Han descubierto lo doméstico, lo tradicional, han decidido dejar el mercado laboral para dedicarse a su hogar. Celebran la domesticidad, la feminidad, el orden, la belleza de lo cotidiano y ellas han visto algo.
Ellas han visto cosas que muchas de nosotras, como creyentes, no hemos visto. Ellas lo han visto y se han apercibido que crear estos espacios de cuidado, de estabilidad no es una pérdida de potencial, sino que es una bendición y que es una labor digna. Para vergüenza nuestra, ellas han descubierto esto. En un mundo que ha despreciado lo ordinario, muchas de estas mujeres han dicho: «Aquí hay algo valioso». Y tienen razón.
La diferencia es que el evangelio nos lleva aún más profundo que lo que ellas han visto. El problema no es recuperar lo doméstico; el problema es que lo doméstico no debe convertirse en el centro en lugar de Cristo. Y ellas lo hacen para satisfacción personal. Nosotros lo hacemos en obediencia al Señor y para la gloria de Dios. Entonces, no estamos llamadas a vivir para nosotras mismas, ni cultivar el hogar para nosotras mismas. Todo fue creado por Él y para Él, y ahora estamos llamadas a vivir para Aquel que murió y resucitó por nosotros. Es un llamado para todos.
Y cuando el hogar se convierte principalmente en un lugar de autorrealización personal, de satisfacción personal, cuando encontramos nuestra identidad allí, en lo que me llena a mí, aunque esté envuelto en lenguaje tradicional, algo se desplazó del centro. Porque en la Escritura el hogar nunca existe para nuestra satisfacción personal. El hogar no es el lugar donde encontramos, ni buscamos, ni perseguimos plenitud. En nada, en este mundo, encontramos plenitud. Solo Cristo nos ofrece eso.
Si tenemos la actitud y la perspectiva correcta, sí, sí vamos a tener gozo, obviamente porque estamos obedeciendo al Señor y eso nos causa gozo, pero no es la plenitud como el mundo la persigue.
Esto sería idolatría realmente. Si nuestra plenitud fuera encontrada en el hogar, estaríamos idolatrando nuestros hogares, y ese no es el llamado; es a consagrarlos y entregárselos a Dios. Así que es el lugar desde donde somos formadas para amar y servir, somos santificadas allí; como hablábamos, no es un refugio privado para aislarnos del mundo, que es lo que hacen estas esposas tradicionales, sino un espacio desde el cual Dios extiende gracia hacia afuera, hacia otros.
El hogar bíblico no se vive solo hacia adentro; se vive con los ojos puestos hacia Dios, hacia afuera. Es un lugar de descanso, un refugio, sí, pero también un lugar de formación, no de encierro.
Eso significa que, desde el primer día, el hogar cristiano no es solamente un lugar para cuidar y proteger, sino un lugar de misión. Toda nuestra vida es una vida de misión. Somos misioneras desde nuestros hogares. No edificamos hogares solo para nuestra comodidad, sino para la gloria de Dios y el bien del prójimo. Y cuando entendemos esto, entonces el hogar deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en una embajada del Reino, en una embajada del Reino. Un espacio donde Cristo reina, donde la gracia se aprende, se modela, se extiende y desde donde el amor de Dios sale al encuentro de este mundo quebrantado.
Y el Dios que habita, y que redime, es también el Dios que envía. Todas nosotras somos misioneras. Y en primer lugar, este hogar es un anticipo del Reino.
La Biblia nos enseña que todo hogar cristiano, como hablábamos, es una sombra, una señal, un anticipo de algo que aún no vemos a plenitud. Decíamos que nuestros hogares no son perfectos, pero apuntan hacia algo. Vimos que cuando Jesús habló del reino de Dios, lo describió primero, no como un sistema político. Hoy hablábamos en la mesa mientras comíamos acerca de todo esto del presidente de aquí, de allá, de lo que está haciendo. Nuestros ojos, nuestra esperanza no está aquí. ¡No está en nada de eso! ¡Está en Dios!
Y Dios, cuando habló del Reino, no lo describió como un sistema político ni como una estructura religiosa. Él lo describió como una mesa, una casa, un banquete, celebraciones, personas reunidas en comunidad, familias reunidas. La Palabra habla de banquetes, de bodas, de grandes celebraciones, porque es una vida de comunidad. Y vemos esto en Apocalipsis 19:9:
«Y el ángel me dijo: “Escribe: ‘Bienaventurados los que son llamados a la cena de las bodas del Cordero’”».
Hay un grupo que está invitado a esta cena a sentarse a cenar con el Cordero de Dios y todas estas cosas se hacen en comunidad, en celebraciones. Esto habla de este tipo de celebraciones comunitarias. Y no es casualidad, porque el hogar redimido es un ensayo de nuestra vida en el cielo.
Cada vez que tú preparas comida con amor, invitas a otros a tu mesa, lo haces por tu familia, pero cuando invitas y te abres a otros, cuando oras alrededor de tu mesa, cuando extiendes gracia a otros, cuando recibes al extraño, cuando abres tu vida y tu corazón para servir a los demás, ese hogar está diciendo sin palabras: «Así será el Reino cuando Cristo reine plenamente».
Estamos continuamente anunciando ese Reino que viene y necesitamos recordar algo más: aunque Dios nos da hogares, aunque pertenecemos, aunque cultivamos esa comunidad alrededor de la mesa, ese refugio, este no es nuestro hogar definitivo, mis amadas. Me encantan las canciones que cantábamos que Dios está preparando ese hogar para nosotros. Estamos en proceso. Estamos en proceso hacia otro lugar.
Me encanta que Hebreos 11:10 dice que Abraham «esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios». Y más adelante en el versículo 13 dice:
«Conforme a la fe murieron todos estos sin haber recibido lo prometido [No lo hemos recibido aún nosotros], sino mirándolo de lejos y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos en esta tierra» (RV 60).
Somos extranjeras y peregrinas. Eso significa que, aun cuando edificamos con fidelidad, aun cuando amamos nuestro hogar y lo servimos, cuando nos invertimos allí, cuando abrimos nuestra casa, nuestra mesa, nuestras vidas, sabemos que no estamos en casa todavía. No hemos llegado. No hemos llegado. Somos mujeres con una dirección eterna, somos mujeres que pertenecen aquí, pertenecemos aquí. Cada una de ustedes vive en lugares diferentes; allí echan raíces. Pero estamos todas esperando.
Todas estamos esperando, anticipando. Y eso cambia cómo nosotros vivimos en nuestros hogares y las expectativas que tenemos. Eso también lo cambia, porque sabemos que aquí no vamos a llegar a la plenitud y por eso podemos tener las expectativas y los enfoques claros. El hogar no es una cadena que nos amarra al presente; es un refugio temporal mientras caminamos hacia esa ciudad eterna, siempre con la conciencia de que estamos de tránsito.
Y si olvidamos que somos peregrinas, vamos a convertir estos hogares en un ídolo. Vamos a querer tener la plenitud aquí, y no es así. Pero también, si olvidamos que somos llamadas a edificar, viviremos como turistas. Y ninguna de esas dos cosas es. Tú dirás: «¿Cuál es la diferencia?». Bueno, la turista llega buscando una experiencia, busca comodidad, busca disfrute y recuerdos bonitos.
Hemos estado aquí en Sabadell, en Barcelona, en Córdoba y somos turistas. No estamos invirtiendo aquí, echando raíces en este lugar. Estamos de paso, estamos gozando de tiempos maravillosos, pero no estamos invirtiéndonos aquí. Estamos turistiando, saboreando los… a mí me encantan los helados de la abuela; ¡ya he ido dos veces! Pero eso es una experiencia, no es que yo voy a invertirme en este lugar, aunque quisiera. Me encantaría vivir aquí, entre ustedes.
Pero la peregrina es diferente. La peregrina también sabe que está de paso, pero vive de manera diferente. Ella no está esperando y anticipando encontrar grandes: «¿Qué puedo experimentar aquí?», sino: «¿Cómo debo vivir aquí mientras espero esa ciudad eterna?». Su vida es intencional. Ella vive alerta. Ella vive sobriamente, consciente de que camina hacia algo mayor, mayor que ella misma; mayor que nuestras propias historias.
Estamos en una historia más grande que nosotras mismas y estamos en espera de eso. La mujer cristiana no es una turista, es una peregrina y, como peregrina, edifica con propósito. Tú edificas con propósito mientras esperas al Rey.
Y precisamente porque somos peregrinas, un hogar gobernado por Cristo se convierte entonces en una embajada del Reino, un lugar que representa otro país. Ella es una embajadora de esta nueva ciudadanía. Cuando una embajada llega a un país, no cierra sus puertas, abre sus puertas.
Dice que nuestra ciudadanía está en los cielos, dice Filipenses. Así también nuestros hogares no son el cielo, pero están llamados a reflejar algo del carácter del cielo. Y como ya vimos, estamos en un mundo que desprecia todo lo que tiene que ver con lo doméstico, con la fidelidad, con la maternidad. Glorifica el ego, huye del sacrificio. Pero en un hogar redimido se vive bajo el gobierno de otro Rey. No perfectamente, como decíamos, no sin luchas, pero con una dirección y un propósito claro.
Y cuando alguien entra a un hogar así, aunque no puede explicarlo teológicamente porque no puede explicarlo, se percibe algo diferente. Cuando tú entras a un hogar que está ordenado bíblicamente, se percibe algo diferente. Hay un aroma diferente, un aroma de Cristo diferente, no porque todo esté en orden, sino porque Cristo gobierna allí y eso se nota.
Y entonces esta embajada abre sus puertas. Mira, la Escritura nos dice algo aún mucho más profundo sobre nuestra identidad como pueblo de Dios. Escucha lo que dice el apóstol Pedro. 1 Pedro 2:9-10:
«Pero ustedes [todas ustedes aquí que han creído en el Señor Jesucristo] son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido para posesión de Dios [con un propósito], a fin de que anuncien las virtudes de Aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable. Ustedes en otro tiempo no eran pueblo, pero ahora son el pueblo de Dios; no habían recibido misericordia, pero ahora han recibido misericordia».
Y este texto nos recuerda que nuestra identidad nunca termina en nosotras mismas. Hemos sido escogidas, hemos sido apartadas y alcanzadas por misericordia con un propósito mayor que nosotras y es anunciar, mostrar, hacer visible la gloria de Dios en un mundo que camina en tinieblas.
Y eso es muy evidente en tu hogar. Debería ser muy evidente en tu hogar. Esto empieza allí, en tu hogar, porque, como hablábamos, la buena doctrina es ahí donde empieza: en el hogar.
Nuestras vidas y nuestros hogares existen para la proclamación silenciosa, pero muy evidente y real, y tangible del evangelio. Cuando un hogar, cuando tu hogar vive bajo el señorío de Cristo, se convierte en un espacio sacerdotal, como hablábamos, un hogar que, un lugar que guardamos y cultivamos, como Dios mandó a Adán y Eva en el huerto. Un lugar donde se intercede, donde se sirve, donde se ofrece hospitalidad, donde se extiende gracia y se hace visible esa luz admirable de Dios.
Y no todas aquí, quizás, discipulan en sus iglesias. Quizás son nuevas en la iglesia, quizás no son maestras en su iglesia, pero todas aquí proclamamos algo con nuestras vidas, en la manera como vivimos, en la manera como recibimos y como amamos dentro de nuestras casas. ¿Y cuál es la puerta más común por donde el evangelio entra a una casa y sale hacia otros? La mesa. Esos tiempos de comunión alrededor de la mesa.
Miren el ministerio de Jesús. Él predicó a multitudes, ciertamente. Pero donde Él transformó vidas fue en mesas, en casas, en comidas, en conversaciones largas, en espacios domésticos. Él entró a la casa de Zaqueo. Él entró a comer con los pecadores. Él fue ungido en una mesa. Él trajo restauración a hogares y a familias completas.
Así que dentro de los hogares, esa mesa, ese lugar de comunión, de comida, de comunión entre hermanos, no es un detalle menor. Es un lugar de edificación. Nosotros hemos estado invitados por sus pastores y por las familias, tanto en Barcelona como aquí, y ha sido una bendición sentarnos alrededor de la mesa con la familia; hablar de las maravillas de Dios en nuestras vidas, de los milagros que Dios ha hecho en nuestras vidas, de las proezas de Dios, y hemos sido edificados el uno al otro, glorificando a Dios y recordando Sus bondades.
Eso es lo que hacemos alrededor de la mesa. Es un lugar de edificación de discipulado, de confrontación en ocasiones a la familia y a otros. Un lugar de gracia y de consuelo. Así que yo te pregunto: ¿Quién se sienta en tu mesa? ¿A quién tú incluyes en tu familia? ¿A quién tú has abierto las puertas de tu casa para compartir de la gracia que tú has recibido y para hablar de las maravillas de Dios y ser animadas en nuestra fe?
Alguien decía que el avivamiento se produce en las alas de los testimonios, y ciertamente como que es así. Cuando oímos testimonios de la obra de Dios, nuestros corazones se llenan de fe; son avivados. Déjame preguntarte entonces eso: ¿Quién se sienta a tu mesa?
La hospitalidad no es un talento, es una postura del corazón, porque muchas veces decimos: «Es que yo no soy hospitalaria». Y ciertamente a veces somos egoístas y nos da trabajo abrir nuestras casas y compartir nuestras cosas. Pero por eso es una postura del corazón.
No se trata de casas grandes ni de comida muy elaborada ni de decoración perfecta. Se trata de corazones abiertos, puertas abiertas, de tiempo compartido con otros. No es perfección, no es desempeño. Porque también nos confundimos cuando vemos en las redes y tú ves a alguna influencer poniendo una mesa, tú dices: «Es que yo no puedo hacer eso, yo no tengo los recursos. Yo no sé hacer una mesa así. Yo no sé hacer una comida así». No tiene que ser así, no tiene que ser así.
Es abrir la vida para que otros experimenten la gracia de Dios como tú la experimentaste. Y muchas veces lo que nos detiene no son las circunstancias reales, son mentiras que nos detienen. Por ejemplo, mi casa es muy chiquita, como decía, pero realmente Dios habita en espacios… no necesita una gran casa para manifestarse. Y yo conozco hermanas que en casas pequeñitas abren y entran diez personas a dormir.
Quizás algunas de ustedes están compartiendo en algún hogar aquí, porque sé que algunas se quedan en casas aquí y esas personas se incomodan para traer personas a su hogar y juntas estar allí sirviéndose unas a otras. O alguien diría: «Mi casa no es lo suficientemente bonita», pero eso tampoco es importante. Para Dios eso no importa. Él se manifiesta en cualquier lugar. «¡Tengo que preparar una gran comida!». Sin embargo, Jesús usó pan y pescado, sencillamente.
Yo comentaba en Sabadell que hace muchos años atrás, una familia, una hermana divorciada de la iglesia en Santo Domingo, nos invitó a Fausto y a mí a su casa, a cenar. Y normalmente uno va con una expectativa: cenar. Te van a servir algunas cosas, ¿verdad? No elaborado, pero algo. Ella tenía pan con chocolate caliente.
Y yo me sentí tan retada porque realmente yo me complico y por eso me da trabajo invitar, porque eso requiere que yo trabaje, que elabore un menú. Y esta hermana tenía pan con chocolate caliente, pero la conversación sobre la mesa fue tan edificante que salimos bendecidos de ese lugar. Entonces no hacía falta más de ahí.
«No tengo el don de la hospitalidad», dirían algunas, pero la realidad es que no es un don exclusivo, es un llamado cristiano. Así que debemos resistir esas mentiras y ese perfeccionismo, porque no hace falta perfección. Mi casa no tiene que parecer de revista, ni de Pinterest, ni la comida tiene que ser elaborada; que todo no tiene que ser todo impecable. Incluso hay un proverbio, el proverbio 17:1, que dice:
«Mejor es un bocado seco y con él tranquilidad que una casa llena de banquetes con contienda».
O sea, el banquete no es lo importante; es que aquí no haya contienda, que haya paz, que haya armonía, que haya conversaciones llenas de gracia. El cielo no se refleja en lo sofisticado, sino en la paz. A veces un chocolate caliente, un pedazo de pan, una sopa sencilla, un mantel, una florecita del patio. Ya, eso es todo lo que hace falta, en lugar de una cena muy elaborada, servida con mucha ansiedad, o un hogar lleno de conflicto, ¿verdad? La simplicidad libera al hogar para lo que realmente importa.
Es la comunión lo que importa. Lo que buscamos no es comer bien, sino tener comunión, tener comunión unos con otros y compartir de lo que Dios nos ha dado. Y la Biblia está llena de mujeres que entendieron la importancia del hogar y de la hospitalidad.
La mujer sunamita en el Antiguo Testamento que preparó un aposento sencillo para el profeta Eliseo; ese profeta pasaba por allí y ella lo hospedaba. ¡La mujer! Porque es la mujer la que tiene ese corazón. Ella hospedaba a este profeta y, como veía que venía a menudo, le dijo al marido: «Hagámosle un aposento para que cuando él venga se quede ahí». Y dice la palabra de Dios que ella fue bendecida por esto. No fue una casa grande, fue un corazón disponible, un corazón dispuesto.
Lidia, en Hechos, que abrió su casa al apóstol Pablo y a los hermanos, y allí se iniciaron las primeras reuniones de la Iglesia de Europa. Una mujer que abre su casa para que vengan los hermanos a compartir la Palabra de Dios, la Iglesia primitiva que «partía el pan en los hogares», dice, «con sencillez de corazón» (ver Hechos 2:46-47).
Dios ha usado siempre hogares y mesas ordinarias para hacer obras extraordinarias. Así que la hospitalidad tampoco se practica, mis amadas, en una etapa. Por ejemplo, personas que tienen el nido vacío que ahora dicen: «Ahora puedo». No es un estilo de vida que se hace en todas las etapas. Mostrar hospitalidad no se supone que sea algo que hacemos en ciertas etapas de la vida: cuando la agenda se aligera, cuando los niños crecen o cuando finalmente tenemos la casa que creemos necesitar. No es una fase, es parte de la vida del creyente.
Hace poco tiempo, alguien me preguntaba: «¿Tú eres la mamá de Sara?». «Sí, yo soy la mamá de Sara», y ella tiene seis niños y tiene una vida caótica, caóticamente hermosa. Y ella tenía un día superajetreado y hace poco venía una familia que iba a venir a servir en la iglesia, y venía con sus dos niños y llegaban. Jonathan tenía que ir a buscarlos al aeropuerto. Sara tuvo un día de locos. Ella… yo entré a la casa y dije: «¿Y aquí va a haber una cena esta noche?». Yo me fui porque yo digo: «Me da ansiedad nada más mirar…».
Y nada… Esa familia llegó. Sara estaba allí haciendo la cena, organizando, y fue un tiempo de comunión. Ella, la hermana, dice que qué bendición fue llegar y encontrar una casa que los recibió esa misma noche para cenar. Venían cansados.
Entonces no tiene que ver con tu etapa. La hospitalidad no es un extra opcional ni un ministerio menor. Fíjense que en Romanos 12, Romanos 12:13, Pablo describe las marcas. Escuchen esto, las marcas de una vida verdaderamente rendida a Cristo. Y dice: «Amor sin hipocresía. Servicio, paciencia, oración».
Y en esa misma lista coloca esta instrucción: «Contribuyendo para las necesidades de los santos, practicando la hospitalidad». Es increíble que dentro de toda esa lista: amor, servicio, paciencia, hospitalidad, tú dirías: «Pero eso, como un extra». No. Es parte de la vida del creyente. Para Dios, la hospitalidad está en la misma categoría que una vida ferviente en el espíritu y constante en la oración.
Abrir la mesa y abrir la vida es una de las maneras más concretas de amar como Cristo nos amó. Y todas esas cosas fluyen como fruto natural de una vida rendida a Cristo. Así que piensa: ¿Qué realmente te detiene? ¿Qué te impide abrir tu hogar? ¿Cuáles son tus reservas? O incluso para agendar un café con alguien; no tiene que ser nada elaborado. Para ayudar a una hermana de la iglesia que necesita una conversación, que necesita consuelo.
Si Dios nos llama a algo, Él es fiel para proveer lo necesario para que nosotras obedezcamos. Y la hospitalidad no comienza cuando está todo bajo control. Comienza con un paso de fe. Un paso de fe.
Débora: Amada, ¿no ha traído esta enseñanza alivio a tu agitado corazón? Es un gozo y privilegio saber que Dios puede usar una mesa sencilla, una conversación o un acto de servicio para impactar vidas y formar generaciones.
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En el episodio del día de mañana levantaremos la mirada aún más alto y recordaremos que, mientras servimos aquí, estamos esperando una promesa mucho más grande. Laura González de Chávez nos ayudará a poner nuestros ojos en la eternidad. ¡Acompáñanos nuevamente aquí, en Aviva Nuestros Corazones!
Invitándote a vivir una vida contracultura, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de la Nueva Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.
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