Débora de Rivera: Mary Kassian dice que, como mujer, has sido creada para dar vida y cuidar de otros.
Mary Kassian: Fuiste creada para esto.
Así que vívelo allí donde estás, con los recursos que tienes y con las personas que Dios ponga en tu camino.
Porque cuando lo haces, estás viviendo tu llamado como mujer. Estás extendiendo el reino de Dios. Estás reflejando Su carácter que da vida y nutre a otros en un mundo desesperado por verlo.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 30 de julio de 2026.
Hay una mamá pato en el Ártico que arranca el plumón más suave de su propio pecho para cubrir su nido. Las mamás lobas mudan parte de su pelaje para preparar sus guaridas. Las mamás conejas arrancan pelo de su cuerpo para …
Débora de Rivera: Mary Kassian dice que, como mujer, has sido creada para dar vida y cuidar de otros.
Mary Kassian: Fuiste creada para esto.
Así que vívelo allí donde estás, con los recursos que tienes y con las personas que Dios ponga en tu camino.
Porque cuando lo haces, estás viviendo tu llamado como mujer. Estás extendiendo el reino de Dios. Estás reflejando Su carácter que da vida y nutre a otros en un mundo desesperado por verlo.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 30 de julio de 2026.
Hay una mamá pato en el Ártico que arranca el plumón más suave de su propio pecho para cubrir su nido. Las mamás lobas mudan parte de su pelaje para preparar sus guaridas. Las mamás conejas arrancan pelo de su cuerpo para dar calor a sus crías. Y las futuras mamás humanas, cuando aparece el famoso «instinto de anidar», a veces terminan limpiando rincones y organizando toda la casa.
¿Por qué existe este impulso tan universal de preparar un lugar donde la vida pueda florecer?
Hoy, Mary Kassian explorará las dos capacidades que Dios entretejió en el diseño femenino: dar vida y nutrirla. Tengas hijos biológicos o no, este llamado también es para ti.
Con nosotras, Mary.
Mary: ¿Alguna vez has estado en pleno «modo nido»? ¿O has escuchado historias de alguien que lo estuvo? Como esa mujer a punto de dar a luz que dobla la ropita de bebé que todavía nadie ha usado. Que organiza el cuarto del bebé… otra vez. Que a las dos de la mañana está limpiando rincones que no veían una esponja desde hace años. Su esposo sale medio dormido de la habitación, frotándose los ojos y tratando de entender por qué las luces siguen encendidas, y la encuentra moviendo la cuna hacia la pared, otra vez, por tercera vez en la semana.
«¿Qué estás haciendo?», le pregunta.
«Preparándome».
Pero es más que eso. Es algo más profundo, más instintivo. Ella necesita preparar un lugar. Necesita crear un lugar seguro, limpio y acogedor, listo para la vida que está por llegar.
Los científicos lo llaman «el instinto de anidar». Y no es solo algo psicológico; también es fisiológico. Las mismas hormonas que inundan su cuerpo preparándolo para dar a luz también están preparando su corazón para nutrir.
Y aquí hay algo fascinante: los seres humanos no son los únicos que hacen esto.
Existe un pato en el Ártico —el pato eider— que hace algo extraordinario. Cuando llega el momento de construir su nido, arranca las plumas más suaves de su propio pecho, cerca de su corazón. Pluma tras pluma, cubre el nido, literalmente entregando parte de su propio cuerpo para transformar un montón de ramas en un refugio cálido donde sus pequeños puedan crecer.
Las lobas mudan parte de su pelaje para hacer más cómoda la guarida. Las conejas arrancan pelo de su cuerpo para crear nidos suaves y cálidos para sus crías.
¿Qué está ocurriendo aquí? ¿Por qué existe este impulso tan universal —presente incluso entre distintas especies— para preparar un lugar?
Porque no basta simplemente con dar vida.
La vida necesita un ambiente donde pueda crecer. Donde esté protegida. Donde realmente pueda florecer. Y Dios entretejió ese mismo doble instinto en ti.
Hayas estado embarazada o no. Tengas hijos biológicos o no. Fuiste diseñada con esta capacidad: dar vida y crear ambientes donde esa vida pueda florecer. Y eso es precisamente lo que exploraremos hoy.
Esto no se trata solamente de tener hijos. Se trata de algo mucho más grande, algo que alcanza cada área de tu vida como mujer y que refleja el corazón mismo de Dios.
Ahora, necesito hablar directamente sobre algo, porque sé que algunas ya están pensando: «Pero Mary, no tengo hijos. No puedo tenerlos. No quiero tenerlos. O mis hijos ya crecieron y se fueron. Entonces, ¿esto realmente aplica para mí?».
Quédate conmigo. Porque lo que voy a decir puede cambiar completamente tu perspectiva.
La mayoría de las mujeres tendrán hijos biológicos. Eso es normal. Eso es bueno. Dios diseñó tu cuerpo específicamente para eso: el vientre, los pechos, las hormonas, todo. La maternidad física es una parte hermosa del diseño de Dios.
Pero esto es lo que quiero que entiendas: la feminidad no se trata solo de biología. Se trata de capacidad.
Tienes una capacidad maternal. Y esa capacidad existe, tengas hijos o no.
Déjame decirlo de otra manera: muchas veces se habla de que los hombres tienen un «instinto de provisión». Quieren resolver problemas, arreglar cosas, asegurarse de que todos estén bien. Y eso es real. Está incorporado en ellos. Pero no todos los hombres tendrán una esposa o hijos a quienes proveer. ¿Eso significa que ese instinto no existe? Claro que no.
Entonces, aquí ocurre lo mismo. Necesitas entender esto: tienes una capacidad maternal. Es una inclinación dada por Dios hacia dar vida, nutrir crecimiento e invertir en el florecimiento de otros. Está entretejida en tu diseño femenino. Tal vez nunca cambies un pañal. Quizás hoy no te sientas maternal. Tal vez la vida haya opacado por completo ese instinto.
Aun así, la realidad fundamental permanece: fuiste diseñada con una disposición maternal.
¿Pero qué significa eso realmente? Volvamos al principio.
Cuando Dios creó a la humanidad, les dio un mandato. Génesis 1:28 dice: «Dios los bendijo y les dijo: “Sean fecundos y multiplíquense. Llenen la tierra…”».
¿Llenar la tierra de qué? ¿De más seres humanos? Sí, por supuesto. Pero de mucho más que eso. De adoradores. De una familia que conozca y ame a su Padre celestial.
Desde el principio, el propósito de Dios al crear al hombre y a la mujer no era simplemente aumentar la población. Era expandir Su reino. Dios quería que los seres humanos extendieran Su familia. Y diseñó el cuerpo femenino específicamente para eso: para llevar, dar a luz y nutrir nueva vida. Algo hermoso y bueno, exactamente como Él lo planeó.
Pero entonces llegó la tragedia del pecado.
Cuando el primer hombre y la primera mujer se rebelaron contra Dios, todo se quebró. Y Dios describió las trágicas consecuencias. Escucha lo que le dijo a la mujer en Génesis 3:16: «En gran manera multiplicaré tu dolor en el parto, y con dolor darás a luz los hijos».
La misma capacidad que Dios había dado a la mujer para traer vida al mundo —su llamado más glorioso— ahora estaría marcada por el dolor.
Muchos teólogos creen que este juicio va más allá del dolor físico del parto. Sí, dar a luz implicaría sufrimiento físico. Pero la palabra hebrea usada para «dolores de parto» también puede referirse al sufrimiento continuo y a las cargas propias de la maternidad.
Piensa en lo que eso significa. La angustia emocional de criar hijos que se rebelan. El dolor de verlos tomar decisiones destructivas. La preocupación que no te deja dormir por las noches. La tristeza cuando rechazan la fe que intentaste transmitirles. El dolor de la infertilidad, ese vientre vacío que anhela llevar vida. La pérdida de un embarazo o de un hijo. La angustia de ver a un hijo sufrir una discapacidad o una enfermedad crónica. Las relaciones complejas y dolorosas que a veces surgen entre madres e hijos.
Si alguna vez el Día de las Madres ha sido el domingo más difícil del año para ti, no estás sola. Esta es la razón. La misma capacidad que Dios diseñó para traer gozo también se convirtió en el lugar del dolor más profundo.
El llamado de la mujer a dar vida —tanto física como espiritualmente— ahora estaría marcado por el sufrimiento. Lo que debía ser el gozo puro, ahora estaría entrelazado con tristeza. Y el cuidado y la nutrición de la vida, que debían fluir naturalmente, ahora requerirían perseverancia en medio de la dificultad y el dolor.
Pero aun en medio de todo esto, Dios dio una promesa de esperanza y redención.
Escucha lo que Dios le dijo a la serpiente en Génesis 3:15: «Pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; Él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el calcañar».
¿Lo notaste? Desde ese momento, la mujer —la portadora de vida— estaría en guerra contra la serpiente —la portadora de muerte—. Y la descendencia de la mujer, su simiente, «Él», algún día aplastaría la cabeza de la serpiente. Dios enviaría un Redentor usando precisamente esa capacidad de dar vida que Él mismo había entretejido en el ser de la mujer.
¡Qué mezcla tan profunda de tragedia y esperanza!
El pecado trajo muerte al mundo. Pero Dios, obrando a través de una mujer, enviaría a Aquel que vencería la muerte.
Después de escuchar esta promesa, Adán hizo algo extraordinario. Génesis 3:20 dice: «El hombre le puso por nombre Eva a su mujer, porque ella era la madre de todos los vivientes».
Eva. Havah en hebreo. «Vida» o «viviente».
Adán nombró a la mujer conforme a su llamado, a su capacidad y a su propósito, a pesar del pecado. A pesar de que la muerte ahora estaba en el mundo y a pesar del dolor —físico y emocional— que ella experimentaría al dar vida y nutrirla.
Adán creyó la promesa de Dios. Creyó que la vida continuaría y que a través de esta mujer —la portadora de vida— el plan redentor de Dios se desplegaría.
Toda persona que ha existido vino a través de Eva. Y finalmente, de su descendencia vendría Aquel que trae vida espiritual a todos los que creen.
Desde el principio, la maternidad fue mucho más que biología. Siempre se trató del plan redentor de Dios: extender Su familia mediante fruto espiritual.
Los padres tienen hijos biológicos. ¿Pero qué ocurre después? Crían a esos hijos en la disciplina e instrucción del Señor. Esos hijos crecen amando a Cristo, luego tienen sus propios hijos y hacen lo mismo. Y así la fe se transmite de generación en generación.
La reproducción física sirviendo a la reproducción espiritual. Ese siempre fue el diseño.
Así que, si eres mamá y estás criando hijos, escucha esto: estás haciendo una obra profundamente importante. No permitas que nadie te convenza de lo contrario. No dejes que la cultura te diga que estás desperdiciando tu potencial.
Cuando lees historias bíblicas antes de dormir, cuando les enseñas a amar al necesitado —a través de comidas compartidas, puertas abiertas y actos de bondad—, cuando modelas fidelidad con las decisiones diarias, cuando les enseñas a amar a Jesús más que la comodidad o el éxito, no estás «simplemente» criando hijos. Estás haciendo discípulos. Estás expandiendo el reino de Dios. Tus hijos biológicos son tu primer campo misionero. Sí, los cuidas físicamente, pero aún más importante: los nutres espiritualmente.
Y la maternidad espiritual es la prioridad de Dios.
Eso significa que este llamado no está limitado a las madres biológicas. Nunca lo ha estado. Porque el objetivo jamás fue solo tener bebés físicos; siempre fue dar fruto espiritual.
En 1 Tesalonicenses 2:7, Pablo describe la manera en que trataba a los creyentes nuevos, diciendo que fue tierno con ellos «como una madre que cría con ternura a sus propios hijos».
Pablo —un hombre— usa lenguaje maternal. ¿Por qué? Porque traer personas a la familia de Dios y ayudarlas a crecer hacia la madurez es maternidad espiritual.
Y Tito 2 nos muestra el patrón. Mujeres mayores enseñando a mujeres más jóvenes. Madres espirituales invirtiendo en hijas espirituales. La fe siendo transmitida no solo a través de líneas biológicas, sino también mediante relaciones intencionales de discipulado.
Ese también es tu llamado.
Y aquí hay algo hermoso: siempre eres mayor y menor que alguien al mismo tiempo. Siempre estás en una posición donde puedes recibir de quienes van delante de ti y derramar en quienes vienen detrás.
Algunas mujeres ejercen una maternidad tanto biológica como espiritual; otras, solo espiritual. Pero el llamado es el mismo. El corazón es el mismo. Y la obra eterna también lo es.
Entonces, ¿qué significa nutrir? ¿Recuerdas ese instinto de preparar un nido? Ese impulso de crear un lugar seguro donde la vida pueda florecer. Ahí comienza el cuidado y la nutrición de la vida. Pero no termina cuando el bebé nace. Nutrir es la labor continua de crear ambientes favorables para el crecimiento.
Si lo reducimos a lo esencial, nutrir significa prestar atención a lo que se necesita para que la vida crezca y florezca.
A veces se ve de maneras muy prácticas. Una comida llevada a alguien que está abrumado. Cuidar a los hijos de una amiga para que pueda respirar un poco. Llevar café a una compañera agotada. Ofrecer una caja de pañuelos cuando el mundo de alguien parece derrumbarse.
Otras veces tiene que ver con el ambiente que creas. Enciendes una vela, recoges los abrigos y los zapatos tirados, colocas una planta, una manta tejida a mano, algo de belleza… todo con la intención de traer calma en medio del caos y crear hogar. Tu sala —o tu oficina, o tu rincón en la iglesia— se convierte en un lugar donde las personas finalmente pueden bajar la guardia, descargar sus cargas y conectar. Un lugar donde estás verdaderamente presente… donde la honestidad es bienvenida en lugar del típico «estoy bien».
Y muchas veces, nutrir es profundamente espiritual. Oras con alguien que siente que se está desmoronando. Abres las Escrituras cuando no sabe hacia dónde acudir. Le recuerdas a Jesús cuando la ansiedad amenaza con dominarlo todo. Caminas junto a esa persona en la vida cotidiana, mostrándole cómo seguir a Cristo. Pedro lo expresa así en 1 Pedro 2:2, cuando dice que los nuevos creyentes necesitan «la leche pura de la Palabra» para crecer espiritualmente. Eso es lo que hacen las madres espirituales: alimentan, cuidan y ayudan a creyentes inmaduros a crecer hacia la fe.
En cualquiera de sus formas, nutrir siempre comunica lo mismo: «Te veo. Eres importante. Y estoy invirtiendo en la obra que Dios está haciendo en tu vida».
Piensa en una jardinera cuidando plantas de tomate. Ella no puede producir el fruto por sí sola. No puede obligar a la planta a dar fruto según su propio horario. Pero sí puede preparar buena tierra, proveer agua, asegurarse de que haya suficiente luz y proteger las plantas de las plagas. Ella cultiva el ambiente adecuado para dar a la planta la mejor oportunidad de crecer.
Ese es tu trabajo como madre espiritual. Crear ambientes donde la vida pueda florecer.
Pienso en las madres espirituales que impactaron mi vida.
June Kerr era la secretaria de la iglesia. Yo tenía diez, quizá doce años, cuando me invitó a ayudarla a preparar el boletín de la iglesia. Todavía puedo recordar el olor de aquella vieja máquina mimeógrafa, la tinta azul, la manivela que había que girar a mano. Ella me pedía recoger información, buscar citas y versículos, encontrar ilustraciones y copiarlas sobre las plantillas originales. Eran tareas pequeñas. Nada glamoroso.
Pero June vio algo en mí. Un día me pidió que dejara lo que estaba haciendo y la mirara a los ojos. «Mary, necesito decirte algo», y luego dijo: «No permitas que las personas te desanimen de seguir el camino al que Dios te está llamando. Siempre habrá críticas. Siempre. Mantén tu corazón enfocado, no en esas voces, sino en la voz de Dios».
Una secretaria de iglesia, una máquina mimeógrafa y una niña de diez años con las manos manchadas de tinta azul.
Cuando tenía alrededor de quince años, Pearl Purdie solía invitarme a su casa para jugar un juego de mesa (que en inglés se llama shuffleboard) y tomar el té. Ella era una mujer mayor, pequeña, muy inglesa y muy elegante, que se había mudado a Canadá, y yo la sobrepasaba en altura. Usaba unos lentes gruesos que hacían que uno de sus ojos pareciera más grande que el otro. Siempre llevaba vestido y siempre zapatos al estilo Mary Jane. Cuando bajábamos al sótano para jugar, me ofrecía unas pantuflas tejidas para el piso frío. A ella le quedaban perfectas, pero a mí me quedaban dos tallas más pequeñas.
Preparaba el té correctamente a la manera británica. Calentaba primero la tetera de porcelana con agua caliente. Usaba té de hojas sueltas, medido cucharada por cucharada: una por persona y «una más para la tetera». Agua recién hervida y una bolsa para mantener el calor mientras el té reposaba. Tazas delicadas de porcelana con flores. Galletas de mantequilla al lado. Y luego, cada vez me vencía en el shuffleboard… con unas manos que comenzaban a deformarse por la edad.
Hablábamos de la vida. Nada formal. Sin agenda. Solo una mujer mayor y una joven compartiendo una tarde. Pearl no dijo nada que yo pueda señalar como una lección específica. Lo que me dio fue más difícil de describir. Era el espíritu de una mujer que confiaba completamente en Dios: de manera silenciosa, firme e inquebrantable. Y de alguna manera, sentada en aquel sótano frío, usando unas pantuflas demasiado pequeñas y perdiendo en el shuffleboard, absorbí todo eso.
Diane North era una mujer soltera y profesional, una de las patrocinadoras adultas del club cristiano de secundaria que yo dirigía. Me ayudaba a mezclar pintura en polvo de colores para los enormes carteles que colgábamos en las paredes de la escuela para anunciar eventos. Mientras pintábamos, me hacía preguntas difíciles, de esas que te obligan a pensar. Me hizo leer un libro de Josh McDowell sobre apologética cristiana para que supiera qué creía y por qué lo creía. Diane fue mi primera verdadera mentora.
Y luego estaba Ann Gill, cuyos hijos ya eran adultos cuando yo estaba en plena etapa de criar a los míos. A veces aparecía en mi casa con un pastel de manzana hecho por ella misma. Pero era mucho más que un pastel. Ann siempre preguntaba cómo iban las cosas… cómo iban realmente. Y siempre oraba allí mismo, donde estuviéramos. Ella me veía y se hacía presente con oraciones y pastel.
Cuatro mujeres. Cuatro expresiones completamente distintas del mismo instinto.
Y puede verse de mil maneras más: un mensaje con un versículo, una comida acompañada de oración, una pregunta difícil hecha en el momento correcto, una oración ofrecida ahí mismo. Actos pequeños, pero que despiertan vida y la nutren.
Dios ve cada uno de ellos. El Salmo 113:9 promete: «Hace habitar en familia a la estéril, gozosa de ser madre de hijos». Tengas hijos biológicos o no, tu llamado maternal es real. Viene de Dios, y cuando lo vives, produce fruto.
Ahora déjame ser honesta acerca de algo. Este tipo de maternidad —la maternidad espiritual— cuesta.
¿Recuerdas al pato eider del que hablamos al principio? Ella no solo busca materiales suaves para su nido. Arranca el plumón más suave de su propio pecho, cerca de su corazón. Da de sí misma.
La loba deja parte de su propio pelaje para cubrir la guarida. La coneja arranca pelo de su vientre para dar calor a sus crías.
Ese es el patrón. Nutrir siempre cuesta algo de ti misma:
- Cuesta tiempo. No puedes nutrir desde lejos. Tienes que estar presente, disponible y dispuesta a interrumpir tus planes.
- Cuesta energía. Especialmente energía emocional. Cargar con las luchas de otros. Celebrar sus victorias. Llorar sus pérdidas. Perseverar en oración en medio de sus dificultades.
- Cuesta espacio. Tu tranquilidad, tus recursos y tu comodidad.
La cultura dice que eso es una locura. «Protege tus límites». «Cuida tu energía». «Haz del autocuidado tu prioridad». «No puedes servir a otros desde una copa vacía».
Y escucha, hay sabiduría en descansar. No eres infinita. No eres Dios.
Pero aquí está lo que la cultura no entiende: la vida más plena se encuentra al derramarnos por otros. El gozo viene a través del sacrificio.
Jesús lo dijo en Mateo 16:25: «Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por causa de Mí, la hallará».
Cuando nutres a otros —cuando inviertes en su crecimiento, cuando creas ambientes donde puedan florecer espiritualmente— estás viviendo tu llamado como mujer. Y descubrirás, como tantas mujeres lo han hecho antes, que aunque cuesta, derramar tu vida por tus hijos —biológicos y espirituales— es una de las cosas más significativas y satisfactorias que puedes hacer.
Así que aquí es donde terminamos. Fuiste creada para dar vida y nutrirla no solo biológicamente —aunque para muchas eso forma parte del llamado— sino espiritualmente. Eternamente.
Fuiste creada para ver el potencial en las personas y ayudarlo a florecer. Para crear espacios —físicos, emocionales y espirituales— donde la vida prospere. Para invertir en el crecimiento de otros. Para extender la familia de Dios a través de una fidelidad sencilla y cotidiana.
Esa capacidad está en ti, tengas dieciocho u ochenta años, tengas una casa llena de hijos o vivas sola, estés casada o soltera; está entretejida en tu diseño femenino.
Así que abrázala. No permitas que la cultura te convenza de que cuidar profundamente es debilidad. No dejes que el mundo minimice tus instintos de nutrir y cuidar. No creas la mentira de que las relaciones importan menos que los logros o el éxito profesional.
Dios puso en ti una capacidad maternal con propósito. Refleja Su propio corazón: el Dios que nos hace nacer de nuevo y nos nutre pacientemente hacia la madurez.
Fuiste creada para esto. Así que vívelo allí donde estás, con los recursos que tienes y con las personas que Dios ponga en tu camino. Porque cuando lo haces, estás viviendo tu llamado como mujer. Estás extendiendo el reino de Dios. Estás reflejando Su carácter que da vida y nutre a otros en un mundo desesperado por verlo.
Y eso no es una tarea pequeña. Es una obra eterna. Y no hay nada más significativo que puedas hacer.
Débora: Gracias, Mary.
Qué hermosa verdad: Dios te diseñó con la capacidad de dar vida y nutrirla. No solo biológicamente, sino también espiritualmente. Extendiendo la familia de Dios a través de una fidelidad sencilla y cotidiana. Tengas dieciocho u ochenta años, tengas hijos o no, este llamado está entretejido en tu diseño femenino. ¡Wow!
Si lo que escuchaste hoy resonó en tu corazón, nos encantaría enviarte el folleto de Mary titulado «¿Qué es una mujer?». Este recurso profundiza mucho más en todo lo que estamos explorando en esta serie e incluye preguntas para reflexión personal y discusión en grupo. Es nuestro regalo para ti cuando apoyas a Aviva Nuestros Corazones con tu donación. Puedes solicitar tu copia visitando AvivaNuestrosCorazones.com
En el episodio de mañana, Mary explorará lo que significa dar testimonio de la historia de Jesús y cómo tu feminidad misma refleja el evangelio ante un mundo que observa. Descubrirás que tu vida cuenta una historia, y es la historia más importante del universo.
Acompáñanos mañana para concluir esta serie junto a Mary en Aviva Nuestros Corazones.
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Todas las Escrituras son tomadas de La Nueva Biblia de las Américas, a menos que se indique lo contrario.
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