Débora de Rivera: La manera en que vivimos, nos relacionamos y abrazamos el diseño de Dios para nosotras puede señalar a otros hacia Cristo. Mary Kassian nos recuerda que nuestra feminidad tiene un propósito mucho más grande de lo que imaginamos.
Mary Kassian: Tu cuerpo comunica algo. Tu vida comunica algo. Tu feminidad comunica algo. La pregunta no es si estás dando testimonio. La pregunta es: ¿de qué estás dando testimonio? O haces que el evangelio se vea con mayor claridad, o haces que sea más difícil verlo. No existe un terreno neutral.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy. 31 de julio de 2026.
En esta serie nos propusimos responder la pregunta que el mundo teme contestar: ¿Qué es una mujer? Hoy, Mary Kassian llega al final de esta serie… y ha dejado lo mejor …
Débora de Rivera: La manera en que vivimos, nos relacionamos y abrazamos el diseño de Dios para nosotras puede señalar a otros hacia Cristo. Mary Kassian nos recuerda que nuestra feminidad tiene un propósito mucho más grande de lo que imaginamos.
Mary Kassian: Tu cuerpo comunica algo. Tu vida comunica algo. Tu feminidad comunica algo. La pregunta no es si estás dando testimonio. La pregunta es: ¿de qué estás dando testimonio? O haces que el evangelio se vea con mayor claridad, o haces que sea más difícil verlo. No existe un terreno neutral.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. Hoy. 31 de julio de 2026.
En esta serie nos propusimos responder la pregunta que el mundo teme contestar: ¿Qué es una mujer? Hoy, Mary Kassian llega al final de esta serie… y ha dejado lo mejor para el final.
Porque resulta que tu feminidad no se trata solamente de ti. Nunca se trató de eso. Se trata de dar testimonio de la historia más gloriosa jamás contada. Aquí está Mary para mostrarte por qué tu misma existencia como mujer proclama el evangelio.
Mary: Cuando era niña, mi hermano me enseñó un truco. Tomaba un limón, exprimía un poco de jugo en un recipiente, mojaba un palillo y escribía un mensaje secreto sobre una hoja de papel. Después de secarse, parecía que no había nada escrito. Pero si acercabas el papel al calor de una bombilla —no de las de ahora, sino de las antiguas—, las letras comenzaban a oscurecerse lentamente hasta hacerse totalmente visibles, marrones e inconfundibles.
Me fascinaba. Les escribía mensajes a mis amigas, como por ejemplo: «Casita del árbol: 4:00 p. m.», o dibujaba mapas hacia nuestro escondite junto al arroyo. El mensaje siempre había estado allí, escrito sobre el papel. Solo hacía falta calor para revelarlo.
Esos mensajes me recuerdan lo que Pablo dice en Romanos 1:19–20:
«Pero lo que se conoce acerca de Dios es evidente dentro de ellos, pues Dios se lo hizo evidente. Porque desde la creación del mundo, Sus atributos invisibles, Su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado».
Es el principio del jugo de limón. Los atributos de Dios —Su poder eterno y Su naturaleza divina— son invisibles, como ese mensaje escrito en el papel. Pero cuando los acercas a la creación, la creación actúa como aquella bombilla. El calor y la luz de lo que Dios hizo revelan el mensaje. Y entonces se vuelve imposible ignorarlo. Es claro, evidente e inconfundible.
Las montañas proclaman Su majestad. Los océanos anuncian Su poder. Los atardeceres susurran Su creatividad.
¿Y tú? Tú, mujer, que junto al hombre eres la cúspide misma de la creación, revelas verdades acerca de Dios que nada más en toda la creación puede mostrar.
Una vez que lo ves, ya no puedes dejar de verlo. Cuando finalmente todo «encaja» en tu corazón —como ocurrió conmigo— cambia la manera en que entiendes todo: tu cuerpo, tus relaciones, tu sexualidad, tu propósito, tu misma existencia como mujer.
Comenzamos esta serie con una pregunta sencilla: «¿Qué es una mujer?», una pregunta que el mundo parece aterrorizado de responder. Y a lo largo de este tiempo juntas, hemos ido desarrollando una definición que oro que haya transformado la manera en que te ves a ti misma, tu propósito y tu llamado.
Hoy llegamos a la última parte de esa definición. Y, en muchos sentidos, es la más importante, porque responde la pregunta definitiva: ¿por qué importa todo esto?
Como portadoras de la imagen de Dios, fuimos creadas para reflejar la historia de Cristo y glorificar a Dios.
Pablo lo expresa así en 1 Corintios 10:31: «Entonces, ya sea que coman, que beban o que hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios». Todo. Lo cotidiano y lo extraordinario, lo sencillo y lo majestuoso, todo puede —y debe— traer gloria a Dios.
Y específicamente —escucha esto— como mujer, fuiste diseñada para glorificar a Dios de una manera única y femenina. Tu feminidad no es algo incidental para la gloria de Dios, sino que es parte esencial de ella.
Entonces, ¿qué historia cuenta tu feminidad? Cuenta la historia más gloriosa jamás contada: el evangelio, las buenas noticias de Jesucristo.
Piensa en la trama de esa historia. Antes de la fundación del mundo, Dios deseaba una familia, personas portadoras de Su imagen, capaces de conocerle profundamente, amarle libremente y experimentar Su gloria de primera mano. Pero Él también sabía la tragedia que vendría: el pecado irrumpiría en el mundo y rompería esa intimidad. Así que Dios puso en marcha un plan de rescate que requeriría el sacrificio supremo.
El Hijo de Dios dejaría el cielo, tomaría forma humana, caminaría nuestros caminos, sentiría nuestro dolor, viviría la vida perfecta que nosotros no podíamos vivir y luego moriría la muerte que merecíamos, pagando completamente el precio de nuestra rebelión. Y tres días después saldría victorioso de la tumba, venciendo a la muerte misma, y a través de todo esto, ganaría una Novia, pero no por obligación, sino por amor; comprada con Su propia sangre y amada con un amor eterno.
Pero aquí está la parte que más me conmueve: esto no fue un plan alternativo. Siempre fue el plan. Incluso en aquel momento cuando Dios creó a la mujer del costado del hombre, Él ya estaba preparando el escenario antes del pecado, antes de la caída, antes de que algo saliera mal. La historia ya estaba en marcha. Hombre y mujer, diseñados desde el principio para reflejar la historia de Cristo y Su Novia.
Cuando Dios creó al hombre y a la mujer, no solo estaba creando personas; estaba grabando la historia del evangelio en el diseño humano. La relación que puedes ver con tus ojos apunta a una realidad espiritual que no puedes ver.
¿Recuerdas Efesios 5? Pablo describe el diseño de Dios para el matrimonio: esposos y esposas, y la manera en que deben relacionarse entre sí. Y luego llega a esta declaración impactante en el versículo 32: «Grande es este misterio, pero hablo con referencia a Cristo y a la iglesia».
Misterio. Mysterion. En el griego original, esa palabra se refiere a algo que estuvo oculto, pero que ahora ha sido revelado.
A lo largo del Antiguo Testamento había señales de eso. En Isaías 54, Dios declara: «Tu esposo es tu Hacedor». El Cantar de los Cantares es poesía de amor que retrata el amor apasionado de Dios por Su pueblo. Y luego está Oseas: Dios le ordena casarse con una prostituta que lo traicionaría, representando en carne y hueso el dolor que Dios sentía por la infidelidad espiritual de Israel. La imagen del matrimonio atraviesa toda la historia bíblica como un hilo conductor.
Pero hasta la venida de Cristo, el cuadro completo no podía verse con claridad: el Novio dejando el cielo, viniendo en busca de Su Novia, entregando Su vida por ella y preparándola para las bodas que vendrán. De eso se ha tratado el matrimonio desde el principio.
Pablo dice que este misterio es inmenso, como si mil bombillas se encendieran al mismo tiempo: desde el principio de la historia, el hombre, la mujer, la sexualidad y el pacto del matrimonio siempre han apuntado a la historia del evangelio.
El matrimonio fue diseñado para pintar esta realidad con los colores más intensos: el esposo y la esposa como un retrato viviente de Cristo y la Iglesia. Cuando el libro de la historia comienza: un hombre, una mujer, un matrimonio. Y cuando el libro de la historia termina: un Hombre, una Mujer y un Matrimonio: Jesucristo, Su Novia y las bodas del Cordero. La historia terrenal anticipa la historia celestial. Lo temporal apunta a lo eterno.
Escucha esto —ya lo he dicho antes y lo repetiré otra vez—: no necesitas un anillo de bodas para participar en esta historia. Soltera o casada, tengas diecisiete o setenta años; tengas una vida aparentemente perfecta o una vida hecha pedazos.
Dios te llama —sí, a ti —a volver tu corazón hacia Jesús y descubrir tu identidad como Su preciosa Novia.
Y aquí hay una verdad que quizá te sorprenda: toda mujer da testimonio del evangelio. Algunas de manera fiel, y otras de manera distorsionada. Pero, inevitablemente, todas lo hacen.
Tu cuerpo comunica algo. Tu vida comunica algo. Tu feminidad comunica algo. La pregunta no es si estás dando testimonio. La pregunta es: ¿de qué estás dando testimonio? O haces que el evangelio se vea con mayor claridad, o haces que sea más difícil verlo. No existe un terreno neutral.
Por eso el enemigo trabaja incansablemente atacando el diseño de hombre y mujer. Satanás no puede anular el poder de la historia, pero sí intenta distorsionar la imagen, confundir el mensaje y dificultar que las personas vean el plan redentor de Dios.
Si hay algo que deseo que recuerdes de este tiempo juntas, que sea esto: tu feminidad importa. Lo que eres como mujer está inseparablemente unido a la gran historia cósmica: el mensaje de Dios grabado en carne y hueso, escrito en el mismo tejido de la creación.
He escuchado cientos de testimonios de mujeres cuyas vidas fueron transformadas cuando finalmente todo eso hizo «clic».
Como Jenny, que pasó años en prisión por drogas y crímenes violentos. El abuso sexual en su infancia la quebró desde muy pequeña. Odiaba a los hombres, pero al mismo tiempo estaba atrapada en la inmoralidad sexual. El crimen parecía la única manera de sobrevivir. Pero tras las rejas conoció a Cristo y abrazó su identidad como Su Novia, amada, deseada, buscada por un Novio que jamás la usaría ni le haría daño. Jesús la libertó de su quebranto sexual, de la dureza de su corazón y de toda su rabia.
O Lauren, una bailarina exótica cuya autoestima estaba destruida. Detestaba lo que veía en el espejo, pero no sabía cómo escapar de esa vida… hasta que un evangelista callejero le habló de Cristo y, de repente, todo cambió. Ella era hija de Dios, la Novia de Cristo, valiosa más allá de toda medida.
Su cuerpo no era una mercancía; era un regalo de Dios, diseñado para reflejar Su historia. El evangelio no solo limpió su pasado; le dio una identidad completamente nueva.
O Pat, que durante décadas abrazó una identidad lesbiana. Había rechazado todo lo relacionado con la feminidad, construyendo toda su identidad alrededor de no ser «ese tipo de mujer». Pero cuando tuvo un verdadero encuentro con Cristo, todo lo que creía saber acerca de sí misma comenzó a derrumbarse. No fue fácil. No fue sin costo. Pero mientras el evangelio echaba raíces en su corazón, comenzó a abrazar el diseño que había resistido durante años y descubrió una plenitud que jamás había conocido.
Y luego está Ashley, una abogada exitosa a punto de convertirse en socia de su firma, mientras su matrimonio se desmoronaba y sus hijos apenas la conocían. Éxito por fuera, devastación en casa. Hasta que, agotada y desesperada, escuchó acerca del diseño de Dios para la feminidad y entonces todo hizo «clic». Tomó decisiones difíciles, dio un paso atrás y reorganizó sus prioridades, y descubrió que el éxito sin alinearse al diseño de Dios es simplemente otra forma de fracaso.
Historias diferentes, luchas diferentes, puntos de partida diferentes, pero la misma transformación. El mismo momento en que todo cobró sentido, el mismo descubrimiento: que lo que Dios las creó para ser como mujeres sí importaba; que su feminidad no era algo secundario. Era esencial dentro de la historia de Dios.
La feminidad fue creada para dar testimonio de la historia de Cristo y de la gloria de Dios.
Hace años visité el Gran Cañón por primera vez. Claro, había visto fotografías. Todas las hemos visto, pero nada —y quiero decir nada— me preparó para estar al borde y contemplarlo con mis propios ojos.
La inmensidad, las capas de roca, el juego de luces y sombras mientras el sol se movía sobre el cañón; los colores —rojizos, ocres y carmesí— cambiando con cada nube que pasaba. Me quedé sin palabras. Asombrada. ¿Qué puedes decir cuando estás frente a algo tan magnífico, tan mucho más grande que cualquier cosa que pudieras crear o siquiera imaginar?
Todo lo que podía pensar era: «Esto me revela algo acerca de Aquel que lo creó».
Escucha cómo lo expresa el salmista: «Los cielos proclaman la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de Sus manos» (Salmo 19:1). Los cielos proclaman. El firmamento anuncia. La creación no permanece en silencio, está gritando. Cada estrella, cada galaxia, cada rincón del universo anuncia algo acerca de su Creador.
Eso es gloria: cuando algo revela la grandeza, la belleza y la majestad de quien lo hizo; cuando lo que puedes ver dirige tu mirada hacia Alguien mucho más grande que no puedes ver.
Si las rocas y los ríos pueden hacer eso —si paisajes formados por el viento y el agua pueden señalar el poder y la creatividad de Dios—, ¿cuánto más deberíamos hacerlo nosotras? No somos rocas, no somos ríos, no somos montañas, cañones ni estrellas dispersas en el cielo nocturno. Los seres humanos fuimos creados para reflejar la gloria de Dios de una manera mucho más íntima y profunda.
Dios lo declara a través del profeta Isaías:
«Trae a Mis hijos desde lejos y a Mis hijas desde los confines de la tierra, a todo el que es llamado por Mi nombre y a quien he creado para Mi gloria» (Isaías 43:6–7).
¿Lo notaste? Dios creó específicamente hijos e hijas, hombre y mujer, masculinidad y feminidad, para Su gloria. No como algo secundario ni accidentalmente. La distinción entre hombre y mujer no es incidental; está entretejida en la misma estructura de la creación. Cuando Dios creó a la humanidad como hombre y mujer, estaba haciendo algo intencional: creando dos expresiones distintas de Su imagen. Y juntas revelan algo que ninguna podría revelar por sí sola.
Y la pregunta para ti y para mí, como mujeres, es esta: ¿Estoy reflejando fielmente la historia que Dios me creó para contar? ¿Con mi cuerpo? ¿Con mi identidad? ¿Con mi manera de vivir? ¿Con mi actitud hacia los hombres? ¿Hacia los hijos? ¿Con lo que persigo, valoro y atesoro?
Tu espíritu apacible y receptivo cuenta la historia. Primera de Pedro 3:4 lo llama: «el adorno incorruptible de un espíritu tierno y sereno, lo cual es precioso delante de Dios». Cuando Jesús llama, la Iglesia responde. Cuando Él guía, ella le sigue. Tu disposición puede reflejar la hermosa actitud del corazón de la Novia de Cristo.
Tu naturaleza relacional cuenta la historia. Ese profundo anhelo de conexión refleja el anhelo humano de comunión con Cristo. Y tu sexualidad también cuenta la historia. No existe unión con Cristo fuera de una relación de pacto con Él. Cuando guardas tu sexualidad y reservas la intimidad física para el matrimonio, proclamas una verdad del evangelio: la unión requiere pacto.
Dar vida y nutrirla también cuenta la historia. Cuando Cristo y Su Iglesia se unen, personas nacen de nuevo. Tu diseño maternal no es biología incidental, es proclamación del evangelio. Y puedes participar en esta obra, tengas hijos biológicos o no.
Tu actitud hacia los hombres también cuenta la historia. Cuando ves a los hombres como compañeros y portadores de la imagen de Dios —cuando honras el diseño que Dios les dio en lugar de resentirlo— reflejas algo de lo que vemos en Efesios 5: una imagen viva de Cristo y Su Novia. Algo hermoso, algo que el mundo no puede fabricar, pero que fue creado para anhelar.
Así que esta es mi invitación para ti: ¿dirás que sí?
- ¿Sí a ser apacible en un mundo endurecido?
- ¿Sí a cultivar relaciones en una cultura centrada en sí misma?
- ¿Sí a crear hogar en una sociedad que lo menosprecia?
- ¿Sí a recibir y responder en un mundo que exige controlar y competir?
- ¿Sí a nutrir vida mientras la cultura idolatra la autonomía?
- ¿Sí a ser ayuda idónea cuando el feminismo lo considera degradante?
- ¿Sí al diseño de Dios para el sexo y el matrimonio cuando otros se burlan de ello?
- ¿Sí a reflejar el evangelio, aun cuando te cueste?
- ¿Confiarás en que el diseño de Dios es bueno? ¿En que Sus caminos conducen al verdadero florecimiento?
Esto no significa que lo vivirás perfectamente. No lo harás. Eres una pecadora salvada por gracia, y la santificación es un proceso. Habrá días en que serás dura en lugar de apacible, centrada en ti misma en lugar de pensar en otros, resistente en lugar de receptiva. Fallarás. Necesitarás arrepentirte. Necesitarás gracia sobre gracia. Todas la necesitamos.
Pero, por medio del Espíritu de Dios obrando en ti, puedes crecer. Puedes llegar a ser cada vez más la mujer que Él te creó para ser. Y mientras eso ocurre, sucede algo hermoso: no solo glorificas a Dios, también comienzas a encontrarte a ti misma. La verdadera tú. La mujer que Dios imaginó desde antes de la fundación del mundo.
- S. Lewis lo expresó así:
«Cuanto más dejamos que Dios tome control de nosotros, más verdaderamente nosotros mismos llegamos a ser, porque Él fue quien nos creó».
Aquí está la paradoja: experimentas el gozo más profundo cuando dejas de vivir para ti misma. Encuentras tu verdadera identidad cuando dejas de intentar crearla por tu cuenta. Descubres tu propósito más pleno cuando te rindes a Su diseño.
Y comienza con cosas pequeñas. Comienza justo donde estás.
Tal vez se vea así:
- Suavizar tu tono cuando quisieras herir con tus palabras.
- Negarte a repetir la amargura que el mundo promueve.
- Reconocer la imagen de Dios en cada hombre.
- Recordar una y otra vez la historia del evangelio.
Tal vez se vea así:
- Traer calma al caos cuando quisieras rendirte.
- Atender una necesidad cuando preferirías descansar.
- Detenerte para prestar atención y cuidar.
- Recordar la historia que jamás terminará.
O quizás así:
- Hacer del hogar algo valioso cuando el mundo siempre quiere más.
- Recibir a los hijos cuando la cultura mide el valor de otra manera.
- Atesorar el matrimonio cuando el amor parece enfriarse.
- Recordar la historia que nunca envejece.
Pero, en última instancia, se ve así:
- Abrazar tu llamado a ayudar en lugar de competir.
- Negarte a ceder, conformarte o retroceder.
- Nadar contra la corriente cuando el mundo te dice: «Solo déjate llevar».
- Susurrar: «Sí, Señor», cuando el mundo dice: «No».
No cambiarás de un día para otro. Pero puedes dar un paso, y luego otro, y luego otro más.
Cuando las mujeres comienzan a vivir el diseño de Dios, algo cambia. No solo en ellas, sino también en quienes las rodean. Los matrimonios comienzan a sanar. Los hijos florecen. Los lugares de trabajo se vuelven más humanos y compasivos. Las iglesias cobran vida. Las comunidades son transformadas.
Porque cuando vives como la mujer que Dios te creó para ser, no solo estás cambiando tu propia vida. Estás reflejando el evangelio. Estás haciendo visible al Dios invisible. Estás mostrando al mundo cómo luce una vida que le dice sí a su Creador.
Permíteme regresar una última vez a la definición que hemos explorado juntas:
«Una mujer es la obra maestra viviente de Dios, creada a Su imagen, diseñada intencionalmente como mujer, formada con delicadeza y belleza relacional, para recibir y responder, dar vida y nutrirla, reflejando la historia de Cristo y la gloria de Dios».
Eso es lo que eres. Eso es lo que Dios te creó para ser. No algún día, no cuando tengas todas las respuestas, no cuando tus circunstancias cambien, sino ahora mismo. Hoy.
El mundo está mirando. Y necesita desesperadamente ver mujeres verdaderas: mujeres que sepan quiénes son, no porque ellas mismas se hayan definido, sino porque han afirmado su identidad en Aquel que las creó. Mujeres que han descubierto que el diseño de Dios no restringe, sino que libera. No degrada, sino que dignifica. No limita, sino que da vida.
Piensa nuevamente en aquel mensaje escrito con jugo de limón. El diseño de Dios para la feminidad fue escrito en tu propio ser. Y cuando la Escritura ilumina tu vida —cuando abrazas lo que Dios te creó para ser— lo invisible se vuelve visible y el mensaje comienza a verse con claridad.
Sé la mujer que Dios te creó para ser. Refleja Su gloria. Cuenta Su historia. Hace visible el evangelio a través del regalo de tu feminidad.
Nuestro mundo necesita mujeres lo suficientemente valientes como para responder la pregunta que todos temen responder.
¿Serás una de ellas?
Débora: Gracias, Mary.
Qué recorrido tan hermoso hemos vivido juntas. Comenzamos con una pregunta sencilla y terminamos descubriendo algo impresionante: tu feminidad es el mensaje de Dios escrito en carne y hueso, grabado en el mismo tejido de la creación. No eres simplemente una mujer. Eres un testimonio viviente de la historia de Jesús y de la gloria de Dios.
Si esta serie despertó algo en tu corazón, nos encantaría enviarte el folleto titulado «¿Qué es una mujer?», escrito por Mary Kassian. En él podrás profundizar mucho más en todo lo que hablamos en esta serie. Este recurso también incluye preguntas para reflexión personal y discusión en grupo. Para más información, visítanos en AvivaNuestrosCorazones.com
Querida oyente, gracias por acompañarnos en esta serie de Aviva Nuestros Corazones.
El próximo lunes daremos inicio a una nueva serie titulada «Refugio en la tormenta: Encuentra seguridad y fortaleza en los brazos de Dios», basada en el salmo 57. Te esperamos para seguir aprendiendo juntas aquí, en Aviva Nuestros Corazones.
Ayudándote a descubrir y abrazar el diseño de Dios para tu vida, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.
Todas las Escrituras son tomadas de La Nueva Biblia de las Américas, a menos que se indique lo contrario.
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