Débora: Antes de iniciar, quiero mencionarte que el episodio de hoy incluye dos breves menciones sobre el suicidio. Sabemos que este es un tema sensible para muchas personas, y estamos comprometidos a tratarlo desde una perspectiva bíblica. Solo queremos que lo sepas con anticipación, para que puedas proceder de la manera más adecuada para ti.
Aquí está Nancy DeMoss Wolgemuth.
Nancy DeMoss Wolgemuth: Cualquiera puede adorar a un dios que hace que todo salga como se espera. Cuando el sol brilla, hay dinero en el banco, el esposo ama con locura a su esposa, los hijos obedecen y todo marcha bien. Pero la prueba de nuestra adoración, la prueba de nuestra fe, la prueba de nuestra rendición, la prueba de nuestro corazón, llega cuando Dios nos quita algunas de estas cosas. Entonces descubrimos si somos simplemente «amantes asalariadas» de Dios o si lo amamos por quien Él …
Débora: Antes de iniciar, quiero mencionarte que el episodio de hoy incluye dos breves menciones sobre el suicidio. Sabemos que este es un tema sensible para muchas personas, y estamos comprometidos a tratarlo desde una perspectiva bíblica. Solo queremos que lo sepas con anticipación, para que puedas proceder de la manera más adecuada para ti.
Aquí está Nancy DeMoss Wolgemuth.
Nancy DeMoss Wolgemuth: Cualquiera puede adorar a un dios que hace que todo salga como se espera. Cuando el sol brilla, hay dinero en el banco, el esposo ama con locura a su esposa, los hijos obedecen y todo marcha bien. Pero la prueba de nuestra adoración, la prueba de nuestra fe, la prueba de nuestra rendición, la prueba de nuestro corazón, llega cuando Dios nos quita algunas de estas cosas. Entonces descubrimos si somos simplemente «amantes asalariadas» de Dios o si lo amamos por quien Él es.
Débora: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones, con Nancy DeMoss Wolgemuth, autora de «Rendición», en la voz de Patricia de Saladín. Hoy, 3 de agosto de 2026.
La mayoría de nosotras ya tenemos edad suficiente para recordar con claridad grandes tormentas. En el año 2005, el huracán Katrina causó 1,392 muertes y daños estimados en 125 mil millones de dólares.
Tal vez recuerdes el tsunami en Japón en 2011, que provocó una emergencia nuclear, o el huracán Helen en 2024, que avanzó con fuerza por Florida, Georgia, las Carolinas y Virginia.
Y parece que cada año vemos incendios forestales amenazar bosques, hogares y nuestra sensación de seguridad. Sin mencionar la devastación de las inundaciones repentinas, como la tragedia en Texas que cobró la vida de más de cien personas en el verano de 2025, muchas de ellas niñas inocentes que asistían a un campamento cristiano de verano.
Hoy Nancy comienza una serie titulada «Refugio en la tormenta», que trata sobre dónde encontrar consuelo cuando nos sentimos amenazadas.
Nancy: ¿Te das cuenta de que las tormentas físicas, por peligrosas y devastadoras que sean, son, en realidad, una imagen de la vida?
La vida tiene sus tormentas: no solo tormentas del clima, no solo tormentas físicas, sino otras tormentas que nos tocan de maneras que quizás no son tan dramáticas, pero pueden ser igual de devastadoras y difíciles. Y no se trata de si pasaremos por tormentas en la vida; se trata de cuándo.
De hecho, ¿cuántas de ustedes dirían que, en este punto de su vida, están atravesando algún tipo de tormenta? Puede ser una tormenta financiera, un problema físico o de salud, o una tormenta laboral en tu trabajo; un conflicto relacional, un asunto familiar o una situación en tu iglesia. Hay una o más tormentas que están caminando en este momento. Sé que probablemente algunas de ustedes tengan su mano levantada.
Y al resto que no levantó su mano les digo: «¡Prepárense!», porque la vida, tal como es, la mayor parte del tiempo estás o saliendo de una tormenta, o en medio de una tormenta, o (sin saberlo) preparándote para entrar en una tormenta. Así que lo que queremos hablar esta semana realmente nos concierne a todas.
Justo antes de grabar este episodio, una mujer me dijo: «Mi hija adulta está atravesando cinco o seis tormentas grandes en su vida ahora mismo». Una tras otra. Y pienso en el océano y en las olas que se levantan una tras otra. Crees que ya pasaste una y otra se te viene encima.
Pienso en una amiga cercana que perdió a su esposo siendo aún joven, y luego perdió a un hijo algunos años después. En ese mismo período también perdió a su madre y a su único hermano. Fue como una ola, tras otra, tras otra ola de tormentas.
También recuerdo a una mujer que algunas de ustedes conocen, y que no hace mucho tiempo perdió a su suegra. Luego ella misma (la mujer que ustedes conocen) enfrentó un cáncer de mama. Después, no hace mucho, su esposo murió en un accidente automovilístico de manera repentina. ¡Y una semana después, hasta donde recuerdo, su hermano murió de forma inesperada! Una ola tras otra, tormenta tras tormenta.
Ahora, las tormentas pueden ser de mayor o menor intensidad. Aquellas de nosotras que levantamos la mano para indicar que estamos pasando por algún tipo de tormenta, quizá nuestra tormenta no se compare con lo que ha vivido esa mujer. Pero cuando estás en medio de una tormenta, se siente grande; y es grande, porque es tu tormenta. Y es en ese momento cuando necesitamos saber cómo caminar a través de esas tormentas, cómo responder.
Hay un pasaje en las Escrituras que ha sido de gran ánimo para mí en algunas de mis tormentas y me gustaría examinarlo esta semana. Es el salmo 57. Si tienes tu Biblia contigo, por favor, acompáñame allí. Analizaremos este salmo versículo por versículo, y veremos algunas de las lecciones que David aprendió durante sus momentos de adversidad.
La nota introductoria al comienzo de este salmo dice que fue escrito cuando David huyó de Saúl y se encontraba en una cueva. Es una referencia que algunas de ustedes reconocerán, a un período que se relata en 1 Samuel, capítulos 22, 23 y 24. Allí vemos a David huyendo como un fugitivo del rey Saúl.
También recordarás que David había sido ungido por Dios para ser el próximo rey de Israel. Pero durante años parecía que las promesas de Dios nunca se cumplirían, porque había un ególatra llamado Saúl sentado en el trono, interponiéndose en el camino de David hacia el reinado.
Durante años, David y su grupo de seguidores tuvieron que vivir como fugitivos, habitando en cuevas, desiertos, montañas, en lugares apartados e incluso en países extranjeros; corriendo de un lugar a otro, tratando de escapar de la ira del rey Saúl, quien estaba consumido por los celos. Las personas celosas e inseguras se convierten en personas violentas, y Saúl era exactamente eso.
Así que David pasó años huyendo de la furia de este hombre, escapando de él y, en ocasiones, escondiéndose en cuevas para no ser encontrado por alguien que estaba decidido a matarlo.
Observa esto mientras pensamos en David huyendo de Saúl y escondiéndose en cuevas: ser piadosas no nos exime de atravesar tormentas. David era el hombre escogido por Dios. Había sido ungido por Dios. Hasta donde él sabía, caminaba con Dios, y aun así pasó por tormentas. Recuerda esto cuando atravieses tu propia tormenta.
Y esto no necesariamente quiere decir que Dios te está castigando. Puede que te esté corrigiendo o disciplinando, pero también puede que simplemente te esté refinando, madurando, purificándote y preparándote para el servicio que tiene para ti más adelante.
A medida que avancemos por el Salmo 57, veremos varias cosas que nos ayudarán a caminar a través de las tormentas de la vida. Lo primero que noto acerca de David en este pasaje es que es honesto respecto al hecho de que está atravesando una tormenta. Él no niega que está en medio de una tormenta, de una tempestad y que todo a su alrededor está agitado; que las circunstancias son difíciles.
En el versículo 1 dice:
«Ten piedad de mí, oh Dios, ten piedad de mí, porque en Ti se refugia mi alma; en la sombra de Tus alas me ampararé, hasta que la destrucción pase».
David llama a las cosas por su nombre, lo llama: destrucción. Otra versión que utiliza la palabra «calamidad». Esa también es una buena imagen. Se trata de una circunstancia verdaderamente desastrosa, una calamidad. Luego, en el versículo 3, habla de «el que me pisotea». Dice:
«Clamaré al Dios Altísimo… Él enviará desde los cielos y me salvará; Él reprocha al que me pisotea» (vv. 2-3).
Esas palabras describen a alguien que quiere devorarte: alguien que te acecha, te hostiga, te acosa, te aplasta. Son palabras fuertes las que David usa para describir lo que está enfrentando. Él tiene enemigos reales. Hay personas reales que van tras él, pisándole los talones y persiguiéndolo con agresividad.
Luego, en el versículo 4, dice: «Mi alma está entre leones… entrelos hijos de los hombres, cuyos dientes son lanzas y saetas…». Y por supuesto, no estaba literalmente en un foso de leones —aunque sí hubo alguien en las Escrituras que pasó por eso—, pero lo que David está diciendo aquí es:
«Mi alma está entre leones [él está haciendo referencia a hombres quienes lo perseguían]…
Cuya lengua es espada afilada» (v. 4).
«Hay personas que han jurado ser mis enemigos. Me están atacando con sus palabras. Me critican, me maldicen, han destruido mi reputación».
¿Alguna vez has tenido que convivir con alguien, o vivir cerca de alguien, que te haya atacado verbalmente? Tal vez fue un padre con el que creciste. Tal vez alguien en tu hogar, en tu trabajo o en tu comunidad. Han intentado destruir tu reputación. David dice: «¡Es como estar en un foso de leones! Esta es una tormenta real, una batalla real que estoy enfrentando».
Luego él amplía esta imagen en el versículo 6. Dice:
«Han tendido una red para mis pasos;
Mi alma está abatida;
Han cavado una fosa delante de mí
Pero ellos mismos han caído en medio de ella».
Estas personas que van tras de mí están creando un conjunto de circunstancias en mi vida que son increíblemente difíciles. David reconoce que esa es la verdad. Él no finge que no hay tormenta.
Creo que a veces tenemos la idea equivocada de que, si somos buenas cristianas, no tendremos tormentas en la vida, que no habrá personas en contra nuestra, que no enfrentaremos circunstancias desastrosas o peligrosas. David está diciendo: «Eso no es cierto. Ahora mismo estoy en medio de este foso de leones. Esta es una circunstancia muy difícil».
Algunas de ustedes están en medio de una tormenta. Tu tormenta puede parecerse a la de David, o puede verse muy diferente. Tal vez no sea tan intensa, pero sigue siendo difícil. Permíteme decirte algo al comenzar esta semana en la que hablaremos sobre cómo sobrevivir a las tormentas. En primer lugar, es importante esperar las tormentas. No esperes ser inmune a ellas. De hecho, cuanto más cerca camines con Dios, puede ser que Dios permita que atravieses pruebas más profundas y use esas pruebas para prepararte y capacitarte para cumplir Sus propósitos.
- Prepárate para las tormentas. No asumas que Dios está enojado contigo solo porque estás atravesando circunstancias difíciles, o incluso desastrosas.
- Sé honesta. No niegues la realidad. Sé honesta y di: «Esto es una tormenta; esto es duro».
Durante los próximos días, veremos cómo podemos sobrevivir a esas tormentas.
Pero un punto de partida importante es simplemente ser honestas y decir: «Estoy en una tormenta». Eso no significa necesariamente que Dios te haya abandonado, ¡porque nunca lo hará! De hecho, Él está tan presente en la tormenta y en medio de la tormenta como en cualquier otra etapa de tu vida.
En el versículo 1 del Salmo 57, David dice: «Ten piedad de mí, oh Dios; ten piedad de mí». Permíteme hacer aquí una observación, un pequeño paréntesis: es interesante que David no dijo: «Oh Dios, destruye a mis enemigos».
Ahora, hay otros pasajes donde David ora de esa manera. Pero en este caso, está orando: «Señor, soy yo quien necesita Tu misericordia. Ten misericordia de mí en medio de esta tormenta». Él no está clamando en este momento por venganza, ni por retribución, ni siquiera por victoria sobre sus enemigos. Está simplemente pidiendo que Dios tenga misericordia de él en medio de la tormenta. Luego dice:
«Ten piedad de mí, oh Dios; ten piedad de mí,
Porque en Ti se refugia mi alma;
En la sombra de Tus alas me ampararé
Hasta que la destrucción pase» (v. 1).
Él reconoce: «Estoy en medio de la destrucción», pero también reconoce que llegará el momento en que esa calamidad pasará. Y, por cierto, eso debería animarnos.
No sabes cuánto durará tu tormenta, pero puedo asegurarte que no durará ni un momento más de lo que Dios ha determinado. No será ni un grado más intensa de lo que Él ha dispuesto. Dios determina la intensidad de la tormenta, la duración de la tormenta y la naturaleza de la tormenta.
David está diciendo: «Vendrá el día en que esta calamidad pasará, pero mientras tanto, correré a Dios como mi refugio».
Débora: ¿Hay alguna tormenta que esté amenazando tu sentido de seguridad en este momento? ¿Harías lo que Nancy DeMoss Wolgemuth acaba de sugerir y correrías al Señor en busca de refugio?
Mientras Nancy compartía este mensaje, una mujer llamada Teri estaba escuchando. Ella contó cómo se estaba apoyando en el Señor como su refugio en medio de su propia tormenta turbulenta.
Teri: Cuando Nancy habló sobre tormentas, pensé en cómo mi familia ha atravesado muchas tormentas en estos últimos años. Y específicamente en los últimos cinco, siento que hemos estado en una tormenta constante. A veces lo he descrito como vientos de fuerza huracanada; otras veces, como pequeños tornados girando a nuestro alrededor. Y en otras ocasiones es como si todo estallara al mismo tiempo. Siempre hay un vendaval… y nunca ha cesado. En nuestra familia, esas dificultades han estado principalmente relacionadas con la salud.
Hace ya un tiempo, yo comencé a tener muchos problemas en la espalda, y he estado entrando y saliendo de terapia física durante cuatro años. Aunque esto no es algo que ponga en peligro mi vida, sí ha cambiado profundamente mi manera de vivir. Nuestra hija mayor también ha tenido muchos problemas de salud, como asma, infecciones, alergias, y hace un tiempo tuvo una cirugía mayor para alargarle la mandíbula inferior.
La tormenta principal que ha mantenido constantes todas las demás fue que mi esposo, Roger, cayó en una depresión severa hace cinco años, y no ha podido salir de ella. Mi esposo ha sufrido episodios de depresión intermitentes toda su vida, y hasta hace unos tres años no sabíamos que eso era lo que le estaba pasando.
A medida que ha ido envejeciendo, los períodos se han hecho más largos. Incluso, entró en uno del que simplemente no ha podido volver a salir.
Él también había sufrido durante años problemas severos de sueño. Descubrimos que padecía apnea del sueño; su respiración se interrumpía repetidamente durante la noche. Básicamente, pasó ocho años sin poder dormir bien. Se despertaba, literalmente, quince veces por hora y no lograba descansar.
Hace unos tres años estábamos trabajando en California, y mi esposo literalmente se estaba desmoronando delante de mí. Él sufría de agotamiento extremo y su mente parecía estar apagándose. Durante dos años me pregunté: «¿Qué le está pasando a mi esposo?».
Mientras estábamos allá, una joven con la que habíamos trabajado se quitó la vida durante ese fin de semana. Nos enteramos estando allí, y la conocíamos. Ella había cuidado a nuestros hijos cuando trabajábamos en diferentes eventos. De repente, mi esposo comenzó a decirme que podía entender por qué ella había hecho eso. Fue entonces cuando comprendí que mi esposo tenía pensamientos suicidas y que probablemente estábamos enfrentando una depresión profunda.
Cuando regresamos a casa, fuimos inmediatamente al médico. Allí le diagnosticaron depresión. De hecho, hace un año le practicaron una cirugía para aliviar la apnea del sueño. Ahora duerme mejor, pero ha sido realmente difícil. La depresión es devastadora.
Es muy difícil estar casada con alguien que está deprimido, porque es como si una parte de ti estuviera ausente. Es muy duro; esa persona que amas profundamente está sufriendo muchísimo. Está en un pozo tan profundo, y no hay nada que puedas decir o hacer que cambie eso… excepto orar por esa persona.
Hubo momentos en que pensé que me iba a desmoronar. Pero me di cuenta de que yo no tenía que manejar esto, y de hecho no podía, pero que Dios sí puede. Él puede sostenerme y encargarse de esto a través de mí. ¡Y Dios me ha enseñado mucho! Me ha enseñado a correr hacia Él y Él se ha convertido en mi santuario. Se ha convertido en esa torre fuerte a la que puedo correr, mi refugio. Él es quien levanta mi cabeza.
Hace un año, Dios me habló (no de manera audible), pero habló claramente a mi corazón. Me dijo: «Teri, si Yo decido no sanar a Roger, ¿seguirás amándolo? ¿Y seguirás amándome a Mí y sirviéndome?». Eso me golpeó profundamente, y comencé a llorar, porque comprendí que lo que Dios me estaba pidiendo era una rendición total. Me estaba pidiendo poner todos mis sueños, mis esperanzas, mis deseos y mi ministerio sobre el altar.
Finalmente, fui al Señor y le dije: «Está bien, Señor, me has traído hasta este punto. Sí, me rindo; rindo todo esto… ¡Pero realmente no puedo hacer esto!».
Y Él me dijo: «No, tú no puedes, pero Yo sí puedo».
Entonces vino a mi mente el pasaje de 2 Corintios 12:9–10. Dice:
«Y Él me ha dicho: “Te basta Mi gracia, pues Mipoder se perfecciona en la debilidad”. Por tanto, con muchísimo gusto me gloriaré más bien en mis debilidades, para que el poder de Cristo more en mí. Por eso me complazco en las debilidades, en insultos, en privaciones, en persecuciones y en angustias por amor a Cristo, porque cuando soy débil, entonces soy fuerte».
Básicamente, fue como si Él me dijera: «Teri, ¿no lo entiendes? Yo escogí tu versículo de vida, y es este. Y lo he entretejido en tu historia todos estos años».
Dios me ha dado un nuevo amor por mi esposo. No un amor que lo ame por quien fue en el pasado ni por lo que espero que llegue a ser en el futuro, sino por quien él es ahora, aun en medio de la depresión. Dios me ha recordado, y de alguna manera ha quitado el velo de la depresión, para que pueda ver todas las cosas que amo y valoro de mi esposo.
La lección más grande que he aprendido es que Dios me ha enseñado a vivir en medio de la tormenta; no solo a sobrevivir a ella, sino a vivirla, y a vivirla plenamente, abundantemente, con gozo y con Su esperanza. Me di cuenta de que, si no empiezo a vivir, la vida pasará de largo. Tal vez esta situación nunca cambie, ¡y yo podría perderme la vida por completo!
No atravesamos tormentas en vano. Dios no hiere, ni permite el sufrimiento sin tener un propósito. Así que quiero animar a mis hermanas con esto: Dios nunca te pide que hagas algo o que atravieses algo para lo cual no te capacite. Él es un Dios grande. ¡He aprendido tanto acerca de Él! Hoy puedo estar aquí y decir: «Gracias, Señor», porque puedo ver lo que Él ha estado haciendo en mi vida y en la vida de mi familia… y aún no ha terminado.
Nancy: Gracias, Teri. Gracias por ser tan transparente y abrirnos tu corazón y compartirnos tu caminar. Las Escrituras dicen que Dios nos consuela en todas nuestras aflicciones, no solo para que seamos consoladas, sino para que podamos consolar a otros con el mismo consuelo que hemos recibido de Él cuando enfrentamos aflicción.
Muchas de ustedes no conocen a Teri, pero quizás otras sí la conozcan. Los detalles de cada historia son diferentes. Tal vez tu historia no sea exactamente igual a la suya, pero estás viviendo una situación que, por lo que parece, puede que nunca cambie. Y la pregunta es: ¿Seguirás amando al Señor? ¿Seguirás confiando en Él, aunque Él nunca cambie tu situación?
Creo que esa fue realmente la situación que Job tuvo que enfrentar. Cuando Satanás fue ante Dios y dijo: «¡Claro que Job te ama! Mira todo lo que has hecho por él. Es un amante asalariado. ¿Quién no te amaría si tuviera toda esa riqueza, esos hijos maravillosos y esas circunstancias favorables? Quítale la prosperidad, retira la protección que lo rodea y aflígelo un poco. Verás que ya no te amará tanto» (ver Job 1:1–11).
Entonces Dios dijo: «Está bien. Retiraré la protección que lo rodea». Primero, Satanás recibió permiso para tocar las posesiones de Job y quitarle sus bienes. Luego recibió permiso para tocar su salud. Job perdió también a sus hijos y las cosas más preciadas por él.
Las Escrituras nos dicen que, en medio de todo eso, Job no pecó con sus labios ni acusó a Dios. Él dijo: «Desnudo salí del vientre de mi madre y desnudo volveré allá. El Señor dio y el Señor quitó; bendito sea el nombre del Señor».
Puedo imaginar que, cuando Job pronunció esas palabras, todo el cielo estalló en alabanza. Job estaba diciendo: «Mi amor por Dios no depende de los dones ni de las bendiciones que Él ponga en mi vida. Confío en Él. Confío en Sus propósitos. Confío en Su corazón cuando no puedo ver Su mano. Me rindo a Él, pase lo que pase. Confío en Él. Lo amo. Lo adoraré».
Teri y su familia están aprendiendo a ser adoradores. Cualquiera puede adorar a un dios que hace que todo salga como se espera. Cualquiera puede adorar a Dios cuando el sol brilla, hay dinero en el banco, mi esposo me ama con locura, mis hijos obedecen y todo marcha bien. ¿Quién no amaría y adoraría a Dios en esas circunstancias?
Pero la prueba de nuestra adoración, la prueba de nuestra fe, la prueba de nuestra rendición, la prueba de nuestro corazón, llega cuando Dios quita algunas de esas cosas. Entonces descubrimos si somos simplemente «amantes asalariadas» de Dios o si lo amamos por quien Él es.
Teri está aprendiendo que, en medio de la debilidad, se manifiesta el poder de Dios; que Su gracia es suficiente, no después de que termina la prueba, sino justo en el centro de la misma. Y la misma gracia que Teri está experimentando como suficiente para su vida, día a día, no solo para sobrevivir, es la misma gracia que está disponible para nosotras hoy. Me encanta cómo ella lo expresó. No se trata solo de sobrevivir la tormenta. Eso es, en esencia, lo que Job dijo. No solo «sobreviviré», sino que «Cuando Dios me haya probado, saldré victorioso; no solo sobreviviré, sino que saldré como el oro» (Job 23:10, parafraseado).
Y eso es lo que Pedro dice: que las pruebas, el fuego y el calor de la vida purifican el oro, purifican nuestra fe (ver 1 Pedro 1:6–7). Dios está formando algo hermoso a partir de nuestras vidas y nuestras circunstancias. Aun la ira y las fallas de los hombres, Dios las convertirá en alabanza para Él. En nuestra debilidad le miramos y le decimos: «No quiero solo sobrevivir esta tormenta. Por Tu gracia, quiero ser victoriosa en medio de ella».
Habrá un final más, habrá para tu tormenta. Tu tormenta puede durar toda la vida, pero eso no es para siempre. Más allá de las lágrimas, está el gozo. Más allá de la cruz, está la resurrección. Más allá del dolor y la pérdida, está la ganancia y la plenitud. Así que no te limites a resistir con todas tus fuerzas cuando te encuentres en la tormenta; corre hacia Él. «El nombre del Señor es torre fuerte, a ella corre el justo y está a salvo» (Prov. 18:10).
Débora: Acabas de escuchar a Nancy DeMoss Wolgemuth, guiándote hacia el Único en quien puedes confiar cuando te sientes amenazada por las tormentas de la vida.
Sabemos que Jesús enfrentó la tormenta definitiva: la ira de Dios, para que podamos vivir para siempre con Él en una tierra nueva donde las tormentas ya no amenazarán nuestra seguridad.
Permíteme añadir que, si estás teniendo pensamientos suicidas o te preocupa alguien más, busca ayuda. Comunícate con una línea de atención en crisis, con un profesional de la salud o llama a los servicios de emergencia. No enfrentes esto sola; hay personas dispuestas a escucharte y ayudarte.
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