Podcast Aviva Nuestros Corazones

¿Ser hermosa es ser delgada?

Erin Davis: Para cualquier estándar, ya sea mundial, de revistas o de personas que me rodeaban, ¡yo era delgada! Pero nunca me vi así cuando me miraba en el espejo. 

Annamarie Sauter: Con nosotras Erin Davis.

Erin: Es interesante ahora. Hoy por hoy peso mucho más de lo que pesaba en aquel entonces, pero cuando me miro en el espejo veo belleza, porque ese problema del corazón está arreglado. Entonces, cuando mi corazón era un desastre y mi cuerpo era delgado, me miraba en el espejo y veía defectos, por eso pienso que no es un problema físico.

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín. 

Hoy continuamos en la serie titulada, «Graffiti».

Nancy DeMoss de Wolgemuth: Esta semana estamos hablando con Erin Davis, a quien muchas de ustedes conocen como la coautora de la guía de estudio del libro, Mentiras que las jóvenes creen. Erin Davis ha sido una amiga y colega en el ministerio por muchos años. Ella es también una de las escritoras que puedes encontrar en los blogs de nuestra página, AvivaNuestrosCorazones.com.

Y si tienes hijas adolescentes o conoces jóvenes, anímalas a visitar el blog que tenemos disponible en español para ellas, el blog Joven Verdadera.

Erin, bienvenida a Aviva Nuestros Corazones. Gracias por acompañarnos hoy. 

Erin: Gracias por invitarme.

Nancy: Una de las cosas que hablamos en el último programa fue acerca de la obsesión que tiene nuestra cultura con la belleza. Y para la mayoría de nosotras como mujeres, cuando hablamos de belleza, queremos decir, cuerpo, y esto incluye forma, imagen, peso. Y esto nos remontó a tu infancia. Dijiste que para el tiempo en que estabas en secundaria, el peso era algo importante para ti. Era una frustración y un enfoque en tu vida. Cuéntanos de esos años en la escuela, ¿cómo fueron para ti? 

Erin: Bueno, la secundaria es una época difícil para la mayoría de las chicas, y sí que lo fue realmente para mí. Creo que es ahí donde por primera vez empiezas a jugar el juego de la comparación, comienzas a mirar a las demás chicas que te rodean y a decir, «yo no tengo eso. No me veo así. No tengo esa habilidad, esa ropa o ese atributo físico». Nunca se gana en el juego de la comparación. 

Nancy: Pero todas jugamos, ¿verdad?

Erin: Así es, todas lo jugamos.

Nancy: Aún las que crees que son las más hermosas y talentosas, ellas también lo juegan. 

Erin: Así es. Y para mí esa fue una lección muy grande que aprendí luego en la universidad. Mi compañera de habitación parecía una modelo de portada de revista. Sin exagerar, abdomen plano, brazos tonificados, cabello largo y ondulado, piel lisa, sin un defecto. Lo curioso es que ella luchaba con su belleza y su valor tanto como yo. Ese fue el inicio de algo como un bombillo, una luz, en el que me comenzaba a dar cuenta que este asunto no era tan físico como yo creía. 

Es decir, existieron algunos indicadores a lo largo de mi vida donde definí lo que me daba valor. A veces era basado en lo que las personas decían de mí; otras veces era por lo que yo pensaba que decían de mí o también por la forma en que percibía que alguien me veía. 

Nancy: ¿Puedes pensar en un ejemplo en tus años de adolescente, o en alguna etiqueta que alguien te puso o pensaste que te pusieron, y cómo afectó tu forma de pensar y de actuar?

Erin: Bueno, el perfeccionismo es una etiqueta que he usado desde que tengo memoria. Pensé que como era buena estudiante, atleta y líder (y las personas alentaban eso en mí), tenía que ser perfecta en todas esas cosas todo el tiempo. No tenía la libertad de fallar, porque si no defraudaría a todos a mi alrededor. 

Ahora, con esa perspectiva a mi favor, me di cuenta que ellos eran –tal vez– indiferentes si fallaba o tenía éxito. En realidad no les importaba tanto como yo pensaba. Tal vez solo afirmaban mis talentos o habilidades sin pensar, «más te vale que permanezcas así, Erin. Esa es quien tú eres». Pero eso era lo que yo escuchaba. 

Entre más me hacían cumplidos en algo en lo que era buena o excepcional (llena este espacio en blanco), más me cargaba ese sentimiento de que nunca debía fallar en esa área. Simplemente entendí mal lo que me decían. Quizás solo me daban cumplidos, pero yo entendía que decían, «no tienes libertad alguna de fallar», y eso se había convertido en un monstruo grande y feo en mi vida.

Nancy: ¿Y cómo se aplicó eso en tu vida en cuanto a los asuntos de la belleza y del cuerpo?

Erin: Pues simplemente sentía la necesidad de ser bella y perfecta.

Nancy: ¿Y qué significaba eso para ti? ¿Cómo definías lo que era perfecto?

Erin: Para mí significaba ser delgada. Es decir, no había nada más, lo más importante era que debía ser muy, muy delgada. 

Nancy: Y para aquellas de ustedes que no tuvieron oportunidad de escuchar nuestra conversación ayer, una de las cosas que señalaste fue que tu mamá, que era hermosa, siempre estaba haciendo dietas, de esas que parecen yo-yos, que el peso sube y baja. Y tu papá, que no era creyente, era rápido en señalar a mujeres hermosas que estaban en los avisos publicitarios o que le pasaban caminando, y que siempre eran delgadas. Aquí fue donde obtuviste ese mensaje de que hermosa quiere decir delgada. 

Erin: Así es, y podía decir en voz alta: «Delgadez es igual a belleza, y nunca estarás demasiado delgada». Realmente creía eso, que no había cosa alguna como estar «muy delgada», y que no podías ser ni rellenita, ni pesada, ni gordita o tener sobrepeso, y ser hermosa al mismo tiempo.

A veces yo tomaba decisiones que no eran saludables. Mis elecciones alimenticias eran muy radicales porque mi propósito era ser delgada y solo eso, sin prestarle mucha atención a la contextura de mi cuerpo. Para mí, el peso que se suponía era adecuado, no era suficiente. Pensaba que mientras más delgada, más hermosa y llegar a eso es peligroso. 

Nancy: ¿Pensabas que no eras delgada?

Erin: Por supuesto. Nunca me sentí delgada y cuando miro hacia atrás, en realidad era muy, muy delgada en los momentos en que esa lucha fue más intensa. Para cualquier estándar, ya sea mundial, de revistas o de personas que me rodeaban, ¡yo era delgada! Pero nunca me vi así cuando me miraba en el espejo. 

Es interesante ahora. Hoy por hoy peso mucho más de lo que pesaba en aquel entonces, pero cuando me miro en el espejo veo belleza, porque ese problema del corazón está arreglado. Entonces, cuando mi corazón era un desastre y mi cuerpo era delgado, me miraba en el espejo y veía defectos, por eso pienso que no es un problema físico.

Nancy: Y aún así, cuando tu peso no estaba donde querías, cuando no te sentías delgada, tomaste medidas extremas para llegar a lo que pensabas que era delgada y hermosa. Te voy a preguntar cuáles eran algunas de esas medidas que tomaste, porque sé que seguramente hay muchas mujeres escuchando, y puede ser que alguna de estas mujeres o de sus hijas esté tomando medidas similares. Quiero que las ayudemos a conectar los puntos, para que ellas sepan por qué esto es una lucha real en la vida de las mujeres. Tú realmente luchaste con desórdenes alimenticios. 

Erin: Lo hice. La comida era la piedra angular de mis pensamientos en aquel entonces. Pensaba en todo lo que comía. Pensaba en cómo afectaría mi cuerpo. Algunas veces, eso significaba que iba, me comía una bolsa completa de papitas fritas, pero luego me sentía culpable. Otras veces, eso significaba comer poco o no comer nada durante un día entero. El péndulo se balanceaba de un lado a otro, de un lado a otro conmigo.

A veces me era casi imposible controlar mi apetito hacia ciertas comidas, y a veces, no hacía nada más que beber agua durante días. Me veía en el espejo o me ponía alguna ropa y sentía que no se me veía bien. Eso me hacía entrar en pánico y, dramáticamente, alterar mis hábitos alimenticios por un tiempo.

Durante esa época, usaba la comida como recompensa. Sentía que si lo había hecho bien, entonces merecía algún tipo de comida y así la usaba como recompensa. También perdí mucho peso porque era adicta al ejercicio. Estaba en la universidad, viviendo con otro grupo de chicas y en realidad nadie prestaba mucha atención a lo que comían o no comían las demás.

Quiero aclarar que todo eso eran manifestaciones físicas de lo que realmente pasaba en mi corazón. Yo era un desastre. Conocía al Señor, era cristiana, pero no estaba arraigada en Su Palabra, y claramente no creía lo que su Palabra decía sobre mí, por eso mi corazón estaba hecho un caos. Mi espíritu era desordenado, lo que me llevaba también a que me comiera una nevera llena de helado, pero solo pasaba en el exterior. Realmente, el problema estaba en mi corazón. 

Nancy: Y llevaste esos problemas a tu matrimonio. No desaparecieron simplemente.

Erin: Así es. Me casé con un hombre cristiano, el amor de mi vida. Estaba tan emocionada. 

Nancy: El cual añado, en ese momento era pastor de jóvenes.

Erin: Sí, pastor de jóvenes. ¡Estaba tan emocionada de ser su esposa! Nos mudamos a una hermosa y pequeña comunidad donde comenzamos a servir en el ministerio a tiempo completo. Allí invertí todo mi tiempo y energía con las adolescentes, hablándoles sobre su valor e importancia. Sin embargo, casi todos los días, me sentaba en el piso de mi closet y lloraba a más no poder por mi peso y por los sentimientos que venían a mi mente que me decían que no valía nada. 

Mi desorden alimenticio me persiguió hasta el matrimonio. Me atragantaba la comida, me purgaba y lloraba por la vergüenza y culpa que sentía. Mi esposo, Jason, no había vivido conmigo antes de casarnos; de hecho, no habíamos vivido en la misma ciudad durante los tres años antes de casarnos, por esa razón él no tenía ni idea que mis problemas alimenticios estaban al límite.

Él comenzó a hablarme del tema y a darse cuenta de lo que comía; así que empecé a comer saludable y a ser regular con mis comidas. De repente, me enfrenté al hecho de que el problema estaba en mi corazón. Nunca fue sobre la comida, porque aunque el tema de la comida se solucionó porque alguien estaba observando lo que comía, los sentimientos de inutilidad y ansiedad permanecían ahí, justo en frente de mí. Sabía que el asunto estaba en mi corazón, y que a pesar de lo difícil debía enfrentarlo en las fuerzas de Dios, y sí que fue difícil.

Nancy: Quiero hablar sobre cómo batallaste con eso. Pero permíteme primero dar un poco hacia atrás e identificar lo que compartiste y lo que creo que es verdad para muchas, muchas mujeres. Todo este asunto de la obsesión hacia la comida, la belleza, la delgadez, nos pone ataduras. Crea una prisión, y te acostumbras a estar en esa prisión, como si fuera algo de lo que no pudieras salir

Erin: Absolutamente. Y quiero aclarar que nadie sabía eso. Era una joven con energía sirviendo en el ministerio, sirviendo al Señor. Al verme desde el exterior pensaba que todo estaba bien, pero no era así, pues mi medicamento era la comida. Como cristiana, no estaba bien para mí medicarme de alguna otra forma. No podía acudir a ninguna de las otras opciones que los demás acudían, pero sí podía calmarme con comida, y veo esto muy frecuentemente. 

Los desórdenes alimenticios son frecuentes y van en aumento. Esto no solo significa tomar malas decisiones alimenticias. Significa que estás usando la comida de una forma para la cual nunca fue destinada a ser usada. La estás usando para calmarte, para hacerte feliz o como una herramienta social. La estás usando de todas las formas, excepto para nutrirte y se ha vuelto un patrón de desorden en tu vida. La estás usando para sentirte mejor contigo misma, tus circunstancias, ¡y esto es tan frecuente! 

Nancy: Y cuando empezaste a observar tu corazón, ¿qué viste?

Erin: Bueno, curiosamente, mi corazón y mi dolor no eran suficientes para motivarme a hacer algo con respecto a este problema. Yo tenía un grupo de jovencitas encantadoras a las que ministraba en mi comunidad e iglesia y las veía ser tragadas enteras debido a estos problemas de identidad, belleza y valor. Tenía un grupo pequeño de jóvenes a las que les enseñaba un estudio bíblico. En una ocasión, cuando terminamos un estudio les pregunté ¿qué les gustaría que estudiáramos?, y Megan, que era la niña de mis ojos, dijo: «Me gustaría saber cómo sentirme mejor con mi cuerpo». Yo al instante, respondí: «Hablaremos de cualquier cosa, ¡menos de eso!»

Pero ella lloraba y yo sabía que su dolor era real. Sabía que si no resolvíamos este problema de inmediato, se convertiría en algo mucho peor en su vida, entonces le dije: «Dame un par de semanas, me pondré en contacto contigo». 

Usé esas dos semanas para estudiar la Palabra de Dios en este asunto, con la esperanza de encontrar una respuesta para Megan. Y no tomó mucho tiempo para que el Señor empezara a convencerme de que la forma en la que estaba viviendo era una atadura pecaminosa, porque había escogido no creer en sus promesas.El Señor me convenció de que no estaba siendo genuina, porque estaba ministrando a todas estas jóvenes y reconociendo el poder de este problema en sus vidas, pero sintiendo que yo sí podía mantener el problema dentro de mi corazón y dejarlo ahí. 

Entendí lo grave que era esto. Me di cuenta que creía lo que Dios decía sobre cebras, atardeceres y todas las cosas hermosas que Él había creado, pero no lo creía sobre mí. Me di cuenta, por primera vez en mi vida, que estaba atada. Y que esto estaba afectando mi matrimonio y mi deseo de ministrar de forma efectiva. Entonces solo dije: «Bien, lo voy a hacer. Voy a enfrentar esto». Entonces, me sumergí en la Palabra, y tomé todo lo que encontré.

Ese fue el primer Graffiti. Eran algunas notas escritas en algunas páginas para ese grupo pequeño de jovencitas. Lo estudiamos por seis semanas. Cambió sus vidas, cambió la vida de Megan y cambió mi vida. No tengo suficientes palabras para describirlo porque es verdaderamente liberador cuando las mujeres se dan cuenta que están encadenadas con ese problema, pero que la Palabra de Dios es la clave para apartarse de todo eso

Nancy: Háblanos un poco de esa progresión a la que te llevó el Señor a través de esas semanas. ¿Cuáles fueron algunas de las primeras verdades que empezaron a brillar en la oscuridad de tu corazón? Y asumo que habías creído esas mentiras, entonces, ¿cuáles fueron algunas de esas mentiras y cómo Dios empezó ese proceso para hacerte libre?

Erin: Pienso que la mayor mentira que creí fue esa de la perfección, que aún para Dios tenía que ser perfecta para ganar Su favor. Eso incluía la forma en que me comportaba. El mejor ejemplo que puedo dar es que cuando me sentaba a ver televisión, yo mantenía la escoba en una mano y el control remoto en la otra. Y de esa forma, si alguien venía, apagaba la televisión, saltaba y actuaba como si estuviera barriendo porque sentía que no tenía la libertad de relajarme. 

Lo sé, es una historia graciosa, pero en la raíz de ella estaba atada, seriamente atada. Fui entonces a pasajes como 1 Samuel, la historia de David ungido rey, en la que su padre Isaí no tiene en realidad un alto concepto de David como para mandarlo a llamar de los campos. Sin embargo, hay un verso en esa historia donde dice: «El Señor no mira las cosas que los hombres miran. El hombre mira las apariencias pero el Señor mira el corazón». Ese fue probablemente el primer indicio de que mi problema estaba en mi corazón.

En el Salmo 45:11, dice: «Entonces el rey deseará tu hermosura; inclínate ante él, porque él es tu señor». Ahí fue cuando empecé a aprender que la belleza estaba bien. Dios fue el creador de mi belleza y pienso que Dios tiene un afecto especial por la belleza. De hecho, podemos saberlo por la creación. Así que me di cuenta que no tenía que alejarme completamente del concepto de belleza. No tenía que dejar de peinar mi cabello, ni de bañarme, ni tenía que dejar de usar pantalones cómodos. Podía abrazar la belleza piadosa y ese fue un versículo muy, muy poderoso en mi vida. 

Pero probablemente la verdad de la que Dios más me liberó fue cuando me llevó a la historia de la creación del Arca del Pacto. El Arca del Pacto era un lugar donde moraba la presencia de Dios en el Antiguo Testamento. Era un arca poderosa. Hay todo tipo de historias asombrosas sobre el poder de la presencia de Dios contenido en el Arca del Pacto.

En la Palabra encontramos dos párrafos dedicados a la descripción del arca, donde nos dicen de cuántos codos por cuántos codos debía ser; que debía ser cubierta con oro puro por dentro y por fuera; y que la la parte de arriba llevaría dos querubines dándose la cara el uno al otro con alas sobre sus cabezas. ¿Por qué? Porque están protegiendo algo precioso en el Arca del Pacto. ¿Qué es? La presencia de Dios.

Pero nos vamos al Nuevo Testamento, y ¿dónde está la presencia de Dios? Está en mí. Está en ti. Está en estas jovencitas. Él sabe cuántos codos por cuántos codos soy. Algo con lo que suelo bromear es que desearía ser unos codos menos, pero Él me diseñó con mis codos (es decir, mi tamaño y dimensiones). Me cubrió con cosas buenas, así como el oro puro del Arca del Pacto. Sabemos que en los salmos, Él dice que Él mandará sus ángeles sobre nosotros, así como en el Arca del Pacto protegiendo Su presencia, Él está protegiendo Su presencia en mí. 

Ahora, ¿todavía lucho? Sí. ¿Hay días donde no quiero hacer lo que yo tengo que hacer? Sí, pero esas cosas se ven insignificantes al reconocer la verdad que me dice que soy la nueva morada y la habitación del Altísimo. Él ahora vive en mí y me ha creado con un propósito, así como creó el Arca del Pacto. 

Es más, no olvidaré la primera vez que conecté todos estos puntos. Solo dije, «¡aleluya!», en ese instante, en la sala de mi casa, porque esa es una verdad tan poderosa. Simplemente hizo que las cosas del mundo se volvieran extrañamente vanas para mí. Eso fue todo lo que hizo. Y me di cuenta que aquellas cosas en las que estaba envuelta eran pequeñas e insignificantes. 

Nancy: Lo que sucedió fue que empezaste a tener una perspectiva diferente en cuanto a lo que consideramos defectos –los cuales todas tenemos– esas cosas que desearíamos que fueran diferentes. Dios nos ha hecho diferentes los unos de los otros. Cuéntanos, ¿cómo empezó Dios a renovar tu mente sobre estos defectos físicos que deseabas que fueran diferentes? 

Erin: Bueno, en Cantar de los Cantares dice: «Sesenta reinas puede haber… pero sin igual es mi paloma, mi perfecta, es la hija única de su madre» (Cant. 6:8-9). ¡No puedo imaginarme la belleza en una habitación con 60 reinas! Me imagino una habitación de 60 reinas hermosas. O sea, eso es mucha belleza en una sola habitación, pero la Palabra dice: «Mi paloma, la perfecta, es única».

¿Qué nos hace únicos? Aquellas cosas que nos hacen diferentes entre nosotros, las que vemos como defectos. He aprendido a abrazar las cosas que alguna vez vi como defectos, pues me dan testimonio de que Dios me creó con un propósito, con una intención y poderosamente, como leemos en el Salmo 139.

Tengo una hermana gemela, eso quiere decir que tenemos el mismo ADN. Científicamente somos iguales, pero Dios nos creó diferentes. Ella tiene la misma fecha de nacimiento que yo, pero somos diferentes. Su cabello es ondulado natural. El mío es liso natural. Y ella es unos centímetros más alta que yo.

Mi ejemplo famoso es que tengo un borde en las esquinas de mis ojos que no me gusta. Nunca me ha gustado, pero Dios me los dió y a mi hermana no. Somos únicas. Él nos creó al mismo tiempo y con el mismo ADN, pero nos amó lo suficiente como para añadir pequeños toques distintos para saber que fuimos creadas para Su propósito, no por accidente. Y de eso son grandes testimonios las curvas de mis ojos. 

Como vemos en el Antiguo y Nuevo Testamento, Él usa personas con defectos, ¿verdad? O sea, Él no busca personas perfectas para usar para Su gloria. Muchas veces parece como que entre más defectos tengamos, más Dios es glorificado. Así que he aprendido a amar mis defectos, no porque necesariamente me los daría si fuese la que tuviera el pincel en la mano, sino porque son grandes oportunidades para hablar de Él como creador, como el Gran Artista. Porque seguramente Él usa nuestras debilidades.

Nancy: Tu esposo te ayudó a ver eso el día en que estaban hablando de hacer una cirugía para corregir esas curvas en tus ojos, ¿verdad?

Erin: Así es.

Nancy: Y añado que he leído sobre eso; pero al mirarte, todavía no estoy segura de cuál curva hablas. 

Erin: Nadie parece notarlas. Mi mamá todavía me dice: «Erin, ¿de qué hablas?» Pero me vuelven loca. Toda mi vida las he visto en el espejo y las oyentes no las pueden ver porque esto es la radio, pero cuando presiono mi nariz de cierto modo, tienden a desaparecer. Creo que me veo mucho mejor sin ellas. 

Un día estábamos en el carro y estaba haciendo toda la rutina de presionar mi nariz, en el espejo del carro, y le dije a mi esposo: «Jason, creo que me haré una pequeña cirugía plástica. No va a doler. Nadie va a saberlo y simplemente me sentiré mejor». Él es muy sabio, me dijo, «bueno, está bien, pero creo que eso sería decirles mentiras a todas las mujeres que viajan contigo por todo el país, mientras les dices que son bellas tal y como son».

Con un «no» me había sido suficiente. Eso hubiera sido mejor; pero él lo usó como un momento didáctico. Y lo aprecio, él tenía razón. Estaba haciendo una montaña de una pequeña loma. Ahora hablo sobre mis curvas todo el tiempo y son un gran ejemplo del trabajo restaurador que Dios ha hecho en mí. Debo admitir que me gustan un poco más ahora. Sé que Dios me las dió como una huella digital especial cuando me creaba, y todas nosotras tenemos una. Es interesante. Nuestra sociedad valora la semejanza. Todas debemos lucir igual. Todas aspiramos a las mismas cosas, pero esos no son los valores de la Palabra de Dios, lo cual es genial, porque la semejanza ni siquiera es posible.

Nancy: Erin, mientras me siento aquí, estoy mirándote y pensando, «eres una hermosa joven». En verdad lo eres. Eres hermosa físicamente, pero es tu espíritu fuerte el que brilla e irradia. Te conozco desde hace años y he visto ese patrón de crecimiento. 

Estoy tan agradecida de que Dios te haya hecho libre para disfrutar y experimentar el propósito que Él tiene para ti, y estoy agradecida también por la manera en que te está usando a través de este libro, Graffiti (disponible en inglés), y cómo te está usando en en Revive Our Hearts y Aviva Nuestros Corazones. Usas tu vida como un mensaje para influenciar a esas jóvenes para que aprendan a apreciar y abrazar la perspectiva de Dios acerca de su belleza.

Erin, gracias por acompañarnos en Aviva Nuestros Corazones el día de hoy. Y cuando regresemos, en nuestro próximo programa, quisiera que retomáramos el tema y profundizáramos un poco más sobre algunas de las cosas que Dios ha estado mostrándote. Cosas en que hay que ser radicalmente contraculturales para hacer una diferencia en las vidas –particularmente en las jóvenes de nuestra generación. 

Annamarie: Adornando el evangelio juntas, Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss de Wolgemuth es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras fueron tomadas de la Biblia de las Américas a menos que se indique otra fuente.

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