Aviva Nuestros Corazones Podcast

— Reproducción de audio —

Sirve como el Salvador, día 6

Nancy DeMoss Wolgemuth: Nunca nos parecemos más a Cristo que cuando somos siervas.

Annamarie Sauter: ¿Recuerdas el relato de Jesús lavando los pies de Sus discípulos? 

Nancy: Nunca te pareces más a Jesús que cuando tomas una toalla, una vasija de agua y dices, «déjame lavar tus pies».

Annamarie: Estás escuchando Aviva Nuestros Corazones con Nancy DeMoss Wolgemuth, en la voz de Patricia de Saladín.

Independientemente del trabajo que tengas que desempeñar en este momento de tu vida, puedes hacerlo tan solo como un deber o de mala gana, o puedes hacerlo con un corazón de sierva. A lo largo de esta serie de enseñanzas titulada, Sirve como el Salvador, Nancy nos ha estado ayudando a ver el corazón de servicio con el que glorificamos a Dios. Aquí está ella con la continuación.

Nancy: Llevamos varias sesiones hablando del corazón de un siervo, de ser siervas del Señor, de servirnos las unas a las otras y cómo se ve el corazón de una sierva. Hemos revisado algunos ejemplos bíblicos de cómo responden los siervos ante diversas situaciones.

En la medida en que he estado desarrollando esta serie, he pensado en personas dentro de nuestro ministerio, en amigos y amigas que tienen corazones de siervos. Tengo una amiga que veo muy a menudo y que invariablemente me dice, «¿hay algo que pueda hacer por ti?», y sé que lo dice de corazón. Tener amigos como ella es un reto y es también una bendición. Ese es el tipo de amiga que a mí me gustaría ser. Conozco algunas personas que realmente tienen un corazón para servir y estar cerca de ellas es una gran bendición.

Cuando pensamos en estas personas que tienen un corazón para servir, independientemente de las circunstancias y el tiempo, terminamos pensando en Aquél que tiene el corazón de siervo más increíble de todos —y ese es el Señor Jesucristo.

Quiero que tomemos una parte del tiempo de hoy para contemplar a Jesús, el Siervo de Dios y el Siervo del pueblo de Dios. Quiero que veamos siete ocasiones de la vida del Señor Jesús en que lo vemos sirviendo, porque servir no siempre se ve de la misma forma. Hay etapas de tu vida en que sirves de una forma distinta a como serviste en el pasado y/o servirás en otros momentos futuros.

Algunas de ustedes que tienen niños pequeños están sirviendo hoy en día de una manera que puede ser diferente a la que servirán cuando se conviertan en abuelas o experimenten el nido vacío. Otras de ustedes son estudiantes, y por lo tanto están sirviendo de una manera diferente hoy a la forma en que servirán cuando se conviertan en esposas o madres. Pero lo que quiero que veas es que un corazón de sierva se aplica en todas las etapas y en todas las situaciones de la vida.

Y esto es lo que vemos en Jesús a través de todo lo que leemos acerca de Él en las Escrituras. Vemos diferentes cosas que son verdad acerca de Él, pero lo que siempre es cierto es que Él es un siervo. Veamos estos siete retratos de cómo sirvió Jesús.

El primero, de manera muy interesante, se encuentra en el Antiguo Testamento, porque es allí, donde encontramos muchas profecías sobre la venida de Cristo. Particularmente en el libro de Isaías donde el profeta se refiere a Jesús como el Siervo del Señor.

Ahora bien, cuando leemos el libro de Isaías vemos la frase «el siervo del Señor», y en algunas ocasiones se refiere al pueblo judío, el pueblo elegido por Dios. Dios los llama «mis siervos que yo elegí». Pero en otras ocasiones la referencia es a Cristo, el Mesías. Por ello, en ocasiones tenemos que leer y entender el contexto para asegurarnos de a quién se está refiriendo Dios.

A través de Isaías sabemos que Dios ha llamado a Su pueblo a ser como Jesús. Todas somos llamadas a ser Sus siervas. Veamos parte de lo que dice el libro de Isaías al referirse a Jesús como el siervo de Dios.

Y voy a estar leyendo primero de Isaías capítulo 42, los versículos del 1 al 3 donde Dios dice:

«He aquí mi Siervo, a quien yo sostengo, 

mi escogido, en quien mi alma se complace. 

He puesto mi Espíritu sobre Él; 

Él traerá justicia a las naciones. 

No clamará ni alzará su voz

ni hará oír su voz en la calle. 

No quebrará la caña cascada, 

ni apagará el pabilo mortecino; 

con fidelidad traerá justicia».

Él será gentil, será bondadoso y tierno. Y en el versículo 4 de Isaías 42, nos promete que:

«No se desanimará ni desfallecerá hasta que haya establecido en la tierra la justicia...»

¿Qué es lo que Dios está diciéndonos? Jesús es Mi siervo. El Mesías que vendrá a la tierra vendrá a cumplir Mi propósito en este mundo. Él no se rendirá hasta que lo logre, y ese es el corazón de un siervo.

Luego, en Isaías 52 en el versículo 13, volvemos a leer: «He aquí, mi siervo», donde Dios habla refiriéndose a Su Hijo, «prosperará, será enaltecido, levantado y en gran manera exaltado». Hablando claramente de la exaltación de Cristo. Pero mira el siguiente versículo, el versículo 14:

«De la manera que muchos se asombraron de ti, pueblo mío, así fue desfigurada su apariencia más que la de cualquier hombre, y su aspecto más que el de los hijos de los hombres».

¿De qué nos habla esto? Esto hace referencia a la humillación de Cristo. El siervo que fue exaltado en los cielos, bajó a esta tierra, se humilló a Sí mismo y fue desfigurado a golpes, fue torturado y experimentó persecución al ser llevado a la cruz. Cristo estuvo dispuesto a ser humillado. Cristo fue un siervo sufrido.

Nosotras queremos ser exaltadas, pero no queremos sufrir. Queremos ver nuestro nombre en el cuadro, como «sierva de la semana», pero no queremos la parte donde tendremos que sufrir, donde tendremos que sacrificarnos y soportar la humillación.

Entonces, el primer retrato que vemos del Señor como siervo se encuentra en el libro de Isaías. Encontramos que antes de venir a este mundo como ser humano Él vivía en los cielos, Cristo era Dios y vivía con Dios como el Hijo de Dios. Y fue identificado por el Padre como el Siervo del Señor.

Y me pongo a pensar lo asombroso que es que el Hijo de Dios, el soberano Creador y Dueño del universo estuvo dispuesto a ser un siervo sufriente. ¿No piensas que esto nos ayuda a estar más dispuestas a servir, al darnos cuenta de que eso es lo que hizo Jesús? El Hijo de Dios –Él no consideró el ser igual a Dios como algo a que aferrarse sino que descendió y se hizo un siervo.

Ya vimos esta primera instancia desde la perspectiva del Antiguo Testamento en Isaías, ahora veámoslo en el Nuevo Testamento. Leamos sobre el día en el que el siervo de Dios bajó de los cielos y bajó a esta tierra y se convirtió… ¡en un bebé indefenso, dependiente, necesitado! Él tomó la forma de siervo. Fue hecho en la forma de un hombre.

Filipenses capítulo 2, nos habla de esto al decirnos que tengamos un corazón de siervo.

Filipenses capítulo 2 los versículos 3-7: «Nada hagáis por egoísmo o por vanagloria, (ese no es el corazón de un siervo) sino que con actitud humilde cada uno de vosotros considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, (no simplemente busques satisfacer tus propias necesidades) sino más bien los intereses de los demás. Haya, pues, en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, (Él no se aferró a sus derechos como Dios) sino que, se despojó a sí mismo tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres».

Cuando celebramos Navidad, lo que estamos celebrando, según los teólogos, es la encarnación de Cristo. El Hijo de Dios, el Verbo encarnado. Él no nació en el sentido terrenal como un rey o como una persona importante, o como un hombre rico o famoso. Él nació como un bebé humilde, para servir. Ese es el corazón de Jesús. Y este es el segundo retrato– la encarnación y que Él nació para servir.

Luego vemos la tercera imagen durante el ministerio de Jesús en la tierra. ¿Qué hizo Jesús durante los tres años de Su ministerio en la tierra? Él caminó haciendo el bien, sirviendo a otros, alimentando, sanando, ministrando a las personas que se sentían solas, avergonzadas, con sentimiento de culpa, rechazadas o despreciadas, como los leprosos, las prostitutas, los ciegos, los sordos, los hambrientos y los oprimidos.

El Señor también ministró a aquellos que tenían una opinión elevada de sí mismos, pero que realmente tenían necesidades espirituales insatisfechas, como los fariseos y Nicodemo. A Él no le importó en qué etapa de sus vidas estuvieran, ni cuál era su posición social. Si tenían una necesidad, Él estaba dispuesto a llenar esa necesidad.

Jesús también bendijo a los niños. Y nadie valoraba a los niños. Vemos también a Jesús hablando con mujeres y nadie valoraba a las mujeres. Los rabinos importantes no perdían su tiempo con las mujeres o los niños. Pero Jesús no nació para ser un maestro importante. Él vino a servir.

Él dijo de Sí mismo en Mateo capítulo 20 en el versículo 28: «así como el Hijo del Hombre no vino para ser servido», aunque Él definitivamente podía exigirlo. Él ciertamente era digno de toda la adoración y de que le sirvieran, pero no fue a eso a lo que Él vino. Él vino a servir. Diakonos, de donde viene la palabra diácono, ministrar, servir, atender a las mesas, tomar una posición insignificante, humilde, dando Su vida en rescate por muchos.

No lo vemos tratando de que los demás le ministren, aun cuando hubo momentos en los que estuvo hambriento, momentos en los que sintió cansancio, momentos en los que se sintió solo. Sino que siempre lo vemos dando y dándose. Y ese es el tipo de corazón que yo anhelo tener. El corazón de Jesús.

Miremos ahora otro retrato. Este retrato tiene lugar al final de la historia de Juan capítulo 13, cuando Jesús y sus discípulos vienen a la última cena. Jesús está preparándose para ir a la cruz a entregar su vida. Y Juan capítulo 13 versículo 1 dice:

«Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin».

¿Y cómo mostró Él Su amor? Anteriormente en esta serie dijimos que el ser un siervo fluye de un corazón amoroso y humilde. Jesús amó a sus discípulos, los que estaban preparándose para rechazarlo, para negarlo, para abandonarlo y correr por sus vidas. Él los amó. ¿Cómo lo mostró? Sirviéndoles.

En los versículos 2 al 5 de Juan capítulo 13 dice:

«Y durante la cena, como ya el diablo había puesto en el corazón de Judas Iscariote, hijo de Simón, el que lo entregara, Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todas las cosas en sus manos, y que de Dios había salido y a Dios volvía, se levantó de la cena y se quitó su manto, y tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó agua en una vasija, y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía ceñida».

Para nosotras hoy en día es un poco difícil entender el significado de esta acción porque no es algo que vemos en nuestra cultura. Nos subimos en el auto, nuestros pies tienen medias y zapatos, de modo que no es un gesto de amabilidad el que al llegar a la casa de alguien, quien nos reciba instruya a alguien o se dirija a nosotros para lavar nuestros pies antes de ofrecernos la cena. Pero en aquel tiempo, esto era muy importante, era parte de la cultura.

En el tiempo de Jesús, en el Medio Oriente se viajaba a pie de un lugar a otro y caminaban en la calles con sandalias por lo que sus pies se llenaban de polvo. Era una costumbre que al llegar a un lugar a cenar o cuando se reunían con otras personas, existieran servidores cuyo trabajo era lavar los pies de los visitantes y como un gesto de cortesía y una forma de dar una cordial bienvenida, se acercaran a hacerlo.

Este no era un trabajo noble, era un trabajo inferior. Lo hacía quien tenía el puesto más bajo en la jerarquía, ese lavaba los pies. Es decir, no era un trabajo que alguien diría, «cuando yo sea grande quiero ser el que lava los pies». No era la aspiración de nadie. Era el trabajo de un sirviente. Era denigrante. Era responsabilidad de los sirvientes.

¡Lavar los pies de Sus discípulos, era impensable! Primero, porque daba la impresión que no había sirvientes allí. Ellos habían tomado el espacio prestado para tener allí la última cena juntos, y aparentemente cuando llegaron al lugar no había un siervo que lavara sus pies. Así que uno esperaría que uno de los discípulos se hubiera ofrecido. Pero, o no pensaron en ello, o pensaron que tal tarea estaba muy por debajo de su categoría, o cada uno estaba esperando que otro de los discípulos se ofreciera. Cualquiera que fuera la razón, nadie había lavado los pies.

Necesitaban lavarse los pies antes de reclinarse a comer. Y Jesús viendo que nadie más lo hacía –y me pregunto si Jesús estaba solamente esperando– ¿cuánto tiempo esperó para ver si alguien pensaba en lavar los pies de los demás? Es decir, esto era una costumbre, no era algo que pudiera escapar de la mente de los discípulos.

De nuevo, Jesús ve una necesidad, no solamente pies sucios físicamente, sino que Él ve los corazones que tenían que ser lavados. Y en este increíble acto de humildad, sin hacer mucho alarde del problema, Él simplemente, humilde y amorosamente, se quita Su manto, se pone una toalla en la cintura y se pone de rodillas, y de inmediato empieza a lavar los pies de sus discípulos.

El simbolismo aquí no se pierde en los discípulos. ¡Es increíble! Ellos ven a Jesús tomar el lugar del siervo, del siervo de menor jerarquía. Ellos llegaron a conocer a Jesús a lo largo de esos 3 años. Ellos conocían Su trabajo, Sus milagros. Habían llegado a creer que Él era Dios. Sabían que Él era el Hijo de Dios, que Él tenía poder para hacer los milagros, que había venido a redimir al mundo, que Él moriría por el pecado del mundo. No entendían del todo esto, pero sabían que no se trataba de un hombre ordinario.

Habían aprendido a amarlo, a respetarlo, a admirarlo y a seguirlo. Entregarían sus vidas por este Hombre. Y este Hombre que ellos amaban, respetaban y adoraban estaba en el piso haciendo el trabajo de un siervo insignificante.

El equivalente de esta acción en nuestros tiempos es la persona que en el hospital vacía los orinales. Esta no es una posición impresionante. Este es un trabajo denigrante, humillante. ¿Y qué nos está diciendo Jesús con ello? «He venido a servir». Lo que Él está haciendo con esto es elevando el servicio al trabajo más alto del universo. No hay vocación más elevada que la de servir.

«Entonces, cuando acabó de lavarles los pies, tomó su manto, y sentándose a la mesa otra vez, les dijo: ¿Sabéis lo que os he hecho? Vosotros me llamáis Maestro y Señor; (estos son títulos honorables) y tenéis razón, porque lo soy. (Yo soy su Maestro y su Señor, así que noten lo que he hecho como su Maestro y su Señor) Pues si yo, el Señor y el Maestro, os lavé los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros» (Juan 13:12-14).

No busquen otros siervos. No piensen que es responsabilidad de otras personas. Díganse, «ese es mi trabajo». Miren a su alrededor, identifiquen las necesidades de los que les rodean y digan, «¿qué puedo hacer para servir y ministrar esas necesidades?»

«Porque os he dado ejemplo, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis...En verdad, en verdad os digo: un siervo no es mayor que su señor, ni un enviado es mayor que el que lo envió. Si sabéis esto, seréis felices si lo practicáis» (Juan 13:15-17).

Te aseguro que serás bendecida. Por lo general pensamos, «si sirvo seré miserable. Si le sirvo a mi familia, si le sirvo a mi esposo…» El movimiento feminista ha vendido que el servirle a tu familia es despreciable. Pero Jesús dijo, «serás bendecida si sirves».

Serás bendecida si le sirves a tu esposo. Serás bendecida si les sirves a tus hijos. Serás bendecida si les sirves a tus padres. Serás bendecida si le sirves a tu jefe. Serás bendecida si les sirves a tus compañeros de trabajo. Serás bendecida si les sirves a los niños del área de cuna, a tus hermanos en tu iglesia, ese es el trato especial que Dios te pide que adoptes. Serás bendecida porque, cuando sirves, te pareces a Jesús.

Pero Jesús no se detuvo ahí. En el siguiente punto acerca de una sierva del Señor, el Señor Jesús, unas horas más adelante fue a la cruz. Y Filipenses capítulo 2 versículo 8 nos dice: «Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz».

¿Por qué Jesús no fue y simplemente murió como un mártir, sino que voluntariamente entregó Su vida para morir como si fuera un criminal, avergonzado, reprochado, en medio de burlas y ridiculizado? ¿Por qué lo hizo? Porque Él es un siervo. Él es el Siervo del Señor, y Él es el Siervo del pueblo de Dios. Él vino, no a ser servido, sino a servir.

Y quizás dices, «si le sirvo a todo el mundo a mi alrededor como ellos esperan ser servidos, ¡me matará!» ¿Sabes qué? Probablemente no. Pero si te mata, morirás siguiendo los pasos de Aquél que entregó Su vida por ti. Y Él te pide que mueras –a tu reputación, a tus derechos, a tus deseos, a tus propios planes. De lo contrario, lo que viene a tu pensamiento es: «Yo quiero que alguien me sirva a mí», y esto especialmente en nuestros hogares.

De nuevo, Jesús no terminó de servirnos cuando fue a la cruz. Luego de la resurrección vemos a Jesús en dos ocasiones preparando y sirviendo alimentos a Sus discípulos. Lo vemos en Lucas capítulo 24, y lo vemos también en Juan capítulo 21. ¡Jesús preparando un pescado para el desayuno de sus discípulos en la playa! Él buscó los alimentos, los preparó y se los sirvió.

¿Qué está Él demostrando? Que ahí estaba el glorioso, el Cristo resucitado, levantado de los muertos sirviendo a Sus discípulos. Si lo piensas, Jesús solo tenía 40 días en la tierra, después de resucitar y antes de ascender al cielo, y Él se tomó el tiempo para preparar y servir alimentos. ¿No te parece eso algo increíble? Él santificó para siempre todo servicio que hagamos en Su nombre, no importa qué tan insignificante o trivial parezca.

Pero de nuevo, Jesús no termina de servir ahí. Filipenses capítulo 2 nos dice que «Él hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Por lo cual Dios también le exaltó hasta lo sumo, y le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra». Y ahora es el exaltado Siervo de Dios. ¿Pero sabes qué? Él no ha terminado de servir. Cuando Él regrese a la tierra, las Escrituras dicen que Él servirá a Sus siervos fieles.

Qué pensamiento tan increíble leemos en Lucas capítulo 12 versículo 37: «Dichosos aquellos siervos a quienes el señor, al venir, halle velando; en verdad os digo que se ceñirá para servir, y los sentará a la mesa, y acercándose, les servirá». Es una imagen como la que se presentó en la última cena, ¿no te parece? Él se puso una toalla en la cintura; «se ceñirá para servir, los sentará a la mesa, y acercándose, les servirá».

¿No te parece asombroso pensar que en el regreso de Jesús –si hemos sido sus siervas fieles, si hemos servido fielmente a los demás, si le hemos servido fielmente al Señor– de nuevo Él se vestirá de siervo, tal como lo hizo en la última cena, y nos servirá?

Me pregunto si nos sentiremos pequeñas como Pedro. «Señor, ¿tú lavarme los pies a mí?» Jesús quiere servir. Él se goza en servir. Él recibe plenitud al servir. Él cumple Su misión al servir. Él ha sido siervo desde la eternidad pasada. Él fue siervo en Su encarnación y en Sus años de ministerio terrenal, en la última cena y cuando fue a la cruz, y después de la resurrección antes de ascender. Y aun cuando regrese como el Rey del universo, seguirá siendo un siervo.

¿Sabes lo que esto me dice? Nunca nos parecemos más a Cristo que cuando somos siervas. Nunca te pareces más a Jesús que cuando tomas una toalla, una vasija de agua y dices, «déjame lavar tus pies».

Annamarie: Y tú, ¿estás dispuesta a servir como tu Salvador? Nancy DeMoss Wolgemuth nos ha estado ayudando a ver que cuando servimos somos un reflejo de nuestro bondadoso y humilde Salvador. 

Cada una de nosotras, allí donde Dios nos ha puesto, tenemos un rol importante en el avance de Su reino a través de nuestro servicio en nuestros hogares, en nuestras iglesias y ministerios, y en el mundo. Espero que hoy hayas obtenido una perspectiva fresca del privilegio que es servir, y que nos acompañes mañana para escuchar de mujeres que han experimentado esto. ¡Te esperamos!

Adornando el evangelio juntas, Aviva Nuestros Corazones es un ministerio de alcance de Revive Our Hearts.

La lectura para hoy en el Reto Mujer Verdadera 365 es Lucas capítulos 15 y 16.

Todas las Escrituras son tomadas de la Biblia de Las Américas, a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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Sobre el maestro

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth

Nancy DeMoss Wolgemuth ha tocado las vidas de millones de mujeres a través del ministerio de Aviva Nuestros Corazones y del Movimiento de Mujer Verdadera, llamando a las mujeres a un avivamiento espiritual y a la feminidad bíblica. Su amor por Cristo y por Su Palabra es contagioso y permea todos sus alcances, desde sus conferencias hasta sus programas de radio.

Ha escrito veintidós libros, incluyendo Mentiras que las mujeres creen y la Verdad que las hace libres, En busca de Dios (junto a Tim Grissom), y Adornadas. Sus libros han vendido más de cuatro millones de copias y están llegando a los corazones de las mujeres alrededor del mundo. Nancy y su esposo, Robert, radican en Michigan.

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