Podcast Aviva Nuestros Corazones

Carmen Espaillat: Nancy Leigh DeMoss describe la sumisión.

Nancy Leigh DeMoss: No puedes doblar tus rodillas ante tu esposo si no has doblado tus rodillas delante de Dios. Y, si no has doblado tus rodillas ante tu esposo, tus rodillas no han sido dobladas delante de Dios. Una es el reflejo de la otra.

Carmen: Esto es Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss en la voz de Patricia de Saladín.

¿Por qué es tan importante tu relación con tu esposo? Bueno, refleja una relación más profunda entre Dios y Su pueblo. Nancy nos explicará, continuando en la serie llamada El hermoso diseño de Dios para la mujer: Viviendo Tito 2:1-5.

Nancy: Algunos años atrás estaba hablando en una conferencia de mujeres ofrecida por un seminario. La conferencia era para mujeres que estaban sirviendo en el ministerio de mujeres—líderes de iglesias locales o que dirigían estudios bíblicos. No digo que solo había este tipo de personas en la conferencia, pero fue así que se promovió, lo cual es de importancia cuando te diga esto que sigue.

Al final de mi charla me pidieron que autografiara unos libros y una mujer que estaba en la fila tenía mi libro, “ Mentiras que las mujeres creen y la Verdad que las hace libres ”. Ella me lo entregó y me dijo, “¡Odio este libro!” No estoy segura si ella quería que yo lo firmara o quería tirármelo. Y yo le dije, “Cuéntame de eso”.

Ella me dijo, “Es eso de la sumisión”—y recuerda que esta conferencia era para líderes de ministerios de mujeres y profesoras de estudios bíblicos—dijo que hasta que leyó ese libro ella ni siquiera había escuchado del principio de las esposas sometiéndose a sus esposos.

Yo no sé si ella entró en la calle sin saber. Yo pensé que esto era realmente inusual en un seminario y en este contexto. Pero lo que realmente me desconcertó fue que luego de varias personas más en la fila vino otra mujer diciendo esencialmente lo mismo. Diciendo, “Yo nunca he escuchado este principio”.

Cuando comencé a hablarles a las mujeres yo tenía 20 años. Yo estaba ofreciendo conferencias para mujeres y seminarios. Cuando enseñaba de 1ra de Pedro o de Efesios 5, entre otras cosas, de las esposas sometiéndose a sus esposos, en esos días (y ya hace casi de eso 30 años) las mujeres a las que hablaba estaban familiarizadas con este concepto de la sumisión antes. Que lo estuvieran viviendo o no eso era otra cosa, pero al menos estaban familiarizadas con esto.

Pero me he percatado que en la última generación, durante estos treinta años, este principio no ha sido enseñado. Es algo atemorizante para un hombre de hoy pararse en el púlpito y enseñar estas cosas. No es políticamente correcto. Es un principio que encuentra una resistencia enorme.

De manera que es muy posible que tengamos muchos oyentes—de los que han leído mis libros, o de los que escuchan Aviva Nuestros Corazones—que digan, “Yo nunca he escuchado este principio antes”. Por eso es que queremos tomarnos el tiempo de explicar y dar un entendimiento fundacional de lo que significa esto de la sumisión.

Durante el programa pasado, terminamos diciendo que existe una posición de autoridad. Una mujer debe someterse a su esposo, no porque él sea buen-mozo o amable o cariñoso o talentoso, espiritual o piadoso o ninguna de esas cosas, sino porque Dios ha dicho que él es la cabeza de la esposa como Cristo es la cabeza del hombre y Dios es la cabeza de Cristo. Es su posición que llama a la mujer a colocarse debajo…Hupotasso—esa es la palabra para sumisión en el griego original. Ella debe colocarse a sí misma debajo de su liderazgo.

Así que eso levanta las siguientes preguntas, ¿Qué significa ser autoridad y que significa sumisión? Quiero darte un par de definiciones que he obtenido de John Piper y que creo que son realmente buenas. El doctor Piper dice, “Ser la cabeza es el llamado divino de un esposo de tomar la responsabilidad primaria de un liderazgo de servicio como el de Cristo, de la protección y provisión del hogar”. Esa es la responsabilidad del hombre. Él es el principal responsable en el hogar de liderar, proteger y proveer.

Sumisión es reconocer y responder a la cabeza. Vemos al esposo funcionando como líder, proveyendo liderazgo, protección y provisión. Y es la esposa colocándose debajo de esa autoridad y respondiendo a ella, reconociéndola y recibiéndola.

De manera que esta es la forma en que el Pastor Piper explica la sumisión. He encontrado esto tan útil. “Es la inclinación a ceder a su liderazgo”. Él guía. Ella sigue. Como el baile de salón. He escuchado tantas parejas hablar de eso. Alguien tiene que liderar y alguien tiene que seguir. Es una inclinación a ceder a su liderazgo y a apoyar sus iniciativas. Si él va a tomar una iniciativa, alguien tiene que apoyar eso. Es la disposición de seguir la autoridad del esposo.

Luego el pastor Piper continúa diciendo, “Sumisión es el llamado divino de una esposa de honrar y afirmar el liderazgo de su esposo y ayudarlo a llevarlo a cabo de acuerdo a sus dones”. Es el llamado divino de una esposa de honrar y afirmar el liderazgo de su esposo y ayudarlo a llevarlo a cabo de acuerdo a sus dones. Así que vemos a un esposo y una esposa trabajando juntos, no uno contra otro, sino juntos para alcanzar una meta en común, no compitiendo el uno contra el otro. Ellos están jugando para el mismo equipo.

Ahora hemos estado viendo el capítulo 2 de Tito, y vemos que una de las cosas que las mujeres mayores deben enseñar a las más jóvenes, es a entrenarlas para que sean sumisas a sus esposos, a responder al liderazgo y a la iniciativa de sus esposos para que la Palabra de Dios no sea blasfemada.

Quiero que hoy veamos lo que la sumisión no significa. Mientras vemos lo que no significa, veremos algunas cosas sobre lo que significa. No significa, antes que nada, que tú eres inferior a tu esposo o que vales menos que él. De acuerdo a la Palabra de Dios esposo y esposa son creados ambos a la imagen de Dios y son completamente iguales delante de Dios. Primera de Pedro dice que son coherederos de la gracia de la vida.

El hecho de que ambos son iguales y creados a la imagen de Dios no contradice las diferencias creadas por Dios y que te distinguió en términos de las asignaciones que te dio, en cuanto a tu función. Ahí es que vemos la diferencia.

Ser sumisa no implica una obediencia forzada. A los esposos no se les dice en ningún lugar de las Escrituras que deben someter a sus esposas. La sumisión debe ser la respuesta voluntaria de la esposa como fruto del amor y la obediencia a su Padre celestial. No fruto de la coerción o un cumplimiento forzado.

La sumisión tampoco es una esclavitud o una sumisión servil. No es eso para nada. Son coherederos de la gracia de la vida. Son compañeros de vida. Es una respuesta amorosa, gozosa, hacia su liderazgo.

La sumisión no es ciega. No quiere decir que tú le das a tu esposo una obediencia ciega y sin cuestionamientos. “Sí señor, usted dice ‘salta’ y yo digo, ‘¿cuán alto?'” que no hay criterio, no hay respuesta ni pensamientos. Es solo esta obediencia ciega, sin sentido que no cuestiona nada.

No quiere decir que tú no das tu opinión cuando la tengas y estoy segura que la tienes en muchas ocasiones. Estás hecha para ser ayuda y no lo ayudas al pararte a su lado viendo como se prepara para saltar a un abismo o ves a la familia caminando en una dirección preocupante por lo que sabes de la Palabra de Dios y porque has estado buscando al Señor y tienes preocupaciones en tu corazón. Si eres su ayuda, necesitas dar esas opiniones.

Creo que hay algunas que pensarán, “Bueno, si soy sumisa, no puedo decir nada. Solo me callo y hago lo que él dice.” Eso no es sumisión bíblica. La sumisión bíblica no quiere decir que tu esposo siempre tiene la razón. No quiere decir que su dirección para tu familia siempre es correcta.

De hecho, la sumisión no es realmente probada hasta que llegan a un punto donde tienen un desacuerdo. Si ambos están de acuerdo con algo, realmente no requiere sumisión. Ambos están caminando en la misma dirección y ven la situación de la misma forma y eso está bien. Pero la prueba de la sumisión viene cuando él está en una dirección y tú lo ves de otra manera.

La sumisión no significa que le debes una obediencia absoluta e ilimitada a tu esposo. No quiere decir que debes seguir a tu esposo en el pecado. Si el está dirigiéndote a ti o a tu familia en una dirección contraria a la Palabra de Dios… No estoy diciendo de algo que sea simplemente contrario a tu preferencia, sino que él te esté diciendo que hagas algo que las Escrituras prohíben o te está prohibiendo algo que las Escrituras te mandan a hacer.

Sumisión no quiere decir que corres a tirarte de esa colina y desobedeces a Dios para poder someterte a tu esposo. No debes pecar a fin de someterte. Debes obedecer a la autoridad mayor. Pero cuando obedezcas a la autoridad mayor en esos casos excepcionales donde la dirección de tu esposo sea contraria a la Palabra de Dios, tu respuesta aun en ese momento debe ser con una actitud humilde y respetuosa.

He escuchado a muchas mujeres a lo largo de los años hablar sobre sus problemas con la sumisión. He aconsejado a muchas mujeres; he escuchado muchas historias. Estoy convencida de que es poco usual—de hecho, muy inusual—que el verdadero problema sea que el esposo esté pidiéndole a la esposa que peque.

Claro, eso sucede pero aun en matrimonios muy malos la mayor parte de los asuntos no se deben a que él te esté pidiendo que peques. Más frecuentemente es solo que no están de acuerdo con algo o no crees que es lo mejor. Y puede que tengas razón. Pero no te está pidiendo que peques. Ahora, si te estuviera pidiendo que peques, si esa es la dirección que tú percibes, tu lealtad primera es con Cristo y debes obedecer a la autoridad mayor.

La sumisión tampoco es un sometimiento externo a la dirección de tu esposo. No es un cumplimiento externo únicamente. Como esposa eres llamada a someterte a tu esposo de una forma que se asemeje a Cristo, lo que quiere decir no estar molesta o resentida o no tener una actitud rebelde.

El llamado de Dios en Tito 2 en cuanto a la sumisión de la mujer a su esposo no se limita a ser sumisas en su conducta. Es más bien ser sumisas en su espíritu. ¿Cuántas de ustedes, esposas, saben la diferencia? Quizás sabes lo que es someter tu comportamiento pero no sabes lo que implica el tener un espíritu sumiso. Esa es la prueba.

Déjame darte algunas ilustraciones de algunas de mis amigas que me escribieron sobre esto cuando lo solicité hace algunos días.

Una mujer dijo,

“Años atrás mi esposo y yo fuimos invitados una noche a salir a cenar, y por alguna razón yo me sentí impulsada a preguntarle si debía ponerme un vestido o unos pantalones. [Ella dijo que normalmente no hacía eso pero que ese día en particular lo hizo]. El quería que yo me pusiera un vestido pero ya yo había decidido que quería ponerme pantalones. Yo me “sometí” [Ella puso eso entre comillas] y me puse un vestido, pero por dentro estaba muy de pie con unos pantalones puestos.

A través de este incidente Dios me mostró que la sumisión es mucho más que simplemente hacer lo que se nos pide. Es un asunto del corazón.”

Y aquí una historia similar de otra amiga. Ella dijo,

“Antes entendía la sumisión como no violar de forma directa las instrucciones de mi esposo. Si él definía una línea, yo me sometía. Yo pensaba que eso era sumisión. Mi entendimiento de la sumisión estaba más centrado en las acciones externas que en la humildad interna de un corazón rendido.

El estilo de liderazgo de mi esposo nunca ha sido autoritario. Es un líder muy gentil y amable y raramente es definitivo sobre algún tema. Pero temprano en nuestro matrimonio, si él tomaba una decisión que yo no quería seguir, yo me sometía con resistencia. [Por cierto, puedes hacer sentir a tu esposo miserable con ese tipo de sumisión. Porque él puede percatarse de ello.]

Yo era como un niño en la silla de comer que insistía en pararse en la silla mientras la madre intentaba que se sentara. Cuando finalmente se sentaba, enfáticamente diría, ‘Puede que esté sentado exteriormente pero estoy parado en mi corazón.' Esa era yo. Puede que me sometiera a las decisiones de mi esposo, pero era con una mala actitud, y si me daba la oportunidad, estaba lista para señalarle por qué esa decisión no funcionaría.”

Y entonces vemos el problema de ese tipo de sumisión no-bíblica, carente de un espíritu sumiso.

“Como resultado de mi personalidad voluntariosa y del temor a la confrontación que temía mi esposo, nuestro matrimonio sufrió mucho bajo esa dinámica invertida: él siguiendo mi liderazgo.

Cuando me percaté de cómo mi dominio lo había afectado, lo había castrado y paralizado con temor, me acerqué a él arrepentida y buscando su perdón. Pero ha sido una ardua tarea la de reconstruir y aplicar serios esfuerzos para desarrollar nuevos patrones de comportamiento y de aprender la actitud humilde que es necesaria para vivir la sumisión bíblica. Para él significa tener el valor de liderar luego de años de seguir mis pautas.”

Así que como ves, con una falta de espíritu sumiso, puedes cavar tu propia tumba y construir patrones en tu matrimonio que serán muy pero muy difíciles de revertir en años posteriores.

De manera que la sumisión implica responder a la iniciativa de tu esposo, a su liderazgo y eso implica la disposición de confiar en Dios y por ende en tu esposo, porque reconoces que Dios es el que está a cargo. Dios es la cabeza. Quiere decir rendir el impulso de estar en control. Quiere decir renunciar a las riendas.

Desde Génesis capítulo 3, eso es muy, muy difícil de hacer para nosotras las mujeres. Existe esta batalla por el control. Me he preguntado, ¿Por qué la sumisión es una lucha tan grande para nosotras en todos los niveles, incluyendo dentro el contexto del matrimonio?

Creo que para muchas es el deseo de control. En Génesis capítulo 3, parte de las consecuencias de la caída en el caso de la mujer fue que Dios le dijo, “Tu deseo, tu inclinación, será para gobernar a tu marido, el tendrá dominio sobre ti” (versículo 16, parafraseado). Estarán desintonizados. No estarán en el orden que fueron creados. Tú no estarás hupotasso—colocada debajo de tu esposo. Tu deseo será dominar su vida. Así que tenemos este deseo de control.

Y creo también que es difícil por causa del miedo. Tenemos el miedo de ¿y qué pasa si él se equivoca? ¿Qué si él dirige nuestra familia a la bancarrota? ¿Y qué si hace que mi vida sea miserable? ¿Y si hace que la vida de mis hijos sea miserable? Eso es temor.

También está el problema del orgullo. “Todo camino del hombre es correcto a sus propios ojos”. Creemos que sabemos más. Es increíble cuando escuchas parejas hablar de conflictos y problemas en su matrimonio. Si oyes a la esposa, piensas, “Oh, ella tiene la razón, él necesita cambiar”. Pero luego cuando escuchas al esposo, piensas, “Oh él tiene la razón, ella necesita cambiar”. Ambos tienen culpa. Cada uno ve las cosas desde su propia perspectiva. Y eso es orgullo.

Luego tenemos este asunto de que somos rebeldes de corazón. ¡Y lo somos! Podemos sentarnos en este salón o en la iglesia o encontrarnos en alguna conferencia y podríamos vernos como muy agradables, bien vestidas y con un espíritu muy dulce, pero de corazón somos rebeldes. Queremos las cosas a nuestra manera. Te digo la verdad. No me importa hacer ninguna de las cosas que debo hacer siempre que no haya otra persona diciéndome lo que debo hacer. ¿Te identificas? Es un asunto de la voluntad. Somos rebeldes. Por eso luchamos.

Ahora para algunas esta lucha es en esta área—y lo he escuchado de muchas mujeres en diferentes maneras—“mi esposo no es un líder”. O, “mi esposo no quiere liderar”. Esta es una gran frustración de muchas, muchas mujeres hoy.

Tengo una amiga que me dijo el otro día, “A mi esposo no le gusta el conflicto ni la confrontación así que él evita dar dirección que piensa que yo no voy a aceptar porque a los hombres no les gusta correr el riesgo de ser derribados o rechazados por hacer lo que ellos creen que es correcto”.

Luego le pregunté al esposo de esta mujer, en presencia de ella, en cuanto a su perspectiva con respecto a esto. Desde la perspectiva del hombre, “Dime ¿porqué es más difícil para algunos hombres liderar a sus esposas?” Y él dijo, “Principalmente, si un esposo siente que su liderazgo va a amenazar su relación, el protegerá la relación y no el liderazgo”. Él se va a retirar porque él no quiere que la relación corra peligro.

Así que puedes obedecer externamente pero tener este espíritu resistente, frío, castigando a tu esposo emocionalmente, siendo manipuladora, controladora, teniéndolo como un rehén. ¿Sabes lo que es posible que pase? Es probable que él se retire. Luego dices, “¿Por qué él no lidera?” Tal vez quieras devolverte y decir, “¿He hecho que el liderar sea algo amenazante para él?”

Como mujeres podemos hacer eso de formas bien silenciosas. Puede que no seas una gritona pero tu esposo sabe cuando él está pagando por haber tomado la iniciativa y haber liderado en algo con lo que no estabas de acuerdo.

Yo he estado haciendo encuestas entre los esposos esta semana pasada, preguntándoles sobre cómo luce la sumisión desde su perspectiva y por qué es difícil para algunos hombres liderar en algunos casos. El esposo de otra amiga me dijo, “Si todo es desafiado y cuestionado, es más difícil liderar que no hacer nada, un esposo pudiera bien decidir no hacer nada en vez de tomar el riesgo al fracaso”.

Una mujer me envió un correo electrónico y decía, “Nuestro matrimonio consiste en un esposo pasivo que no es creyente y una esposa dominante [hablando de ella misma] que como creyente conoce el mandamiento pero está luchando para obedecer y someterse a su esposo. Como resultado, hay muchas ocasiones donde mi esposo simplemente me deja tomar las decisiones para evadir el conflicto. Esto va en constante detrimento de nuestro matrimonio”.

El increíble modelo que tenemos en las Escrituras para la sumisión en acción y en espíritu—el más grande modelo—es el del Señor Jesucristo mismo. El Padre y el Hijo, totalmente iguales, y de todas formas el Hijo le dice al Padre, “He venido a hacer tu voluntad, oh Dios”. En los Salmos, “Me deleito en hacer tu voluntad”. El mandamiento del Padre vino a ser la decisión del Hijo. Sumiso a la voluntad del Padre.

En Juan capítulo 6, versículo 38, Jesús dijo: “Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”. Hupotasso—colocándose a sí mismo debajo de la autoridad de su Padre Celestial. Y él lo llevó a las últimas consecuencias. Filipenses capítulo 2, versículo 8, “Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz”.

Tú dices, “Que final tan terrible. Mira a donde le lleva la sumisión”, No, debes leer el próximo versículo. “Por lo cual Dios le exaltó hasta lo sumo, y le dio el nombre que es sobre todo nombre” (Filipenses 2:9). Ya ves, la sumisión al final es la forma de ser exaltados por Dios.

El asunto fundamental es nuestra sumisión a Dios. Si estamos rendidas y sometidas a Él, colocarse debajo (hupotasso)—someternos a nosotras mismas bajo autoridades humanas—no será tan amenazante para nosotras.

Una amiga me dijo la semana pasada, “Yo no me sometí, ni confié en mi esposo en los primeros años de nuestro matrimonio porque yo no me sometía ni confiaba en el Señor”. ¿No es ahí donde encontramos el verdadero problema? En nuestra relación con el Señor.

No puedes doblar tus rodillas ante tu esposo si no has doblado tus rodillas delante de Dios. Y si no has doblado tus rodillas ante tu esposo, tus rodillas no están dobladas delante de Dios. Una es el reflejo de la otra. Déjame decirte que ese tipo de sumisión debe estar basada en la confianza. Tú dices, “Pero mi esposo no es…” Yo no dije confianza en tu esposo. ¿Dónde está tu confianza? La confianza debe estar en Dios.

Proverbios 21 dice, “Como canales de agua es el corazón del rey en las manos del Señor; Él lo dirige donde le place” (verso 1). Escuchen, mujeres, nuestra disposición para colocarnos debajo de la autoridad ordenada por Dios es la mayor evidencia de cuán grande creemos que Dios realmente es. ¿Crees que Dios es suficientemente grande para convertir el corazón de tu esposo si eso complace al Señor?

Ahora, puede ser que Dios vuelva tu propio corazón hacia Él. Puede que estés pensando que es el corazón de tu esposo que necesita ser cambiado, pero tal vez es tu propio corazón que necesita ser cambiado. ¿Crees, confías en que Dios es suficientemente grande para convertir su corazón si eso complace al Señor y es lo que se necesita?

Puede que tu esposo se equivoque, y lo hará. Los mejores esposos, aquellos con los que tú piensas que te gustaría estar casada si te tocara hacerlo otra vez, los que tú respetas; los ves en el púlpito. Lo escuchas enseñando la Palabra de Dios y piensas, “Oh, esa esposa es muy afortunada”. Escucha, ella vive con él. Tú no. Ese hombre se equivoca, como tu esposo se equivoca, como todos los hombres se equivocan y como tú misma te equivocas.

Todos somos pecadores. Cuando tu esposo da un paso en falso, ¿Cómo permaneces con un espíritu de sumisión? Confías en que Dios es soberano. Confías en que Dios está en control y que Dios no se ha dormido en su trabajo. No se ha levantado de su trono. Él es suficientemente grande y grandioso para convertir el corazón de un hombre y protegerte en el proceso.

Carmen: Nancy Leigh DeMoss nos ha estado mostrando una imagen de cómo se ve la sumisión cuando las cosas son difíciles.

Es parte de un estudio profundo de Tito 2 que toda mujer debe oír. Esta serie cubre la relación de una mujer con Dios, la doctrina, el dominio propio, las relaciones con otras mujeres de la iglesia, los hijos y los esposos.

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En el próximo programa continuaremos viendo la sumisión de una forma práctica. ¿Cómo se ve entre dos personas imperfectas? Por favor regresa a Aviva Nuestros Corazones.

Aviva Nuestros Corazones con Nancy Leigh DeMoss es un ministerio de alcance de Life Action Ministries.

Todas las Escrituras son tomadas de La Biblia de las Américas a menos que se indique lo contrario.

*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la temporada de podcast.

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