Cuando pensamos en prepararnos para una conferencia, probablemente pensamos en muchas cosas: hacer planes, organizar el viaje, preparar lo que vamos a llevar, quizás incluso pensar en lo que esperamos escuchar.
Pero hay una preparación mucho más importante, y es la de preparar el terreno de nuestro corazón.
Así que, al comenzar estos días de preparación, quiero invitarte a hacerte una pregunta: ¿En qué condición está la tierra de tu corazón?
En Oseas 10:12, Dios le dice a Su pueblo: «Rompan la tierra para sembrar, porque es tiempo de buscar al Señor».
Es una imagen muy gráfica. Una tierra que ha permanecido sin cultivar se endurece. Y si queremos sembrar en ese terreno, no basta con arrojar buena semilla. Primero hay que romper la dureza, remover las piedras, arrancar las malas hierbas y preparar la tierra para recibirla.
Jesús utilizó una imagen similar en la …
Cuando pensamos en prepararnos para una conferencia, probablemente pensamos en muchas cosas: hacer planes, organizar el viaje, preparar lo que vamos a llevar, quizás incluso pensar en lo que esperamos escuchar.
Pero hay una preparación mucho más importante, y es la de preparar el terreno de nuestro corazón.
Así que, al comenzar estos días de preparación, quiero invitarte a hacerte una pregunta: ¿En qué condición está la tierra de tu corazón?
En Oseas 10:12, Dios le dice a Su pueblo: «Rompan la tierra para sembrar, porque es tiempo de buscar al Señor».
Es una imagen muy gráfica. Una tierra que ha permanecido sin cultivar se endurece. Y si queremos sembrar en ese terreno, no basta con arrojar buena semilla. Primero hay que romper la dureza, remover las piedras, arrancar las malas hierbas y preparar la tierra para recibirla.
Jesús utilizó una imagen similar en la parábola del sembrador. La semilla era la misma en cada caso: la Palabra de Dios. Lo que hacía la diferencia era la condición del terreno donde caía.
En un corazón endurecido, la Palabra no penetra. En otro, se recibe con gozo, pero no echa raíces profundas. Y en otro, comienza a crecer, pero «los afanes del mundo y el engaño de las riquezas» la ahogan.
¡Qué fácil es escuchar la Palabra de Dios y, sin embargo, no permitir que transforme nuestra vida!
Podemos escuchar un mensaje, sentirnos conmovidas, incluso responder emocionalmente… pero no arrepentirnos. Podemos estar de acuerdo con las verdades escuchadas, sentir gozo al recibirlas, pero luego regresar a nuestras vidas sin obedecer aquello que Dios nos mostró.
Y las malas hierbas del corazón no necesitan que las cultivemos. ¡Crecen solitas!
Los afanes, las distracciones, el amor por las cosas de este mundo, la autosuficiencia, el resentimiento, el orgullo… si no atendemos diligentemente la tierra de nuestro corazón, poco a poco pueden ahogar la Palabra.
Entonces, al la luz de todo esto… ¿qué es buena tierra?
No necesariamente una tierra que siempre fue buena. Pero es una que ha sido preparada. Una tierra que pudo haber estado endurecida, pero fue quebrada; que tenía piedras, pero fueron removidas; que tenía malas hierbas, pero fueron arrancadas.
Y tenemos que orar que Cristo haga esto en nosotras. Es algo que no podemos hacer por nosotras mismas. Oremos unas por otras. Oremos que el Espíritu Santo rompa la dureza de nuestro corazón, que llegue hasta esas capas profundas y rocosas que quizás están escondidas debajo de la superficie, y que por Su Espíritu arranque aquello que está impidiendo que Su Palabra produzca fruto.
Y mientras preparamos todo para asistir a este evento juntas, queremos intencionalmente atender lo más importante: la tierra de nuestro corazón.
Porque dentro de poco nos sentaremos a adorar, a disfrutar en la presencia de nuestro Dios y a escuchar Su Palabra. Y no queremos recibirla simplemente como palabras de hombres, sino, como dice 1 Tesalonicenses 2:13: «como lo que realmente es, la palabra de Dios».
Así que antes de pedir: «Señor, háblame», yo te invito a orar:
Señor, prepara mi corazón para escucharte. Muéstrame dónde la tierra de mi corazón se ha endurecido. Arranca las malas hierbas que he dejado que crezcan allí. Remueve las piedras. Hazme sensible a Tu voz. Prepara en mí buena tierra para que cuando Tu Palabra sea sembrada, eche raíces profundas y produzca fruto en abundancia, para Tu gloria. Amén.
*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la series de podcast.
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