Ayer comenzamos este recorrido mirando la condición de la tierra de nuestro corazón. Hoy quiero invitarte a dar un paso más y hacerte otra pregunta:
¿De qué estás dependiendo para sostenerte en el camino?
Hay temporadas de nuestra vida que se parecen mucho a un desierto. Lugares a los que no hubiéramos elegido ir. Caminos largos, inciertos, donde los recursos parecen escasos y no podemos ver con claridad lo que viene después.
Y nuestra primera reacción suele ser querer salir de allí lo más rápido posible.
Pero ¿y si Dios quiere hacer algo en nosotras mientras atravesamos ese camino?
En Deuteronomio 8:2, Moisés le pide al pueblo de Israel que mire hacia atrás y recuerde:
«Y te acordarás de todo el camino por donde el Señor tu Dios te ha traído por el desierto durante estos cuarenta años, para humillarte, probándote, a fin de …
Ayer comenzamos este recorrido mirando la condición de la tierra de nuestro corazón. Hoy quiero invitarte a dar un paso más y hacerte otra pregunta:
¿De qué estás dependiendo para sostenerte en el camino?
Hay temporadas de nuestra vida que se parecen mucho a un desierto. Lugares a los que no hubiéramos elegido ir. Caminos largos, inciertos, donde los recursos parecen escasos y no podemos ver con claridad lo que viene después.
Y nuestra primera reacción suele ser querer salir de allí lo más rápido posible.
Pero ¿y si Dios quiere hacer algo en nosotras mientras atravesamos ese camino?
En Deuteronomio 8:2, Moisés le pide al pueblo de Israel que mire hacia atrás y recuerde:
«Y te acordarás de todo el camino por donde el Señor tu Dios te ha traído por el desierto durante estos cuarenta años, para humillarte, probándote, a fin de saber lo que había en tu corazón si guardarías o no Sus mandamientos».
Me llama la atención que Moisés no les dice simplemente: «Recuerden el desierto».
Les dice: «Recuerden todo el camino por donde el Señor los ha traído».
El desierto no era un lugar fuera del alcance de Dios. Él estaba allí. Él los había guiado. Y aun en ese lugar difícil estaba obrando con un propósito: humillarlos, probarlos y revelar lo que había en sus corazones.
Y luego el versículo 3 dice algo todavía más sorprendente: «Él te humilló, y te dejó tener hambre, y te alimentó con el maná que no conocías... para hacerte entender que el hombre no solo vive de pan, sino que vive de todo lo que procede de la boca del Señor».
Dios permitió que sintieran hambre.
No porque hubiera dejado de cuidarlos, sino porque quería enseñarles algo que en la abundancia era mucho más fácil olvidar: ellos dependían completamente de Él.
Y quizás esa sea una de las cosas que el desierto hace también en nosotras.
Cuando tenemos recursos, respuestas, planes y cierta sensación de control, es fácil pensar que estamos bien. Pero cuando algo de eso desaparece, queda expuesto aquello en lo que realmente hemos estado descansando.
El desierto revela nuestra necesidad.
Quizás hoy estás caminando por una temporada que no entiendes. Tal vez llevas tiempo pidiéndole al Señor que cambie algo, abra una puerta, responda una oración o simplemente te muestre qué viene después.
No sé cuál sea tu desierto, ni cuánto tiempo permanecerás allí. Pero sí sé algo: si eres Suya, no estás caminando sola.
El Dios que guió a Su pueblo por el desierto sigue siendo fiel. Y quizás antes de cambiar tus circunstancias, Él quiere enseñarte a depender más profundamente de Él.
Así que hoy, en lugar de preguntarle solamente: «Señor, ¿cuándo voy a salir de aquí?», pregúntale:
«Señor, ¿qué está revelando este camino acerca de aquello de lo que depende mi corazón?».
Y pídele que te enseñe a vivir no solamente de aquello que puedes ver, controlar o asegurar, sino de cada palabra que procede de Su boca.
Porque quizás preparar nuestro corazón también significa reconocer que no necesitamos conocer todo el camino.
Necesitamos conocer y depender del Dios que nos guía por él.
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