Hemos examinado ya nuestro corazón y hemos reconocido que no podemos solas, pero ¿te has dado cuenta que la inclinación que tenemos es a seguir con el puño cerrado? Nos aferramos a algo que nos da miedo soltar porque eso significaría perder el control. La incertidumbre del futuro está justo a la vuelta de la esquina, y no podemos permitirnos confiar en algo más que no sea en nuestras propias fuerzas.
Lo más lamentable es que cuando creemos tener el control, estamos confiando en nosotras mismas, y no nos damos cuenta de que ese no es el lugar más seguro. ¿Por qué? Porque dependemos de nuestras fuerzas, que son limitadas; de nuestro nulo conocimiento y seguridad del futuro; y de nuestra sabiduría que se basa en nuestras propias creencias y emociones. Entonces, cuando lo que teníamos en nuestras manos se vuelve insuficiente, terminamos sintiéndonos frustradas, impotentes y vacías.
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Hemos examinado ya nuestro corazón y hemos reconocido que no podemos solas, pero ¿te has dado cuenta que la inclinación que tenemos es a seguir con el puño cerrado? Nos aferramos a algo que nos da miedo soltar porque eso significaría perder el control. La incertidumbre del futuro está justo a la vuelta de la esquina, y no podemos permitirnos confiar en algo más que no sea en nuestras propias fuerzas.
Lo más lamentable es que cuando creemos tener el control, estamos confiando en nosotras mismas, y no nos damos cuenta de que ese no es el lugar más seguro. ¿Por qué? Porque dependemos de nuestras fuerzas, que son limitadas; de nuestro nulo conocimiento y seguridad del futuro; y de nuestra sabiduría que se basa en nuestras propias creencias y emociones. Entonces, cuando lo que teníamos en nuestras manos se vuelve insuficiente, terminamos sintiéndonos frustradas, impotentes y vacías.
Y esto apunta a una realidad más profunda, nos sentimos así porque hemos llenado nuestro corazón con otras fuentes de seguridad, identidad o control, que han quitado a Dios del trono de nuestra vida que por derecho le pertenece.
Eso mismo le ocurrió al pueblo de Judá que estaban viviendo un tiempo de profunda infidelidad espiritual. Dios mandó al profeta Jeremías a hablar al corazón del pueblo con una exhortación clara: «¿Ha cambiado alguna nación sus dioses, aunque esos no son dioses? Pues Mi pueblo ha cambiado su gloria por lo que no aprovecha» (Jer. 2:11).
Aunque seguían practicando una religión externa, habían abandonado al Señor y habían puesto su confianza en otros dioses y alianzas humanas; ¡ni siquiera los pueblos paganos vivían tal infidelidad aunque sus dioses no eran dioses!
Así que Dios exhibe sus pecados diciendo:
- «Me han abandonado a Mí, fuente de aguas vivas».
- «Han cavado para sí cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua».
Eso es lo que el pueblo amado por Dios había hecho: dejaron la fuente de agua viva para cavar cisternas rotas que nunca podrían satisfacerlos.
El problema no era que Dios hubiera dejado de ser la fuente de vida para Su pueblo. Era que ellos habían decidido abandonarlo y buscar en otros lugares aquello que solamente Él podía darles.
Y eso nos sucede a nosotras también, el problema principal no es la falta de recursos ni de bendiciones, sino nuestra insistencia en sustituir a Dios por otros «salvadores» que se convierten en nuestros ídolos. La palabra ídolos puede, de hecho, sonar fuerte, pero la realidad es que cualquier cosa que ocupe el primer lugar de nuestro corazón, en lo que ponemos toda nuestra confianza y esperanza, se convierte en un ídolo.
Muchas veces estos ídolos son deseos, afectos o seguridades del corazón; la autosuficiencia puede convertirse en una forma de idolatría también.
Recordemos que Dios no compite por un lugar en nuestra vida; Él es un Dios celoso y merece el primer lugar. Todo ídolo promete satisfacción, pero termina dejando más sed. Todo aquello en lo que confiamos más que en Dios terminará dejándonos vacías. Solo Cristo puede ocupar el trono de nuestro corazón y saciar la sed más profunda.
Así que, pide hoy al Señor que te muestre las «cisternas rotas» a las que has estado recurriendo, y pregúntate: ¿Qué estoy buscando para sentirme segura, satisfecha o en control que ha comenzado a ocupar el lugar que solo Dios debe tener?
Hermana, pídele hoy al Señor que te muestre dónde has puesto tu confianza. Vuelve tu corazón a Cristo, la única fuente de vida que no se agota. Él es digno de toda nuestra confianza y ha prometido sostener a los suyos hasta el día en que disfrutemos plenamente de Su presencia.
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