Día 106 | Juan 8
El capítulo del día de hoy comienza con el relato de una mujer sorprendida en adulterio. Este pasaje en particular tiene algunos debates textuales, pero es parte del testimonio aceptado de Cristo. Los escribas y fariseos la traen ante Jesús, no por celo por la santidad, sino para tenderle una trampa. La ley era clara (Levítico 20:10), pero su aplicación era selectiva: trajeron solo a la mujer; y más allá de ella recibir su castigo, querían poner a prueba a Jesús, para ver si hacía caso omiso a la ley de Moisés.
Jesús no contradice la ley. Él la cumple y la trasciende revelando la condición universal del pecado. Nuestro Señor siempre los llevaba a ver su propio pecado, con Su sabiduría y misericordia enseñó que aunque no aprueba el pecado, tampoco se complace en la condenación; Él conoce el corazón de todo hombre y la culpabilidad de su …
El capítulo del día de hoy comienza con el relato de una mujer sorprendida en adulterio. Este pasaje en particular tiene algunos debates textuales, pero es parte del testimonio aceptado de Cristo. Los escribas y fariseos la traen ante Jesús, no por celo por la santidad, sino para tenderle una trampa. La ley era clara (Levítico 20:10), pero su aplicación era selectiva: trajeron solo a la mujer; y más allá de ella recibir su castigo, querían poner a prueba a Jesús, para ver si hacía caso omiso a la ley de Moisés.
Jesús no contradice la ley. Él la cumple y la trasciende revelando la condición universal del pecado. Nuestro Señor siempre los llevaba a ver su propio pecado, con Su sabiduría y misericordia enseñó que aunque no aprueba el pecado, tampoco se complace en la condenación; Él conoce el corazón de todo hombre y la culpabilidad de su pecado, así que eleva el estándar y les dice: «El que de ustedes esté sin pecado, sea el primero en tirarle piedra».
Ellos se fueron retirando uno a uno, y le habló a la mujer. No porque la hubiera librado de la muerte en ese momento, significaba que no le mostraría Su compasión para exhortarla en su pecado. No reconoció inocencia alguna en ella, más bien le dijo que dejara su pecado, y entonces, la liberó.
Mi hermana, la gracia transformadora de Dios es un acto de bondad de nuestro Padre celestial; jamás excusará nuestro pecado, pero sí nos llevará a que el pecado más escondido de nuestro corazón salga a la luz para ser confesado.
La Luz del mundo
Durante la Fiesta de los Tabernáculos se encendían enormes lámparas en el templo, iluminando el patio durante la noche. Esa luz recordaba la columna de fuego que guió a Israel en el desierto. Bajo estas lámparas, y encendiendo otras antorchas que sostenían en sus manos, el pueblo celebraba con danzas, cánticos y alabanza toda la noche.
El Señor Jesús tomó esta oportunidad para hablar al corazón de las personas, pues su ceguera era grande. Así que, les explica, que esa luz que ellos sostenían en sus manos y bajo la cual estaban celebrando era efímera. Cuando tuvieran la necesidad de ver, tendrían que volver a conseguir insumos para encenderlas. Pero Él les pide que lo volteen a ver, pues Él es la Luz del mundo. El Yo Soy, el Dios encarnado, se revela a ellos, y les afirma a los incrédulos que Él podía dar testimonio de Sí mismo. Su mente limitada y velada no podía verlo, pero Él era el Hijo de Dios y Su Padre daba también testimonio de Él.
Esa Luz que había sido prometida a Israel, estaba en medio de ellos. Dice Isaías 60:19: «Ya el sol no será para ti luz del día, ni el resplandor de la luna te alumbrará; sino que tendrás al Señor por luz eterna, y a tu Dios por tu gloria». Una luz que no se apaga, no se esconde, y que tiene la capacidad de iluminar cada rincón de este mundo. Pues no hay persona más pecadora que no pueda ser transformada por Él; no hay corazón más apagado que no pueda volver a tener vida.
Cristo es la Luz que tu corazón y el mío necesitan para andar rectamente en Sus caminos, Él es nuestra guía; sin Él, andaremos en confusión, condenación y falsas apariencias. Solo Él es quien disipa las tinieblas del pecado, la condenación y la mentira.
Consecuencias de rechazar al Hijo de Dios
En los siguientes versículos, Jesús explicó a quienes le escuchaban que si ellos seguían en su incredulidad, habría consecuencias no solo graves, sino eternas. Les declaró enfáticamente que ellos eran «de abajo», de «este mundo» y Él, de arriba.
El pastor MacArthur nos ayuda a identificar cuatro características que tenían los judíos que rechazaron a Cristo; básicamente nos explica que el Señor les dijo que si ellos insistían en apelar a su propia justicia, si seguían apegados a las cosas terrenales, si eran incrédulos y obstinados en la ignorancia, morirían espiritualmente y por toda la eternidad.
Porque aunque ellos creían tener una seguridad eterna al ser descendientes de Abraham, Cristo los confronta diciéndoles que la característica distintiva de Abraham fue su fe y su obediencia a Dios. Así que, el comportamiento de los incrédulos era totalmente opuesto, el linaje físico no los salvaría, sino la verdadera fe en el Salvador.
Se hizo evidente, había una diferencia entre la religión que profesaban, y la rendición real al Dios de quien hablaban. Por eso Jesús confronta esa hipocresía religiosa, y los llama a reconocer la verdad.
Los versículos 31 y 32 dicen: «Si ustedes permanecen en Mi palabra, serán verdaderamente Mis discípulos; y conocerán la verdad, y la verdad los hará libres».
Para nosotras hoy este también es un mensaje contundente: no es lo mismo conocer la Escritura que conocer a Cristo. No se trata de tener información bíblica, sino de tener transformación espiritual. No se trata de oír Su Palabra, sino de permanecer en ella. Solo así hay verdadera libertad.
Así que, a los que creen, Jesús los llama a más, a una verdadera rendición, permaneciendo en Su Palabra y siguiéndolo fielmente, ¡esos son los verdaderos discípulos!
«Antes de que Abraham naciera, Yo Soy».
¡Qué manera de cerrar este capítulo! A lo largo de lo que leímos en todos estos 58 versículos pudimos ver la firmeza del Señor, expresando la única verdad salvadora; pudimos contemplar Su gran poder y divinidad rodeada de un corazón lleno de amor, compasión y misericordia, que habla al corazón para sacarlo de la densa oscuridad.
Jesús vuelve a revelarse a Sí mismo, como una conclusión a Su mensaje: «Yo Soy». Él está apropiándose del nombre revelado en Éxodo 3:14. Está afirmando Su preexistencia, Su eternidad, Su igualdad con Dios. Jesús no se presenta como maestro moral o guía espiritual. Se presenta como el Dios eterno hecho carne llamándolos a venir a la luz, a la verdad, a la verdadera salvación y esperanza eterna.
Ellos entendieron perfectamente lo que significaba. Por eso tomaron piedras para apedrearlo.
Pero tú, ¿has venido a la Luz Verdadera? ¿Has dejado tu incredulidad y religiosidad atrás para seguir fielmente al Salvador del mundo?
Para meditar:
- ¿Estoy viviendo a la luz de Cristo… o hay rincones en mi vida que aún están en tinieblas?
- ¿He abrazado una fe informada pero no transformada?
- ¿Veo a Jesús solo como guía o también como Dios eterno que merece mi rendición total?
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