Día 107 | Juan 9
Me parece tan hermoso que tengamos un capítulo completo en la Escritura, por la providencia y gracia del Señor, para ver la gloria de Cristo como la Luz del mundo, exponiendo la ceguera espiritual de quienes se creen justos o quienes se resisten a creer en Él, a través de la sanidad de un hombre ciego de nacimiento.
Jesús y Sus discípulos iban pasando y vieron a este hombre, y Él, movido a compasión, se acercó para sanarlo. En ese tiempo, ser ciego era visto como un castigo, y estas personas eran desechadas. Por eso los discípulos preguntan quién había sido el culpable del castigo de la ceguera, pues eran vistos como personas condenadas por sus pecados. Pero ellos estaban más lejos de la verdad, porque Jesús, contrario a lo que ellos pensaban, no lo desechó, sino que se acercó a sanarlo y a mostrar que el sufrimiento que, …
Me parece tan hermoso que tengamos un capítulo completo en la Escritura, por la providencia y gracia del Señor, para ver la gloria de Cristo como la Luz del mundo, exponiendo la ceguera espiritual de quienes se creen justos o quienes se resisten a creer en Él, a través de la sanidad de un hombre ciego de nacimiento.
Jesús y Sus discípulos iban pasando y vieron a este hombre, y Él, movido a compasión, se acercó para sanarlo. En ese tiempo, ser ciego era visto como un castigo, y estas personas eran desechadas. Por eso los discípulos preguntan quién había sido el culpable del castigo de la ceguera, pues eran vistos como personas condenadas por sus pecados. Pero ellos estaban más lejos de la verdad, porque Jesús, contrario a lo que ellos pensaban, no lo desechó, sino que se acercó a sanarlo y a mostrar que el sufrimiento que, en Su voluntad, había permitido en la vida de este hombre, sería el escenario para revelar la gloria de Dios.
Así es la gracia soberana de nuestro Dios: en medio de nuestra condición de pecado, en medio de nuestra enfermedad, cuando no podemos ver con claridad, se acerca buscándonos para dar a conocer Su gloria y Su poder salvador. Por eso repite nuevamente lo que ya había dicho en ocasiones anteriores: «Yo soy la Luz del mundo». Solo la Luz del mundo puede traer una verdadera vista al hombre en tinieblas por su pecado.
No sabemos por qué sanó a este hombre de la manera que lo hizo, cuál fue el motivo de usar estos elementos físicos del barro y el agua, pero podemos saber que Jesús no actuó de manera arbitraria; en Su soberanía utilizó diferentes métodos en la medida que fue sanando a las personas. Recordemos siempre que nuestro Dios obra en lo ordinario con poder extraordinario. Y al hombre ciego realmente no le importó, obedeció las instrucciones que recibió y regresó viendo. Aunque todavía no había visto a Jesús, tuvo fe en Él.
Y tú, ¿has reconocido tu ceguera espiritual y has confiado en el Único que te puede dar la vista?
El interrogatorio de los fariseos
Como era ya costumbre, los judíos incrédulos sabían quiénes eran «los expertos» para juzgar las acciones de Jesús. Exacto, los fariseos, siempre dispuestos y muy pendientes de lo que hacía el Salvador, y mucho más si se trataba del día de reposo.
Así que, trajeron al hombre ciego delante de estos «maestros», pero guías ciegos, y comienza el interrogatorio, no solo con él, sino también con sus padres, quienes temieron ser expulsados de la sinagoga, y solo afirmaron ser los padres, pero no se atrevieron a decir cómo había recibido la vista. Sin embargo, el hombre ciego no se dejó intimidar por los fariseos, sino que al hablar con ellos podemos notar cómo su entendimiento estaba siendo traído a claridad y fe en Dios; esa fe progresiva hacía cada vez más evidente la ceguera voluntaria de los líderes religiosos.
Él pasó de hablar del «hombre que se llama Jesús» a reconocerlo como «profeta», y finalmente como «Señor». Porque Jesús no solo lo sanó físicamente, sino que completó la obra trayéndolo a la fe salvadora.
¿Qué contrastes podemos ver en este pasaje? Los fariseos, con toda su «luz religiosa», ciegos guiando a otros ciegos (los vecinos), permanecen en tinieblas por su dureza; y el hombre ciego, teniendo ahora una verdadera visión: fe en Cristo.
Los verdaderos ciegos decían:
«No viene de Dios, porque no guarda el día de reposo».
«¿Cómo puede un hombre pecador hacer tales señales?».
«Nosotros sabemos que este hombre es un pecador».
«Nosotros sabemos que Dios habló a Moisés, pero en cuanto a Este, no sabemos de dónde es».
«¿Acaso nosotros también somos ciegos?».
El hombre sanado decía:
«Pues en esto hay algo asombroso, que ustedes no sepan de dónde es, y sin embargo, a mí me abrió los ojos. Sabemos que Dios no oye a los pecadores; pero si alguien teme a Dios y hace Su voluntad, a este oye.Desde el principio jamás se ha oído decir que alguien abriera los ojos a un ciego de nacimiento. Si Este no viniera de Dios, no podría hacer nada». ¡Guau! ¡Gloria a Dios porque tiene misericordia y le place revelarse a quienes elige para venir a la Luz!
El pastor MacArthur dice, en su comentario de la Biblia de estudio, que el hombre sanado demostró tener mayor agudeza espiritual y sentido común que las autoridades religiosas que se sentaron a juzgarlo a él y a Jesús. Este hombre pudo dejar a la vista de todos la incredulidad y la irracionalidad de sus jueces. Entendió que un milagro tan extraordinario solo podía indicar que Jesús era de Dios, y no tenía nada que ver con lo que él pudo haber hecho (porque los judíos creían que Dios responde en proporción a la rectitud de quien le ora).
Así que esta fue la conclusión del interrogatorio: los jueces, llenos de orgullo, creyéndose maestros, expulsaron al hombre de la sinagoga; pero el hombre sanado, con firmeza, exalta a Dios diciendo que la grandeza del milagro solo podía indicar que Jesús en realidad venía de parte de Dios.
«Creo, Señor»
Al final de este capítulo vemos nuevamente la compasión de Cristo, porque al encontrar al hombre, luego de haber escuchado que lo habían echado fuera de la sinagoga, le dijo: «¿Crees tú en el Hijo del Hombre?». La intención de Cristo sigue siendo la misma, no apapachar su pecado, no consolar enfáticamente el desprecio que seguía recibiendo, sino darle el verdadero consuelo y libertad: la salvación por la fe en Él.
Entonces el hombre creyó, y lo adoró.
Amada hermana, ¡ver a Jesús y creer en Él lo cambia todo! No creas la mentira de poder descansar en tu propia justicia, conocimiento bíblico, servicio, buenas obras o religiosidad, delante de un Dios que ve desde el pecado más evidente hasta el más escondido, que revela nuestra necesidad de un Salvador. Ven a Él para que quite la ceguera de toda área de tu vida.
Para meditar:
- ¿Reconocemos nuestra necesidad o afirmamos que «vemos» cuando en realidad estamos ciegas?
- ¿Estamos respondiendo con obediencia a la voz de Jesús?
- Cuando seguir a Cristo nos cuesta rechazo o incomodidad, ¿permanecemos firmes?
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