Día 116 | Salmos 67, 68
Salmo 67
«Dios tenga piedad de nosotros y nos bendiga, y haga resplandecer Su rostro sobre nosotros». ¿Te resulta familiar esta oración? Es la misma bendición sacerdotal que encontramos en Números 6:24–26.
El Salmo 67 comienza con un clamor por la bendición de Dios, no como un fin en sí mismo, sino con un propósito claro: que Su camino y Su salvación sean conocidos entre todas las naciones. Desde el inicio, este salmo nos recuerda que la gracia que recibimos siempre tiene una dirección misionera.
Esta misma verdad se cumple plenamente en Cristo, quien es «luz para revelación a los gentiles» (Lc. 2:32). La bendición de Dios sobre Su pueblo nunca fue destinada a quedarse encerrada, sino a resplandecer para que otros conozcan al Dios que salva.
Si bien es cierto que debemos alabar, bendecir y exaltar el nombre del Señor por la bendición más grande …
Salmo 67
«Dios tenga piedad de nosotros y nos bendiga, y haga resplandecer Su rostro sobre nosotros». ¿Te resulta familiar esta oración? Es la misma bendición sacerdotal que encontramos en Números 6:24–26.
El Salmo 67 comienza con un clamor por la bendición de Dios, no como un fin en sí mismo, sino con un propósito claro: que Su camino y Su salvación sean conocidos entre todas las naciones. Desde el inicio, este salmo nos recuerda que la gracia que recibimos siempre tiene una dirección misionera.
Esta misma verdad se cumple plenamente en Cristo, quien es «luz para revelación a los gentiles» (Lc. 2:32). La bendición de Dios sobre Su pueblo nunca fue destinada a quedarse encerrada, sino a resplandecer para que otros conozcan al Dios que salva.
Si bien es cierto que debemos alabar, bendecir y exaltar el nombre del Señor por la bendición más grande que podemos tener, esto debe llevarnos a considerar que tal bendición debe ser extendida al resto del mundo. Por eso, cada vez que experimentamos las ricas y abundantes bendiciones de Dios en nuestras vidas, son oportunidades para ser un reflejo de esa Luz que invita a conocer al Dios que salva.
De ahí parte el llamado a proclamar esa Luz gloriosa de salvación en Cristo que ha resplandecido en nuestros corazones. Dios quiere usarnos como instrumentos en Sus manos para que las buenas nuevas de salvación se extiendan al mundo entero, porque cuando Su nombre es conocido y Su justicia proclamada, las naciones se alegran y cantan con júbilo. Este clamor por la bendición y la alegría de las naciones prepara el camino para el Salmo 68, donde vemos cómo Dios actúa poderosamente en la historia para cumplir ese propósito redentor.
Comprender lo que Dios ha hecho y hace por nosotras, sin merecerlo, es motivo más que suficiente para hablar a otros de la esperanza de salvación que tenemos en Jesús.
Salmo 68
Nuestro Dios es Rey, y a Él, a través de Cristo, le ha placido librarnos y aún habitar con nosotras y en nosotras. Este salmo fue cantado en una procesión triunfal, probablemente cuando el arca del pacto regresó a Jerusalén, simbolizando la presencia victoriosa de Dios entre Su pueblo (2 Sam. 6). Es un retrato poético del Dios que vence, guía y habita con los Suyos.
El salmista inicia clamando a Dios: «Levántese Dios; sean esparcidos Sus enemigos, y huyan delante de Él los que lo aborrecen». Este es el grito de un corazón que anhela y reconoce la gloria del Señor sobre toda la tierra y que solo Él puede librar a los Suyos como nadie más puede hacerlo.
Nuestro Dios es un Dios victorioso, por lo que ningún enemigo puede hacerle frente. Los versículos 7 al 18 de este Salmo son un recordatorio del favor de Dios para con Su pueblo y de cómo nada puede resistirse a Él. Y de manera muy particular, el versículo 18 es un glorioso recordatorio de la suprema victoria de nuestro Señor Jesucristo sobre todos Sus enemigos cuando dice: «Tú has ascendido a lo alto, has llevado en cautividad a Tus cautivos…».
Esto también lo vemos en Efesios 4:8 cuando el apóstol Pablo hizo referencia a este salmo, al escribir: «Cuando ascendió a lo alto, llevó cautivo un gran número de cautivos…». Pablo, haciendo referencia al Antiguo Testamento, simplemente proclamó la victoria que Cristo ganó para nosotras en la cruz y afirmó que Cristo «dio dones a los hombres». Este no es solo un canto de victoria pasada, sino una proclamación del Dios que sigue actuando hoy. El mismo Señor que derrotó a Sus enemigos, sostuvo a Su pueblo en el desierto y habitó en medio de ellos, es quien hoy sigue cargando diariamente nuestras cargas y sosteniendo nuestras vidas.
Esto nos asegura que el Dios victorioso del que leemos tanto en este Salmo 68 como en Efesios 4, es Cristo mismo. Él venció a Sus enemigos, ascendió en victoria y ha dado dones a Su pueblo amado, nosotras, para que sigamos llevando a cabo Su obra gloriosa en esta tierra de darlo a conocer, ¡hasta que Él regrese! Así, el Cristo exaltado que vemos en el Salmo 68 es el mismo Señor que reina hoy y que un día será reconocido por toda la creación.
Amada hermana, nuestro glorioso Señor Jesucristo es el cumplimiento de la bendición prometida a Abraham que luego se extendió a todas las naciones. De la misma manera, nosotras podemos ser canales de bendición que extiendan la buena noticia del evangelio en un mundo que necesita la salvación desesperadamente. Nuestra misión no termina solo en alabar el favor y la gracia de Dios, sino en un corazón que estalla de gratitud al proclamar la rica y abundante bendición de rescate que ha sido posible a través de Cristo.
Esto debe llevarnos a vivir confiadas en la esperanza inamovible de que un día toda la tierra se postrará delante de Aquel que merece toda la gloria, la honra y el honor. Hasta ese día, unámonos al llamado del salmista: «¡Canten a Dios, oh reinos de la tierra; canten alabanzas al Señor!». No permitamos que orar por aquellos que no conocen al Señor sea solo una petición más en nuestra lista de oración, sino hagamos memoria del momento en que Dios nos alcanzó y abrió nuestros ojos a Su luz admirable para que hoy llevemos, sin temor y con pasión, la luz de Su evangelio a toda persona (1 Pd. 2:9). La adoración genuina siempre nos mueve a actuar, ¡porque un corazón que ha sido bendecido no puede quedarse callado!
Así que, ¡bendice a Dios en tu congregación! ¡Cantemos a Dios, cantemos alabanzas a nuestro Señor! Y que nuestra adoración no se quede en palabras, sino que se exprese en una vida rendida y que proclama su Nombre.
Para meditar:
Me gustaría invitarte a considerar estas preguntas que Dios trajo a mi mente mientras leía estos salmos:
- ¿Considero que las bendiciones de Dios en mi vida pueden ser un medio para hacer resplandecer Su luz sobre las personas que me rodean y que no le conocen?
- ¿Qué tan intencional soy en orar fervientemente por la salvación de aquellos que no le conocen, o es simplemente un motivo de oración más en mi lista?
- ¿Es mi vida un reflejo para otros de la salvación que ha sido ganada para mí en Cristo?
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