Día 124 | Juan 20
El sepulcro vacío y la fe naciente
Luego de que Cristo fuera sepultado, hubo un día de silencio, el día más oscuro para los discípulos de Jesús, que estaban apesadumbrados y sobremanera tristes por lo que acababa de suceder. Sus mentes posiblemente recorrían todas las cosas que habían vivido con Jesús, pero sobre todo, lo último que había sucedido alrededor de Su muerte mientras ellos estaban lejos. La esperanza había sido destrozada.
Al siguiente día, el primer día de la semana, el domingo muy temprano, María Magdalena fue a llevar especias para seguir honrando el cuerpo de su Maestro, a quien no encontró porque la piedra del sepulcro había sido removida.
Ella fue de prisa a avisarle a Pedro y Juan, quienes corrieron al sepulcro para darse cuenta de que era verdad, Cristo ya no estaba ahí. Aunque pensaban que alguien se pudo haber robado el cuerpo, …
El sepulcro vacío y la fe naciente
Luego de que Cristo fuera sepultado, hubo un día de silencio, el día más oscuro para los discípulos de Jesús, que estaban apesadumbrados y sobremanera tristes por lo que acababa de suceder. Sus mentes posiblemente recorrían todas las cosas que habían vivido con Jesús, pero sobre todo, lo último que había sucedido alrededor de Su muerte mientras ellos estaban lejos. La esperanza había sido destrozada.
Al siguiente día, el primer día de la semana, el domingo muy temprano, María Magdalena fue a llevar especias para seguir honrando el cuerpo de su Maestro, a quien no encontró porque la piedra del sepulcro había sido removida.
Ella fue de prisa a avisarle a Pedro y Juan, quienes corrieron al sepulcro para darse cuenta de que era verdad, Cristo ya no estaba ahí. Aunque pensaban que alguien se pudo haber robado el cuerpo, las envolturas de lino estaban ahí y el sudario enrollado en un lugar aparte; era muy difícil que alguien con la prisa de robar el cuerpo se tomara el tiempo de desenvolverlo. Y cuando Juan, el discípulo amado, vio esta escena, creyó.
Así lo leímos en el capítulo 2 de este mismo Evangelio cuando Jesús hablaba con los judíos después de haber echado a los mercaderes del templo:
«Entonces los judíos le dijeron: “Ya que haces estas cosas, ¿qué señal nos muestras?”. Jesús les respondió: “Destruyan este templo, y en tres días lo levantaré”. Entonces los judíos dijeron: “En cuarenta y seis años fue edificado este templo, ¿y Tú lo levantarás en tres días?”. Pero Él hablaba del templo de Su cuerpo. Por eso, cuando resucitó de los muertos, Sus discípulos se acordaron de que había dicho esto; y creyeron en la Escritura y en la palabra que Jesús había hablado» (vv. 18-22).
Los discípulos regresaron a sus casas, pero María volvió al sepulcro y lloraba ahí. Ella conversó con dos ángeles que estaban dentro del sepulcro expresándoles que habían robado el cuerpo, y luego conversó con quien creía que era el que cuidaba el huerto, pidiéndole que le indicara dónde estaba el cuerpo. Pero cuando escuchó una voz conocida que la llamó por su nombre, ella no tuvo dudas de quién era la persona con la que hablaba, ¡era su Maestro! Ella, al ser el primer testigo de Su resurrección, buscó aferrarse a Él; no quería volverlo a perder, pero Él le dijo que fuera a avisarle a Sus hermanos, los discípulos, que lo había visto.
Hay tantas cosas muy hermosas que podemos destacar de estos primeros versículos del capítulo de hoy.
- ¡Qué esperanza al corazón es ser testigos de las promesas cumplidas sobre el Salvador! Juan creyó; María lo reconoció. El dolor que ellos tenían fue transformado en testimonio por la resurrección de Cristo. Y esto no solo es exclusivo de los tiempos bíblicos, no es algo que nosotras podríamos añorar haber experimentado, porque hoy nosotras somos también testimonio de haber sido liberadas del dolor del pecado en nuestras vidas. La resurrección de Cristo es central para nuestra fe; es por ella que hoy podemos vivir con la paz de reconocer la voz del Buen Pastor que dio Su vida por Sus ovejas, a quienes ha llamado por nombre, con una firme convicción de haber sido salvadas del dolor de la muerte eterna, y con la gloriosa esperanza de un día ser resucitadas con Cristo en gloria.
- ¡Jesús nos llama hermanos! Así como había llamado a Sus discípulos siervos y amigos, Su resurrección hizo posible que quienes nos hemos humillado, por el poder del Espíritu Santo, en arrepentimiento y fe a Su obra salvadora, seamos ya parte de Su familia. Pablo confirmó a los romanos las mismas palabras que Jesús dijo a Sus discípulos, y de las que hoy nosotras hemos recibido también bendición. Mira lo que dice Romanos 8:16-17: «El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, si en verdad padecemos con Él a fin de que también seamos glorificados con Él».
¡Oh glorioso día en que nuestro Salvador resucitó!
La aparición a los discípulos y la incredulidad de Tomás
Ese mismo día, al atardecer, Jesús se aparece a Sus discípulos atravesando las paredes del lugar donde ellos estaban encerrados. Estaban en un lugar aparentemente «seguro» donde podían estar lejos del peligro de los judíos, que quisieran también apresarlos y tal vez matarlos. Pero Jesús les dice en dos ocasiones: «Paz a ustedes», y les muestra Sus manos y costado para afirmarles que verdaderamente era Él.
Nuevamente vemos al Señor hablándoles al corazón. Más allá de tranquilizarlos por el miedo que experimentaban de sus enemigos afuera, o tal vez ofrecerles una seguridad milagrosa al acabar con ellos, o que se les fuera devuelto el pleno gozo de tenerlo otra vez en medio de ellos, Él les reiteró la misión: «Es por Mí, es porque me ven hoy, que pueden estar en paz y reconciliados con el Padre». Y entonces sopla y les da el Espíritu Santo, y los envía en misión.
Jesús estaba anticipando el momento en el que definitivamente regresaría al Padre y ellos se quedarían con el Consolador, no solo para seguir guiando sus vidas, sino para que pudieran hablar a otros del arrepentimiento y perdón de los pecados por medio de Él.
Una semana después, Jesús se aparece nuevamente de manera milagrosa en medio de ellos en el mismo lugar, pero ahora Tomás sí estaba ahí. El Señor, en Su gracia y misericordia, quería afirmar el corazón de este discípulo también, que no lo había visto una semana atrás y tampoco había creído en el testimonio de los demás. Entonces, todas las dudas de Tomás fueron disipadas y lo reconoció como su Dios y su Señor.
Así como lo fue para Tomás, la resurrección de Cristo nos lleva a reconocerle como Dios y Señor de todo, de la vida y de la muerte. Lo meditábamos ayer: nadie le arrebató la vida, sino que de Su propia voluntad la entregó porque era parte de Su plan redentor que se cumplía a cabalidad al resucitar milagrosamente para traer esperanza a todos los que resucitaremos con Él. Dice Romanos 8:11-12: «Pero si el Espíritu de Aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el mismo que resucitó a Cristo Jesús de entre los muertos, también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de Su Espíritu que habita en ustedes».
Tomás necesitaba ver, y el Salvador no lo rechaza, sino que lo invita a creer y le dice: «Dichosos los que no vieron, y sin embargo creyeron».
Mis amadas, nosotras somos esas dichosas que, aunque no vimos físicamente a Cristo resucitado, hoy creemos por el don de la fe que nos ha sido dado, y somos parte de la historia gloriosa que nos ha dado salvación y que nos sostiene día con día en esta carrera de la fe con la mirada puesta en la eternidad que nos aguarda. Porque no es simplemente una historia antigua, es vida para nosotras hoy. Juan nos recuerda que todo esto fue escrito para que creamos, y tengamos vida en Su nombre.
Quiero cerrar invitándote a meditar junto conmigo en el siguiente pasaje que encontramos en 1 Pedro 1:7-9: «para que la prueba de la fe de ustedes, más preciosa que el oro que perece, aunque probado por fuego, sea hallada que resulta en alabanza, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; a quien, sin haber visto, ustedes lo aman, y a quien ahora no ven, pero creen en Él, y se regocijan grandemente con gozo inefable y lleno de gloria, obteniendo, como resultado de su fe, la salvación de sus almas».
Para meditar:
- ¿Reconoces la voz del Buen Pastor? ¿Él te conoce como oveja de Su prado?
- ¿Te regocijas en el don de la fe que Dios ha puesto en ti para creer en Jesús como tu Salvador?
- ¿Compartes con otros la buena noticia de que Jesús resucitó y que por Su sacrificio y resurrección hay esperanza de una reconciliación con el Padre?
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