Día 125 | Juan 21
Llegamos al último capítulo del Evangelio de Juan, que inicia relatando la tercera aparición de Cristo a Sus discípulos después de haber resucitado. Pedro estaba con otros discípulos y entonces decide ir a pescar, pero ellos lo acompañaron.
El pastor MacArthur comenta que «la explicación más razonable para que Pedro y los demás estuvieran de pesca en Galilea es que lo hicieron en obediencia al mandato del Señor de ir a Su encuentro en Galilea». Mateo 28:16 dice: «Pero los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había señalado». Mientras esperaban la aparición de Jesús, Pedro y los demás se mantuvieron ocupados en la pesca, que era su manera de ganarse la vida. Así que, Pedro regresó acompañado a lo familiar y conocido, pero no obtuvieron resultados, pues no lograron pescar nada. Pasaron toda la noche esperando, sin obtener ningún fruto, y probablemente, como había …
Llegamos al último capítulo del Evangelio de Juan, que inicia relatando la tercera aparición de Cristo a Sus discípulos después de haber resucitado. Pedro estaba con otros discípulos y entonces decide ir a pescar, pero ellos lo acompañaron.
El pastor MacArthur comenta que «la explicación más razonable para que Pedro y los demás estuvieran de pesca en Galilea es que lo hicieron en obediencia al mandato del Señor de ir a Su encuentro en Galilea». Mateo 28:16 dice: «Pero los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había señalado». Mientras esperaban la aparición de Jesús, Pedro y los demás se mantuvieron ocupados en la pesca, que era su manera de ganarse la vida. Así que, Pedro regresó acompañado a lo familiar y conocido, pero no obtuvieron resultados, pues no lograron pescar nada. Pasaron toda la noche esperando, sin obtener ningún fruto, y probablemente, como había sucedido anteriormente, se desanimaron.
A veces, después de fallar, buscamos refugio en lo que conocemos, pero la autosuficiencia espiritual siempre termina en redes vacías. Es por eso que necesitamos a Cristo cada día, y en medio de cada necesidad. Él, a través de Su Palabra, nos recuerda Su perdón, y nos consuela y nos afirma. Y así lo hizo con Pedro, como veremos más adelante.
Entonces Jesús les hace saber que está ahí para ayudarles una vez más y mostrarles Su poder con tanta ternura. Les llama «hijos», y entonces les da dirección. Al obedecer, el fruto es evidente: ¡153 peces! Y Juan una vez más confirma: «¡Es el Señor!». ¡Claro, es Aquel que tiene el poder sobre el cielo y la tierra, quien calmó la tempestad, quien había provocado pescas milagrosas!
El impulsivo Pedro, aunque estaban a 100 metros de la orilla donde Jesús estaba, no pudo esperar, sino que se lanzó al mar, ¡ya quería estar con su Señor! No sé si en todos estos días estuvo rondando el pensamiento en la mente de Pedro de que había negado a Jesús y había huído en el momento de mayor necesidad, cuando antes había prometido llegar hasta las últimas consecuencias por Él. Tal vez había estado repasando el diálogo que tendría con Él para disculparse, pero ¿qué le diría el Señor en respuesta? Aun así, él no se detuvo y corrió para encontrarse con Él; conocía que era manso y humilde de corazón, y que había dicho antes: «Todo lo que el Padre me da, vendrá a Mí; y al que viene a Mí, de ningún modo lo echaré fuera» (Jn. 6:37).
Cuando llegó, se dio cuenta, el amoroso Señor sigue extendiendo Su mano llena de bondad: ya tenía pan y pescado esperándolos. Así como había alimentado a las multitudes, tenía ya el desayuno listo para ellos. No había duda, tenían frente a ellos al Señor.
Qué hermoso es ver que cuando nos sentimos fracasadas o que no hay manera de acercarnos al Señor con dignidad después de haber pecado, Jesús no nos desecha; al contrario, Él nos llama, nos alimenta, y nos recuerda que dependemos de Él y que nuestra dignidad está siempre segura por lo que Él ya hizo por nosotras en la cruz al darnos salvación y reconciliarnos con nuestro Padre celestial.
Y entonces llegó la inevitable conversación. La pregunta de Jesús fue directa: ¿Me amas? Yo, en el lugar de Pedro, hubiera experimentado una tremenda taquicardia, hubiera tratado de formular la mejor respuesta añadida por una disculpa, o explicación, o justificación por mis acciones previas; porque era evidente que Jesús no estaba evadiendo la caída de Pedro, pero lo estaba confrontando con amor. Pero Pedro no fue elaborado, consciente de lo que había hecho y tratando de ser lo más genuino posible, fue sencillo y respondió: «Sí Señor, Tú sabes que te quiero». MacArthur menciona que no contestó con la palabra amor porque «es posible que no se sintiera digno de afirmar una devoción suprema en vista de que su vida no respaldó esa afirmación que había hecho antes. Pero Jesús le hizo entender a Pedro cuán necesaria era su devoción invariable al preguntarle si lo amaba con amor supremo».
Por eso le preguntó dos veces más, y le pidió que apacentara Sus ovejas, que estuviera dedicado al servicio del Señor como un ayudante de un pastor, él sería encargado de cuidar las ovejas de su Amo, de alimentarlas, de guiarlas ininterrumpidamente pues Él ya estaba por ascender a la diestra del Padre. Había llegado el cumplimiento de la palabra que Jesús le había dicho, y que vemos en los siguientes pasajes:
- Al llamarlos a él y su hermano Andrés. «Y les dijo: “Vengan en pos de Mí, y Yo los haré pescadores de hombres”». -Mateo 4:19
- «Y Jesús dijo a Simón: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”». -Lucas 5:10
Y en la tercera ocasión que el Señor le preguntó, Pedro se entristeció porque el Señor empleó la misma palabra con la que él había respondido las primeras dos ocasiones, pues le dijo: «¿Me quieres? Esto significaba algo menos que esa devoción suprema. El Señor no quería poner a Pedro en una trampa o encrucijada, tampoco quería aplastarlo haciéndole sentir de lo peor, Él quería restaurarlo por completo y afirmar en su corazón que había sido llamado a servirle como una evidencia también del perdón completo que le había sido otorgado.
¡Qué gran lección aprendemos aquí!
El amor a Cristo debe ser la base de nuestro servicio. Jesús no busca perfección, sino corazones rendidos. Porque mucho ama aquel a quien mucho se le ha perdonado. Y el amor no es otra cosa que guardar Sus mandamientos y ponerlos por obra, dedicar nuestra vida a la rendición completa y servicio continuo a nuestro Salvador. ¿Recuerdas cuando Jesús estaba en casa de Simón? Jesús perdonó ahí a una mujer pecadora que estaba a Sus pies, lavándolos con sus lágrimas y secándolos con sus cabellos; ella estaba rendida ante Él reconociendo su pecado. Veamos lo que dijo Jesús:
«Y volviéndose hacia la mujer, le dijo a Simón: “¿Ves esta mujer? Yo entré a tu casa y no me diste agua para Mis pies, pero ella ha regado Mis pies con sus lágrimas y los ha secado con sus cabellos. No me diste beso, pero ella, desde que entré, no ha cesado de besar Mis pies. No ungiste Mi cabeza con aceite, pero ella ungió Mis pies con perfume. Por lo cual te digo que sus pecados, que son muchos, han sido perdonados, porque amó mucho; pero a quien poco se le perdona, poco ama”». -Lucas 7:44-47
De la misma manera, Pedro recibió un gran perdón, que lo llevó a amar mucho. Tanto que sirvió con devoción suprema y aceptó con gozo el martirio que Jesús le anticipó en esta conversación. Después de muchos años de servicio al Señor y de ayudar a que la Iglesia fuera instaurada, la tradición eclesiástica confirma que Pedro fue martirizado bajo Nerón y crucificado boca abajo, porque se rehusó a ser crucificado como su Señor.
Pedro, luego, pregunta qué pasaría con Juan. Pero Jesús le responde: «Tú, sígueme». Porque el llamado de Jesús es personal. Aunque servimos en medio de una comunidad local donde el Señor nos ha colocado para poner a trabajar los dones con los cuales nos equipa, el llamado personal nos lleva a alejarnos de la comparación. Si nos comparamos, nos distraemos. Nuestro corazón tan engañoso y pecaminoso nos dice que hemos servido mucho más que otros y merecemos mejor pago, nos dice que hemos servido tan poco porque no han valorado nuestros dones y capacidades, nos dice que no es necesario servir, porque ya hay otras personas más capacitadas para hacerlo. No, mis hermanas, eso no es así. El Señor espera que le sirvamos con fidelidad en el círculo de influencia donde nos ha colocado, así se vea poco o mucho, que lo hagamos solo para traerle gloria y ser parte de Sus discípulos que viven vidas dedicadas a extender el Reino aguardando el regreso de Cristo.
Finalmente, Juan afirma la veracidad de todo lo escrito y deja claro que hay muchas más cosas que Jesús hizo, pero que si se escribieran en detalle, el mundo no podría contener todos los libros para conocer todas Sus obras. Sin embargo, lo que tenemos es suficiente para creer y vivir por Él.
¿Lo crees así?
Para meditar:
- ¿Has abrazado el perdón de Dios y Su consuelo después de haberte arrepentido de tus pecados?
- ¿Amas al Señor y le sirves con una devoción suprema?
- ¿Vives en asombro por la obra de Cristo que Él concedió que fuera revelada a nosotras por medio de Su Palabra?
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