Día 129 | Salmos 73, 74
Asaf es una figura destacada en la historia bíblica que aparece tanto en el libro de 1 Crónicas como en algunos salmos, incluido el Salmo 73. En 1 Crónicas, Asaf es mencionado como uno de los líderes de adoración designados por David para ministrar en el templo. Su papel incluía dirigir a los levitas y músicos en la adoración a Dios. Además, Asaf es reconocido por su habilidad poética y musical, y se le atribuyen varios salmos, de los cuales hoy veremos dos.
Salmo 73
Sabemos que Dios es bueno, pero ¿qué tal se ve reflejada esta verdad en nuestras vidas? ¿Sus bondades en el pasado son una fuente de esperanza para nuestro presente y nuestro porvenir?
La lucha de no confiar en Dios es tan común en la vida de los creyentes; luchamos por no poder ver la bondad de Dios en nuestras vidas, en nuestras …
Asaf es una figura destacada en la historia bíblica que aparece tanto en el libro de 1 Crónicas como en algunos salmos, incluido el Salmo 73. En 1 Crónicas, Asaf es mencionado como uno de los líderes de adoración designados por David para ministrar en el templo. Su papel incluía dirigir a los levitas y músicos en la adoración a Dios. Además, Asaf es reconocido por su habilidad poética y musical, y se le atribuyen varios salmos, de los cuales hoy veremos dos.
Salmo 73
Sabemos que Dios es bueno, pero ¿qué tal se ve reflejada esta verdad en nuestras vidas? ¿Sus bondades en el pasado son una fuente de esperanza para nuestro presente y nuestro porvenir?
La lucha de no confiar en Dios es tan común en la vida de los creyentes; luchamos por no poder ver la bondad de Dios en nuestras vidas, en nuestras circunstancias, en la vida de las personas que nos rodean y que amamos profundamente, en las personas cercanas a nosotras que no son salvas. En general, luchamos por ver la bondad de Dios en Su perfecta voluntad para nuestras vidas y olvidamos las maravillas que ha hecho a nuestro favor.
Este salmo comienza afirmando que Dios es bueno: «Ciertamente Dios es bueno para con Israel, para con los puros de corazón». El salmista sabía y escribe en los siguientes versículos sobre sus vacilaciones y falta de contentamiento con lo que Dios estaba haciendo en su vida, pero él pudo finalmente afirmar que Dios es bueno.
A pesar de las circunstancias, de la falta de fe y de la falta de gozo en la Providencia y Voluntad de Dios, esta es una Verdad inalterable. No importa cómo veamos las circunstancias de nuestra vida y la de las personas que nos rodean, no importa cómo veamos este mundo caído y cómo se va precipitando hacia el mal; hay una verdad inalterable, y eso nos debe traer seguridad. Dios es bueno. Siempre. Él nos conoce, conoce nuestras necesidades. ¿Quién mejor que Él para proveer para ellas y guiar nuestras vidas? Dios obra incluso en medio de nuestras circunstancias para cumplir Sus propósitos, conformándonos a la imagen de Su Hijo.
Dice el salmista entonces que estuvo a punto de tropezar y casi resbaló. Asaf seguramente se dio cuenta de que estuvo a punto de soltar la mano de Dios y dejarse ahogar por la desesperanza. Pero él entendió cuál era la raíz de su problema: tuvo envidia de los arrogantes, de la vida de los impíos. Comenzó a definir a los impíos como su punto de referencia y comparación.
El salmista envidiaba de otros la prosperidad que tenían; parecía que no tenían congojas en su muerte y que no pasaban trabajos arduos como todos los demás. No parecía que tuvieran problemas; la soberbia los caracterizaba, eran violentos, burlones, hablaban en contra de Dios (vv. 3-12). El problema no era lo que los impíos tenían, sino cómo Asaf estaba interpretando la realidad al margen de Dios.
Por otra parte, Asaf creía que él tenía tantos problemas que los veía como castigos. Las circunstancias de su vida parecían tan injustas y difíciles de sobrellevar. Él osó decir que en vano había buscado la rectitud y la pureza de su corazón; no le iba bien como a los impíos. Para él, Dios tenía mano dura, veía la maldad de los impíos y no hacía nada. ¡Dios era más bueno con ellos! O al menos eso pensaba (vv. 13-14).
Lo que sucede es que, en lugar de ver la bondad de Dios, Asaf enfocó su vista en sus circunstancias y consideró que tenía más dolor y pruebas que los demás. Hasta comenzó a sentir lástima por sí mismo. ¿Te ha pasado?
En los siguientes versículos vemos que cuando dudamos de la bondad de Dios, el resultado es la amargura. Nos hace perder el gozo, nos ciega, nos volvemos torpes, sin entendimiento (Sal. 73:21-22). ¡Qué peor cosa podemos hacer como hijas del Señor, que cegadas por la visión terrenal, no podamos ver la bondad de Dios y Su abundante gracia derramada en nuestras vidas!
Dios nos da de Su sabiduría para entenderlo, con muchos límites, por nuestra mente tan finita, pero nos permite vislumbrar cada vez un poco más cómo es Él, cómo es Su carácter, cuál es Su voluntad. Sin embargo, nos conformamos con tan poco. Nos envolvemos y enfrascamos en nuestras circunstancias terrenales que no nos permiten ver la claridad de Su bondad.
«Hasta que entré en el santuario de Dios; entonces comprendí el fin de ellos», dice el versículo 17. No fue que cambiaron sus circunstancias, fue que cambió su perspectiva al entrar en la presencia de Dios. Estar continuamente ahí, escudriñando Su Palabra, meditando en el evangelio y hablando con Él en oración es lo que nos pone en la perspectiva correcta para ver las cosas. ¿Por qué? Porque es donde podemos ver a Cristo.
Después de haber recorrido los 4 Evangelios en estos primeros meses del año, y sobre todo Juan, que terminamos hace algunos días, pudimos ver que Cristo, en medio de todas las circunstancias que vivió, demostró ser el Justo por excelencia y no envidió a los impíos. Desde que nació fue buscado y perseguido por ellos para darle muerte. Al iniciar Su ministerio y en los 3 años posteriores, tuvo mucha oposición de parte de quienes se decían ser los maestros de las Escrituras. Sus discípulos y amigos más cercanos huyeron en el punto más crítico de la maldad de Sus enemigos. Incluso cuando fue apresado y maltratado, Él sufrió viendo prosperar al mal. Él no pensó como el salmista, que en vano había buscado vivir rectamente y cumplir la ley si al final el Padre lo iba a abandonar al estar colgado en el madero. Lucas lo expresó de esta manera en el 9:51: «Sucedió que cuando se cumplían los días de Su ascensión, Jesús, con determinación, afirmó Su rostro para ir a Jerusalén». No había nada que lo detuviera de cambiar el propósito por el cual se había encarnado dejando Su gloria: traer a muchas ovejas a Su redil por medio de Su sacrificio perfecto en la cruz para que tú y yo hoy podamos tener una herencia: a Dios mismo.
Qué tal si haces de los últimos versículos de este salmo una oración.
Oh Señor, ¿a quién tengo yo en los cielos sino a Ti? Fuera de Ti, nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón pueden desfallecer, pero Dios es la fortaleza de mi corazón y mi porción para siempre. Porque los que están lejos de Ti perecerán; Tú has destruido a todos los que te son infieles. Pero para mí, estar cerca de Dios es mi bien; en Dios el Señor he puesto mi refugio para contar todas Tus obras.
Salmo 74
Este salmo fue escrito por Asaf y probablemente después de la destrucción del templo de Jerusalén, posiblemente refiriéndose a los eventos que llevaron a esa catástrofe. Siendo Israel las «ovejas de Su prado», «Su herencia», ¿por qué permitiría Dios esta providencia?
En los primeros 11 versículos, el salmista se dedica a hacer un clamor a Dios, haciendo un recuento de todo lo que sucedió y de cómo se sentía el pueblo en ese momento:
- Sentían que Dios los había abandonado y dijeron: «Oh Dios, ¿por qué nos has rechazado para siempre?»
- Para ellos parecía que Dios se había olvidado de que ellos eran Su pueblo elegido, y exclamaron: «Acuérdate de Tu congregación, la que adquiriste desde los tiempos antiguos, la que redimiste para que fuera la tribu de Tu heredad».
- Estaban atemorizados porque los enemigos hicieron una destrucción total del templo y con arrogancia declararon que los arrasarían. Por eso, repitieron las palabras de esos malvados: «Dijeron en su corazón: “Arrasémoslos por completo”. Han quemado todos los santuarios de Dios en la tierra».
- No escuchaban la voz de Dios por ninguna parte, y expresaron: «No vemos nuestras señales; ya no queda profeta, ni hay entre nosotros quien sepa hasta cuándo».
«Señor, ¿hasta cuándo?». Creo que es una pregunta que muchas nos hacemos cuando estamos pasando por momentos difíciles o de aflicción. Muchas veces nuestra mirada está más en nuestras circunstancias que en el Dios de las circunstancias. Olvidamos que Él es Rey y que Él gobierna sobre todo. Las situaciones a nuestro alrededor ocultan Su mano, pero Él sigue estando en control.
En ocasiones, Dios permite estos momentos para hacernos reaccionar; para hacernos entender que vamos por un camino equivocado o que hemos sido negligentes en obedecer. Estos momentos también evidenciaban la necesidad del pueblo de volver a Dios. Pero Asaf ora a Dios, recordándole Su poder, Su omnipotencia, y ahora lo alaban por todo lo que ha hecho con Su mano poderosa desde el inicio de la historia, reconociendo que:
- Él es el Rey.
- Él creó todas las cosas: el amplio mar y los monstruos marinos que Él mismo puede domar.
- Él permitió que el diluvio ocurriera, y al mismo tiempo hizo que las aguas se secaran.
- Él hizo el día y la noche, y tiene control sobre las estaciones del año que él mismo estableció.
Y ahora, con esa seguridad, suplican por Su ayuda, pidiendo un pago justo para esos adversarios que no habían tenido temor ante el Todopoderoso y habían afligido al pueblo. Aunque él no podía ver señales ni podía ver el fin de esta providencia, él recuerda al Señor Su pacto e implora que Él se levante y defienda Su causa. Solo Él podría librarlo de los enemigos.
Así es nuestro Dios, un Dios que hace pactos con Sus hijos. Y aunque nosotras, en nuestra carne, nos encontremos en medio de nuestra pecaminosidad constantemente y fallemos, podemos confiar en que el pacto de Dios a nuestras vidas no depende de nuestras obras como base de aceptación, sino en la obra perfecta de Cristo. Por el sacrificio de Cristo es que hemos recibido un nuevo pacto, en el que hemos recibido la justicia de Cristo. Ahora el Padre nos ve como justos delante de Él, como si nunca hubiéramos hecho maldad, y Él se complace con nosotros. ¡Qué glorioso!
Y ese mismo pacto en Cristo nos recuerda que, en medio de nuestras circunstancias adversas, Él está en control, y todo es usado para nuestro bien y, como fin último, para Su gloria.
Para meditar:
-
¿Dudas en tu corazón de la bondad de Dios o te has aferrado a Él como tu herencia eterna en medio de tus dificultades?
- ¿Sigues el ejemplo de Cristo de llevar tu causa a quien juzga justamente?
- ¿Esperas pacientemente en el obrar del Señor con un corazón enseñable para entender Sus propósitos?
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