Día 161 | Hechos 26
La verdad que confronta
Después de todo el proceso legal, Pablo finalmente tiene la oportunidad de hablar. Pero lo que ocurre aquí no es simplemente una defensa… es una proclamación.
A diferencia de momentos anteriores, Pablo no se limita a responder acusaciones. Aquí abre su vida, su historia, su antes y su después.
Pablo comienza hablando de quién era.
Desde joven había vivido como fariseo, conforme a la secta más estricta del judaísmo. Y esto es importante entenderlo bien.
El término «fariseo» significaba «separado». En su origen, no era un título negativo como muchas veces lo percibimos hoy después de la confrontación de Jesús con ellos. Al contrario, ser fariseo implicaba ser alguien apartado, celoso por la ley, comprometido con la pureza religiosa. En su contexto, el fariseísmo representaba lo mejor del sistema religioso: ortodoxia, disciplina y un profundo celo por Dios.
Por eso, …
La verdad que confronta
Después de todo el proceso legal, Pablo finalmente tiene la oportunidad de hablar. Pero lo que ocurre aquí no es simplemente una defensa… es una proclamación.
A diferencia de momentos anteriores, Pablo no se limita a responder acusaciones. Aquí abre su vida, su historia, su antes y su después.
Pablo comienza hablando de quién era.
Desde joven había vivido como fariseo, conforme a la secta más estricta del judaísmo. Y esto es importante entenderlo bien.
El término «fariseo» significaba «separado». En su origen, no era un título negativo como muchas veces lo percibimos hoy después de la confrontación de Jesús con ellos. Al contrario, ser fariseo implicaba ser alguien apartado, celoso por la ley, comprometido con la pureza religiosa. En su contexto, el fariseísmo representaba lo mejor del sistema religioso: ortodoxia, disciplina y un profundo celo por Dios.
Por eso, cuando Pablo se describe como fariseo de fariseos, está usando una forma de superlativo: no era simplemente parte del grupo, era alguien que destacaba dentro de él. Su vida religiosa era intachable, su formación era sólida, su celo era evidente.
Pero ese mismo celo lo llevó a oponerse a Cristo. En los versículos 9–11, Pablo reconoce que estaba convencido de que debía hacer todo lo posible para oponerse al nombre de Jesús. Persiguió a los creyentes, los encarceló e incluso aprobó su muerte.
Y, sin embargo, estaba profundamente equivocado.
No era ignorante.
No era indiferente.
Era un hombre convencido… pero perdido.
Y es ese mismo Pablo, años después, quien interpreta así su propio pasado. En su carta a los filipenses, escribe:
«Pero todo lo que para mí era ganancia, lo he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y aún más, yo estimo como pérdida todas las cosas en vista del incomparable valor de conocer a Cristo Jesús, mi Señor. Por Él lo he perdido todo, y lo considero como basura a fin de ganar a Cristo» (Fil. 3:7–8).
Todo aquello que antes le daba identidad, seguridad y sentido… ahora lo considera pérdida. No porque fuera necesariamente malo en sí mismo, sino porque no podía salvarlo.
Porque ninguna credencial espiritual, por sólida que parezca, puede sustituir un encuentro real con Cristo.
El encuentro que cambió todo
Y entonces ocurre el momento que cambia todo. Camino a Damasco, Pablo tiene un encuentro real con Cristo.
- No es una idea.
- No es una emoción.
- Es una confrontación directa con la verdad.
Jesús mismo le habla y redefine completamente su vida:
- lo llama
- lo envía
- le da propósito
Abrir los ojos, sacar de las tinieblas a la luz, llevar del dominio de Satanás a Dios. Ese encuentro lo transforma, pero también define el mensaje que ahora proclama.
Pablo no suaviza el evangelio. No intenta hacerlo más aceptable para su audiencia. Declara que todos deben arrepentirse, volverse a Dios y vivir de una manera coherente con ese arrepentimiento.
Y por esto… es perseguido. Pero Pablo deja claro que no todos los judíos, pero sí algunos, se opusieron a él hasta el punto de querer matarlo.
No era un conflicto político. Era un conflicto religioso.
La causa no era Pablo. Era Cristo.
Y entonces, en medio de su exposición, ocurre una interrupción. Festo lo interrumpe y le dice: «¡Estás loco, Pablo! ¡Las muchas letras te han vuelto loco!».
¿No te parece conocido? Para el mundo, el evangelio puede parecer irracional. Demasiado radical… Demasiado incómodo. Pero Pablo no retrocede. Responde con firmeza, con claridad, con sobriedad.
Pablo exhorta a Herodes Agripa II
Si Festo pensó que con eso iba a intimidar a Pablo, él no conocía bien a Pablo y no entendió lo que estaba pasando aquí, porque Pablo hace algo aún más directo: confronta a Agripa.
«¿Cree usted en los profetas? Yo sé que cree».
¡Uff! Le hablo claro y directo. Pablo no solo expone la verdad. La aplica. Lleva a Agripa a un punto de decisión.
Y la respuesta de Agripa es una de las más trágicas de todo el libro: «En poco tiempo me persuadirás a que me haga cristiano».
Casi… Cerca… Pero no rendido. Y esta es una realidad muy difícil de digerir muchas veces: puedes estar expuesta a la verdad, entenderla, incluso sentirte confrontada… y aun así no rendirte a ella. Puedes conocer la verdad, entenderla, incluso admirarla… y aun así no rendirte a ella.
Agripa no rechazó a Pablo abiertamente. Pero tampoco se rindió a Cristo. Se quedó en un «casi». Y el mayor peligro no siempre es rechazar la verdad… sino quedarte cerca de ella sin rendirte.
Como advirtió Spurgeon: «Estar casi persuadido de ser cristiano es como estar casi salvado… pero al final, completamente perdido».
Para meditar:
-
¿Estás respondiendo al evangelio con una fe rendida… o te estás quedando en un «casi»?
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