La culpabilidad universal
En el tercer capítulo, Pablo concluye que todos los seres humanos son culpables delante de Dios. No hay justo, ni siquiera uno. Aunque muchos creen que son «básicamente buenos», la realidad es que nadie puede cumplir perfectamente los estándares de la justicia de Dios por sus propios méritos. En el fondo sabemos que somos culpables, y Pablo lo deja claro al citar varios pasajes del Antiguo Testamento que subrayan esta verdad.
Dios es veraz
Pablo se enfoca en los judíos, y no es con el fin de despreciarlos ni desecharlos, sino de poner las cosas en la perspectiva correcta.
Ellos fueron el pueblo escogido y el lugar geográfico que Dios escogió para que Cristo viniera al mundo. Y aunque los llama infieles, tú y yo también lo hemos sido. Pablo les da el enfoque correcto: Dios permanece fiel para ellos, para ti y …
La culpabilidad universal
En el tercer capítulo, Pablo concluye que todos los seres humanos son culpables delante de Dios. No hay justo, ni siquiera uno. Aunque muchos creen que son «básicamente buenos», la realidad es que nadie puede cumplir perfectamente los estándares de la justicia de Dios por sus propios méritos. En el fondo sabemos que somos culpables, y Pablo lo deja claro al citar varios pasajes del Antiguo Testamento que subrayan esta verdad.
Dios es veraz
Pablo se enfoca en los judíos, y no es con el fin de despreciarlos ni desecharlos, sino de poner las cosas en la perspectiva correcta.
Ellos fueron el pueblo escogido y el lugar geográfico que Dios escogió para que Cristo viniera al mundo. Y aunque los llama infieles, tú y yo también lo hemos sido. Pablo les da el enfoque correcto: Dios permanece fiel para ellos, para ti y para mí.
Pablo afirma que todos han pecado y que estamos destituidos de la gloria de Dios. Sin embargo, el evangelio ofrece esperanza: todos somos justificados gratuitamente por Su gracia. La justificación no se basa en nuestras obras, sino en la redención que Cristo logró en la cruz. Esto es lo que hace que el evangelio sea verdaderamente transformador y liberador: no depende de nosotros, sino del sacrificio perfecto de Cristo.
Estos son versículos confrontadores y causantes de diversas opiniones. Pero quisiera resaltar algunas cosas.
La culpabilidad de todos los hombres
Todos los seres humanos estamos convencidos de que somos básicamente buenos. Hoy día, lamentablemente, esta es una idea reforzada por psicólogos, coaches de vida, profesores de colegio, consejeros y, tristemente, hasta pastores. Pero si somos sinceras y miramos a lo profundo de nuestro corazón, sabemos que no es así. En el fondo de nuestro corazón nos sentimos culpables porque somos culpables. No hay justo, ni aun uno. No importa cuánta racionalización quieras ejercitar, no importa cuán buenos sean tus argumentos, no hay nadie bueno. Y para que no quede duda, Pablo pasa a detallar esto y dice:
- No hay quien entienda.
- No hay quien busque a Dios.
- Todos se desviaron.
- Se hicieron inútiles.
- No hay quien haga lo bueno.
- Ni siquiera uno.
Honestamente, intentar refutar estos argumentos de Dios es absurdo; no hay forma para voltear lo que dice ahí, está totalmente claro, describe nuestra condición. Pelear contra estas declaraciones es darte golpes contra una pared. Cuando nos medimos con el estándar perfecto de justicia de Dios, que debe ser el que rija todo, vemos que el hombre natural no tiene la capacidad ni de hacer lo recto ni de hacer lo bueno. Por eso es que necesitamos a Dios.
Justificadas por la fe en Jesús
Los versículos 19–20 son clave, porque Pablo nos da una cátedra del lugar de la Ley en la salvación y lo que es la justificación por la fe en Jesús.
Muchos hoy en día dicen que ya no estamos bajo la ley, y sí, es cierto. Pero no podemos ignorarla, porque cumple una función fundamental: la ley no salva, pero revela el pecado en nosotras. Es la razón por la que Pablo ya nos dijo que nadie tiene excusa delante de Dios.
La ley es nuestro espejo. Es lo que saca a la luz la oscuridad de nuestros corazones. Toda boca guardará silencio delante de Dios, porque la ley ha estado ahí precisamente para eso. Pero… oh, qué preciosa gracia encontramos en el versículo 21. Esos maravillosos «peros» que encontramos en la Palabra.
¡Pero Cristo! Es por esa frase que tú y yo podemos tener paz.
Si la ley nos mostró la negrura de nuestro corazón, la fealdad de nuestro pecado, el hecho de que nadie busca a Dios, de que no podemos hacer nada para ganar la salvación… Ahora nos apunta a Aquel que lo hizo todo posible. Aquel que vino en la plenitud del tiempo, del cual hablaron Moisés y los profetas. El esperado Mesías.
Porque por la muerte de Cristo es que tenemos Su justicia. Mi pecado y tu pecado fueron puestos sobre Él, para que ahora Su justicia nos sea imputada a nosotras cuando ponemos nuestra fe en ese sacrificio.
Por cuanto todos pecaron, están destituidos. Es por esa razón que necesitamos de Cristo, de Su cruz, de la gracia de Dios. Aquí llegamos a estos maravillosos versículos que son liberadores:
«Todos son justificados gratuitamente por Su gracia por medio de la redención que es en Cristo Jesús […] para demostrar en este tiempo Su justicia, a fin de que Él sea justo y sea el que justifica al que tiene fe en Jesús. ¿Dónde está, pues, la jactancia? Queda excluida. ¿Por cuál ley? ¿La de las obras? No, sino por la ley de la fe. Porque concluimos que el hombre es justificado por la fe aparte de las obras de la ley... porque en verdad Dios es uno, el cual justificará en virtud de la fe a los circuncisos y por medio de la fe a los incircuncisos». –Romanos 3:24, 26–28, 30
Eso es lo que se llama justificación. La justificación es un término legal. No significa que Dios nos hace justas en ese momento, sino que nos declara justas.
Es como si estuviéramos en una corte, completamente culpables, sin ningún argumento a nuestro favor. Y aun así, el Juez emite un veredicto inesperado: justas. Pero no porque lo seamos en nosotras mismas, sino porque la justicia de Cristo nos ha sido atribuida. Esto es lo que hace el evangelio tan glorioso: hay un intercambio.
Cristo toma nuestro lugar, carga con nuestro pecado y recibe el castigo que nos correspondía. Y nosotras recibimos lo que no merecemos: Su justicia perfecta. Dios no pasa por alto el pecado. No lo ignora. No lo minimiza. Lo juzga completamente… pero en Cristo. Por eso la cruz es el centro de todo. Ahí vemos que Dios sigue siendo justo, porque el pecado es castigado, y al mismo tiempo es el que justifica al pecador que cree.
No hay contradicción en Dios. No compromete Su justicia para mostrar gracia, ni limita Su gracia para sostener Su justicia. Ambas se encuentran perfectamente en la obra de Cristo. Y esto cambia completamente nuestra posición delante de Dios. Ya no estamos bajo condenación. Ya no estamos intentando alcanzar algo que no podemos lograr.
Ahora estamos cubiertas por la justicia de Cristo. Lo que significa que somos:
- Aceptadas.
- Perdonadas.
- Aprobadas.
No por lo que hicimos… sino por lo que Él hizo.
Y algo importante: el hecho de que tú y yo no tengamos que hacer o pagar nada no implica que la salvación sea sin costo. Sí hubo un costo… y uno muy alto.
Dios no ignora el pecado, jamás lo hará. Lo que hizo fue cargarlo sobre los hombros de Su Hijo, para que tú y yo no tuviéramos que hacerlo. Pero costó un precio altísimo. El pecado tenía que ser castigado, pero tú y yo no podíamos. Solo el perfecto Hijo de Dios podía.
Hablemos de la jactancia
Pablo nos ubica nuevamente y nos pregunta: ¿de qué queremos venir a jactarnos?
Cuando vemos las cosas desde la perspectiva correcta, aquí no hay espacio para el orgullo. No hay absolutamente nada de lo que podamos jactarnos. Porque aún las obras que hacemos no son nada extraordinario para Dios; es lo que se supone que debemos hacer en respuesta a Su obra.
Aquí solo hay gracia… y gracia inmerecida.
Tú no eres nada sin Cristo. Estamos unidas a Cristo y nuestra identidad viene de Él.
Este es el momento de meditar y reconocer nuestra verdadera naturaleza: dejar de jactarnos, dejar de pretender, dejar de creer que hemos contribuido en algo a nuestra salvación. Lo único que hemos aportado es nuestro pecado… y muchas veces hasta lo amamos más que a Aquel que dio Su vida por nosotros.
Ya hacia el final del capítulo, en el versículo 31, Pablo cierra con algo importante: no es que somos salvos por gracia y entonces tenemos libertad de vivir como queramos. No, señor. Así no. El versículo 31 derriba claramente ese argumento y nos prepara para lo que desarrollará en el capítulo 4. Esto es importante, porque Pablo anticipa una conclusión equivocada: si somos justificados por gracia y no por obras, entonces la ley ya no importa.
La ley nunca fue dada como un medio de salvación, sino como un estándar que revela el carácter de Dios y expone el pecado del hombre. Y precisamente porque ahora entendemos el evangelio correctamente, entendemos también el verdadero propósito de la ley. La gracia no reduce el estándar de Dios; lo afirma. La justificación por la fe no elimina la necesidad de una vida que refleje la justicia de Dios; más bien, la establece sobre una base correcta.
Antes, la ley nos condenaba porque no podíamos cumplirla. Ahora, en Cristo, ya no estamos bajo condenación, pero sí somos llamados a vivir a la luz de esa justicia que hemos recibido. No obedecemos para ser aceptadas… obedecemos porque ya fuimos aceptadas.
La gracia no produce libertinaje, produce obediencia. Y este punto es clave para lo que Pablo desarrollará en el capítulo 4: la justificación siempre ha sido por fe, no por obras. No es un concepto nuevo, no es una idea del Nuevo Testamento solamente. Pablo mostrará que desde el principio, desde Abraham, Dios ha justificado al hombre de la misma manera: por medio de la fe.
Para meditar:
¡Qué bueno es saber que no depende de mí! Gracias, Dios, por Tu gracia inmerecida; es tan liberador saber que, habiendo estado muerta en mis delitos y pecados, Dios proveyó para mí una salvación tan grande que jamás hubiera logrado por mis propios méritos. ¿Cómo ahondar en esta verdad te cambia diariamente?
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