Hoy seguimos con nuestra lectura de la carta de Romanos y, en el capítulo 4, Pablo se centra específicamente en Abraham y la justificación por fe. Este capítulo responde a una pregunta clave que surge del capítulo anterior: si la justificación es por fe y no por obras, ¿ha sido siempre así?
Pablo responde mostrando que esto no es algo nuevo. Dios siempre ha justificado al hombre de la misma manera. Tristemente, la doctrina de la salvación es una de las que más conflictos causa en medio del pueblo de Dios. Sin embargo, me gusta cómo Dios, en Su Palabra, no deja cabos sueltos y todo está claro. Pablo utiliza el ejemplo de Abraham como una ilustración clave de la verdad bíblica central: el hombre puede ser declarado justo delante de Dios solamente por gracia, por medio de la fe.
La vida de Abraham fue una …
Hoy seguimos con nuestra lectura de la carta de Romanos y, en el capítulo 4, Pablo se centra específicamente en Abraham y la justificación por fe. Este capítulo responde a una pregunta clave que surge del capítulo anterior: si la justificación es por fe y no por obras, ¿ha sido siempre así?
Pablo responde mostrando que esto no es algo nuevo. Dios siempre ha justificado al hombre de la misma manera. Tristemente, la doctrina de la salvación es una de las que más conflictos causa en medio del pueblo de Dios. Sin embargo, me gusta cómo Dios, en Su Palabra, no deja cabos sueltos y todo está claro. Pablo utiliza el ejemplo de Abraham como una ilustración clave de la verdad bíblica central: el hombre puede ser declarado justo delante de Dios solamente por gracia, por medio de la fe.
La vida de Abraham fue una vida de fe. Él dejó todo basado únicamente en la garantía de la Palabra de Dios, creyendo en las promesas de Dios, aunque parecían imposibles dadas las circunstancias. Abraham emprendió un camino confiando en Aquel que no solo lo llamó, sino que también lo acompañó en todo su caminar. Esa rendición de Abraham a la fe le fue contada por justicia.
Hay un detalle que Pablo subraya y que no debemos pasar por alto: Abraham fue declarado justo antes de recibir la circuncisión. Esto significa que su aceptación delante de Dios no descansó en una señal externa, en un rito o en una marca visible, sino únicamente en la fe. La circuncisión vino después, no como la causa de su justificación, sino como una señal de lo que Dios ya había hecho.
Esto es importante, porque derriba la idea de que la salvación depende de pertenecer a un grupo, de cumplir un ritual o de cargar una identidad religiosa externa. Abraham no fue aceptado porque tenía una marca en su cuerpo, sino porque creyó a Dios.
Pablo también muestra que Abraham fue justificado antes de la ley. Es decir, incluso antes de que existiera ese marco formal que muchos después llegarían a considerar como la base de su seguridad espiritual, Dios ya había mostrado cómo salva al pecador. Esto quiere decir que la justificación por fe no es una novedad del Nuevo Testamento. Dios siempre ha salvado por gracia, por medio de la fe.
Y eso cambia por completo la perspectiva. La promesa no está limitada a una nación, a una herencia étnica o a una práctica religiosa. Si Abraham fue justificado antes de la circuncisión y antes de la ley, entonces queda claro que el camino de salvación no está restringido al pueblo judío. La puerta siempre ha estado abierta para todos los que creen en el sacrificio de la cruz.
Por eso Pablo presenta a Abraham no solo como el padre de los judíos, sino como el padre de todos los creyentes. Su paternidad no se define primero por la sangre, sino por la fe. No se trata simplemente de descender físicamente de Abraham, sino de compartir la misma confianza en el Dios que salva.
Esto debió haber sido confrontante para muchos, porque algunos descansaban en su linaje, en su historia o en su cercanía al pacto. Pero Pablo deja claro que la verdadera descendencia de Abraham está compuesta por aquellos que creen. Abraham es padre de los circuncisos que no solo tienen la señal, sino que también andan en la fe; y es padre de los incircuncisos que, aun sin esa marca externa, creen como él creyó.
Qué hermoso es ver aquí el corazón de Dios. Desde el principio, Su plan no fue formar simplemente una nación étnica, sino levantar un pueblo de fe. Abraham se convierte así en una figura que une la historia de la redención: en él vemos la promesa que alcanza a judíos y gentiles, a hombres y mujeres, a personas de toda lengua y nación que son justificadas exactamente de la misma manera.
Esto también nos incluye a nosotras. No estamos leyendo la historia de Abraham como espectadoras lejanas, sino como mujeres alcanzadas por la misma gracia. El Dios que contó justicia a Abraham es el mismo Dios que sigue justificando hoy a todo pecador que cree.
Logizomai
El término griego logizomai, que es traducido como «le fue contada» en Romanos 4, tiene un significado legal y económico que hace referencia a acreditar algo en la cuenta de una persona. Es como cuando alguien te transfiere dinero a tu cuenta y terminas con un saldo a tu favor por el cual no trabajaste y que no se basó en tu comportamiento. De la misma manera, la fe de Abraham fue imperfecta, llena de errores, como la de cualquier ser humano. Sin embargo, fue escogido soberanamente por Dios, solo por gracia, y esa elección lo llevó a poner su fe en Dios.
La fe de Abraham no fue una fe superficial. No fue un optimismo religioso ni una actitud positiva frente a la vida. Fue una confianza plena en Dios cuando humanamente no había razones para esperar. Pablo dice que Abraham creyó «contra esperanza».
Es decir, cuando las circunstancias gritaban que la promesa era imposible, él siguió descansando en la Palabra de Dios. Su cuerpo estaba ya como muerto, y el vientre de Sara también. Todo parecía negar la promesa. Sin embargo, Abraham no puso sus ojos en la debilidad humana, sino en el poder del Dios que había hablado.
Ahí está la belleza de una fe bíblica: no se sostiene en la fuerza del creyente, sino en la confiabilidad de Aquel en quien se cree. Abraham creyó en el carácter de Dios. Creyó que Dios dice la verdad, que Dios cumple lo que promete y que tiene poder para hacer lo imposible.
Por eso Pablo dice que creyó en Aquel «que da vida a los muertos y llama a las cosas que no son, como si fueran». La fe no crea la realidad; la fe descansa en el Dios que sí tiene poder para hacerlo todo. Y esta verdad debe ser una realidad para nosotras; muchas veces queremos una fe fuerte, cuando en realidad lo que necesitamos es mirar más al Dios digno de confianza. La fortaleza de la fe de Abraham no estuvo en la perfección de Abraham, sino en el objeto de su fe.
Por eso, en nuestro caso, Cristo obró en la cruz del Calvario a nuestro favor. Aunque la fe juega un papel importante en la salvación, la fe en sí misma no tiene poder para salvar. Es la gracia redentora de Dios, operando a través de la obra expiatoria de Cristo en la cruz, lo que tiene el poder para salvarnos.
Cosas fundamentales a tener en cuenta:
- Abraham no fue justificado por sus obras (vv. 1-2).
- Abraham fue justificado por su fe (vv. 3-5).
- Abraham no fue justificado por la circuncisión (vv. 9-12).
- Abraham no fue justificado por la ley (vv. 13-15).
- Abraham fue justificado por la gracia de Dios (vv. 16-17).
«...sino también por nosotros, a quienes será contada, como los que creen en Aquel que levantó de los muertos a Jesús nuestro Señor, que fue entregado por causa de nuestras transgresiones y resucitado para nuestra justificación». —Romanos 4:24-25
Y lo más hermoso es esto: La misma justicia que le fue contada a Abraham… es la que se nos cuenta a nosotras. No por lo que hacemos, sino por creer en Aquel que levantó a Jesús de los muertos.
Y eso cambia completamente nuestra forma de vivir. Porque entonces ya no caminamos tratando de ganarnos el favor de Dios, sino descansando en una obra que ya fue hecha. No vivimos desde la culpa, sino desde la gracia. No obedecemos para ser aceptadas, sino porque ya hemos sido aceptadas en Cristo.
La historia de Abraham nos recuerda que la fe no es perfecta, pero sí está puesta en un Dios perfecto. Él creyó cuando no veía, cuando no entendía, cuando todo parecía imposible… y Dios fue fiel.
Y entonces, el llamado es claro: dejar de mirar nuestras obras, dejar de apoyarnos en nosotras mismas… y volver nuestros ojos a Cristo. Porque al final, no se trata de cuán fuerte es nuestra fe… sino de cuán digno es Aquel en quien creemos.
Para meditar:
- ¿En qué áreas de tu vida estás intentando «ganarte» el favor de Dios en lugar de descansar en la justicia que ya te fue dada en Cristo?
- Cuando miras tu fe, ¿tiendes a enfocarte más en tu debilidad o en el carácter del Dios en quien has creído?
- Si verdaderamente creyeras que has sido justificada completamente por gracia, ¿qué cambiaría en la manera en que vives, obedeces y te acercas a Dios cada día?
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