Hay una verdad que atraviesa todo este salmo y no deja espacio para la indiferencia: Dios reina.
No es una idea simbólica, ni un simple consuelo emocional. Es una realidad presente, activa y visible. El Salmo 97 continúa esta gran proclamación: Dios es Rey sobre toda la tierra, y Su reinado no es pasivo… es glorioso.
Del versículo 1 al 5 notamos a un Rey cuya gloria estremece. El salmo nos introduce a una escena que no es cómoda, sino sobrecogedora: fuego que va delante de Él, relámpagos que iluminan el mundo, la tierra que tiembla.
Este lenguaje nos recuerda a las teofanías del Antiguo Testamento, como en el Sinaí. No estamos frente a un «dios» domesticado o reducido a nuestra medida. Estamos ante un Dios santo, majestuoso y temible en gloria.
«Como respuesta al reinado de Dios, la tierra se regocija y las muchas costas …
Hay una verdad que atraviesa todo este salmo y no deja espacio para la indiferencia: Dios reina.
No es una idea simbólica, ni un simple consuelo emocional. Es una realidad presente, activa y visible. El Salmo 97 continúa esta gran proclamación: Dios es Rey sobre toda la tierra, y Su reinado no es pasivo… es glorioso.
Del versículo 1 al 5 notamos a un Rey cuya gloria estremece. El salmo nos introduce a una escena que no es cómoda, sino sobrecogedora: fuego que va delante de Él, relámpagos que iluminan el mundo, la tierra que tiembla.
Este lenguaje nos recuerda a las teofanías del Antiguo Testamento, como en el Sinaí. No estamos frente a un «dios» domesticado o reducido a nuestra medida. Estamos ante un Dios santo, majestuoso y temible en gloria.
«Como respuesta al reinado de Dios, la tierra se regocija y las muchas costas se alegran. Es como si el mundo comprendiera que Dios es el que le brinda estabilidad y futuro con su administración justa»1.
Muchas veces buscamos un Dios cercano, pero sin santidad; queremos consuelo, sin reverencia, pero este salmo corrige nuestra perspectiva porque el Dios que se acerca es el mismo Dios que hace temblar la tierra.
«La presencia divina conmueve hasta los cimientos del mundo y hace que los pueblos puedan ver y disfrutar la gloria del Señor».2
Contemplarlo correctamente cambia la manera en que vivimos. No podemos tratar el pecado con ligereza cuando entendemos quién es Él.
De los versículos 6 al 9 notamos que los ídolos caen ante Su gloria; la manifestación de la gloria de Dios produce un contraste inevitable: todo lo falso queda expuesto.
El salmista habla de ídolos, pero hoy rara vez son estatuas. Son más sutiles y más peligrosos:
- El deseo de controlarlo todo
- La necesidad de aprobación
- La búsqueda de seguridad fuera de Dios
- El anhelo de comodidad por encima de la obediencia
Estos ídolos prometen mucho, pero no sostienen nada.
Cuando vemos a Dios en Su gloria, algo cambia en el corazón; lo que antes parecía valioso, ahora se revela vacío. No puedes contemplar al Rey y seguir aferrada a sustitutos.
Cuando llegamos a los versículos 8 y 9, vemos que «Sión se alegra…». ¿Por qué? No porque todo esté bien ni porque las circunstancias sean fáciles, sino porque Dios reina con justicia.
Mi hermana, esto es clave: el Señor no solo gobierna con poder, sino con rectitud perfecta. Nada está fuera de Su control, y nada escapa a Su justicia. Esto cambia la fuente de nuestro gozo. El gozo del creyente no depende de lo que pasa, sino de quién está en el trono; por eso, incluso en un mundo quebrantado, podemos vivir con una alegría firme, profunda y real.
Al llegar al final del salmo, podemos notar algo sencillo que a la vez se vuelve personal y confrontativo: «Los que aman al Señor, aborrezcan el mal». No es una sugerencia, es evidencia. No dice «eviten» el mal, dice aborrézcanlo.
Esto expone algo importante y concluimos que no existe amor genuino con Dios que conviva cómodamente con el pecado.
Amar a Dios transforma no solo lo que hacemos, sino lo que deseamos. El corazón empieza a alinearse con Él: ama lo que Él ama y rechaza lo que Él rechaza.
Este salmo encuentra su cumplimiento pleno en Cristo y a continuación quiero listar por qué. Él es:
- La manifestación perfecta de la gloria de Dios
- El rey justo que gobierna con rectitud
- Quien expone los ídolos del corazón
- Quien venció el pecado en la cruz
En Él, ya no solo vemos la gloria, lo podemos conocer personalmente y es en Él donde este llamado se hace posible, ya que nuestros ídolos son desenmascarados, nuestro pecado es perdonado y derrotado, y nuestro corazón es transformado.
Así, el mandato no es una mera exigencia; es gracia.
Este salmo no termina con temor… termina con luz, gozo y esperanza: «Luz se ha sembrado para el justo, y alegría para los rectos de corazón».
El hecho de que la luz haya sido sembrada implica algo poderoso, ya que hay momentos en los que no vemos claramente, temporadas en las que todo parece oscuro, días en los que el gozo no se siente cercano, pero eso no significa que la luz no esté.
Significa que Dios ya la ha puesto y, en el momento correcto, dará su fruto. La vida del creyente no está exenta de oscuridad, pero sí está marcada por una certeza: la luz ya fue sembrada por Dios mismo.
El salmo cierra con una respuesta clara: «Justos, alégrense en el Señor, y alaben Su santo nombre». Es un gozo que nace de conocer a Dios como Él es (santo, justo, Rey sobre todo, fiel en todo tiempo). Y por eso el llamado no es solo a «sentir», sino a responder:
- Alégrate: decide descansar en quién es Dios.
- Da gracias: reconoce Su carácter y Sus obras.
Aquí volvemos a Cristo. Él no solo nos habla de la luz; Él es la luz.
En medio de un mundo caído, Él vino a brillar en nuestra oscuridad, a vencer el pecado y a asegurarnos que la oscuridad no tendría la última palabra; por eso, incluso cuando no vemos con claridad, podemos vivir con confianza: la luz ya vino, la luz permanece y la luz volverá a brillar plenamente.
El Salmo 97 nos lleva en un recorrido completo, desde la majestad temible de Dios, pasando por la caída de los ídolos, la seguridad de Su justicia, la confrontación del pecado… hasta llegar aquí: una vida llena de luz y gozo en Él.
Porque, al final, para los que aman al Señor, la historia no termina en temor, termina en alegría firme, luz segura y gratitud constante.
Para meditar
- ¿Qué estoy tolerando que Dios llama pecado?
- ¿Qué he suavizado en mi vida que Dios condena claramente?
- ¿Estoy justificando lo que debería estar rechazando?
- Pagán, Samuel. Comentario de los Salmos. Editorial Patmos. 2007. 527.
- Idem.
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