Quizá para nosotras hoy la constante referencia a la Ley pudiera parecernos extraña o hasta sin mucho sentido, porque no vivimos bajo ese sistema como lo hacía el pueblo de Israel. Pero para los judíos, la Ley era central, tan central que, con el tiempo, llegó a ocupar un lugar que no le correspondía.
No en vano Juan Calvino decía que «nuestro corazón es una fábrica de ídolos». La Ley, que era buena y dada por Dios, terminó convirtiéndose en un fin en sí misma. Lo vemos claramente en los evangelios: cuando Jesús sanaba en día de reposo, los fariseos no se gozaban en la misericordia de Dios… se escandalizaban. Para ellos, era más importante la letra de la ley que el corazón de Dios detrás de ella.
Y por eso Pablo es tan insistente con este tema. Él no habla desde la teoría. Él fue fariseo, fariseísimo, …
Quizá para nosotras hoy la constante referencia a la Ley pudiera parecernos extraña o hasta sin mucho sentido, porque no vivimos bajo ese sistema como lo hacía el pueblo de Israel. Pero para los judíos, la Ley era central, tan central que, con el tiempo, llegó a ocupar un lugar que no le correspondía.
No en vano Juan Calvino decía que «nuestro corazón es una fábrica de ídolos». La Ley, que era buena y dada por Dios, terminó convirtiéndose en un fin en sí misma. Lo vemos claramente en los evangelios: cuando Jesús sanaba en día de reposo, los fariseos no se gozaban en la misericordia de Dios… se escandalizaban. Para ellos, era más importante la letra de la ley que el corazón de Dios detrás de ella.
Y por eso Pablo es tan insistente con este tema. Él no habla desde la teoría. Él fue fariseo, fariseísimo, celoso de la Ley, irreprensible en cuanto a justicia externa. Además, él sabe lo fácil que es convertir algo bueno en un ídolo.
Y aunque nosotras no tenemos la Ley como ellos, sí podemos caer en lo mismo de maneras más sutiles: hacer de nuestras obras, nuestro servicio, nuestro conocimiento o incluso nuestra disciplina espiritual, una base para sentirnos aceptadas delante de Dios.
«¿Acaso ignoran…?», Pablo comienza así porque sabe que lo que va a decir no es nuevo. Es verdad conocida… pero ignorada.
Entonces, Pablo desarrolla una verdad fundamental: nuestra relación con la Ley ha cambiado radicalmente. Hemos muerto a la ley.
A lo largo del Antiguo Testamento vemos cómo el pueblo de Dios vivía bajo la Ley. Esta no era mala; al contrario, era un regalo de Dios que revelaba Su carácter y mostraba lo que es justo. Sin embargo, también dejaba en evidencia algo que el ser humano no podía resolver: su incapacidad para cumplirla perfectamente. Ahora, gracias a la obra de Cristo, los creyentes ya no estamos bajo la ley ceremonial, sino bajo la gracia.
Usando la ilustración del matrimonio, Pablo explica que así como la muerte rompe un vínculo legal, también nosotras, en Cristo, hemos muerto a la Ley para pertenecer a Otro: a Cristo mismo. Y aquí hay una imagen hermosa: no solo hemos sido liberadas de algo… hemos sido unidas a Alguien. Somos la novia de Cristo.
Ya no estamos bajo un sistema de reglas, sino en una relación viva, íntima y transformadora con Él. No vivimos tratando de cumplir para ser aceptadas, sino desde una identidad segura: pertenecemos a Cristo.
Esto cambia completamente la manera en que entendemos la obediencia. Obedecer ya no es una carga para ganar favor… Es una respuesta de amor a Aquel que nos redimió.
Es importante entender algo aquí: Pablo no está diciendo que la Ley sea mala. La Ley es santa, justa y buena. El problema no es la Ley… es el pecado en nosotras.
La Ley revela el pecado, lo expone, lo hace evidente. Pero no tiene el poder de transformarnos. Por eso, aunque ya no estamos bajo la Ley como medio de justificación, la ley moral de Dios sigue reflejando Su carácter. Lo que cambia no es el estándar de Dios… lo que cambia es nuestra relación con Él.
Pablo también reconoce en este capítulo la persistente naturaleza pecaminosa que todos llevamos dentro. Incluso como creyentes, seguimos luchando contra el pecado. Pablo describe esta lucha interna en los versículos 14-25, donde confiesa que muchas veces hace lo que aborrece y no lo que desea hacer. Esto resuena con todas nosotras: aunque hemos sido redimidas, todavía necesitamos el evangelio diariamente, negándonos a nosotras mismas y mirando siempre hacia nuestro Salvador.
«Porque sabemos que la ley es espiritual, pero yo soy carnal, vendido a la esclavitud del pecado. Porque lo que hago, no lo entiendo. Porque no practico lo que quiero hacer, sino lo que aborrezco, eso hago... Porque yo sé que en mí, es decir, en mi carne, no habita nada bueno. Porque el querer está presente en mí, pero el hacer el bien, no... ¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?». —Romanos 7:14-15, 18, 24
Pablo describe la tensión interna del creyente: una nueva naturaleza que desea agradar a Dios… y una carne que todavía lucha contra ese deseo. Y un punto importante aquí: la presencia de esta lucha no significa que no eres salva, significa que ahora sí hay vida espiritual en ti, que hay otra naturaleza. Si lo pensamos bien, antes no había lucha… porque todo estaba alineado con el pecado, porque vivíamos en nuestros delitos y pecados; era la norma.
Ahora hay conflicto… porque hay una nueva vida. Pero también este pasaje nos muestra algo muy claro: nosotras no tenemos en nosotras mismas el poder para vencer el pecado. «El querer está presente en mí, pero el hacer el bien, no». Este pasaje refleja la realidad de nuestra vida cristiana: aunque hemos sido salvadas, seguimos luchando con el pecado. Pero Pablo no termina ahí. Esto rompe completamente con la idea de autosuficiencia espiritual y nos lleva exactamente al punto central: necesitamos a Cristo, no solo para ser salvas, sino para vivir cada día. Nos recuerda que hay esperanza en Cristo, quien nos ha liberado de este cuerpo de muerte.
Y Pablo cierra con ese clamor que todas, en algún momento, hemos sentido: «¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?».
La respuesta no está en la Ley.
No está en el esfuerzo.
No está en intentar hacerlo mejor.
La respuesta está en Cristo. Romanos 7 nos recuerda algo muy real: que aun siendo creyentes, seguimos luchando. Que la vida cristiana no es una línea perfecta, sino una dependencia constante. Pero también nos recuerda algo glorioso: ¡ya no estamos bajo la Ley… y tampoco estamos solas en la lucha!
Pertenecemos a Cristo. Somos Suyas. Somos Su novia. Y vivimos no para ganar Su amor… sino desde Su amor. La vida cristiana no se trata de esforzarnos más… sino de rendirnos más. Que podamos vivir vidas dignas del llamado que hemos recibido por la gracia de Dios.
Para meditar:
- ¿De qué manera puedes aplicar diariamente la verdad de que ya no estás bajo la Ley, sino bajo la gracia? En Romanos 7, Pablo habla de la lucha interna contra el pecado, pero también de la esperanza en Cristo.
- ¿Hay áreas en tu vida donde estás intentando «cumplir» en lugar de vivir desde tu relación con Cristo?
- ¿Cómo reaccionas cuando fallas: corres hacia Cristo… o tratas de arreglarlo por tus propias fuerzas?
- ¿Qué cambiaría en tu día a día si realmente vivieras consciente de que ya perteneces a Cristo y eres parte de Su novia?
*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la series de podcast.
Únete a la conversación