Pablo escribe esta carta durante uno de sus viajes misioneros, en un momento en el que el evangelio ya se había extendido y en el que también comenzaban a surgir malentendidos sobre la gracia. Ha visto el avance del evangelio, pero también ha sido testigo de la oposición, la confusión y los malentendidos que surgían alrededor del mensaje de la gracia.
Pablo sabe que el evangelio puede ser malinterpretado. Sabe que, al escuchar que la salvación es por gracia y no por obras, algunos podrían torcer esa verdad y usarla como excusa para vivir en pecado. Por eso escribe con claridad, anticipándose a las preguntas que surgirían en el corazón de quienes leen esta carta.
El pastor John MacArthur, en su comentario sobre el libro de Romanos, conecta este capítulo con la historia de un hombre que conoció profundamente el poder de la gracia: John Newton, el mismo …
Pablo escribe esta carta durante uno de sus viajes misioneros, en un momento en el que el evangelio ya se había extendido y en el que también comenzaban a surgir malentendidos sobre la gracia. Ha visto el avance del evangelio, pero también ha sido testigo de la oposición, la confusión y los malentendidos que surgían alrededor del mensaje de la gracia.
Pablo sabe que el evangelio puede ser malinterpretado. Sabe que, al escuchar que la salvación es por gracia y no por obras, algunos podrían torcer esa verdad y usarla como excusa para vivir en pecado. Por eso escribe con claridad, anticipándose a las preguntas que surgirían en el corazón de quienes leen esta carta.
El pastor John MacArthur, en su comentario sobre el libro de Romanos, conecta este capítulo con la historia de un hombre que conoció profundamente el poder de la gracia: John Newton, el mismo que escribió el himno «Sublime gracia».
Newton se describía a sí mismo de la siguiente manera: «John Newton, clérigo, otrora impío y libertino, siervo de esclavos en África, fue, por la rica misericordia de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, preservado, restaurado, perdonado y designado para predicar la fe».
Y esa, mi amada, es también tu historia y la mía. Eso era lo que éramos antes de que la gracia nos alcanzara. Y es con esa perspectiva que debemos acercarnos a este capítulo.
Después de que Pablo nos ha llevado por algunas de las verdades más profundas del evangelio: el pecado del hombre, la justicia de Dios, la redención en Cristo y la justificación por la fe, ahora hace un giro. Pasa de la doctrina a la práctica. Pasa de explicarnos cómo somos salvas… a mostrarnos cómo vive alguien que ha sido salvada.
Ahora el enfoque es claro: la santidad del creyente, la vida de justicia a la que Dios nos llama y la obediencia que fluye de un corazón transformado por la gracia. Pablo anticipaba las preguntas, y eso me encanta, porque son las mismas preguntas que, al día de hoy, tú y yo también nos hacemos. Pero para entenderlas bien, tenemos que considerar el contexto y su audiencia.
El judío de la época no podía concebir una relación con Dios fuera de «cumplir» la ley de Moisés y los profetas; su confianza estaba en lo que hacían. Pero también estaban los del otro lado: aquellos que pensaban que no importaba cómo vivieran, de todas formas serían salvos. ¿Te suena conocido?
Me encanta cómo está estructurado este capítulo. Pablo utiliza preguntas retóricas para anticiparse a las posibles objeciones que podrían surgir, tanto en su tiempo como hoy:
- Versículo 1: «¿Qué diremos, entonces? ¿Continuaremos en pecado para que la gracia abunde?».
- Versículo 2: «¡De ningún modo! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos aún en él?».
El enemigo de nuestras almas disfruta distorsionar la Verdad, por lo que era crucial que Pablo aclarara este punto. El hecho de que la salvación sea por gracia y no por obras no significa que tenemos licencia para pecar. Abusar de la gracia es distorsionar el evangelio. La gracia no nos deja igual… nos transforma.
Desde Génesis hasta Apocalipsis, la Escritura deja claro que una relación de salvación con Dios siempre está ligada a una vida conforme a Su Palabra. Un corazón que ha sido alcanzado por el evangelio refleja el carácter de Aquel que lo salvó.
Antes estábamos muertas en nuestros delitos y pecados; pero ahora, si estamos vivas, es para vivir para Cristo y por Cristo. Pero Pablo va aún más profundo. No solo dice que no debemos vivir en pecado… explica por qué.
Porque hemos sido unidas a Cristo.
Cuando Cristo murió, nosotras morimos con Él. Cuando Él resucitó, nosotras también fuimos levantadas a una nueva vida. Por eso Pablo habla del bautismo: no como un simple acto externo, sino como una imagen de esta realidad espiritual. Hemos sido sepultadas con Cristo y resucitadas con Él. Esto cambia completamente nuestra identidad.
Ya no somos las mismas.
Ya no estamos bajo el dominio del pecado.
Antes éramos esclavas del pecado. No teníamos libertad real; vivíamos bajo su dominio, y el resultado era muerte. Pero ahora, en Cristo, hemos sido libertadas. No para vivir sin dirección… sino para vivir bajo un nuevo Señor. Ahora somos siervas de Dios. Y esto es clave: la vida cristiana no es ausencia de esclavitud, es un cambio de esclavitud. Antes servíamos al pecado; ahora servimos a la justicia. Y ese cambio produce fruto.
«¿Qué fruto tenían entonces en aquellas cosas de las cuales ahora se avergüenzan? Porque el fin de esas cosas es muerte. Pero ahora, habiendo sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tienen por su fruto la santificación, y como resultado la vida eterna. Porque la paga del pecado es muerte, pero la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro». —Romanos 6:21-23
Este es el punto clave de este capítulo: Cristo es el único camino que nos puede llevar del pecado a la justicia; únicamente el Hijo de Dios podía haber pagado ese precio. Y nos recuerda que ya hemos sido liberados del pecado.
Antes éramos esclavas del pecado, y nuestra paga era la muerte; pero ahora que hemos sido perdonadas y salvadas, somos siervas de Cristo. Él recibió la paga del pecado al tomar sobre Sí mismo los pecados del mundo, algo que ni tú ni yo podíamos hacer. Cristo satisfizo la demanda legal por el pecado en favor nuestro, los que confiamos en Él. Y es por Su muerte que el pecado ya no tiene poder sobre nosotras; Él lo venció una vez y para siempre, es por eso que podemos identificarnos con Él en Sus sufrimientos, cuando, como Pablo, llevamos las marcas de haber padecido por Él y Su causa.
Bonhoeffer lo expresa con claridad en su libro El costo del discipulado: «La gracia barata es gracia sin discipulado, sin la cruz, sin Jesucristo… La gracia costosa es el llamado de Jesucristo, ante el cual el discípulo deja sus redes y le sigue a Él».
La gracia que salva también transforma. No es una gracia que nos permite seguir igual… es una gracia que nos llama a una vida nueva.
Romanos 6 nos confronta con una verdad que no podemos ignorar: no se puede recibir la gracia de Cristo y seguir viviendo como si nada hubiera cambiado. Si hemos muerto con Él, no podemos seguir viviendo en aquello que nos llevaba a la muerte. La gracia no es una excusa para pecar… es el poder para vivir de una manera diferente.
Ahora, somos esclavas de Cristo por amor. No es un cambio meramente externo, sino interno. Una persona cuyo corazón no ha sido cambiado tampoco ha sido salvada. La vida justa emana de un corazón obediente a la Palabra de Dios y Sus preceptos; la fe y la obediencia van de la mano. Recuerda las palabras de Jesús en Juan 14:15: «Si ustedes me aman, guardarán Mis mandamientos». Ojo, la obediencia no produce ni mantiene la salvación, pero es una característica clara de aquellos que nos llamamos salvos; es por eso que no podemos decir que amamos a Dios y vivimos en pecado.
Ahora pertenecemos a Cristo. Y vivir para Él no es una carga… es el resultado natural de un corazón que ha sido transformado por Su gracia.
Para meditar:
- ¿Hay áreas en tu vida donde estás justificando el pecado bajo la excusa de la gracia?
- ¿Estás viviendo consciente de que tu identidad ya no está en el pecado, sino en Cristo?
- ¿Qué fruto está produciendo hoy tu vida: el de la vieja naturaleza o el de una vida rendida a Dios?
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