Después de la gloriosa declaración de Romanos 8, Pablo nos lleva nuevamente a hablar de Israel en Romanos 9. Este es uno de los capítulos más fascinantes del Nuevo Testamento, pero también uno de los más complejos y a menudo malinterpretados. En este capítulo, Pablo aborda la incredulidad de Israel y la soberanía de Dios en la salvación, recordándonos que Dios tiene misericordia de quien Él quiere tener misericordia.
A primera vista, podría parecer que las promesas de Dios fallaron, porque Israel, Su pueblo, en gran parte rechazó al Mesías. Pero Pablo es claro: el problema no es que Dios no cumplió… es que no todos los que pertenecen a Israel de manera física, pertenecen realmente a Israel en el sentido espiritual.
Esto es importante, porque nos recuerda que Dios nunca falla en lo que promete. Sus planes no dependen de la respuesta humana para sostenerse, sino de …
Después de la gloriosa declaración de Romanos 8, Pablo nos lleva nuevamente a hablar de Israel en Romanos 9. Este es uno de los capítulos más fascinantes del Nuevo Testamento, pero también uno de los más complejos y a menudo malinterpretados. En este capítulo, Pablo aborda la incredulidad de Israel y la soberanía de Dios en la salvación, recordándonos que Dios tiene misericordia de quien Él quiere tener misericordia.
A primera vista, podría parecer que las promesas de Dios fallaron, porque Israel, Su pueblo, en gran parte rechazó al Mesías. Pero Pablo es claro: el problema no es que Dios no cumplió… es que no todos los que pertenecen a Israel de manera física, pertenecen realmente a Israel en el sentido espiritual.
Esto es importante, porque nos recuerda que Dios nunca falla en lo que promete. Sus planes no dependen de la respuesta humana para sostenerse, sino de Su fidelidad. Él siempre ha tenido un pueblo… pero ese pueblo no se define solo por linaje, sino por promesa.
Uno de los aspectos interesantes de este capítulo es el uso de preguntas retóricas por parte de Pablo. Él anticipa las posibles objeciones de sus lectores y responde con una frase categórica: «De ninguna manera». Esta expresión, que aparece repetidamente en Romanos (unas diez veces), es la negación más enfática en griego. Es como si Pablo estuviera diciendo: «¡No, no y mil veces no!». Este lenguaje nos transmite la firmeza con la que Pablo defiende la soberanía de Dios y la seguridad de nuestra salvación en Él.
Pablo no solo responde preguntas… confronta nuestra manera de pensar. Porque naturalmente queremos entender a Dios bajo nuestros propios términos, pero este capítulo nos recuerda que no somos nosotras quienes definimos la justicia… es Dios quien la establece.
En cuanto a la incredulidad de Israel, Pablo expresa su profundo dolor. Él reconoce que, a pesar de los privilegios únicos que Israel recibió: la adopción, la gloria, los pactos, la Ley, el culto, las promesas y los patriarcas, el pueblo rechazó a su Mesías. Sin embargo, Pablo también destaca que este rechazo no es una señal de que las promesas de Dios han fallado. Más bien que Dios, en Su soberanía, ha decidido injertar a los gentiles en el plan de salvación.
Pablo introduce aquí una distinción que cambia completamente nuestra forma de entender la salvación: no todos los hijos según la carne son hijos de Dios, sino los hijos de la promesa. Esto significa que nacer en un contexto «correcto», tener herencia de ir a la iglesia, o incluso cercanía con las cosas de Dios… no garantiza nada.
Ser parte del pueblo de Dios no es automático… es algo que Dios produce. No estamos aquí por historia, cultura o mérito… estamos aquí porque Dios cumplió Su promesa.
Injertados en el pueblo de Dios
Uno de los temas cruciales que Pablo aborda en este capítulo es cómo, en Su soberanía, Dios ha decidido injertar a los gentiles en el pueblo de Dios. En Romanos 9:6-8, Pablo aclara que no todos los descendientes físicos de Israel son verdaderos hijos de la promesa. Dios, por Su gracia soberana, ha extendido la salvación a los gentiles, quienes, aunque no eran parte del pueblo original de Dios, han sido incluidos por medio de Cristo.
La inclusión de los gentiles no es algo que Dios decidió «porque Israel falló». No es un plan alterno. Es cumplimiento.
Desde el Antiguo Testamento, Dios ya había anunciado que llamaría pueblo a los que no eran pueblo, y que extendería Su misericordia más allá de Israel. Esto significa que nuestra salvación no es un accidente… es parte de un plan eterno.
En el capítulo 11 de Romanos, Pablo desarrollará más a fondo la metáfora del injerto, explicando que nosotros, los gentiles, hemos sido injertados en el olivo (que representa el verdadero Israel). Aunque éramos una «rama silvestre», Dios, en Su misericordia, nos ha hecho partícipes de Su pueblo. Esta imagen muestra cómo Dios siempre tuvo un plan más grande para incluir a todas las naciones en Su pacto de gracia.
Así lo explica D. A. Carson, diciendo que la misericordia de Dios no es limitada, sino que Su plan de salvación abarca a todo el mundo. Nosotros, los gentiles, hemos sido llamados a ser parte de este glorioso plan, no por nuestras obras, sino por la gracia soberana de Dios, quien nos ha injertado en Su pueblo escogido.
El ejemplo de Jacob y Esaú es sumamente confrontador, porque Pablo deja claro que Dios escogió antes de que ellos hicieran algo bueno o malo. Para que quedara claro que Su elección no depende del comportamiento humano… sino de Su propósito.
Esto rompe con nuestra lógica, porque naturalmente queremos pensar que Dios responde a lo que hacemos. Pero la salvación nunca ha sido una recompensa… siempre ha sido gracia. No es que Dios vio algo en nosotras… es que Dios decidió amar.
La soberanía de Dios en la salvación
Pablo deja en claro que Dios es soberano para mostrar Su misericordia y gracia como Él quiera. Esto puede ser difícil de aceptar desde nuestra perspectiva humana limitada, pero es crucial recordar que Dios es omnisciente y nadie puede cuestionar Su justicia. Dios, siendo perfectamente justo y sabio, muestra Su misericordia, no porque lo merezcamos, sino por Su propio propósito eterno.
Algo interesante son las preguntas retóricas que encontramos en este capítulo. Es como si Pablo se anticipara a lo que pudiéramos decir o alegar. Me encanta que use la expresión «de ninguna manera», que en el original es la forma de negación más fuerte. Por cierto, utiliza esta expresión en unas diez ocasiones en esta carta. Es como si dijéramos «no, no, ¡y mil veces no!». Ese es el nivel de seguridad y de certeza que el apóstol nos quiere transmitir en cuanto a que nuestra salvación descansa en la mano poderosa de Dios. El Dios verdadero a quien servimos no es como los demás dioses, no es un Dios que se inmuta ni que se va a sorprender; es por eso que no depende de nosotros, sino de Él y de Su sabiduría.
Dios exhibe Su misericordia como Él quiere y cuando Él quiere. Nosotros no somos quiénes para cuestionar Su obrar. Como ya vimos antes, todos fuimos destituidos de la gloria de Dios. Nos cuesta entender esto porque lo vemos desde nuestra limitada visión, pero Dios es omnisciente y, por lo tanto, nadie puede cuestionar su accionar.
Pero Pablo no se queda ahí, él va aún más profundo, y aquí es donde el texto se vuelve difícil para nosotras. Dice que Dios tiene misericordia de quien quiere… y también endurece a quien quiere. Esto no significa que Dios sea injusto. Significa que Dios es Dios.
Todos merecemos juicio. Nadie merece misericordia. Por eso, cuando Dios muestra gracia, es precisamente eso: gracia, no deuda. Y cuando permite el endurecimiento, no está cometiendo injusticia… está actuando en perfecta justicia.
Muchos pueden preguntarse: ¿Es justo que Dios elija a unos y no a otros? Pablo responde directamente a esta objeción, diciendo que como creación de Dios, no tenemos derecho a cuestionar Su soberanía. MacArthur subraya que esta doctrina es difícil de asimilar, pero es esencial para comprender la profundidad de la gracia de Dios. Todos merecemos el juicio por nuestro pecado, pero Dios, en Su misericordia, elige salvar a algunos para demostrar Su gloria.
Al final, Pablo nos lleva a ver algo aún más grande: todo esto tiene un propósito mayor.
No se trata solo de nosotras siendo salvadas… se trata de Dios siendo glorificado.
- Dios muestra Su justicia…
- Dios muestra Su misericordia…
- Dios revela quién Él es.
Y en medio de eso, nosotras somos alcanzadas por gracia.
Hay muchas cosas de las que podemos hablar de estos capítulos y no terminaríamos. Es por eso que te invito a ver estas dos prédicas del pastor Sugel Michelén que para mí fueron de bendición. Oro que, así como estos capítulos fueron maravillosos para mí, lo sean para ti.
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