El capítulo 10 sigue abordando el tema de la incredulidad de Israel, pero introduce un aspecto esperanzador: el llamado universal del evangelio. Pablo declara que su mayor anhelo es que Israel sea salvo, pero también reconoce que la salvación no depende del esfuerzo humano ni de las obras de la Ley, sino de la fe en Cristo. Cristo es el fin de la Ley, y la justificación viene solo por la fe.
Después de ver en el capítulo anterior la soberanía de Dios en la salvación, aquí Pablo nos muestra el otro lado de la moneda: la responsabilidad humana. Israel no es incrédulo porque no tuvo oportunidad… es incrédulo porque no quiso creer.
Esto es importante, porque nos recuerda que la soberanía de Dios no elimina nuestra responsabilidad. El evangelio ha sido revelado, ha sido anunciado, ha sido escuchado… pero también puede ser rechazado.
La mayoría de …
El capítulo 10 sigue abordando el tema de la incredulidad de Israel, pero introduce un aspecto esperanzador: el llamado universal del evangelio. Pablo declara que su mayor anhelo es que Israel sea salvo, pero también reconoce que la salvación no depende del esfuerzo humano ni de las obras de la Ley, sino de la fe en Cristo. Cristo es el fin de la Ley, y la justificación viene solo por la fe.
Después de ver en el capítulo anterior la soberanía de Dios en la salvación, aquí Pablo nos muestra el otro lado de la moneda: la responsabilidad humana. Israel no es incrédulo porque no tuvo oportunidad… es incrédulo porque no quiso creer.
Esto es importante, porque nos recuerda que la soberanía de Dios no elimina nuestra responsabilidad. El evangelio ha sido revelado, ha sido anunciado, ha sido escuchado… pero también puede ser rechazado.
La mayoría de los israelitas, al rechazar la justicia de Dios y tratar de establecer su propia justicia basada en las obras de la Ley, perdieron de vista el propósito de la Ley: apuntar a Cristo como el único Salvador. Sin embargo, la buena noticia es que, aunque Israel falló en reconocer a su Mesías, el evangelio es para todos, tanto judíos como gentiles:
«Que si confiesas con tu boca a Jesús por Señor, y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de los muertos, serás salvo».
Pablo lo deja claro: todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo.
- No hay distinción.
- No importa el pasado,
- No importa el origen,
- No importa la historia.
La salvación está disponible para todos… pero solo es recibida por fe. Pablo dice que Israel tenía celo de Dios, pero no conforme a un verdadero conocimiento. No era falta de religión, ni de interés, ni de práctica… era falta de entendimiento correcto.
Pero no era una ignorancia inocente. Ellos conocían la Ley, conocían las promesas, conocían las Escrituras… y aun así rechazaron la justicia de Dios para establecer la suya propia. Porque podemos estar cerca de las cosas de Dios… y aun así no someternos a Él.
Cuando Pablo dice que Cristo es el fin de la Ley, no está diciendo que la Ley fue eliminada sin sentido. Está diciendo que Cristo es su cumplimiento, su meta, su propósito final.
La Ley nunca fue dada para salvar… fue dada para mostrar nuestra necesidad de salvación. Y todo en ella apuntaba a Cristo. Por eso, intentar justificarnos por la Ley es perdernos el punto completo. Aquí Pablo presenta dos formas de intentar ser justificados:
- Una basada en las obras… y otra basada en la fe.
- La justicia por obras dice: «haz, cumple, alcanza».
- La justicia por fe dice: «cree, recibe, descansa».
- Una depende del esfuerzo humano… la otra descansa en la obra de Cristo.
Y solo una salva.
Pablo deja en claro que no importa si uno es judío o gentil, ya que de dos pueblos hizo uno solo. Esta verdad maravillosa nos recuerda que la gracia de Dios se extiende a todos los pueblos y que el plan de Dios es hacer de Su pueblo uno solo, donde no hay distinción racial o cultural.
El evangelio no es exclusivo de un grupo, una cultura o una historia.
Este recorrido por Romanos 8-10 nos muestra la grandeza de la gracia soberana de Dios. Desde la gloriosa libertad que tenemos en Cristo hasta el llamado universal del evangelio, vemos cómo todo descansa en Su misericordia y sabiduría infinitas.
Pablo presenta una secuencia interesante:
- ¿Cómo creerán si no han oído?
- ¿Cómo oirán sin alguien que les predique?
- ¿Y cómo predicarán si no son enviados?
Esto nos muestra que Dios, en Su soberanía, decidió usar personas para llevar Su mensaje. El evangelio no se esparce solo… Dios usa voces, vidas, obediencia. Y eso nos incluye.
Dios nos injertó en Su pueblo, no por méritos, sino por pura gracia. Ahora, como parte de Su pueblo, tenemos la responsabilidad de llevar el evangelio a aquellos que aún no lo conocen, tal como Pablo expresa en Romanos 10:15: «¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio del bien!». Pablo deja claro que Israel sí escuchó.
- El mensaje fue anunciado.
- La verdad fue proclamada.
- Dios extendió Su mano.
Pero ellos no respondieron. «Todo el día he extendido mis manos a un pueblo rebelde y obstinado». Esto revela algo importante para nosotras: Dios no es distante… es paciente. Pero también muestra la realidad del corazón humano: podemos escuchar… y aun así resistir.
Que este conocimiento nos mueva a la compasión por los perdidos, y que estemos dispuestas a apoyar la obra misionera, tanto en oración como con nuestras acciones, para que el evangelio siga extendiéndose a todas las naciones.
Para meditar
- ¿Estoy confiando en mi propio esfuerzo para acercarme a Dios… o descansando en la justicia que viene por la fe?
- ¿Hay áreas en mi vida donde tengo «celo por Dios», pero no conforme a un verdadero conocimiento?
- ¿Estoy intentando «ganarme» el favor de Dios con lo que hago… o viviendo desde lo que Cristo ya hizo?
- ¿Recuerdo quién era antes de Cristo… y cómo eso debería moverme a amar a los que aún no le conocen?
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