Y hemos llegado al final de la carta a los Romanos. Después de una carta tan profunda, doctrinal y gloriosa, podríamos esperar que Pablo terminara con una gran conclusión teológica. Pero hace algo que quizás no esperaríamos: termina mencionando nombres. Y eso nos recuerda algo precioso: el evangelio no solo forma doctrina correcta; también forma una familia real.
Romanos no termina en abstracciones. Termina con personas. Rostros. Historias. Hogares abiertos. Obreros fieles. Mujeres sirviendo. Colaboradores arriesgando su vida. Santos perseverando. Hermanos amados.
Esto nos muestra algo del corazón pastoral de Pablo. No era solamente un hombre de mente brillante y profunda teología; también era un hombre agradecido, relacional, atento al servicio de otros y dispuesto a honrar públicamente a quienes habían trabajado por el evangelio.
Siempre me ha llamado la atención que Pablo recordara nombres. No veía la iglesia como una masa anónima. Veía personas concretas, con …
Y hemos llegado al final de la carta a los Romanos. Después de una carta tan profunda, doctrinal y gloriosa, podríamos esperar que Pablo terminara con una gran conclusión teológica. Pero hace algo que quizás no esperaríamos: termina mencionando nombres. Y eso nos recuerda algo precioso: el evangelio no solo forma doctrina correcta; también forma una familia real.
Romanos no termina en abstracciones. Termina con personas. Rostros. Historias. Hogares abiertos. Obreros fieles. Mujeres sirviendo. Colaboradores arriesgando su vida. Santos perseverando. Hermanos amados.
Esto nos muestra algo del corazón pastoral de Pablo. No era solamente un hombre de mente brillante y profunda teología; también era un hombre agradecido, relacional, atento al servicio de otros y dispuesto a honrar públicamente a quienes habían trabajado por el evangelio.
Siempre me ha llamado la atención que Pablo recordara nombres. No veía la iglesia como una masa anónima. Veía personas concretas, con dones, historias, sacrificios y labores particulares dentro del cuerpo de Cristo. Y eso también debe confrontarnos.
Vivimos en una época donde muchas veces queremos visibilidad, reconocimiento o crédito personal. Pero Pablo nos enseña algo distinto: el evangelio produce humildad, gratitud y honra hacia los demás. Él no se presenta como si hubiese hecho todo solo. Reconoce colaboradores. Menciona obreros. Agradece el servicio. Da honra a quienes han servido fielmente.
Eso también es una marca de madurez espiritual.
Dios ve el servicio fiel
En esta lista encontramos nombres de hombres y mujeres que quizás para nosotras no son tan conocidos, pero que fueron preciosos para Pablo y útiles en la obra del Señor. Entre ellos, Pablo menciona a varias mujeres, y esto es significativo. Él no minimiza su labor; la honra, la nombra y la reconoce públicamente.
Febe aparece como una sierva confiable de la iglesia en Cencrea. De hecho, por la forma en que Pablo la recomienda, entendemos que fue una mujer digna de confianza, probablemente la portadora de esta carta tan importante. ¡Qué privilegio tan grande! Una mujer llevando en sus manos una de las cartas más profundas de toda la historia de la Iglesia.
También menciona a Priscila, junto a su esposo Aquila. Esta pareja es un hermoso ejemplo de servicio en unidad. Trabajaron juntos, arriesgaron sus vidas por Pablo, instruyeron a Apolos con mayor precisión en el camino de Dios y abrieron su hogar para la iglesia. Me encanta pensar en esto: un matrimonio usando su casa, su trabajo, su conocimiento y su vida entera para el avance del evangelio.
Pablo menciona también a María, quien trabajó mucho por la iglesia; a Trifena y Trifosa, obreras en el Señor; a Pérsida, amada y reconocida por haber trabajado arduamente; a la madre de Rufo, quien fue como una madre para Pablo; y a otras hermanas que formaban parte de esta comunidad de santos. No sabemos todos los detalles de sus vidas. No sabemos exactamente qué hicieron cada una de ellas. Pero sí sabemos algo: Dios lo vio. Y Pablo también lo reconoció.
Esto debe animarnos profundamente. En el reino de Dios, el servicio fiel no pasa desapercibido. Quizás nadie vea todo lo que haces. Quizás nadie conozca tus cargas, tus oraciones, tu hospitalidad, tu trabajo detrás de cámaras, tu servicio cansado, tu fidelidad en lo pequeño. Pero Dios lo ve.
- Dios ve los nombres.
- Dios ve las cargas.
- Dios ve los hogares abiertos.
- Dios ve la fidelidad escondida.
- Dios ve el servicio que otros olvidan.
Y esto nos invita a servir no para ser vistas, sino porque pertenecemos a Cristo.
Gratitud y honra en el cuerpo de Cristo
Los saludos de Pablo también nos enseñan a honrar el servicio de otros. A veces podemos ser rápidas para notar errores y lentas para agradecer. Podemos ver lo que falta, lo que no salió perfecto, lo que otra persona no hizo como esperábamos. Pero Pablo nos modela algo diferente: una cultura de gratitud dentro del cuerpo de Cristo.
- Él reconoce a quienes han trabajado.
- Honra a quienes han servido.
- Recuerda a quienes han colaborado.
- Agradece a quienes han arriesgado.
La iglesia no se edifica con personas compitiendo por gloria personal, sino con santos sirviendo juntos para la gloria de Dios.
Y esto es importante para nosotras. Cuando representamos un equipo, una iglesia, un ministerio o una familia espiritual, debemos aprender a hablar con humildad, dando honra a quienes han contribuido. Nada de lo que hacemos en el cuerpo de Cristo lo hacemos solas. Todo servicio fiel es sostenido por la gracia de Dios y acompañado, de una forma u otra, por la ayuda de otros.
Amor con discernimiento
Pero en medio de estos saludos llenos de afecto, Pablo hace una advertencia seria. Como fiel pastor, exhorta a los creyentes a cuidarse de aquellos que causan divisiones y ponen tropiezos en contra de la doctrina que habían aprendido. Esto también es importante. Romanos 16 no solo nos muestra una iglesia llena de amor; también nos muestra una iglesia llamada al discernimiento.
La unidad de la iglesia no se protege ignorando el error. Se protege amando la verdad. Pablo ama profundamente a la iglesia, y precisamente por eso advierte contra quienes distorsionan el evangelio. Hay personas que con palabras suaves y lisonjeras pueden engañar a los ingenuos. Por eso, el creyente no está llamado a ser crédulo, sino vigilante.
Pablo se gozaba en la obediencia de los creyentes romanos, pero también deseaba que fueran sabios para lo bueno e inocentes para lo malo. Esa frase es muy necesaria para nosotras hoy.
Ser inocentes para lo malo no significa ser ingenuas; significa no cultivar familiaridad con aquello que corrompe. No necesitamos explorar el error para ser sabias. No necesitamos exponernos a toda falsa enseñanza para discernir. Necesitamos estar profundamente arraigadas en la verdad.
Debemos ser sabias para lo bueno: entrenadas en la Palabra, firmes en el evangelio, sensibles a la verdad, capaces de identificar lo que divide, confunde o aparta de Cristo. Y al mismo tiempo, inocentes para lo malo: sin curiosidad malsana, sin entretenernos con lo que contamina, sin abrirle espacio a lo que debilita nuestra fe.
- El amor cristiano no es ingenuo.
- La unidad cristiana no es ausencia de discernimiento.
- La gracia no nos llama a tolerar el error, sino a guardar la verdad con humildad.
El Dios que aplastará a Satanás
En medio de esta advertencia, Pablo da una promesa gloriosa: «Y el Dios de paz aplastará pronto a Satanás debajo de los pies de ustedes». Qué hermoso contraste.
Pablo habla de divisiones, engaño y falsa enseñanza, pero no termina ahí. Nos recuerda que Dios vencerá. Satanás puede engañar, dividir y oponerse, pero su derrota es segura. El Dios de paz aplastará al enemigo.
Esto nos lleva de regreso a Génesis 3:15, a la promesa de que la simiente de la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente. En Cristo, esa victoria ya fue asegurada. Y un día será plenamente consumada. Por eso podemos perseverar.
- La iglesia debe estar alerta, sí.
- Debe discernir, sí.
- Debe guardarse del error, sí.
Pero no vive con temor desesperado, porque el Dios de paz reina y Su victoria es segura.
La doxología final
Y entonces llegamos al cierre de esta carta maravillosa. Después de recorrer la culpa universal, la justificación por la fe, la vida en el Espíritu, la seguridad eterna, la soberanía de Dios, la misericordia hacia judíos y gentiles, la vida rendida, la unidad, el amor y el servicio fiel… Pablo termina donde toda buena teología debe terminar: en adoración.
En los versículos finales, Pablo exalta a Dios como Aquel que es poderoso para afirmarnos conforme al evangelio y la predicación de Jesucristo. Habla del misterio que estuvo oculto por siglos, pero que ahora ha sido manifestado. Ese misterio revelado en Cristo, anunciado por los profetas y dado a conocer a todas las naciones para la obediencia de la fe.
Ese ha sido el hilo de toda la carta: el evangelio de Dios, prometido desde antes, cumplido en Cristo, proclamado a judíos y gentiles, recibido por fe y manifestado en una vida transformada.
- Ahora conocemos ese evangelio.
- Ahora formamos parte de ese plan.
- Ahora hemos sido alcanzadas por gracia.
- Ahora somos hijas de Dios y coherederas con Cristo.
¿Y cuál es la respuesta correcta ante tanta misericordia? Adoración.
Pablo concluye diciendo: «Al único y sabio Dios, por medio de Jesucristo, sea la gloria para siempre. Amén».
Y después de caminar por Romanos, esa debe ser también nuestra respuesta.
- No orgullo.
- No autosuficiencia.
- No frialdad doctrinal.
Sino, adoración.
Porque si algo nos ha mostrado esta carta es que todo es de Dios, por Dios y para Dios. Nuestra salvación, nuestra santificación, nuestra seguridad, nuestra esperanza, nuestra vida rendida y nuestro servicio en la iglesia existen por Su gracia.
Romanos 16 nos recuerda que el evangelio no solo produce doctrina correcta; produce una familia que sirve, honra, discierne y adora. Nos recuerda que Dios usa personas reales, con nombres reales, en iglesias reales, para avanzar Su obra. Nos recuerda que el servicio fiel importa, aunque parezca escondido. Nos recuerda que debemos honrar a quienes sirven, guardar la verdad con discernimiento y terminar siempre en adoración.
Que al cerrar esta carta podamos decir con humildad:
- Gracias, Señor, por el evangelio.
- Gracias por Tu misericordia.
- Gracias porque nos justificas por la fe.
- Gracias porque nos sostienes por Tu Espíritu.
- Gracias porque nos haces parte de Tu pueblo.
- Gracias porque nos llamas a una vida rendida.
- Gracias porque ves el servicio fiel.
- Gracias porque guardarás a Tu iglesia hasta el final.
Al único y sabio Dios, por medio de Jesucristo, sea la gloria para siempre. Amén.
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