En este capítulo, Pablo continúa su exhortación, abordando ahora los pleitos entre hermanos y la manera en que los creyentes debían vivir a la luz de su nueva identidad en Cristo.
En medio de Su iglesia, el Señor había dado todos los recursos de verdad, sabiduría, justicia, amor, para resolver las diferencias entre ellos. Pero como ellos no estaban logrando resolver sus pleitos, preferían demandarse unos a otros en la sinagoga ante jueces judíos o ante los tribunales públicos paganos. Hacer esto no era otra cosa más que la evidencia de sus actitudes carnales que venían arrastrando de su vida antes de Cristo; y Pablo estaba horrorizado por ello.
MacArthur dice que ellos demostraban poco respeto por la autoridad de la iglesia y la capacidad que el Señor les daba para resolver sus pleitos. Los corintios estaban dispuestos a ganar una disputa aunque eso dañara el testimonio del …
En este capítulo, Pablo continúa su exhortación, abordando ahora los pleitos entre hermanos y la manera en que los creyentes debían vivir a la luz de su nueva identidad en Cristo.
En medio de Su iglesia, el Señor había dado todos los recursos de verdad, sabiduría, justicia, amor, para resolver las diferencias entre ellos. Pero como ellos no estaban logrando resolver sus pleitos, preferían demandarse unos a otros en la sinagoga ante jueces judíos o ante los tribunales públicos paganos. Hacer esto no era otra cosa más que la evidencia de sus actitudes carnales que venían arrastrando de su vida antes de Cristo; y Pablo estaba horrorizado por ello.
MacArthur dice que ellos demostraban poco respeto por la autoridad de la iglesia y la capacidad que el Señor les daba para resolver sus pleitos. Los corintios estaban dispuestos a ganar una disputa aunque eso dañara el testimonio del evangelio, porque para ellos era más importante obtener venganza que promover la unidad de la iglesia y la gloria de Cristo; «ellos no solo no se estaban gobernando a sí mismos, sino que se estaban convirtiendo en un espectáculo delante de los incrédulos, demostrando su orgullo, carnalidad, codicia y amargura».
Cuando los cristianos tienen peleas y disputas terrenales entre ellos, resulta inconcebible que traten de solucionarlas recurriendo a tribunales dirigidos por incrédulos, ¡cuando son quienes van a reinar eternamente!
Y esto parece bien contradictorio, porque, como hemos leído en capítulos anteriores, ellos se jactaban de su sabiduría, pero aparentemente no había suficiente sabiduría para resolver los problemas entre hermanos. Realmente, el orgullo no les estaba permitiendo amarse y perdonarse unos a otros.
Entonces Pablo les recomienda un camino mejor:
- No cometan injusticias contra los hermanos.
- Si sufren injusticias, elijan no devolver mal por mal.
- Si hay conflictos, no vayan a juicio delante de inconversos; mejor busquen un hermano que les ayude a resolver entre ustedes.
- Elijan mejor ser defraudados o injuriados que entrar en litigios con un hermano en la fe.
Ese es el estándar que debemos perseguir, porque es el ejemplo de humillación que Cristo nos dio. Recordemos lo que dice Filipenses 2:3-5: «No hagan nada por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de ustedes considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás. Haya, pues, en ustedes esta actitud que hubo también en Cristo Jesús».
Siguiendo con el tema de la inmoralidad, Pablo recalca que muchos en la iglesia de Corinto (al igual que en nuestras iglesias hoy) antes eran inmorales, idólatras, adúlteros, afeminados, homosexuales, ladrones, avaros, borrachos, difamadores, estafadores, etc., pero ahora habían «… sido lavados… santificados… justificados en el nombre del Señor Jesucristo…».
Si eran hijos de Dios, ya no había cabida para la inmoralidad, la avaricia, la idolatría, las borracheras, los robos, etc. ¿Por qué? Porque ya habían sido lavados con la preciosa sangre de Cristo, ya habían sido hechos santos, apartados para el mismo Dios creador, y el sacrificio de Cristo había aplacado la ira de Dios que los llevaba a la condenación lejos de Él, y les había permitido la reconciliación con el Padre.
Pablo vuelve al mismo punto que ya les había dicho antes: la muerte de Cristo no podía ser tomada a la ligera. Habiendo sido apartados para Dios y reconciliados con Él, estaban cayendo en pecados de hombres carnales y no estaban siendo radicales en su nueva vida en Cristo.
Así que Pablo los llama a huir del pecado y no dejarse dominar ni ser engañados por una mala comprensión de la libertad que tenían en Cristo. ¡El cuerpo es para Él! No todo lo que la carne quiere hacer es de provecho ni es conveniente.
De hecho, Pablo había afirmado su corazón para no ser dominado por nada, ni siquiera por las cosas lícitas y que se consideran de provecho, porque pueden conducirnos al pecado si nos dejamos dominar por ellas. La libertad que tenemos en Cristo para disfrutar de las cosas buenas que nos permiten gozar, ya sea la comida, bebida, el ejercicio, el conocimiento o cualquier otra cosa que hoy estemos disfrutando, no debe llevarnos a la esclavitud.
Por esta razón el apóstol les instaba a huir de la fornicación y del adulterio. Ya eran hijos de Dios, y su cuerpo no podía ser compartido con nadie más que con su propio cónyuge. Pablo lo dice de forma contundente en el versículo 15: «¿No saben que sus cuerpos son miembros de Cristo? ¿Tomaré, acaso, los miembros de Cristo y los haré miembros de una ramera?».
Al ser hijos de Dios, no pertenecían a ningún maestro de las Escrituras, pero tampoco se pertenecían a sí mismos. Habían sido comprados por un precio tan alto —la sangre de Cristo—, así que su vida debía ser usada y dedicada únicamente para glorificar a Dios en su cuerpo y en su espíritu, pues le pertenecen a Él.
Amada hermana, no olvidemos que Cristo nos compró con Su sangre, nos unió a Él y ahora somos miembros de Su cuerpo. Él define nuestra identidad delante del Padre como Sus hijas, y en medio de la iglesia donde nos ha colocado para poder amarnos, perdonarnos y exhortarnos al amor y a las buenas obras.
Para meditar:
- ¿Antes de insistir en ganar un argumento o defender tus derechos, buscas reflejar la humildad de Cristo, procurando la paz, el perdón y la unidad con tus hermanos en la fe?
- No todo lo permitido es provechoso para quien ha sido comprada por la sangre de Cristo. Pregúntate diariamente: «¿Esto me acerca más a Cristo y le da gloria a Dios?».
- ¿Tus decisiones, relaciones, palabras y acciones reflejan que le perteneces completamente al Señor y que tu mayor deseo es agradarle a Él?
MacArthur, J. (2015).1 y 2 Corintios (D. A. Díaz Pachón, Trans.; Vol. 1, p. 152). Editorial Portavoz.
*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la series de podcast.
Únete a la conversación