En este capítulo, Pablo retoma el tema de la libertad en Cristo, ahora aplicado a la vida diaria del creyente. En el contexto cultural de Corinto, griegos y romanos eran politeístas y creían también en la existencia de espíritus malignos. Pensaban que estos espíritus podían contaminar los alimentos y que la única forma de purificarlos era ofrecerlos en sacrificio a un dios.
La carne que no se quemaba en los sacrificios se consumía en fiestas paganas o se vendía en el mercado. Cuando muchos corintios se convertían, evitaban comer esa carne porque les recordaba su antigua vida pagana.
Algunos hermanos tenían una conciencia más fuerte en este asunto; habían superado este temor debido al conocimiento que habían adquirido y su conciencia estaba en paz con Dios al consumir esos alimentos cuando los compraban en el mercado. Ellos entendían que esos dioses no existían y que los alimentos no …
En este capítulo, Pablo retoma el tema de la libertad en Cristo, ahora aplicado a la vida diaria del creyente. En el contexto cultural de Corinto, griegos y romanos eran politeístas y creían también en la existencia de espíritus malignos. Pensaban que estos espíritus podían contaminar los alimentos y que la única forma de purificarlos era ofrecerlos en sacrificio a un dios.
La carne que no se quemaba en los sacrificios se consumía en fiestas paganas o se vendía en el mercado. Cuando muchos corintios se convertían, evitaban comer esa carne porque les recordaba su antigua vida pagana.
Algunos hermanos tenían una conciencia más fuerte en este asunto; habían superado este temor debido al conocimiento que habían adquirido y su conciencia estaba en paz con Dios al consumir esos alimentos cuando los compraban en el mercado. Ellos entendían que esos dioses no existían y que los alimentos no podían contaminarse espiritualmente.
Pero, como hemos estudiado sobre su tendencia a confiar en su sabiduría, y por el orgullo espiritual que tenían, ellos podrían caer también en exhortar a los que recién venían a la fe desde un peldaño en el que consideraban tener mayor conocimiento. Así que Pablo les recuerda que hay otro lado del actuar cristiano de un hermano que tiene más conocimiento de Dios que otro: el amor.
El conocimiento es bueno, pero debe ser usado para la edificación de otros en amor, no para su destrucción. Nuestro conocimiento o superioridad teológica no nos da el derecho de ejercer la libertad, si esa libertad hace daño al hermano. Debemos estar atentas, ya que ese conocimiento puede hacernos orgullosas y llevarnos a vivir de manera egoísta, sin considerar cómo nuestra conducta puede afectar la conciencia de los demás. Eso les pasó a los corintios, por eso Pablo les dijo: «El conocimiento envanece, pero el amor edifica».
«Tener amor pero carecer de conocimiento es lamentable; pero tener conocimiento y carecer de amor es igualmente trágico», dice MacArthur. Realmente, los corintios tenían el grave problema de la arrogancia. Eran orgullosos, se sentían satisfechos en sí mismos y no tomaban en cuenta la debilidad del hermano, porque ellos se sentían fuertes. Pero esa fortaleza en la que confiaban fue la misma que Jesús amonestó en Marcos 9:42 cuando dijo: «Cualquiera que haga pecara uno de estos pequeñitos que creen en Mí, mejor le fuera si le hubieran atadoal cuello una piedra de molino de las que mueve un asno, y lo hubieran echado al mar».
¡Qué terrible ser piedra de tropiezo para aquellos por quienes también murió Cristo! Su sacrificio fue suficiente para pagar sus pecados y para darles la gracia que necesitaban para ir creciendo y conociendo al Señor. Si Cristo valoró a tu hermano al punto de morir por él, ¿cómo no vas a valorar tú su conciencia?
La falta de amor nos lleva a la falta de sensibilidad hacia los nuevos creyentes, que son nuestros hermanos, nuestra familia. Se nos olvida que el Señor nos sacó de la misma oscuridad que ellos, y que nos ha pastoreado con ternura desde que comenzamos en la carrera de la fe, enseñándonos a caminar desde que empezamos a dar los primeros pasos.
Por eso la insistencia del amor como una pieza clave que pone en balance la conducta del creyente, y nos lleva a tener la actitud que Cristo tuvo: «no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás» (Flp. 2:4).
Mientras crecemos en conocimiento, nuestra conciencia se va fortaleciendo y empezamos a sentir más y más libertad en Cristo. Pero muchas veces comenzamos a defender esta libertad para hacer ciertas cosas que no están prohibidas en la Palabra, pero que son cuestionables para otros hermanos más débiles. En ocasiones incluso nos jactamos de nuestro conocimiento y de nuestra libertad, y llegamos a burlarnos de estos hermanos débiles. Pero esto no es hacer buen uso del conocimiento; más bien denota inmadurez.
Porque es precisamente la madurez espiritual la que no habla desde un supuesto conocimiento mayor de las Escrituras, sino desde un deseo de honrar a Cristo y anhelar que otros también crezcan en su conocimiento y obediencia a Él, corrigiendo lo que está torcido y haciendo uso de su libertad en Cristo.
Para los cristianos de más tiempo, era evidente que no existen ídolos, sino que hay un solo Dios; como dice Salmos 115:4: «Los ídolos de ellos son plata y oro, obra de manos de hombre».Sin embargo, Pablo los anima a edificar a la iglesia uniendo el conocimiento con el amor, cuidando la conciencia de los hermanos más débiles o recién convertidos, por quienes Cristo derramó Su preciosa sangre.
Los hermanos que tenían una conciencia débil, dice MacArthur, «rehuían tener contacto con todo lo que estuviera asociado con su pasado paganista. Sus conciencias no eran todavía fuertes como para permitirles comer carne ofrecida a los ídolos sin que eso los llevara de nuevo a las anteriores prácticas idolátricas». Por eso, si seguían el ejemplo de los que tenían más conocimiento, ignoraban su conciencia y les provocaba confusión y culpa.
Esto significa que, si un hermano o hermana está dispuesto a violar su conciencia, entonces está haciendo lo que piensan que es malo, y en su mente ya han pecado. Una persona que no entiende completamente que ese acto no es pecado delante de Dios, y su conciencia lo acusa, no debería hacerlo; de otra manera, su conciencia terminará contaminada.
Recordemos lo que leímos recientemente en Romanos 14:23: «Pero el que duda, si come se condena, porque no lo hace por fe. Todo lo que no procede de fe, es pecado».
Esto nos habla, hermanas, del sumo cuidado que debemos tener con quienes están viniendo a la fe y aún son bebés espirituales. Debemos amarles y cuidar sus conciencias para no herirlas con temor, vergüenza o culpabilidad, al empujarlos a actuar en contra de sus conciencias. Porque cuando un hermano viola su conciencia motivado por nuestra libertad de conciencia, lo estamos haciendo pecar.
Esta exhortación de Pablo no se remitía a preferencias personales, a animar a otros a simplemente madurar, o dejarlos con sus conciencias débiles por respeto a un proceso de maduración; se trataba del valor que tenían quienes recientemente habían venido a salvación, pues le pertenecían a Cristo. Y la consecuencia de herir sus conciencias desde una posición de madurez era pecado para ellos también, una ofensa en contra del Salvador.
Hermana, es mejor abstenerse de hacer algo si el ejercicio de nuestra libertad hace tropezar a otro hermano débil. En todas las cosas, no debemos buscar nuestro propio bien, sino el bien de los demás, porque la ley del amor es superior a nuestra libertad cristiana. No lo olvidemos: «El conocimiento envanece, pero el amor edifica».
Para meditar:
- ¿Ejercitas tu libertad cristiana con amor y sensibilidad hacia el hermano más débil?
- ¿Buscas el bien espiritual de los demás por encima de tus preferencias?
- ¿Estás usando la libertad y el conocimiento que Dios te ha dado para acercar a otros a Cristo, o podrías estar convirtiéndote, sin darte cuenta, en una piedra de tropiezo para alguien más?
MacArthur, J. (2015). 1 y 2 Corintios (D. A. Díaz Pachón, Trans.; Vol. 1, p. 225). Editorial Portavoz.
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