Después de haber expuesto los límites de la libertad cristiana en el capítulo anterior, Pablo comienza el capítulo 9 hablando de cómo él aplicó estos principios a su propia vida.
Por los argumentos que él usa, vemos que los corintios pensaban que sus maestros no tenían derecho de ganar dinero por su ministerio. Así que Pablo hace algunas preguntas retóricas para afirmar su derecho y dejar de lado todo cuestionamiento a su autoridad. Él, aunque no había sido del grupo de los doce, había visto a Cristo resucitado, por lo cual podía dar testimonio de su llamado como apóstol; también tenía libertad en Cristo aunque valoraba más otras cosas; y los mismos corintios eran los frutos de su ministerio, pues habían creído al mensaje del evangelio y habían aprendido de su predicación.
Pablo, entonces, argumenta que los soldados son remunerados por su servicio, los agricultores comen del fruto …
Después de haber expuesto los límites de la libertad cristiana en el capítulo anterior, Pablo comienza el capítulo 9 hablando de cómo él aplicó estos principios a su propia vida.
Por los argumentos que él usa, vemos que los corintios pensaban que sus maestros no tenían derecho de ganar dinero por su ministerio. Así que Pablo hace algunas preguntas retóricas para afirmar su derecho y dejar de lado todo cuestionamiento a su autoridad. Él, aunque no había sido del grupo de los doce, había visto a Cristo resucitado, por lo cual podía dar testimonio de su llamado como apóstol; también tenía libertad en Cristo aunque valoraba más otras cosas; y los mismos corintios eran los frutos de su ministerio, pues habían creído al mensaje del evangelio y habían aprendido de su predicación.
Pablo, entonces, argumenta que los soldados son remunerados por su servicio, los agricultores comen del fruto de su trabajo y los ganaderos beben leche de sus rebaños. Dios aun toma en cuenta los bueyes y dice en la ley de Moisés que no se debe poner bozal al buey cuando trilla (Dt. 25:4). De esta misma forma, los que siembran la Palabra de Dios deben poder arar con la esperanza de recibir una cosecha o remuneración.
Así que, Pablo lanza una pregunta confrontadora en el versículo 11: «Si en ustedes sembramos lo espiritual, ¿será demasiado que de ustedes cosechemos lo material?». En efecto, responder al llamado de apoyar y sostener a quienes nos ayudan a alimentarnos y crecer espiritualmente, como nuestros pastores de la iglesia local donde Dios nos ha colocado, siempre será algo muy pequeño en comparación con todo lo que recibimos de parte de ellos a través de cada sermón, de cada consejería y del cuidado constante por nuestras almas.
Los que predicaban la Palabra tenían gastos; debían alimentarse, debían mantener esposas y familias. Los maestros tenían derecho de esperar ser recompensados por su trabajo. Para hacer este argumento, Pablo compara con los que servían en el templo y que vivían de los sacrificios; de la misma forma, los que proclaman el evangelio pueden esperar vivir de él.
Pablo dice que, precisamente, para no causar estorbo a los que no entienden esto, ellos no habían reclamado este derecho. Él trabajaba para ganarse la vida y poder predicar el evangelio gratuitamente; era un privilegio hacerlo y esa era su recompensa. Pablo no solo sacrificaba la remuneración económica, sino que, como vimos antes, no hacía uso de ninguna de sus libertades para ganar a todos al evangelio. De hecho, lo dice expresamente: «Porque mejor me fuera morir, que permitir que alguien me prive de esta gloria».
El gozo y plenitud de Pablo se encontraban en vivir en Cristo y darlo a conocer, en ninguna manera deseaba que esto tomara el lugar de una felicidad o seguridad pasajera dependiente de lo financiero. Él prefería morir antes de dar a entender que predicaba el evangelio para obtener beneficios económicos; él sabía que su llamado era mayor y el Señor era quien le sostendría todo el tiempo.
MacArthur dice que Pablo había hecho del propósito fundamental de su carrera no beneficiarse por completo de su libertad cristiana, sino limitar de buena gana sus derechos por el bien de otros, para ganar a mayor número para el Reino. Se había hecho siervo de todos, modificando sus hábitos, preferencias y estilo de vida y eso causaba que alguien tropezara o le estorbara en su fe.
En Cristo era ya libre de todas las tradiciones, ceremonias y rituales judíos, pero decidió participar en algunos de tal manera que pudiera tener una puerta abierta para su testimonio a los judíos. Lo hizo de manera sabia sin que esto ocasionara volver a la esclavitud de las tradiciones del judaísmo, y sin violar su conciencia de estar haciendo cosas pecaminosas. Por ejemplo: le pidió a Timoteo, quien había tenido padre griego, que se circuncidara; no traería beneficio alguno para Timoteo ni para Pablo, pero era un pequeño precio a pagar por la posibilidad de ganar a algunos para el Señor. De esta manera, podrían entrar a las sinagogas y comunidades judíos sin obstáculo.
Pablo también se había hecho a los gentiles, compartiendo con ellos, identificándose con ellos para ganarlos para Cristo. Aunque esto provocara celos a los judíos, él había afirmado su corazón para trabajar en el extendimiento del Reino.
Y, finalmente menciona a los débiles. Él también se había hecho débil, adaptándose a su nivel de comprensión, predicando con sencillez el mensaje del evangelio. Todo esto tenía una recompensa final, que por el poder del espíritu fueran ganados para la salvación.
Y hay algo muy importante que debemos tomar en cuenta aquí, y MacArthur lo explica de manera sencilla: Pablo no acomodó el evangelio, él no pretendía cambiar ninguna verdad para satisfacer a algún grupo o individuo, pero limitaba con gusto su libertad en el evangelio. «La vida de Pablo estaba centrada en vivir el evangelio y en predicar y enseñar el evangelio. Todo lo demás no le preocupaba para nada. Su vida era el evangelio. Por consiguiente, dejaba a un lado todo lo que pudiera estorbar su poder y eficacia… él quería que todos fueran copartícipes con él en los beneficios y bendiciones del evangelio. Quería que estuvieran con él en la familia de Dios».
Pablo, entonces, se dedica a hablar de la disciplina que requiere la encomienda de la predicación del evangelio y así obtener la recompensa de ser un instrumento para llevar almas a los pies de Cristo. Y el apóstol usa una ilustración tomada de las competencias atléticas tan familiares para los corintios.
Se requiere una preparación para hacer la obra fielmente. Aquel que entrena, se abstiene de muchas cosas y se limita a través del dominio propio para poder estar listo para correr sin peso que lo retrase. Hay sacrificio y entrega, pero sabe que vale la pena para poder alcanzar el premio.
Se requiere tener la vista en la meta y llegar con fidelidad. Se requiere someter los deseos e impulsos carnales para ejercer el ministerio de manera que sea agradable a los ojos del Salvador. Quien corre no voltea a los lados para comparar su carrera con otros, tampoco hace uso de recursos ilícitos para llegar primero que puedan descalificarlo; su mirada está fija en llegar a la meta haciendo uso de la disciplina que lo llevó a participar de la competencia.
Pablo entendía que Cristo y solo Cristo era la razón de toda renuncia de anhelos, comodidad o proyectos personales, pues Él era el evangelio que proclamaba, y también era su premio final. Un premio que él está disfrutando desde que fue llamado al cruzar la meta final de la carrera de su vida.
Amada hermana, ¿seremos halladas fieles?
No busquemos defender nuestros derechos, sino seamos siervas por amor. La libertad que tenemos ya en Cristo no puede estar por encima de la misión y llamado que hemos recibido: conocer a nuestro Dios y darlo a conocer, mientras disfrutamos de Su presencia en nuestras vidas. Ninguna comodidad que podamos tener de este lado de la gloria se compara a la recompensa que trae el sacrificio constante para obtener el premio.
Te animo a orar hoy e identificar aquello que está frenando tu crecimiento espiritual y entregarte al entrenamiento diario de la oración, la Palabra y la obediencia, manteniendo tu mirada fija en Cristo como tu meta y recompensa.
Para meditar:
- ¿Reconoces con gratitud y servicio el valor del cuidado, la enseñanza y la guía que recibes de tus pastores y líderes?
- ¿Hay libertades, preferencias o comodidades personales que puedes dejar a un lado para edificar a otros y abrir puertas para el evangelio?
- ¿Estás corriendo la carrera cristiana con disciplina y fidelidad?
MacArthur, J. (2015).1 y 2 Corintios (D. A. Díaz Pachón, Trans.; Vol. 1, p. 253). Editorial Portavoz.
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