Se considera que este capítulo es el más extenso en la Biblia que habla sobre un tema central para el evangelio: la resurrección. Y es central, porque sin la resurrección, el mensaje del evangelio estaría incompleto, sería una mera filosofía humana o una simple rama más entre todas las religiones.
Pero Jesús dijo en Juan 11:25: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque muera, vivirá».
Y Pablo sienta las bases de esta verdad recordándoles:
- Que la muerte de Cristo para perdón de pecados y Su resurrección se habían profetizado y cumplido.
- Que había evidencia de la resurrección de Cristo al haberse aparecido a Pedro, a los discípulos, a 500 creyentes más y a él mismo.
- Que fue el mensaje que ellos habían creído por medio de la predicación de los apóstoles.
Y la historia no termina …
Se considera que este capítulo es el más extenso en la Biblia que habla sobre un tema central para el evangelio: la resurrección. Y es central, porque sin la resurrección, el mensaje del evangelio estaría incompleto, sería una mera filosofía humana o una simple rama más entre todas las religiones.
Pero Jesús dijo en Juan 11:25: «Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en Mí, aunque muera, vivirá».
Y Pablo sienta las bases de esta verdad recordándoles:
- Que la muerte de Cristo para perdón de pecados y Su resurrección se habían profetizado y cumplido.
- Que había evidencia de la resurrección de Cristo al haberse aparecido a Pedro, a los discípulos, a 500 creyentes más y a él mismo.
- Que fue el mensaje que ellos habían creído por medio de la predicación de los apóstoles.
Y la historia no termina ahí, porque sabemos que quienes se convirtieron en mensajeros de esta verdad se volvieron mártires, pues dieron su vida por la firmeza de su fe: el Salvador, Cristo Jesús, no solo había dado Su vida en sacrificio por muchos, sino que completó la obra de esperanza para Sus hijos al salir de la tumba, pues prometió que vencerían el poder y dominio del pecado y recibirían una vida eterna en el Paraíso al ser resucitados de la misma manera en el día postrero.
Algunos de los corintios estaban negando la resurrección de los muertos. ¡Aun esto mostraba incoherencia de su parte, ya que algunos se bautizaban por los muertos! Pablo de ninguna manera avala esta práctica, sino que usa la analogía para mostrar la incoherencia de su doctrina.
Pablo argumenta con ellos y les presenta algunos escenarios si la resurrección fuera falsa, diciendo que si solo para esta vida hemos esperado en Cristo, entonces: la predicación sería absurda, la fe inútil, los testigos y predicadores unos mentirosos, no habría redención de pecado, los creyentes serían aniquilados y los cristianos serían las personas más dignas de lástima. Si no hay resurrección, todo lo que hemos creído y todo lo que sufrimos por predicar el evangelio ha sido en vano.
Pero la verdad es que Cristo no solamente resucitó, siendo un hecho histórico y, además, como vimos, verificable en los tiempos en los que esta carta se escribió, sino que es la garantía de que nosotros también resucitaremos con Él. El último de nuestros enemigos es la muerte misma, y es un enemigo que Él ya ha derrotado. Gracias a Jesús y Su obra, viviremos eternamente con Él después de la muerte.
Porque Cristo resucitó primero, los hijos de Dios también tienen esperanza de resurrección. El apóstol les explica que así como en Adán todos morimos (tenemos una inclinación natural hacia el pecado), así la resurrección vendría por la vida que podemos tener por el segundo Adán, nuestro perfecto Salvador Jesucristo, cuando resucitemos en cuerpos nuevos, siendo vivificados (nacemos de nuevo a una esperanza viva de vida eterna junto a Él), donde no habrá más muerte, ni enfermedad; no más vergüenza por el pecado, ni tentación.
Y esta resurrección no solo debería dar una esperanza gloriosa futura, sino debería incentivar a vivir una vida piadosa y en santidad de este lado de la gloria. Por eso, en los versículos 33 y 34 les dice: «Las malas compañías corrompen las buenas costumbres. Sean sobrios, como conviene, y dejen de pecar».
Es tan importante vivir cada día con esta realidad en mente, y el apóstol lo venía explicando desde el inicio de la carta; el hecho de que hemos sido salvos por gracia no nos da una libertad de vivir como queramos en este mundo, sino que estamos llamados a vivir de forma contracultural, dando evidencia de que hemos sido salvados y nos espera una vida gloriosa por la eternidad, viviendo Coram Deo, delante del Señor y para Su gloria.
Sin embargo, en esta iglesia, los creyentes todavía no habían entendido qué significa o cómo sería su propia resurrección, esto debido a las múltiples influencias filosóficas griegas, el desprecio por el cuerpo y la confusión doctrinal.
En medio de esta discusión acerca de la resurrección, los corintios se preguntaban: ¿Y cómo es que pueden resucitar los muertos? ¿Cómo lucirán los cuerpos? Preguntas como estas las hacemos cuando no creemos totalmente por fe los misterios de Dios y queremos entender cosas que son incomprensibles al entendimiento humano limitado.
Pablo llama a esto «necedad», pero pasa a explicarles a través de analogías que hay cuerpos terrenales como celestiales, y estos son diferentes. Así como una semilla que siembras no luce como el fruto que recoges en la siega, nuestros cuerpos corruptibles resucitarán en cuerpos incorruptibles. La vida eterna no es un concepto intangible, es algo real que viviremos en cuerpos glorificados. Nuestros cuerpos espirituales serán gloriosos, sin debilidad alguna. Por eso Pablo usa la ilustración de Adán (el primer hombre) para representar el cuerpo terrenal, y a Cristo (el segundo hombre) como el cuerpo espiritual.
La muerte es resultado del pecado y es el final de la existencia física como la conocemos. Pero podemos estar seguras de que tendremos una victoria final sobre la muerte. Mediante el sacrificio de Jesucristo, somos libradas de las ataduras del pecado y de sus consecuencias. Ya sea que muramos antes o cuando Cristo vuelva, seremos transformadas; los muertos resucitarán en sus cuerpos incorruptibles, y si estamos aún vivas, seremos transformadas «en un abrir y cerrar de ojos» (ver 1 Tesalonicenses 4:14-17).
El comentarista R. C. H. Lenski dice que lo que parece ser una victoria para la muerte y aparenta ser una derrota para nosotros cuando nuestro cuerpo muere y se descompone, será totalmente cambiado a fin de que la muerte muera en absoluta derrota y nuestro cuerpo viva de nuevo en absoluta victoria.
La muerte será vencida por la resurrección, y el pecado ya no será más. Esta es nuestra esperanza… No hay lugar para el temor o el desánimo. Viviremos con Él eternamente. ¡Qué gloriosa esperanza! Y aunque la verdad de la resurrección sigue siendo uno de los principales blancos de ataque del enemigo, es la declaración por fe que nos libra de él, sus artimañas y su destino eterno. Romanos 10:9 dice: «Que si confiesas con tu boca a Jesús por Señor, y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo».
¿Has creído, mi hermana?
Y mientras estamos todavía de este lado de la gloria, cultivemos corazones que abundan en gratitud; porque si tenemos a Cristo, lo tenemos todo, y se nos ha prometido la victoria completa por medio de Él. Esa esperanza nos ayuda a vivir vidas santas que se preparan para conocer al Salvador; y trabajan y sirven sabiendo que la obra en Él no es en vano.
Para meditar:
- ¿Has afirmado tu fe en la resurrección de Cristo creyendo que garantiza tu salvación y tu esperanza futura?
- ¿Estás buscando la santidad mientras esperas el regreso de Cristo, alejándote de las malas influencias y abandonando tu pecado?
- ¿Cómo te anima la esperanza de vida eterna en medio de las batallas momentáneas de esta vida terrenal?
MacArthur, J. (2015). 1 y 2 Corintios (D. A. Díaz Pachón, Trans.; Vol. 1, p. 445). Editorial Portavoz.
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