En el capítulo de hoy, Pablo nos lleva al corazón del evangelio, nuestra identidad como hijas de Dios. Después de haber defendido que la salvación es solo por la fe en Cristo, ahora nos muestra una verdad profundamente transformadora: en Cristo ya no somos esclavas, sino hijas.
Sin embargo, los gálatas estaban siendo tentados a regresar a un sistema de reglas, méritos y cumplimientos religiosos como base de su relación con Dios. Pablo les hace una pregunta que también nos confronta hoy: ¿Cómo es posible que, después de haber conocido la libertad en Cristo, quieran volver a la esclavitud?
La respuesta de Pablo nos lleva a contemplar la obra perfecta de Dios: «Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a Su Hijo…». La expresión «plenitud del tiempo» nos recuerda la soberanía de Dios sobre la historia. Cristo no vino antes ni después; vino exactamente en el …
En el capítulo de hoy, Pablo nos lleva al corazón del evangelio, nuestra identidad como hijas de Dios. Después de haber defendido que la salvación es solo por la fe en Cristo, ahora nos muestra una verdad profundamente transformadora: en Cristo ya no somos esclavas, sino hijas.
Sin embargo, los gálatas estaban siendo tentados a regresar a un sistema de reglas, méritos y cumplimientos religiosos como base de su relación con Dios. Pablo les hace una pregunta que también nos confronta hoy: ¿Cómo es posible que, después de haber conocido la libertad en Cristo, quieran volver a la esclavitud?
La respuesta de Pablo nos lleva a contemplar la obra perfecta de Dios: «Pero cuando vino la plenitud del tiempo, Dios envió a Su Hijo…». La expresión «plenitud del tiempo» nos recuerda la soberanía de Dios sobre la historia. Cristo no vino antes ni después; vino exactamente en el momento que el Padre había determinado desde la eternidad. Todo el contexto histórico, religioso y redentor había sido preparado para la llegada del Salvador.
Y Pablo añade algo extraordinario: Cristo nació «bajo la ley». Esto significa que se sometió perfectamente a las demandas de la ley de Dios para cumplir aquello que nosotras jamás podríamos cumplir. La ley no era mala ni era un error dentro del plan de Dios. Dios mismo la dio como una guía santa que revelaba Su carácter y mostraba al pueblo su necesidad de un Salvador. Pero la ley nunca fue el medio definitivo de salvación. Su función era señalar el pecado y preparar el camino para Cristo; la ley fue un tutor temporal que preparó al pueblo de Dios hasta la venida de Cristo. Una vez cumplido ese propósito, ya no era el medio por el cual alguien podía relacionarse con Dios.
Por eso Pablo declara que Cristo vino «a fin de que redimiera a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos la adopción de hijos». ¡Qué asombroso privilegio es saber que podemos llamar Padre al Dios del universo!
Pablo menciona que ahora podemos clamar «¡Abba! ¡Padre!». Esta no es una expresión religiosa ni una fórmula para acercarnos a Dios; es el lenguaje de una hija que sabe que pertenece a la familia del Padre. Gracias a Cristo, ya no nos relacionamos con Dios como enemigas intentando obtener Su aprobación, ni como esclavas viviendo bajo el temor del castigo.
Y esta adopción va aún más lejos de lo que solemos imaginar. No solo hemos sido perdonadas; hemos sido traídas a una relación íntima con el Padre. El Dios santo y soberano del universo nos invita a acercarnos con confianza y a llamarle «Abba», una expresión que comunica cercanía, afecto y dependencia.
Además, Pablo añade una verdad que fortalece nuestra seguridad: «Pero ahora que conocena Dios, o más bien, que son conocidos por Dios». Nuestra seguridad no descansa principalmente en cuánto conocemos a Dios, sino en que Él nos conoció primero. Él tomó la iniciativa de amarnos, llamarnos y hacernos Su pueblo antes de que pudiéramos responderle. Esta verdad sostiene nuestra fe cuando nuestras emociones fluctúan o cuando nuestras fuerzas parecen agotarse.
Por eso Pablo se preocupa profundamente al ver que los gálatas estaban regresando a las fiestas, ordenanzas y calendarios del sistema del antiguo pacto como si estas cosas pudieran acercarnos más a Dios. Todas esas celebraciones tenían un propósito dentro del antiguo pacto: enseñar la santidad de Dios, recordar el pecado y anticipar al Mesías. Pero una vez que Cristo vino, aferrarse a esas sombras como medio de aceptación era perder de vista la realidad a la que apuntaban. Volver a ellas como base de la relación con Dios no era madurez espiritual; era retroceder.
Y aquí encontramos una advertencia necesaria para nosotras.
La falsa madurez espiritual siempre busca algo que añadir a Cristo. Nos hace pensar que nuestra aceptación delante de Dios depende de nuestro desempeño, disciplina, reglas o de nuestra apariencia de piedad. Pero la verdadera madurez cristiana no consiste en acumular méritos; consiste en vivir cada vez más conscientes de nuestra identidad como hijas. Eso no significa que la obediencia deje de ser importante. Al contrario, las hijas de Dios desean obedecer a su Padre. Pero esa obediencia ya no nace del temor de ser rechazadas ni del deseo de ganar Su favor, sino del amor agradecido de quienes ya fueron aceptadas en Cristo.
Pablo ilustra esta realidad mediante la historia de Sara y Agar. Agar representa la esclavitud y el esfuerzo humano. Sara representa la promesa y la libertad que proviene de Dios. Cuando Sara intentó ayudar a Dios mediante sus propios recursos, nació Ismael. Pero el hijo de la promesa llegó por la fidelidad de Dios, no por la capacidad humana.
Así sucede con nosotras. El corazón legalista siempre quiere añadir una «Agar» al evangelio. Quiere complementar la gracia con esfuerzo humano. Quiere ayudar a Dios a hacer lo que Él ya hizo perfectamente en Cristo. Pero Pablo nos recuerda que pertenecemos a la mujer libre. Somos hijas de la promesa. Nuestra salvación y nuestra adopción descansan completamente en la obra de Cristo.
Por eso, la pregunta para examinar nuestro corazón es sencilla: ¿Estoy viviendo como una hija libre o como una esclava que intenta ganarse el amor del Padre?
Cada vez que creemos que Dios nos ama más por nuestro desempeño o menos por nuestras debilidades, estamos olvidando el evangelio. Cada vez que nuestra identidad depende de lo que hacemos en lugar de depender de lo que Cristo hizo, estamos regresando a una forma de esclavitud.
La buena noticia es que Cristo vino en el tiempo perfecto, cumplió perfectamente la ley, pagó perfectamente nuestra deuda y nos adoptó perfectamente como hijas. Y una hija no vive intentando ganarse un lugar en la familia, vive disfrutando el privilegio inmerecido de pertenecer a ella.
Para meditar:
- ¿Estoy viviendo como hija o como esclava?
- ¿Estoy descansando en la fidelidad de Dios o en mi capacidad para ayudarle?
- ¿Mi identidad está siendo moldeada por el evangelio cada día?
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