¿No hay nada que cumplir? Esa es una pregunta que surge naturalmente cuando escuchamos que somos justificadas por la fe y no por nuestras obras. Si Cristo ya hizo todo lo necesario para reconciliarnos con Dios, ¿significa eso que podemos vivir como queramos? Pablo anticipa esta objeción y responde con claridad en Gálatas 5.
Este capítulo tiene una declaración fundamental: «Para libertad fue que Cristo nos hizo libres. Por tanto, permanezcan firmes, y no se sometan otra vez al yugo de esclavitud».
La libertad cristiana no es algo que nosotras producimos ni conquistamos. Es un regalo comprado por Cristo mediante Su obra perfecta. Él nos liberó de la condenación del pecado y de la imposibilidad de justificarnos por nuestros propios méritos. Sin embargo, Pablo advierte que existe el peligro de volver a la esclavitud.
En el contexto de Gálatas, algunos creyentes estaban siendo persuadidos de que necesitaban …
¿No hay nada que cumplir? Esa es una pregunta que surge naturalmente cuando escuchamos que somos justificadas por la fe y no por nuestras obras. Si Cristo ya hizo todo lo necesario para reconciliarnos con Dios, ¿significa eso que podemos vivir como queramos? Pablo anticipa esta objeción y responde con claridad en Gálatas 5.
Este capítulo tiene una declaración fundamental: «Para libertad fue que Cristo nos hizo libres. Por tanto, permanezcan firmes, y no se sometan otra vez al yugo de esclavitud».
La libertad cristiana no es algo que nosotras producimos ni conquistamos. Es un regalo comprado por Cristo mediante Su obra perfecta. Él nos liberó de la condenación del pecado y de la imposibilidad de justificarnos por nuestros propios méritos. Sin embargo, Pablo advierte que existe el peligro de volver a la esclavitud.
En el contexto de Gálatas, algunos creyentes estaban siendo persuadidos de que necesitaban circuncidarse para ser aceptados plenamente por Dios, pero Pablo no está discutiendo simplemente un rito religioso. La circuncisión representaba algo mucho más profundo, confiar en la obediencia de la ley como base para la justificación.
El problema no era el acto externo en sí, sino lo que significaba. Si una persona buscaba ser aceptada por Dios mediante el cumplimiento de la ley, estaba rechazando la suficiencia de Cristo. Era volver a un sistema de méritos, intentando añadir algo a una obra que ya estaba completa.
Nosotras seguimos luchando con la misma tentación. Muchas veces depositamos nuestra seguridad espiritual en aquello que hacemos, los años que llevamos en la iglesia, el ministerio en el que servimos, la manera en la que nos vestimos, nuestro conocimiento bíblico o ciertas prácticas cristianas.
Amadas, la pregunta sigue siendo la misma: ¿somos hijas de Dios por medio de la fe en Cristo o creemos que nuestra relación con Él depende de nuestro desempeño?
Un esclavo cumple lo que se le exige para ganar aprobación; una hija vive desde la seguridad de haber sido aceptada. La vida cristiana no se construye sobre la necesidad de demostrar nuestro valor delante de Dios, sino sobre la realidad de que Cristo ya nos hizo Suyas.
Sin embargo, Pablo sabe que existe otro peligro. Si la libertad no significa volver a la ley, algunos podrían pensar que significa vivir sin límites. Por eso escribe: «Porque ustedes, hermanos, a libertad fueron llamados; solo que no usen la libertad como pretexto para la carne, sino sírvanse por amor los unos a los otros».
La libertad cristiana no es libertinaje. No somos libres para vivir centradas en nosotras mismas, sino libres para amar y servir. Cristo nos liberó tanto del legalismo como del egoísmo.
Esto resulta específicamente importante porque muchas veces usamos mal nuestra libertad. En nombre de la libertad podemos justificar palabras hirientes, chismes, divisiones, conflictos, orgullo o actitudes que destruyen a otros. Podemos terminar pareciéndonos más a los fariseos que a Cristo.
Pablo presenta la realidad de una batalla constante dentro de cada creyente: «Porque el deseo de la carne es contrael Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne…». La vida cristiana no es pasiva. Exige una lucha real entre los deseos pecaminosos que aún permanecen en nosotras y la obra transformadora del Espíritu Santo.
Pablo describe las obras de la carne de manera muy concreta. Y es importante notar que no se limita a pecados sexuales. La lista incluye enemistades, pleitos, celos, iras, rivalidades, divisiones, disensiones, envidias y otras manifestaciones de una vida gobernada por el yo.
Esto es particularmente relevante porque muchas veces podemos evitar ciertos pecados visibles y, al mismo tiempo, alimentar actitudes pecaminosas que destruyen nuestras relaciones dentro de la iglesia. Podemos aparentar madurez espiritual mientras cultivamos resentimiento, orgullo, competencia o un espíritu crítico.
Las obras de la carne revelan quién está gobernando nuestra vida.
En contraste, Pablo presenta el fruto del Espíritu: «Pero el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio; contra tales cosas no hay ley».
Es significativo que Pablo hable de fruto y no de frutos. No se trata de una colección de virtudes independientes, sino de una sola obra del Espíritu formando progresivamente el carácter de Cristo en nosotras.
Este fruto no puede producirse mediante disciplina humana ni sostenerse por nuestras propias fuerzas. Tampoco aparece automáticamente; surge de permanecer en Cristo y de caminar en dependencia diaria del Espíritu Santo.
Las cosas que agradan a Dios fluyen como resultado de Su obra en nuestro corazón, pero deben ser cultivadas mientras dependemos de Él. Necesitamos alimentar nuestra comunión con Dios, someternos a su Palabra y rendir continuamente nuestros deseos al Espíritu.
Pablo concluye diciendo: «Pues los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y deseos.Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu».
La evidencia de que pertenecemos a Cristo no es una lista de reglas cumplidas ni una apariencia religiosa impecable. La evidencia es una vida transformada por el Espíritu, y esa transformación se ve especialmente en comunidad.
Es relativamente fácil hablar de amor, paciencia o mansedumbre cuando todo marcha bien. Pero el fruto del Espíritu se evidencia cuando hay conflictos, diferencias, cansancio, heridas o personas difíciles. Se manifiesta cuando elegimos servir en lugar de competir, perdonar en lugar de guardar rencor y buscar la unidad en lugar de alimentar divisiones.
Incluso cosas buenas, como cuidar nuestro testimonio, pueden convertirse en legalismo cuando las usamos para medir nuestra «superioridad espiritual». El verdadero amor no busca exaltarse a sí mismo, sino servir a los demás.
Gálatas 5 nos recuerda que Cristo nos liberó para vivir como hijas, no como esclavas. No somos esclavas del pecado, pero tampoco de la ley ni de la aprobación humana. Hemos sido llamadas a una libertad que se expresa en amor, servicio y dependencia del Espíritu Santo.
La pregunta final no es cuántas reglas estamos cumpliendo, sino quién está gobernando nuestro corazón. Las obras de la carne revelan una vida gobernada por el yo; el fruto del Espíritu revela una vida gobernada por Cristo, y es allí donde se encuentra la verdadera libertad.
La libertad cristiana no consiste en hacer lo que queremos, sino en haber sido transformadas para desear cada vez más lo que agrada a Dios. Ese cambio no lo produce nuestra fuerza de voluntad, sino el Espíritu Santo obrando en nosotras para reflejar el carácter de Cristo.
Para meditar:
- ¿Estoy usando mi libertad para amar o para justificar mi carne?
- ¿Dónde sigo buscando seguridad o aprobación fuera de Cristo?
- ¿Qué está evidenciando mi vida: las obras de la carne o el fruto del Espíritu?
- ¿Estoy caminando diariamente en dependencia del Espíritu?
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