Continuamos con los salmos que forman parte del Hallel egipcio, y hoy meditaremos en este salmo que busca contrastar al Dios vivo, soberano y digno de gloria con los ídolos mudos e impotentes. Y algo que tenemos que considerar es que no solo hay ídolos físicos que podemos encontrar a nuestro alrededor, dentro y fuera de nuestros hogares, sino todo aquello que ocupa un lugar en nuestro corazón y que destrona a nuestro Dios.
Comenzando con los primeros tres versículos, vemos una verdad central que es constantemente olvidada en nuestros corazones, que proclamamos con nuestra boca, pero que no siempre vivimos. El salmista dice: «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a Tu nombre da gloria. Por Tu misericordia, por Tu fidelidad».
Nuestro Dios, el Rey del universo que se sienta en Su trono desde antes de la fundación del mundo y hasta la eternidad, es el …
Continuamos con los salmos que forman parte del Hallel egipcio, y hoy meditaremos en este salmo que busca contrastar al Dios vivo, soberano y digno de gloria con los ídolos mudos e impotentes. Y algo que tenemos que considerar es que no solo hay ídolos físicos que podemos encontrar a nuestro alrededor, dentro y fuera de nuestros hogares, sino todo aquello que ocupa un lugar en nuestro corazón y que destrona a nuestro Dios.
Comenzando con los primeros tres versículos, vemos una verdad central que es constantemente olvidada en nuestros corazones, que proclamamos con nuestra boca, pero que no siempre vivimos. El salmista dice: «No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a Tu nombre da gloria. Por Tu misericordia, por Tu fidelidad».
Nuestro Dios, el Rey del universo que se sienta en Su trono desde antes de la fundación del mundo y hasta la eternidad, es el único que es digno de resplandecer en toda Su gloria. No solamente por Su carácter, porque es el único que puede extender misericordia a quien no la merece, porque es el único que puede ser completamente fiel sin esperar nada a cambio de Su creación que le ha dado la espalda (incluyendo a nosotros, Sus hijos, que pecamos de incredulidad todo el tiempo), sino porque Él ha dicho que no compartirá Su gloria con nadie. Mira lo que dice Isaías 42:8: «Yo soy el Señor, ese es Mi nombre; Mi gloria a otro no daré, ni Mi alabanza a imágenes talladas».
Imágenes talladas, así es, porque los ídolos tienen boca, ojos, oídos, manos y pies, pero no hablan, no ven, no oyen, no actúan y no caminan. Y el salmista dice que el que los hace se vuelve como ellos, es decir, espiritualmente inútiles, como dice MacArthur. Porque la adoración siempre nos forma: nos volvemos semejantes a aquello en lo que confiamos.
Pablo lo entendía muy bien, se lo escribió a los gálatas, y lo leemos en el capítulo 6, versículo 14, de esta manera: «Pero jamás acontezca que yo me gloríe, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo ha sido crucificado para mí y yo para el mundo». El apóstol tenía muchas credenciales que podían llevarlo a una gloria tal, por encima de la mayoría de los judíos, pero él miraba a la cruz.
Y esto nos sucede muchas veces; más allá de imágenes talladas, podemos hacer de nuestros ídolos como el control, la aprobación, la comodidad, la seguridad económica, la imagen, la productividad, la familia, el servicio en la iglesia, las relaciones, un largo etcétera aquí. Hemos creído que estos ídolos nos sostienen, porque parecen muy prometedores, pero jamás pueden salvarnos, ni de la condenación eterna, ni de la pecaminosidad del orgullo en nuestro corazón.
¿Qué es lo que realmente nos puede salvar? ¡Confiar en el Señor! Así fuera cualquier miembro de la nación de Israel, alguien de la descendencia de Aarón que servía en el sacerdocio o cualquiera que había creído en Dios, todos estaban llamados a lo mismo: confiar en Aquel que habían dicho que era el Señor y Dueño de sus vidas. Porque alejarse de la idolatría no significa simplemente esconder o erradicar algo; nuestros corazones son tan propensos a crear un ídolo para adorar continuamente. Debemos realmente confiar en quien tiene el control absoluto en nuestras vidas y el poder para salvarnos y sostenernos cada día. ¿Nos quitaremos del centro y le daremos el trono que le pertenece solo a nuestro Dios?
Ahora acompáñame a Jeremías 9:23-24, que dice: «Así dice el Señor: “No se gloríe el sabio de su sabiduría, ni se gloríe el poderoso de su poder, ni el rico se gloríe de su riqueza; pero si alguien se gloría, gloríese de esto: de que me entiende y me conoce, pues Yo soy el Señor que hago misericordia, derecho y justicia en la tierra, porque en estas cosas me complazco”, declara el Señor».
Hermana, ¿conoces a tu Dios y lo que Él ha hecho en tu vida? El salmista le recuerda al pueblo que Dios se ha acordado de ellos, los ha bendecido, los ha prosperado. ¿Dios se ha hecho evidente en tu vida de la misma manera? Estoy segura de que sí. La pregunta es: ¿Te has detenido para verlo, conocerlo, entenderlo y darle la gloria solo a Él?
Si eres Su hija…
- Él ha perdonado tus pecados.
- Te ha dado redención por Su sangre y la sabiduría y conocimiento que se encuentran en Cristo.
- Eres receptora de la gracia abundante de Dios y te da de Su provisión divina.
- Te ha bendecido con toda bendición espiritual y te ha dado una herencia eterna
Cuando estudiemos la carta a los Efesios, podrás asombrarte de todo lo que tienes en Cristo porque en Él vemos la gloria, misericordia y fidelidad de Dios reveladas plenamente. Él es la imagen del Dios invisible, el Dios vivo que vino a rescatarnos de nuestros ídolos y a llevarnos a adorar al Padre en espíritu y en verdad. Así que podemos refugiarnos en Él, porque no solo nos perdona la idolatría; también libera nuestro corazón para confiar en el Dios vivo y darle la gloria que solo Él merece.
Así que hoy te animo a adorar al Señor al ver Su cuidado fiel. Puedes vivir para bendecir a tu Dios, conociéndolo, obedeciéndolo, amándolo, sirviéndolo y dándolo a conocer, porque si confías en Él, perseverarás en adoración. Dios no faltó al pacto con Su pueblo, y no faltará a la fidelidad que Él nos ha prometido como ramas injertadas en la Vid verdadera, en la familia de Dios.
Podríamos hacer del último versículo nuestra oración y propósito cada día: «Pero nosotros bendeciremos al Señor desde ahora y para siempre. ¡Aleluya!».
Para meditar:
- ¿Puedes identificar los ídolos en tu corazón que han ocupado el lugar de Dios?
- ¿Renunciarás hoy a buscar tu propia gloria y vivirás para exaltar el nombre de Cristo?
- En lugar de descansar en tus recursos y capacidades, ¿confiarás en Aquel que puede sostenerte, salvarte y ser tu refugio?
- Busca hoy bendecir al Señor con una vida de obediencia y adoración perseverante.
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