Este capítulo contiene otra palabra que conecta todo lo que Pablo ha venido enseñando: «Por lo demás...» o, como traducen otras versiones, «Finalmente...». No se trata simplemente de una despedida. Pablo está diciendo: «Después de todo lo que han aprendido acerca de Cristo, de su identidad, de la Iglesia y de cómo deben vivir, hay algo más que necesitan saber: la vida cristiana se desarrolla en medio de una batalla espiritual».
Después de mostrarnos el plan eterno de Dios, nuestra nueva identidad en Cristo, la unidad de la Iglesia y cómo el evangelio transforma nuestras relaciones, Pablo termina la carta recordándonos que todo esto ocurre mientras enfrentamos la oposición de un enemigo real.
Antes de hablar de la armadura de Dios, Pablo continúa aplicando el evangelio a las diferentes esferas de la vida. Después del matrimonio, ahora instruye a hijos y padres, y luego a siervos y …
Este capítulo contiene otra palabra que conecta todo lo que Pablo ha venido enseñando: «Por lo demás...» o, como traducen otras versiones, «Finalmente...». No se trata simplemente de una despedida. Pablo está diciendo: «Después de todo lo que han aprendido acerca de Cristo, de su identidad, de la Iglesia y de cómo deben vivir, hay algo más que necesitan saber: la vida cristiana se desarrolla en medio de una batalla espiritual».
Después de mostrarnos el plan eterno de Dios, nuestra nueva identidad en Cristo, la unidad de la Iglesia y cómo el evangelio transforma nuestras relaciones, Pablo termina la carta recordándonos que todo esto ocurre mientras enfrentamos la oposición de un enemigo real.
Antes de hablar de la armadura de Dios, Pablo continúa aplicando el evangelio a las diferentes esferas de la vida. Después del matrimonio, ahora instruye a hijos y padres, y luego a siervos y amos. Es hermoso ver el desarrollo de la carta. Pablo no cambia de tema; continúa mostrando cómo las grandes verdades doctrinales de los primeros capítulos transforman cada aspecto de la vida cotidiana. El evangelio no fue dado únicamente para ser comprendido, sino para ser vivido.
Entonces introduce la armadura de Dios.
En el capítulo 1 vimos que Dios nos había bendecido con toda bendición espiritual en Cristo. Él siempre nos da lo que necesitamos para enfrentar aquello a lo que nos llama. Ahora vemos esa provisión ilustrada mediante una armadura hermosamente detallada. Después de leer acerca de la gracia, la paz, la unidad y el amor de Dios, no podemos pensar que la vida cristiana estará libre de oposición. Pablo nos habla de huestes espirituales de maldad, y precisamente por eso nos muestra cómo permanecer firmes.
Al leer estos versículos no puedo dejar de pensar en El progreso del peregrino, donde el personaje principal recibe esta armadura para continuar su camino. Sin embargo, esta no es la primera vez que Pablo menciona estas fuerzas espirituales. Desde el comienzo de la carta nos recordó que Cristo está por encima de todo principado y autoridad (1:21), que antes seguíamos al príncipe de la potestad del aire (2:2) y que la multiforme sabiduría de Dios es dada a conocer a los principados y potestades por medio de la Iglesia (3:10). Ahora nos recuerda que esa batalla continúa, pero también que Cristo ya obtuvo la victoria definitiva.
Pablo identifica claramente al verdadero enemigo de la Iglesia. No son los judíos ni los gentiles; no son las tradiciones, ni las diferencias culturales, ni las personas con las que no estamos de acuerdo. Nuestro enemigo es Satanás y sus huestes de maldad.
Sin embargo, resulta interesante que Pablo nunca nos llama a salir a pelear contra él. No nos invita a buscar confrontaciones espirituales ni a poner nuestra atención en el enemigo. El mandato que más se repite en este pasaje es otro: «permanezcan firmes».
La victoria no consiste en derrotar al enemigo, sino en permanecer firmes en Cristo, quien ya lo venció.
Por eso Pablo nos dice: «Fortalézcanse en el Señor y en el poder de Su fuerza». La batalla nunca se libra con nuestras propias capacidades, sino dependiendo completamente de Dios.
La armadura que describe está formada por:
- El cinturón de la verdad.
- La coraza de justicia.
- El calzado del evangelio de la paz.
- El escudo de la fe.
- El yelmo de la salvación.
- La espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios.
Cada una de estas piezas apunta, en última instancia, a Cristo mismo. No se trata de repetir una oración cada mañana imaginando una armadura invisible. Se trata de permanecer revestidas de la verdad del evangelio, descansando en la justicia de Cristo, afirmadas en la salvación, viviendo por la fe y alimentándonos continuamente de Su Palabra.
El versículo 11 habla de las asechanzas o insidias del diablo. Su estrategia principal siempre ha sido la misma: el engaño. Desde el huerto del Edén hasta hoy, Satanás busca distorsionar la verdad de Dios. Por eso es tan importante conocer las Escrituras. Es la Palabra de Dios la que nos permite desenmascarar sus mentiras y permanecer firmes cuando llegan la tentación, la duda o el desánimo.
Satanás es un enemigo real y peligroso, pero nunca debemos olvidar que no es un enemigo igual a Dios. Tiene influencia, pero no posee el poder, la autoridad ni la soberanía del Dios Altísimo. Nuestro enfoque nunca debe estar en el enemigo, sino en Cristo, quien ya venció definitivamente en la cruz.
Después de describir toda la armadura, Pablo concluye hablando de la oración. No la presenta como una pieza adicional, sino como el ambiente permanente en el que vive un creyente que depende de Dios. La batalla espiritual nunca se libra confiando en nuestras propias fuerzas, sino permaneciendo en constante comunión con el Señor, velando y orando unos por otros.
Nuestro llamado es permanecer en Él, permanecer en Su Palabra y recordar constantemente todo lo que Dios ya ha hecho por nosotras. Mientras más contemplamos a Cristo, menos espacio habrá para el temor y más confianza tendremos para permanecer firmes.
Al llegar al final de esta carta, comprendemos que el creyente nunca fue llamado a vivir la vida cristiana confiando en sí mismo. Desde el primer capítulo hasta el último, Pablo nos ha mostrado que todo proviene de Dios: nuestra elección, nuestra salvación, nuestra identidad, nuestra unidad, nuestra nueva manera de vivir y también la fuerza para permanecer firmes en medio de la batalla espiritual.
La carta comenzó llevándonos a contemplar las riquezas espirituales que tenemos en Cristo y termina recordándonos que seguimos dependiendo completamente de Él. Solo así podremos permanecer firmes hasta el día en que nuestra lucha termine y estemos para siempre con nuestro Señor.
Que al cerrar Efesios podamos mirar hacia atrás y recordar que Dios nos escogió desde antes de la fundación del mundo, nos dio vida cuando estábamos muertos, nos hizo parte de Su Iglesia, nos llamó a vivir de una manera digna del evangelio y ahora nos fortalece para permanecer firmes hasta el final. Toda la carta apunta a una misma realidad: todo lo que necesitamos para vivir la vida cristiana lo encontramos en Cristo.
Para meditar:
- ¿Estoy procurando fortalecerme cada día en el Señor y en el poder de Su fuerza, o sigo enfrentando las batallas espirituales confiando en mis propias capacidades?
- Después de recorrer la carta a los Efesios, ¿estoy viviendo a la luz de mi identidad en Cristo y dependiendo de Él en cada área de mi vida, o he olvidado las riquezas espirituales que Dios ya me ha dado en Su Hijo?
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