Una vez más encontramos una expresión que conecta todo lo que Pablo ha venido desarrollando hasta ahora: «Por tanto...». Estas palabras siempre nos obligan a mirar hacia atrás antes de seguir avanzando. Pablo está diciendo: A la luz de todo lo que Dios ha hecho; porque ahora forman parte de un solo cuerpo; porque fueron escogidos desde antes de la fundación del mundo; porque Cristo derribó el muro de separación y los hizo una sola familia; porque la Iglesia forma parte de Su plan eterno... ahora vivan de esta manera.
Pablo no cambia de tema; continúa desarrollando la misma idea, pero acerca cada vez más el lente de la lupa; es como si le hiciera zoom a la cámara. Si en el capítulo 4 nos mostró cómo debe vivir la Iglesia como un cuerpo, ahora comienza a enseñarnos cómo esa misma verdad transforma nuestras relaciones más cercanas.
…
Una vez más encontramos una expresión que conecta todo lo que Pablo ha venido desarrollando hasta ahora: «Por tanto...». Estas palabras siempre nos obligan a mirar hacia atrás antes de seguir avanzando. Pablo está diciendo: A la luz de todo lo que Dios ha hecho; porque ahora forman parte de un solo cuerpo; porque fueron escogidos desde antes de la fundación del mundo; porque Cristo derribó el muro de separación y los hizo una sola familia; porque la Iglesia forma parte de Su plan eterno... ahora vivan de esta manera.
Pablo no cambia de tema; continúa desarrollando la misma idea, pero acerca cada vez más el lente de la lupa; es como si le hiciera zoom a la cámara. Si en el capítulo 4 nos mostró cómo debe vivir la Iglesia como un cuerpo, ahora comienza a enseñarnos cómo esa misma verdad transforma nuestras relaciones más cercanas.
El capítulo comienza con un llamado que resume toda esta sección práctica: «Sean, pues, imitadores de Dios como hijos amados». Antes de hablar del matrimonio, Pablo habla del creyente. Nos llama a andar en amor, andar como hijos de luz y andar con sabiduría. La vida cristiana debe reflejar el carácter de nuestro Padre celestial en cada esfera de la vida.
Luego encontramos uno de los mandamientos más importantes del capítulo: «Sean llenos del Espíritu». Pablo no está hablando de recibir más del Espíritu Santo, pues todo creyente ya ha sido sellado por Él. Se refiere a vivir continuamente bajo Su dirección y control. Una persona llena del Espíritu se distingue por una vida de adoración, gratitud, humildad y disposición para servir a los demás.
Esa es precisamente la antesala del matrimonio. Antes de hablar de los roles del esposo y de la esposa, Pablo establece el fundamento: una vida controlada por el Espíritu y caracterizada por la humildad.
Por eso, antes de dirigirse específicamente a las esposas y a los esposos, hace un llamado general a todos los creyentes: «Sométanse unos a otros en el temor de Cristo». Esta actitud de humildad caracteriza toda relación cristiana. A partir de allí, Pablo mostrará cómo esa disposición se expresa dentro del hogar sin eliminar los diferentes roles que Dios diseñó.
Este es, quizá, el capítulo por excelencia sobre el matrimonio. Sin embargo, el matrimonio no es realmente el tema principal. El centro sigue siendo Cristo y Su Iglesia.
Me encanta pensar que, cuando Dios quiso escoger una metáfora para representar el amor de Cristo por Su Iglesia, escogió el matrimonio. Eso nos ayuda a comprender que el propósito principal del matrimonio nunca fue simplemente nuestra felicidad o realización personal. Su propósito más alto es anunciar el evangelio y reflejar la relación entre Cristo y Su pueblo.
Es por eso que, para quienes estamos casadas, el matrimonio nunca se trata solamente de nosotras. Dios nos ha llamado a reflejar una realidad mucho mayor que nuestra propia historia. Cada matrimonio cristiano debería contar al mundo la historia del amor sacrificial de Cristo por Su Iglesia.
La sumisión bíblica nunca implica inferioridad de valor. Desde la creación, hombre y mujer poseen la misma dignidad delante de Dios. Sin embargo, Dios diseñó funciones complementarias para reflejar de una manera visible la relación entre Cristo y Su Iglesia. De la misma forma, el mandato más extenso de este pasaje no está dirigido a la esposa, sino al esposo. Pablo no lo llama simplemente a ejercer liderazgo, sino a amar sacrificialmente, de la misma manera en que Cristo amó a la Iglesia y se entregó por ella.
Y aquí vemos el desarrollo impecable que Pablo viene construyendo desde el inicio de la carta. Después de mostrarnos el plan eterno de Dios, la identidad del creyente, la formación de un solo pueblo y la vida práctica de la Iglesia, ahora comienza a aplicar esas verdades a las diferentes esferas de la vida. Empieza con el matrimonio. En el siguiente capítulo continuará con la relación entre hijos y padres, entre siervos y amos, para finalmente recordarnos que toda esta vida cristiana se desarrolla en medio de una batalla espiritual.
Aunque Pablo habla extensamente del matrimonio, el tema central sigue siendo Cristo y Su Iglesia. Si observamos toda la carta, encontramos que presenta a la Iglesia mediante seis figuras diferentes: cuerpo, edificio o templo, misterio, nuevo hombre, novia y soldado. Cada una revela un aspecto distinto de nuestra identidad en Cristo y todas apuntan al mismo propósito: la gloria de Dios manifestada por medio de Su pueblo.
Toda relación cristiana debe reflejar el carácter de Cristo y anunciar el evangelio.
Al terminar este capítulo, queda claro que el evangelio nunca fue diseñado para quedarse únicamente en nuestra mente o en la iglesia los domingos. Debe transformar la manera en que amamos, hablamos, servimos y nos relacionamos con quienes están más cerca de nosotras. Es precisamente en el hogar, donde nadie puede esconder quién realmente es, donde el evangelio encuentra una de sus demostraciones más visibles.
Quizá por eso Pablo comienza aplicando estas verdades al matrimonio. Si el amor sacrificial de Cristo puede reflejarse allí, también podrá extenderse a cada una de las demás áreas de nuestra vida. Y eso es justamente lo que veremos en el siguiente capítulo: cómo el evangelio transforma la relación entre padres e hijos, entre siervos y amos, y cómo toda esa vida cristiana se desarrolla en medio de una batalla espiritual.
Que nuestra vida, nuestras palabras y nuestras relaciones apunten siempre a Cristo, para que quienes nos rodean puedan ver, aunque sea de manera imperfecta, un reflejo del amor que Él tiene por Su Iglesia.
Para meditar:
- ¿Las personas que conviven conmigo pueden ver el carácter de Cristo reflejado en mi manera de amar, hablar, servir y relacionarme con ellas?
- ¿Estoy viviendo mis relaciones, ya sea en mi matrimonio, mi familia, mi iglesia o mi trabajo, de una manera que apunte a Cristo y anuncie el evangelio, o las estoy centrando en mis propios deseos y expectativas?
*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la series de podcast.
Únete a la conversación