El salmo del día de hoy termina el Hallel Pascual, y cierra con broche de oro: celebrando con gratitud la misericordia eterna del Señor, la victoria después de la aflicción y la salvación que Él concede.
La misericordia del Señor permanece para siempre; esa es la gran verdad con la que inicia este salmo. Como lo vimos el día de ayer en el Salmo 117, Dios había sido misericordioso con Su pueblo, no porque ellos hubieran sido fieles, sino por la misericordia constante de Dios.
Por eso el salmista anima a todos a alabar a Dios por quién es Él; no solo a Israel, no solo a los siervos de Dios, sino a todos los que temen al soberano Dios; a todos quienes han visto, experimentado y confiado en el carácter bondadoso de Dios.
Esa misma bondad del Señor llevó al salmista a dar testimonio del …
El salmo del día de hoy termina el Hallel Pascual, y cierra con broche de oro: celebrando con gratitud la misericordia eterna del Señor, la victoria después de la aflicción y la salvación que Él concede.
La misericordia del Señor permanece para siempre; esa es la gran verdad con la que inicia este salmo. Como lo vimos el día de ayer en el Salmo 117, Dios había sido misericordioso con Su pueblo, no porque ellos hubieran sido fieles, sino por la misericordia constante de Dios.
Por eso el salmista anima a todos a alabar a Dios por quién es Él; no solo a Israel, no solo a los siervos de Dios, sino a todos los que temen al soberano Dios; a todos quienes han visto, experimentado y confiado en el carácter bondadoso de Dios.
Esa misma bondad del Señor llevó al salmista a dar testimonio del poder de Dios. Él clamó y el Señor le respondió. Por la respuesta del Señor, vivía en confianza, sin temor. El salmista sabía que el Señor tenía cuidado de él, pues estaba a su favor. ¿Qué quiere decir esto? Que la ayuda siempre vendría de Dios. Aunque estuviera rodeado de personas poderosas e influyentes, refugiarse en el Dios que había demostrado ser misericordioso y fiel era el lugar más seguro.
De esto no estamos exentas tú y yo, mi hermana. Sabemos que siempre habrá oposición y dificultades, pero podemos tener la seguridad de que tenemos un Dios cercano que aquieta nuestro temor y nos tiende Su mano. La ayuda humana falla, es débil y no siempre es sabia, pero Dios… Él es nuestro Ezer, el Ayudador de Su pueblo. Él es un buen Padre que cuida, protege y usa todo para nuestro bien y para Su gloria.
El salmista lo experimentó: los enemigos lo habían rodeado, estaba en peligro extremo y angustia, pero el Señor fue su defensor. En el nombre del Señor tuvo victoria sobre sus enemigos. Mira lo que dice el versículo 14: «El Señor es mi fortaleza y mi canción, y ha sido salvación para mí».
Lo que parecía imposible para el salmista al verse rodeado era algo tan sencillo de resolver para Aquel que es capaz de actuar con tales proezas que traen salvación, que traen liberación y que dan vida. Por eso es digno de ser alabado y exaltado con alegría y gozo delante de todos como un testimonio de la mano fuerte de Dios. Esa es la adoración pública que viene de un corazón agradecido por Su justicia y por Su misericordia.
Porque aunque un hijo de Dios sea amedrentado, lastimado o rechazado, siempre será vindicado por Él. Cristo mismo fue esa piedra angular que fue desechada; fue rechazado por los líderes, crucificado por los hombres, pero exaltado por Dios como fundamento de salvación.
Jesús mismo se los dijo a los principales sacerdotes y ancianos del pueblo (Mt. 21:42); Pedro también lo recordó a los gobernantes y ancianos (Hch. 4:11). No había duda: Cristo Jesús es la piedra principal, el fundamento de las buenas nuevas de salvación.
Y ese día, el día en el que la muerte se convirtió en victoria, es el día del cual nos regocijamos y nos alegramos. ¡Hemos sido redimidas de la condenación eterna! ¡Hemos sido trasladadas de las tinieblas a la luz!
Entonces el salmista culmina con alabanza y súplica: «Oh Señor, sálvanos ahora… Bendito el que viene en el nombre del Señor».
Spurgeon explicó que ese era un grito peculiar en Israel: «¡Hosana! ¡Dios salve a nuestro rey! ¡Que reine David!». Este fue el mismo grito que los judíos exclamaron cuando Jesús hizo Su entrada triunfal en Jerusalén, aunque no comprendían plenamente que el Rey venía a salvar por medio de la cruz. Ellos creían que Jesús venía a salvarlos de la esclavitud, de la opresión de los romanos, que por fin serían libres del dominio sobre ellos.
Por eso Jesús se entristeció, y dijo en Mateo 23:37-39: «¡Jerusalén, Jerusalén, la que mata a los profetas y apedrea a los que son enviados a ella! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus pollitos debajo de sus alas, y no quisiste! Por tanto, la casa de ustedes se les deja desierta. Porque les digo que desde ahora en adelante no me verán más hasta que digan: “Bendito Aquel que viene en el nombre del Señor”».
Y mientras esperamos que llegue ese día final triunfal en el que Cristo regrese por los Suyos, hoy nosotros exclamamos: «¡Viva el Hijo de David para siempre, que Su gracia salvadora se extienda por todas las naciones!». Hoy también vivimos con la seguridad de que Jesús es el Salvador que responde al clamor más profundo, Aquel por quien podemos decir: «Este es el día que el Señor ha hecho».
Spurgeon decía: «Oremos constantemente para que nuestro Rey glorioso obre salvación en medio de la tierra; y pidamos también por nosotros mismos, para que el Señor nos libre del mal y continúe santificándonos».
Hermana, si el Señor tuvo misericordia para darnos salvación, ¿cómo no podemos vivir en gratitud en nuestro corazón y en adoración evidente al mundo porque Él es bueno, y porque para siempre es Su misericordia?
Para meditar:
- ¿Reconoces que tu salvación, cuidado y esperanza no dependen de tu fidelidad, sino de la misericordia eterna del Señor?
- Ante la incertidumbre, el temor o la dificultad, ¿buscas primero la ayuda del Señor, confiando en que Él es tu Ayudador y defensor?
- ¿Recuerdas y agradeces cada día que has sido rescatada de las tinieblas y trasladada a la luz por medio de Jesús, la Piedra Angular rechazada por los hombres pero exaltada por el Padre?
Spurgeon, C. H., & Vila, E. (2024). El Tesoro de David: La Revelación Escritural a la luz de los Salmos: Vol. III (p. 1625). Editorial CLIE.
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