Después de clamar al Señor en medio de un mundo hostil (Salmo 120), el peregrino comienza su camino hacia Jerusalén. Sin embargo, el viaje apenas inicia y no está libre de peligros. Frente a él se levantan montañas que deberá atravesar, caminos inciertos y toda clase de amenazas. Para un israelita que subía a Jerusalén, las montañas no eran simplemente un paisaje hermoso; representaban el camino difícil que aún quedaba por recorrer.
Es precisamente en ese contexto donde surge una de las declaraciones más conocidas de los Salmos:
«Levantaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi ayuda? Mi ayuda viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra».
James Hamilton señala que este segundo Cántico de Ascenso responde a la inquietud natural del peregrino. Después de dejar atrás un mundo lleno de hostilidad, ahora debe enfrentar el camino hacia la presencia de Dios. ¿Quién …
Después de clamar al Señor en medio de un mundo hostil (Salmo 120), el peregrino comienza su camino hacia Jerusalén. Sin embargo, el viaje apenas inicia y no está libre de peligros. Frente a él se levantan montañas que deberá atravesar, caminos inciertos y toda clase de amenazas. Para un israelita que subía a Jerusalén, las montañas no eran simplemente un paisaje hermoso; representaban el camino difícil que aún quedaba por recorrer.
Es precisamente en ese contexto donde surge una de las declaraciones más conocidas de los Salmos:
«Levantaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi ayuda? Mi ayuda viene del Señor, que hizo los cielos y la tierra».
James Hamilton señala que este segundo Cántico de Ascenso responde a la inquietud natural del peregrino. Después de dejar atrás un mundo lleno de hostilidad, ahora debe enfrentar el camino hacia la presencia de Dios. ¿Quién lo sostendrá durante el trayecto? ¿Quién lo protegerá de los peligros que encontrará? La respuesta del salmista cambia por completo la perspectiva: el socorro no proviene de los montes, ni del templo al que se dirige, sino del Señor, el Creador de los cielos y de la tierra.
Hay dos salmos que han marcado mi vida. Son pasajes a los que vuelvo una y otra vez cuando mi corazón necesita recordar quién es Dios. Uno de ellos es precisamente el Salmo 121.
Cuando siento que las fuerzas comienzan a faltar o que las circunstancias parecen demasiado grandes para mí, y veo esas «montañas delante de mí», es casi inevitable que estas palabras vengan a mi mente:
«Levantaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi ayuda? Mi ayuda viene del Señor».
Durante mucho tiempo, cuando contemplaba las montañas, repetía estos versículos. Pero al estudiar este salmo comprendí algo que hizo que lo apreciara todavía más. El peregrino no estaba admirando el paisaje; estaba mirando el camino difícil que tenía por delante. Aquellas montañas representaban el recorrido que aún debía atravesar antes de llegar a Jerusalén. Había peligros, cansancio e incertidumbre. Entonces la pregunta adquiere un significado mucho más profundo: «¿Quién me sostendrá mientras recorro este camino?».
La respuesta sigue siendo la misma hoy: «Mi socorro viene del Señor».
En esos momentos suelo hablarle a mi alma una y otra vez. Me recuerdo que mi ayuda no depende de mis fuerzas, ni de que las circunstancias cambien rápidamente. Mi socorro proviene únicamente de Dios. Él tiene el control de todo lo que estoy viviendo y, en Su perfecta soberanía, nada ocurre fuera de Su voluntad. Esa verdad llena mi corazón de esperanza. Aunque no comprenda lo que está sucediendo y todavía me encuentre en medio de la prueba; sé que Él continúa sosteniéndome.
Creo que eso mismo hacía el salmista. A lo largo de los Salmos vemos una y otra vez cómo los autores predican la verdad a sus propias almas. David pregunta: «¿Por qué te desesperas, alma mía?» (Sal. 42:5), y más adelante se exhorta diciendo: «Bendice, alma mía, al Señor» (Sal. 103:1). Ellos no permitían que sus emociones definieran quién era Dios; dejaban que la verdad de Dios gobernara sus emociones.
¡Qué importante es aprender a hacer lo mismo! Vivimos en un mundo que nos invita constantemente a escuchar nuestros sentimientos y seguir nuestro corazón. Sin embargo, la Escritura nos enseña algo muy distinto. Cuando llegan la angustia, el temor o el desánimo, necesitamos llenar nuestra mente con la verdad de Dios y hablarle a nuestra alma. Solo así podremos enfrentar las pruebas con una perspectiva correcta.
A partir del versículo 3 aparece una palabra que se convierte en el gran tema de este salmo: guardar. En apenas ocho versículos, el salmista la repite seis veces.
«No permitirá que tu pie resbale; no se adormecerá el que te guarda... El Señor es tu guardador... El Señor guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre».
No es una repetición accidental. El peregrino descubre que la seguridad del viaje nunca dependió de la ausencia de peligros, sino de la presencia constante del Dios que jamás duerme. Mientras los seres humanos se cansan, Dios permanece vigilante. Mientras nosotros somos limitados, Él nunca deja de cuidar a los Suyos.
Eso no significa que Dios prometa una vida libre de dificultades. El camino hacia Jerusalén seguía teniendo montañas que atravesar, y nuestra peregrinación hacia la presencia del Señor también incluye pruebas, pérdidas, enfermedades y momentos de profundo dolor. Lo que Dios promete es algo mucho mejor: Su presencia constante en medio del camino. Él guarda a Su pueblo en cada paso del peregrinaje.
Por eso el salmista puede afirmar que «el Señor guardará tu salida y tu entrada desde ahora y para siempre». Esta expresión abarca toda la vida. No hay un solo momento en el que escapemos del cuidado de Dios. Desde las actividades más cotidianas hasta las pruebas más profundas, nuestra vida está segura en Sus manos.
Este salmo encuentra su cumplimiento perfecto en Cristo. Él es el Buen Pastor que vino a buscar y guardar a Sus ovejas. Jesús dijo que nadie puede arrebatarlas de Su mano (Jn. 10:28). El Dios que guardó a Israel durante su peregrinaje sigue guardando hoy a Su pueblo por medio de Cristo. Nuestro camino aún no ha terminado, pero caminamos con la certeza de que Aquel que nunca duerme nos acompañará hasta llevarnos sanos y salvos a Su presencia.
Mientras ese día llega, es mi oración que, cuando el corazón quiera desfallecer, nuestros ojos sepan exactamente hacia dónde mirar. Que aprendamos a levantar la vista por encima de las circunstancias para recordar que nuestro socorro nunca ha dependido de nuestra capacidad para seguir adelante, sino del Señor, quien hizo los cielos y la tierra y continúa guardando fielmente a los suyos.
Para meditar:
- Cuando enfrento una situación difícil, ¿hacia dónde dirijo primero mi mirada? ¿Estoy buscando mi seguridad en mis propias fuerzas, en otras personas o en las circunstancias, o puedo decir con confianza: «Mi socorro viene del Señor»?
- ¿Qué le estoy diciendo a mi alma en medio de la prueba? ¿Estoy permitiendo que el temor, la ansiedad o el desánimo dominen mis pensamientos, o estoy llenando mi corazón con las verdades de la Palabra de Dios?
- El Salmo 121 repite seis veces que el Señor nos guarda. ¿Cómo cambiaría mi manera de enfrentar los desafíos de hoy si viviera con la certeza de que Aquel que nunca duerme está cuidando de mí en cada paso de mi peregrinaje?
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