Los Salmos 120 a 134 se llaman cánticos de ascenso gradual; se nombran de esta manera porque probablemente se cantaban en el peregrinaje del pueblo de Dios hacia Jerusalén y al templo, en tres fiestas importantes hebreas: la Pascua, el Pentecostés y la Fiesta de los Tabernáculos. El Salmo 120 es una introducción a estos cánticos, pues alude a la tribulación del salmista al ver que está lejos de su amada Jerusalén, que simboliza la paz. James Hamilton comenta que este recorrido inicia en medio de un mundo hostil y culmina en la adoración del Señor en Su casa, Jerusalén. Por ello, este primer salmo presenta el punto de partida del peregrino: todavía vive rodeado de personas que no conocen a Dios, anhela estar cerca del Señor y experimentar la paz que solo Dios puede dar.
El salmo comienza con una declaración sencilla pero profundamente esperanzadora: «En mi angustia …
Los Salmos 120 a 134 se llaman cánticos de ascenso gradual; se nombran de esta manera porque probablemente se cantaban en el peregrinaje del pueblo de Dios hacia Jerusalén y al templo, en tres fiestas importantes hebreas: la Pascua, el Pentecostés y la Fiesta de los Tabernáculos. El Salmo 120 es una introducción a estos cánticos, pues alude a la tribulación del salmista al ver que está lejos de su amada Jerusalén, que simboliza la paz. James Hamilton comenta que este recorrido inicia en medio de un mundo hostil y culmina en la adoración del Señor en Su casa, Jerusalén. Por ello, este primer salmo presenta el punto de partida del peregrino: todavía vive rodeado de personas que no conocen a Dios, anhela estar cerca del Señor y experimentar la paz que solo Dios puede dar.
El salmo comienza con una declaración sencilla pero profundamente esperanzadora: «En mi angustia clamé al Señor, y Él me respondió». El salmista afirma con seguridad que el Señor escucha y responde a su clamor. Precisamente porque confía en Dios, lleva su dolor delante de Él. El Señor no es indiferente a nuestro sufrimiento cuando clamamos a Él, sino que escucha nuestras oraciones y responde conforme a Su perfecta voluntad. Esta verdad debe llenarnos de profunda seguridad, pues, aunque en el momento no lo sintamos o no veamos una respuesta inmediata, Dios sigue siendo un Dios que responde al clamor de Sus hijos.
En el versículo 2 leemos la aflicción específica que está atravesando el salmista: la mentira, el engaño y la difamación; pide liberación de labios mentirosos y de una lengua engañosa. La realidad es que vivimos en un mundo donde abunda la mentira, la manipulación y el engaño, pero el creyente puede encontrar refugio en el Dios que escucha su clamor y es fiel para sostener a los Suyos.
Los versículos 3-4 expresan que Dios responde a los adversarios mentirosos del salmista con valentía y poder. La mentira nunca queda impune delante de Dios. Él es el Juez justo que dará a cada uno conforme a sus obras. John MacArthur destaca que este lenguaje refleja la certeza del juicio divino sobre quienes persisten en el engaño y la maldad. Es importante notar que quien ejecuta ese juicio es el Señor, no el salmista. Este pasaje no es una invitación a la venganza personal, sino un llamado a confiar en la justicia de Dios. Cuando somos heridos por la mentira o la injusticia, no necesitamos tomar la justicia por nuestras propias manos; podemos dejar nuestra causa en las manos de Aquel que juzga con perfecta rectitud y a su debido tiempo hará justicia.
Luego, en los versículos 5–7, conocemos mejor la situación del salmista. Se encuentra rodeado de un ambiente hostil y en tierra extranjera; puntualmente, hace referencia a Mesec y Cedar. Probablemente no eran el lugar exacto donde vivía el salmista, sino que representan pueblos conocidos por su hostilidad y lejanía del pueblo de Dios. Luego exclama: «Demasiado tiempo ha morado mi alma con los que odian la paz». Estas palabras revelan que su aflicción no era momentánea, sino una lucha constante. Estaba cansado de vivir rodeado de personas que rechazaban la paz y promovían el conflicto. De hecho, concluye diciendo: «Yo amo la paz, pero cuando hablo, ellos están por la guerra». Mientras el salmista anhelaba la paz, sus adversarios respondían con hostilidad. Esto resulta aún más significativo si recordamos que la paz es una de las características distintivas de Jerusalén, la ciudad de Dios.
Quizá tú también te sientes así. Tal vez estudias, trabajas o vives en un ambiente donde los valores del evangelio son rechazados, donde la verdad es ridiculizada o donde seguir a Cristo implica ir contracorriente. El Salmo 120 nos recuerda que esta experiencia no es extraña para el creyente. Como peregrinos, nuestro verdadero hogar no está en este mundo, por lo que es normal sentir el peso de vivir en una cultura marcada por el pecado y la hostilidad hacia Dios.
Sin embargo, el salmo también nos muestra cuál debe ser nuestra respuesta. En lugar de responder con venganza o desesperación, somos llamados a llevar nuestra angustia delante del Señor, confiando en que Él escucha nuestro clamor, hace justicia en el tiempo perfecto y sostiene a los Suyos.
Finalmente, este salmo nos llama a contemplar a Cristo, en quien encuentra su cumplimiento. Él fue el verdadero Peregrino que vino a un mundo que lo rechazó. Fue rodeado de mentira, acusado falsamente y tratado con hostilidad, pero nunca dejó de anunciar la paz de Dios. Cristo no solo experimentó el rechazo; Él mismo es nuestra paz, puedes leerlo en Efesios 2:14. Gracias a Su obra, el peregrinaje que comienza en el Salmo 120 culmina en la presencia del Padre, donde toda angustia, injusticia y hostilidad llegarán a su fin.
Para reflexionar:
- ¿Hay alguna situación que necesito llevar hoy delante del Señor con la confianza de que Él escucha y responde?
- ¿Hay alguien contra quien guardo deseos de venganza o resentimiento en lugar de dejar la justicia en las manos del Señor?
- ¿Cómo fortalece mi esperanza recordar que mi verdadero hogar está con el Señor y no en este mundo?
*Ofertas disponibles solo durante la emisión de la series de podcast.
Únete a la conversación