Hoy leemos el capítulo final de esta primera carta que Pablo le mandó a su hijo en la fe, Timoteo. En esta última sección de la carta, el apóstol concluye los grandes temas que ha desarrollado desde el principio. Después de hablar sobre la vida de la iglesia, el liderazgo y las relaciones entre los creyentes, ahora vuelve a instruir sobre cómo servir a quienes están en una posición de autoridad, a advertir acerca de los falsos maestros, el peligro del amor al dinero, y termina con el llamado a perseverar en la fe.
Los esclavos y la sana doctrina
Dentro de la realidad social del Imperio Romano en la que vivían los creyentes, existía la esclavitud; aunque sus circunstancias podían variar considerablemente, implicaba que una persona se encontraba bajo la autoridad legal de un amo. Pablo no está aprobando aquí la institución, sino enseñando cómo debía vivir …
Hoy leemos el capítulo final de esta primera carta que Pablo le mandó a su hijo en la fe, Timoteo. En esta última sección de la carta, el apóstol concluye los grandes temas que ha desarrollado desde el principio. Después de hablar sobre la vida de la iglesia, el liderazgo y las relaciones entre los creyentes, ahora vuelve a instruir sobre cómo servir a quienes están en una posición de autoridad, a advertir acerca de los falsos maestros, el peligro del amor al dinero, y termina con el llamado a perseverar en la fe.
Los esclavos y la sana doctrina
Dentro de la realidad social del Imperio Romano en la que vivían los creyentes, existía la esclavitud; aunque sus circunstancias podían variar considerablemente, implicaba que una persona se encontraba bajo la autoridad legal de un amo. Pablo no está aprobando aquí la institución, sino enseñando cómo debía vivir un creyente fielmente a Cristo aun dentro de esa realidad social.
Ellos debían servir con integridad para que el nombre de Dios y Su doctrina no fueran desacreditados. Aun cuando un esclavo y su amo fueran hermanos en Cristo, esa nueva relación espiritual no permitía que los esclavos deshonraran a sus amos o que no cumplieran con las responsabilidades que cada uno tenía dentro de la sociedad de su tiempo con excelencia y diligencia. De hecho, como vimos en Gálatas, hay un llamado específico respecto del trato que debemos tener los unos con los otros cuando pertenecemos a la familia de la fe. Mira lo que dice el 6:10:
«Así que entonces, hagamos bien a todos según tengamos oportunidad, y especialmente a los de la familia de la fe».
Y esto, mis hermanas, como lo decía anteriormente, no solamente es agradable delante de Dios, sino que es también un testimonio de nuestra fe a quienes están perdidos.
Los falsos maestros y el peligro de la codicia
Aquí Pablo vuelve al tema con el que abrió la carta. La falsa enseñanza nunca es solamente un problema intelectual; proviene de un corazón orgulloso y también afecta la manera de vivir. ¿Por qué? Porque estos falsos maestros, habiendo conocido la verdad, tienen un deseo pecaminoso de cuestionar cada palabra, y esto termina en discusiones y debates que no son edificantes, que provocan envidias, pleitos, blasfemias, malas sospechas. Le han dado la espalda completamente a la verdad, no están interesados en ella. «Para ellos, mostrar sumisión a Dios es solo un medio para enriquecerse», dice el versículo 5 en la Nueva Traducción Viviente.
Porque los hombres orgullosos utilizan la religión como un medio para obtener beneficios personales, buscan ganancias que son temporales; pero el creyente, a quien le han sido abiertos sus ojos a la verdad del evangelio y la salvación por la fe; aunque disfruta de las bendiciones terrenales provistas por Dios, ha entendido que su mayor riqueza se encuentra en Cristo y que los recursos materiales son una oportunidad para servir a Dios y bendecir a otros.
Por eso, los versículos 6-8 contienen una gran verdad que vale la pena grabar en nuestro corazón:
«Pero la piedad, en efecto, es un medio de gran ganancia cuando va acompañada de contentamiento. Porque nada hemos traído al mundo, así que nada podemos sacar de él. Y si tenemos qué comer y con qué cubrirnos, con eso estaremos contentos».
El contentamiento cristiano no depende de la cantidad de bienes que posee, sino de descansar en la provisión y la suficiencia de Dios. Porque cuando ponemos nuestra confianza en las riquezas, nunca podremos encontrar un verdadero descanso en ellas; por el contrario, somos propensas a amarlas. Y esto trae como consecuencia deseos necios y dañinos; y lo más grave: desviarse de la fe verdadera.
Recordemos que el dinero en sí mismo no es malo; forma parte de los recursos que Dios puede proveer mediante nuestro trabajo. El peligro está en el amor al dinero, que Pablo describe como raíz de toda clase de males. El problema no son las riquezas en sí mismas, sino el lugar que llegan a ocupar en nuestro corazón.
Pelea la buena batalla de la fe
¡Qué palabras tan hermosas Pablo dirige a Timoteo en esta sección! Lo anima a ser diferente, a no actuar como los falsos maestros, a no caer en la codicia, a no seguir la ambición por el dinero.
Por el contrario, le da un ánimo y una exhortación para ser un verdadero hombre de Dios. Y lo leemos de esta manera:
- Huye de aquello que alimenta el pecado.
- Sigue la justicia, la piedad, la fe, el amor, la perseverancia y la amabilidad.
- Pelea la buena batalla de la fe.
- Aférrate a la vida eterna.
Estas cosas no eran solamente importantes para Pablo al instruir a un joven para ejercer de mejor manera su pastorado, sino que está hablando de la vida de un cristiano. Un hijo de Dios requiere abandonar el pecado, pero de ahí debe con todo fervor e intencionalidad perseguir activamente la santidad en su vida en preparación para el día que verá a Su Salvador cara a cara. Por eso le dice: «Echa mano de la vida eterna a la cual fuiste llamado, y de la que hiciste buena profesión en presencia de muchos testigos». Timoteo había recibido la salvación por fe, pero su vida no terminaba allí, sino que una vida de santidad, una vida a la luz de la eternidad en perseverancia y disciplina, era lo que se esperaba de él por lo que ya había recibido en Cristo, teniendo también los ojos en la meta.
Y Pablo continúa diciéndole: «Te mando… que guardes el mandamiento sin mancha ni reproche hasta la manifestación de nuestro Señor Jesucristo». Lo que el apóstol quería instruirle es que la fidelidad presente siempre está motivada por la certeza del regreso del Señor Jesucristo, a quien termina contemplando por Su grandeza y soberanía, diciendo: «El único Soberano, el Rey de reyes y Señor de señores; el único que tiene inmortalidad y habita en luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. A Él sea la honra y el dominio eterno. Amén».
¡Qué gloriosa doxología que una vez más nos recuerda quién gobierna sobre todas las cosas!
Instrucciones para los ricos
Una vez que el apóstol habló sobre el amor al dinero, retoma el tema no condenando a quienes poseen riquezas, sino al peligro de poner la confianza en ellas. El Señor, en Su providencia, da en abundancia a algunos hermanos en la fe, pero Pablo quiere enseñarles que estas riquezas que Él provee abundantemente no solo son para disfrutarlas, sino que también los llama a usarlas con generosidad y disposición para compartir. Porque, al final de cuentas, todo lo que poseemos es del Señor.
Si tú hoy consideras que tienes mucho o poco, el llamado es el mismo. En lugar de decirle al Señor: «¿Cuánto debería dar para Tu obra y para los demás?», nuestra oración al Señor debería ser siempre: «Señor, de todo lo que me has dado, que es Tuyo, ¿con cuánto te gustaría que me quedara para mis necesidades y disfrute?».
Mis hermanas, el verdadero tesoro no consiste en acumular bienes temporales, sino en invertir la vida para la gloria de Dios y para la extensión de Su reino.
Guarda el depósito
Finalmente, esta primera carta de Pablo a Timoteo termina exactamente donde comenzó: con el llamado a proteger el evangelio. Esta exhortación final resume el propósito de toda la carta: preservar fielmente la verdad que Dios ha revelado.
Por eso le vuelve a encomendar lo que se le ha sido confiado: debe evitar las palabrerías vacías y las falsas enseñanzas que se presentan como conocimiento, pero que terminan alejando a las personas de la fe. Sin dejar de lado la gracia divina que hace posible el caminar de un hijo en la fe.
Hoy, cada creyente tiene la responsabilidad de guardar fielmente el evangelio que ha recibido por la gracia de Dios, que nos permite, día a día, seguir corriendo esta carrera de la fe, porque encontramos un tesoro en el evangelio: Cristo mismo. Él es el Rey de reyes y Señor de señores, el único digno de nuestra confianza y nuestra adoración.
En un mundo que persigue las riquezas pasajeras, nuestro Salvador ofrece una herencia eterna e incorruptible. Él es quien sostiene a Su iglesia que no solo se distingue por su organización, sino también por la fidelidad de sus miembros al Señor. Es Él quien nos ayuda a preservar el evangelio que ha transformado nuestro corazón y que sigue transformando nuestras relaciones; el hermoso evangelio que hemos sido llamados a guardar y transmitir fielmente cada día de nuestras vidas hasta que le veamos en gloria.
Para meditar:
- ¿En qué área de tu vida necesitas huir de aquello que alimenta el pecado y comenzar a perseguir intencionalmente la justicia, la fe, el amor y la piedad?
- ¿Qué lugar están ocupando las riquezas y los bienes materiales en tu corazón: los estás disfrutando con gratitud y usando para bendecir a otros, o estás poniendo en ellos tu confianza y seguridad?
- ¿Cómo puedes vivir hoy con mayor fidelidad al evangelio que Dios te ha confiado, recordando que tu verdadero tesoro es Cristo y que un día estarás delante de Él?
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