El peligro de descuidar la salvación
«Por tanto, debemos prestar mucha mayor atención a lo que hemos oído, no sea que nos desviemos».
El capítulo comienza con un «por tanto» que lo conecta directamente con Hebreos 1. Precisamente porque Cristo es el Hijo eterno, superior a los profetas y a los ángeles, debemos prestar mucha mayor atención a lo que Dios ha hablado por medio de Él, pues el peligro de alejarnos de la verdad por descuido está siempre presente.
Pensemos en una embarcación que, si no tiene bien puesta su ancla y si no hay un capitán que la controle, poco a poco se aleja del lugar donde la habían dejado inicialmente. Así es en nuestra vida: no siempre abandonamos la verdad por decisión repentina; podemos alejarnos por descuido, por pasividad y por falta de atención.
Por eso el autor de la carta avanzó …
El peligro de descuidar la salvación
«Por tanto, debemos prestar mucha mayor atención a lo que hemos oído, no sea que nos desviemos».
El capítulo comienza con un «por tanto» que lo conecta directamente con Hebreos 1. Precisamente porque Cristo es el Hijo eterno, superior a los profetas y a los ángeles, debemos prestar mucha mayor atención a lo que Dios ha hablado por medio de Él, pues el peligro de alejarnos de la verdad por descuido está siempre presente.
Pensemos en una embarcación que, si no tiene bien puesta su ancla y si no hay un capitán que la controle, poco a poco se aleja del lugar donde la habían dejado inicialmente. Así es en nuestra vida: no siempre abandonamos la verdad por decisión repentina; podemos alejarnos por descuido, por pasividad y por falta de atención.
Por eso el autor de la carta avanzó en su argumento de menor a mayor: si la ley comunicada por medio de ángeles fue firme y su desobediencia recibió una justa retribución, no habrá escapatoria para quien desprecie la salvación anunciada por el mismo Señor. El mensaje fue confirmado por quienes oyeron al Señor, y Dios dio testimonio de su veracidad mediante señales, prodigios, milagros y dones del Espíritu Santo. La grandeza del Mensajero demuestra tanto la grandeza de la salvación como la gravedad de descuidarla.
Y si hoy hemos tenido la bendición y gozo de haber escuchado la palabra de Verdad que nos abrió los ojos a la salvación, no puede quedarse simplemente como una revelación mayor que nos ha sacado del error, sino que demanda una respuesta mayor, porque aunque es un privilegio conocer lo que al Señor le ha placido revelarnos, es mayor también nuestra responsabilidad delante de Él.
Probablemente digas hoy que nunca rechazarías abiertamente a Cristo, pero lo que el autor describe es el peligro de apartarse por negligencia. El descuido espiritual suele ser lento, silencioso e imperceptible, y enfría poco a poco nuestro amor por Cristo, la Palabra y la oración. Nadie tiene que esforzarse para ir a la deriva; basta con dejar de prestar atención. Las corrientes internas de nuestra naturaleza pecaminosa y las externas de este mundo nos empujan continuamente.
Así que, el llamado para ti y para mí hoy es a prestar una atención constante y deliberada a la Palabra, examinando si aquello que confesamos también gobierna nuestra vida.
Cristo humillado, coronado y glorificado
Ahora el autor pasa a hacer referencia al Salmo 8 celebrando la dignidad concedida por Dios al ser humano: fue creado a Su imagen, coronado de gloria y honor, y puesto sobre las obras de Sus manos. Sin embargo, debido al pecado, ahora no vemos todas las cosas sujetas al hombre. El pecado afectó su relación con Dios y el ejercicio de ese dominio.
En medio de esa realidad, el autor declara: «Pero vemos a Aquel que fue hecho un poco inferior a los ángeles, es decir, a Jesús». Él es el Hombre perfecto y el nuevo Adán que cumplió aquello en lo que la humanidad caída fracasó. Así que Cristo asumió nuestra humanidad y entró en nuestra humillación. El Hijo eterno asumió una naturaleza verdaderamente humana y fue hecho, por un poco de tiempo, inferior a los ángeles en Su humanidad. Sin dejar de ser Dios, compartió nuestra condición de carne y sangre, experimentó el sufrimiento, la tentación y la muerte propios de nuestra condición humana, pero permaneció sin pecado; vivió en perfecta obediencia al Padre.
Y, a causa del padecimiento de la muerte, fue coronado de gloria y honor. Jesús es el Hombre perfecto que cumplió el propósito de Dios para la humanidad. Su humillación no fue una derrota ni un accidente; fue el camino establecido por Dios para Su exaltación y para la restauración final de Su pueblo. Lo que todavía no vemos plenamente realizado en nosotras, ya lo vemos cumplido en Cristo.
¡Glorioso intercambio! El camino de Cristo fue de la humillación a la gloria: ¡descendió hasta nuestra vergüenza para conducirnos a Su gloria!
El Autor de nuestra salvación
«Porque convenía que Aquel para quien son todas las cosas y por quien son todas las cosas, llevando muchos hijos a la gloria, hiciera perfecto por medio de los padecimientos al autor de la salvación de ellos».
Hebreos 2:10 enseña que Dios llevó a muchos hijos a la gloria, perfeccionando por medio de los padecimientos al autor de la salvación de ellos.
La palabra traducida como «autor» también quiere decir pionero, fundador o capitán. Cristo no solamente obtuvo nuestra salvación; abrió el camino hacia la gloria y conduce por él a todos los que le pertenecen. Y por medio de Su obediencia, sufrimientos y muerte, completó la misión que el Padre le había encomendado; Él quedó plenamente capacitado para representarnos como nuestro Sumo Sacerdote y, haciendo propiciación por nuestros pecados, satisfizo la justa ira de Dios y nos reconcilió con Él.
No hubo en Él alguna imperfección moral, sino que, por medio de su perfección, nos santificó y no se avergüenza de llamarnos hermanos. ¡Ahora hemos sido incorporados a la familia de Dios! El Hijo de Dios dejó Su gloria para participar de carne y sangre para poder morir y, mediante Su muerte, derrotar al diablo y liberar a quienes vivían esclavizados por el temor a la muerte. Y ahora, debido a que sufrió al ser tentado, puede socorrer de manera real y compasiva a quienes enfrentan la tentación.
Cristo no eliminó todavía la experiencia de la muerte física, pero sí venció su poder condenatorio para todos los que están unidos a Él. Así que, en Cristo, tenemos al Sumo Sacerdote, Abogado e Intercesor perfecto.
Hermana, ¡te animo a detenerte un momento, justo ahora, para adorar a nuestro Salvador!
Nuestro Hermano y Sumo Sacerdote
El Hijo eterno participó de nuestra carne y sangre para identificarse verdaderamente con aquellos a quienes vino a salvar, y eso nos incluye a ti y a mí, si verdaderamente nos hemos arrepentido y lo hemos reconocido como nuestro Salvador. Por medio de Su obra nos santifica, nos lleva a la familia de Dios, nos llama hermanos, y no se avergüenza de hacerlo.
Y porque se encarnó y murió, ahora podemos ser partícipes de las abundantes riquezas en Él, pues anuló el poder del diablo y liberó a quienes vivían esclavizados a él por el temor a la muerte. Él hizo propiciación por los pecados de Su pueblo, y hoy podemos disfrutar de la bendición de tener un Sumo Sacerdote misericordioso y fiel, que no solo intercede por nosotras ante el Padre, sino que está dispuesto a socorrer cuando somos tentadas.
Aunque este capítulo contiene una advertencia solemne, también conlleva un consuelo extraordinario. Por una parte, nos llama a prestar mucha mayor atención para no alejarnos silenciosamente de la verdad. Por otra parte, dirige nuestra mirada hacia Jesús: el Hijo eterno que compartió nuestra humanidad, sufrió, murió, fue coronado de gloria y ahora nos conduce hacia ella.
La respuesta al peligro del deslizamiento espiritual no es mirarnos constantemente a nosotras mismas, sino aferrarnos a Cristo y a la Palabra que hemos oído. Cuando enfrentamos la tentación, el sufrimiento o el temor a la muerte, no acudimos a un Salvador distante. Tenemos un Sumo Sacerdote misericordioso y fiel que conoce nuestras debilidades, hizo propiciación por nuestros pecados y puede socorrernos.
Para meditar:
- ¿Estás prestando mucha mayor atención a la Palabra de Dios, o estás permitiendo que el descuido, la pasividad y las distracciones te alejen poco a poco de Cristo?
- ¿Estás aferrándote a Cristo en medio de la tentación, el sufrimiento y el temor, confiando en que tu Sumo Sacerdote, misericordioso y fiel, puede socorrerte?
- ¿Estás contemplando y adorando a Jesús, quien se humilló, sufrió y murió por ti para llevarte a la gloria y hacerte parte de la familia de Dios?
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