Este capítulo continúa directamente la advertencia del capítulo anterior. La generación del desierto no entró en el reposo por causa de su incredulidad y desobediencia; por eso, la iglesia debe temer la posibilidad de no alcanzar la promesa.
La promesa del reposo de Dios
«Por tanto, temamos, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en Su reposo, alguno de ustedes parezca no haberlo alcanzado».
La promesa de entrar en el reposo permanece abierta, pero el ejemplo de Israel advierte a toda la comunidad que no basta con oír el mensaje o profesar externamente la fe. Quienes escuchan el evangelio sin recibirlo con fe permanecen fuera del reposo de Dios. Los verdaderos creyentes, preservados por Su gracia, responden a estas advertencias aferrándose a Cristo y perseverando en Él.
Así que, el temor del versículo 1 no es un miedo paralizante, no pretende llevar al verdadero …
Este capítulo continúa directamente la advertencia del capítulo anterior. La generación del desierto no entró en el reposo por causa de su incredulidad y desobediencia; por eso, la iglesia debe temer la posibilidad de no alcanzar la promesa.
La promesa del reposo de Dios
«Por tanto, temamos, no sea que permaneciendo aún la promesa de entrar en Su reposo, alguno de ustedes parezca no haberlo alcanzado».
La promesa de entrar en el reposo permanece abierta, pero el ejemplo de Israel advierte a toda la comunidad que no basta con oír el mensaje o profesar externamente la fe. Quienes escuchan el evangelio sin recibirlo con fe permanecen fuera del reposo de Dios. Los verdaderos creyentes, preservados por Su gracia, responden a estas advertencias aferrándose a Cristo y perseverando en Él.
Así que, el temor del versículo 1 no es un miedo paralizante, no pretende llevar al verdadero creyente a vivir paralizado o sin seguridad, pero sí comunica la enorme seriedad de la advertencia. No alcanzar el reposo de Dios no es una posibilidad que deba considerarse con indiferencia. Por eso, cada persona dentro de la comunidad debe examinar si la palabra que ha oído se está recibiendo con fe. La promesa de entrar en el reposo de Dios todavía permanece vigente; la palabra que comunica la urgencia del pasaje vuelve a ser «hoy». Sin embargo, no permanecerá abierta indefinidamente. Por eso, el llamado a creer, arrepentirse y obedecer tiene un carácter de urgencia.
Pero, ¿dónde comienza la idea del reposo? ¿Por qué es importante para Dios? Bueno, el reposo prometido por Dios no comenzó con Josué ni se limita a la entrada en Canaán. El autor remonta su origen al séptimo día de la creación, cuando Dios reposó de todas Sus obras. Pero no lo hizo porque estuviera cansado, sino porque Su obra creadora había quedado completa. Su reposo expresa la satisfacción y consumación de una obra terminada.
Luego, después de vivir 400 años de esclavitud en Egipto, por medio de Josué, Dios había anticipado un reposo en la Tierra Prometida, un reposo terrenal que apuntaba al reposo celestial. Pero la generación rebelde que salió de Egipto persistió en la incredulidad y la desobediencia, y aquellos contra quienes Dios pronunció Su juicio murieron en el desierto sin entrar en el reposo de la Tierra Prometida. Este mensaje de promesa anunciado al pueblo no le aprovechó porque no fue recibido con fe.
Para quienes sí entraron, Canaán fue un reposo real, pero temporal e incompleto. Si Josué hubiera dado al pueblo el reposo definitivo, David no habría hablado siglos después de otro día llamado «hoy», en el que Dios continuó ofreciendo la entrada a Su reposo. Por tanto, todavía queda un reposo para el pueblo de Dios.
Por eso el llamado es urgente, porque Israel no permaneció fuera de Canaán porque careciera de información; había oído la voz de Dios, contemplado Sus obras y recibido Sus promesas. Su desobediencia demostró que no confiaba verdaderamente en Él.
El reposo no es solamente «espiritual» en contraste con lo terrenal. Es la participación en el propio reposo de Dios: comienza ahora al descansar por fe en la obra completa de Cristo y llegará a su plenitud cuando Su pueblo entre en la presencia eterna de Dios. Pero escuchar la verdad y conocerla intelectualmente no basta; la Palabra debe ser creída, recibida y obedecida.
Entonces, es evidente que la voz de Dios, la fe, la obediencia y el reposo están entrelazados. La fe genuina escucha la voz de Dios, confía en ella y produce obediencia. Y tenemos que entender que:
- La obediencia no es el fundamento ni el mérito de nuestra salvación, pero sí constituye fruto y evidencia de una fe verdadera. En la Escritura, creer y obedecer no se presentan como realidades contrarias. Mira lo que dice Juan 3:36: «El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que no obedece al Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios permanece sobre él».
- La fe salvadora no consiste en un conocimiento intelectual aislado. Cree lo que Dios ha dicho, descansa en Su promesa y vive una vida de obediencia. Esa obediencia no merece la salvación, pero revela que la fe está viva.
- Entrar en el reposo significa abandonar todo intento de justificarnos ante Dios mediante nuestras propias obras y descansar en la obra completa de Cristo. Ese reposo no equivale a pasividad espiritual. El autor ordena: «Esforcémonos, por tanto, por entrar en ese reposo».
Y aquí me quiero detener un poco. Esforzarnos por entrar en el reposo significa responder con diligencia a la Palabra de Dios, luchar contra la incredulidad y perseverar con los ojos puestos en Cristo. No trabajamos para completar una salvación insuficiente; descansamos en la obra terminada de Cristo y, precisamente porque confiamos en Él, nos esforzamos por no seguir el ejemplo de desobediencia de Israel.
Como dijo el pastor Miguel Núñez al exponer este pasaje: la fe, la obediencia y el reposo no son verdades aisladas; la obediencia no obtiene la salvación, pero la fe genuina que conduce al reposo produce obediencia.
Así que, la vida cristiana requiere una perseverancia intencional. Nuestra tendencia natural no es permanecer firmes, pero debemos luchar contra los deseos de la carne, la incredulidad y las distracciones que apartan nuestros ojos de Cristo.
Y debemos apelar a la diligencia, que no compite con la fe, sino que la demuestra. Descansamos completamente en la obra de Cristo y, sostenidas por Su gracia, nos esforzamos por permanecer unidas a Él. Si «hoy» has tenido la convicción del Espíritu para creer y ser obediente, entonces es la oportunidad de responder a Dios. No pospongas la fe, el arrepentimiento ni la obediencia.
La Palabra que revela y juzga
No debemos tomar a la ligera la advertencia de Dios ni ocultar la incredulidad de nuestro corazón, porque esta advertencia viene de la Palabra de Dios que es viva; el Dios vivo continúa hablando y actuando.
También es eficaz: siempre cumple el propósito para el que Dios la envía. No es información inerte ni palabras encerradas en el pasado que simplemente aumentan nuestro conocimiento, sino que tiene el propósito de transformarnos. Primero, revelando el carácter de Dios, para luego exponer la verdadera condición del ser humano y mostrar el camino de salvación.
Su Palabra es también más cortante que una espada de dos filos que penetra hasta lo más profundo de nuestro ser y alcanza lugares a los que ninguna observación humana puede llegar, pues discierne los pensamientos y las intenciones del corazón. No examina únicamente lo que hacemos, sino también por qué lo hacemos.
Así que, puede descubrir incredulidad, orgullo, temor, ambiciones y motivaciones que permanecen ocultos incluso para nosotras mismas. Por eso insistimos, primero a nuestro corazón, y luego a ti, hermana, que sigamos leyendo la Biblia, porque no somos nosotras las únicas que examinamos el texto; por medio de Su Palabra, Dios también nos examina a nosotras.
Nada creado está oculto delante de Él, pues conoce cada pensamiento, deseo, motivación y pecado. Todas las cosas están desnudas y expuestas ante Sus ojos. Y esta misma Palabra que hoy revela nuestro corazón, será la norma ante Aquel a quien tendremos que rendir cuentas. Por eso debemos acercarnos a ella con humildad, dispuestas a ser confrontadas, corregidas y transformadas.
Nuestro gran Sumo Sacerdote
Después de mostrarnos que estamos completamente expuestas ante Dios, el autor no nos deja sin esperanza: nos dirige inmediatamente a Jesús, nuestro gran Sumo Sacerdote (un título superior al de cualquier sacerdote del antiguo pacto).
Los sumos sacerdotes terrenales atravesaban las distintas áreas del tabernáculo para entrar una vez al año en el Lugar Santísimo; Cristo atravesó los cielos y entró en la presencia misma del Padre. No podemos escondernos del Dios que todo lo conoce, pero podemos acercarnos a Él por medio del Sacerdote que nos representa, porque es verdaderamente hombre y verdaderamente Dios, Él el único Mediador y el gran Sumo Sacerdote perfectamente capacitado para representarnos delante del Padre.
Debido a quién es nuestro Sumo Sacerdote, debemos retener firmemente nuestra fe porque podemos descansar en que Cristo no es un Sacerdote distante ni incapaz de comprender nuestras flaquezas. Como verdadero hombre, experimentó nuestras flaquezas y fue tentado en todo de manera semejante a nosotros; como Hijo de Dios sin pecado, venció toda tentación y puede socorrernos eficazmente.
Haber sido tentado no significa que haya pecado en Él. Su impecabilidad no reduce la intensidad de Su tentación; Él soportó toda su fuerza sin ceder jamás. Jesús no experimentó cada circunstancia particular que nosotras podemos enfrentar, pero sí fue sometido plenamente a la realidad y la presión de la tentación.
Así que Su compasión no es una lástima distante, sino una identificación profunda y misericordiosa con nuestra debilidad.
Por eso, la invitación hoy es a acercarnos al «trono de la gracia», no por nuestra dignidad, desempeño o firmeza, sino por la suficiencia de Cristo. El trono de un Dios santo, que para el pecador debería ser un lugar de juicio, se convierte para quienes están en Cristo en «el trono de la gracia».
Nos acercamos una y otra vez con confianza, pero no con irreverencia; no porque nuestros méritos nos hagan aceptables, sino porque nuestro Sumo Sacerdote nos representa.
Allí recibimos misericordia por nuestros pecados y gracia para el oportuno socorro en medio de nuestras debilidades y tentaciones.
Recordemos, esta invitación no se limita al día de nuestra conversión; tampoco tenemos que esperar hasta haber vencido la tentación o sentirnos fuertes y dignas para acercarnos. Precisamente cuando somos débiles y necesitamos ayuda, somos llamadas a acudir al trono de la gracia.
Nuestra confianza es verdaderamente una libertad humilde basada en la obra y la intercesión de Cristo.
Hebreos 4 nos coloca ante una promesa, una espada y un trono.
- La promesa nos asegura que todavía queda un reposo para el pueblo de Dios. El reposo de Dios no es indiferencia ni pasividad. Descansamos de todo intento de salvarnos mediante nuestras propias obras porque Cristo realizó la obra que nosotras jamás podríamos completar. A la vez, nos esforzamos por perseverar, escuchar hoy Su voz y responder con fe y obediencia.
- La espada de la Palabra penetra y revela si realmente estamos respondiendo con fe.
- El trono de la gracia nos invita a acercarnos por medio de nuestro gran Sumo Sacerdote. Ya que estamos completamente expuestas ante el Dios a quien debemos rendir cuentas, no debemos olvidar que no somos abandonadas a nuestra propia culpa y debilidad. Por eso somos llamadas a retener nuestra fe y a acercarnos con confianza.
Cuando la Palabra expone el pecado, la incredulidad o las motivaciones de nuestro corazón, no tenemos que escondernos. Podemos acercarnos confiadamente a Dios porque Jesús conoce nuestras flaquezas, venció la tentación y nos representa delante del Padre. En Él encontramos la misericordia y la gracia que necesitamos para continuar hasta entrar en el reposo definitivo.
Para meditar:
- ¿Estás descansando verdaderamente en la obra completa de Cristo, o sigues intentando encontrar tu seguridad delante de Dios en tus propias obras y esfuerzos?
- ¿Estás permitiendo que la Palabra de Dios examine tu corazón, confrontando con humildad tu pecado, tu incredulidad y tus motivaciones para responder con fe y obediencia?
- ¿Estás acercándote hoy con confianza al trono de la gracia, llevando tus debilidades y tentaciones a Jesús, tu gran Sumo Sacerdote, en lugar de intentar enfrentarlas por tus propias fuerzas?
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